jueves, 31 de diciembre de 2015

presaca

Presaca: Dícese del estado, mezcla de excitación, nerviosismo y malestar general, cuando, los días previos a un fiestón, el cuerpo anticipa lo que se le viene encima.


jueves, 3 de diciembre de 2015

el filósofo veloz


El pobre hombre, larguirucho pero encorvado, se parecía a su bastón. Profeta de la heterodoxia, sólo era capaz de pensar cuando estaba en movimiento rectilíneo, por lo que sus contertulios quedaban ya muy lejos cuando al fin podía detener su zancada y vocalizar sus réplicas y teorías. Así es que, por suerte o por desgracia, nunca pudo completar una discusión, por lo que nunca pudo convencer a nadie de nada, ni nadie le alzó la mano o la voz más de lo debido, salvo para gritarle que no huyese.


d'où sommes-nous?

D'où sommes-nous?
De l'endroit où on nais?
De l'endroit où on vis?
Ou de l'endroit qu'on sent qu'on appartiens?
Je ne sais pas...
Mais je pense qu'il est possible être de toutes les endroits au même temps.
Sinon, j'aime penser que ce sera possible...


el paso por Ut

El materialismo oxida el alma y destripa la inocencia. Tristes títeres sin intestinos amantes del dinero. Combustible de la ignorancia irascible.


the boatman

With her voice she seduced the boatman,
and together they toured the land of the dead.
No more insanity would ever flee freely
across the nameless lagoon.
Pilgrims of boredom would stock on the shore,
the newcomers piling up on top of the elders.


la mutación de los ruidos

El pitido muta torpemente en una nana, que a la vez ensordece las conversaciones a su alrededor. En un estado de semi-trance, favorecido por la escasa iluminación de cabina, visualiza el proceso de transmutación del molesto ruido en forma de un punto negro flotando hacia la derecha en la calva de un pasajero que tiene enfrente. Cuando el punto alcanza la parte posterior de su oreja, el sueño le vence, y se desploma sobre el hombro de Marta.

En sus sueños, el punto crece hasta convertirse en una isla en un mar de alopecia, pero ahora poblado por él y extraña vegetación. Las hojas están hechas de viejos periódicos. En algunos artículos se puede leer sobre momentos importantes de la vida del pasajero. En las necrológicas, sobre sus ilusiones frustradas.

Quiere ver la savia que recorre el interior de esas plantas. Por eso corta un tallo. Se arranca entonces gran oleaje y un aullido metálico de muchos decibelios. La isla empieza a mecerse. Cubre sus oídos para mitigar el dolor, pero puede ver las ideas impetuosas del pasajero fluir por el corte. El aullido poco a poco se torna en una voz que transmite un mensaje inteligible: ¿quieres café?

Se despierta. La azafata, que parece un rascacielos, sostiene un termo. Ella desde lo alto y Marta clavan su mirada en él.

- Cariño, ¿quieres café?
- Humhh… no…


viernes, 6 de noviembre de 2015

oikumene 1 - la muerte del gigante Magón

La piedra, que con tanta violencia había lanzado aquél bárbaro, llamado Magón, impactó de lleno en su mejilla izquierda. El yelmo salvó a Memnón de una muerte segura, pero no evitó que se desplomara conmocionado, presa fácil de cualquiera que en el tumulto quisiese darle el golpe de gracia. A su alrededor sólo formas en movimiento, rojizas y borrosas por la sangre que cubría sus ojos. Y de entre todas, la del gigante fenicio se aproxima amenazante, blandiendo sobre su cabeza algo que Memnón no alcanza a distinguir.

Desde el suelo, en un intento desesperado, se revuelve, todavía torpe y lentamente por efecto de la pedrada, buscando cualquier cosa con la que defenderse. Alzándose sobre el otrora ensordecedor ruido de la batalla, fluye ahora a sus oídos una melodía lejana, y se pregunta si, sin darse cuenta, ya empezó el viaje al Hades. Las dulces notas le transportan a las cálidas sobremesas veraniegas, en el regazo de su madre, donde, a la sombra de un toldo, rodeados por viejos olivos y campos cobrizos, ella tararea una nana mientras le mesa el pelo, y recita por veces esa perturbadora poesía que tanto le gustaba:

Digo, todavía eres belleza, sueño y piedra.
Digo, bella, que todavía eres mito translúcido,
por el que veo tu savia pendenciera,
como si fueras vaina con pulso.

Pero arrópame, mercenaria de tez fúnebre,
que arrojas tierra a los ojos de tus guerras.

Este momentáneo estado de ensoñación se desvanece rasgado por el grito de Magón, que sin embargo no ha llegado a tiempo de evitar que el recuerdo de su madre le muestre a Memnón el camino. Como un mulo terco que se resiste a morir, recoge un puñado de arena ardiente entre sus dedos. Con gran esfuerzo gira sobre un costado y dirige un latigazo a lo que cree es la cara del fenicio, que detiene en seco su acometida y, ahogando un grito, se lleva una mano a los ojos. La otra sigue sin soltar la empuñadura. El mercenario griego aprovecha esos instantes para incorporarse, con la escasa velocidad que su estado le permite; se abalanza sobre el adversario, con los brazos sujetando fuerte su muñeca, voltea la espada corta y hunde la hoja en su estómago. El bárbaro aúlla de dolor, le fallan las fuerzas y cae sobre sus rodillas. Memnón, en un acto reflejo, da un gran paso atrás.

Un sexto sentido le advierte que está siendo observado, y mueve la cabeza el ángulo justo para divisar, sobre un altozano, a su izquierda y a través de la polvareda, un persa de tez morena, noble mirada y espesas barbas oscuras. Más abajo, el arco tensado y la flecha presta a partir para reclamar la vida de Memnón. Sin embargo, contrariado por la bravura del heleno, el asiático decide concederle otro día, ladea el cuerpo y descarga sobre otro enemigo.


oikumene 5 - en busca de Cleanor

En las extenuantes jornadas a pie, se suceden largos silencios en los que Memnón a menudo se pregunta para sus adentros “¿De qué hablan un padre y un hijo que jamás han hablado? Mi vida apuesto a que ninguno de los muchachos resolvería este acertijo, y los vasos de vino sobre la mesa irían todos a mi vientre. Sólo se me ocurre –y él sólo me requiere–, de tanto en tanto, contarle mis historias en guerras y batallas.”

El guerrero exhausto tras la batalla,
empuñando su espada de hierro.
Ésta a un costado y la punta baja,
mientras otea el paisaje desolador
que se extiende imponente a sus pies.

El manto de gramíneas
teñido de rojo se mece,
dibujando el perfil de un Sol cansado
al que no afectan sus caricias.

Los gritos de los heridos
rasgan la niebla por doquier.
Se suman y se entremezclan
en el viaje hasta sus oídos.

El tiempo se ralentiza.
Sería así la vida si hiciera parte
de un cuento de muerte sin fin.

Viendo a su padre absorto en sus pensamientos, Argelao le inquiere: – Si no es indiscreción, padre, ¿puedo saber en qué piensa?

En un primer momento, cree que no ha oído su pregunta, pero cuando está a punto de repetirla, Memnón se recompone y toma aire: – Ah, pues… recordaba el trigal tras la batalla… Un jardín rojizo de miembros amputados y hombres con las tripas asomando por profundos tajos, como muñecos deshilachados... Uno no puede evitar palparse el estómago para cerciorarse de que siguen todos ahí... – tras acabar esta última frase en un tono apenas audible, permanece unos instantes pensativo.

– ¿El qué, padre?

– Los intestinos, hijo, los intestinos... Me creerás si te digo que poco hay más perturbador que ver el propio interior salir fuera de uno mismo, y la sangre que no se acaba...

Transcurrido largo tiempo en el que Memnón prosiguió el camino completamente ausente, y mucho después que Argelao creyera concluida la conversación, el primero exhaló sonoramente: – En verdad te digo, hijo, hacer la guerra es, en su mayor parte, y sin importar cuántos lo nieguen, más tedioso que labrar las tierras. Y gloria no se encuentra en lugar alguno, sino en la mirada serena de unos pocos caídos, o, al volver victorioso, en la prosa reposada de los ausentes.

– Tantas veces me encontré “entrenando mi capacidad de adaptación al frío”, como gustaba de decir de las guardias a altas horas de la madrugada, lejos de cualquier fuente de calor. Donde uno se guarda la respiración, por no abrir la puerta a ese aire gélido que encharca las entrañas, y no osa patear la roca con los pies, por no resquebrajarlos.

– Entre los únicos momentos de grato recuerdo, jugar a los acertijos con los más novatos, y comentar los movimientos en combate con los veteranos, siempre junto a un gran fuego y con un vaso de vino sabiamente escanciado, pero sobretodo, reencontrarse con un compañero de armas vivo y de una pieza tras la batalla.


Jodidas vallas, muros, murallas y fronteras, y los que los construyen y los alimentan.

Jodidas vallas, muros, murallas y fronteras, y los que los construyen y los alimentan.


tratos que intoxican el respeto

Querer contar historias
que no sean un cauce seco
de cantos y tierra cuarteada,
por el que no es fácil andar
sin destrozar los tobillos.

Perseguir tratos que intoxican
el respeto innato, así como el ganado.
Pisar a propósito la mina
que te manda al infierno,
seducido por el morbo de la fatalidad.


fuga

Las paredes se abalanzan sobre él,
tumbado en el suelo de su habitación,
todo es blanco, a semejanza de un manicomio.
El techo a muchas millas, como su cordura,
puesta en fuga por esas cuatro malditas palabras,
en una dirección en la que no hay controles de carretera.


Tu vino es hiel

Tu vino es hiel que cae suave por mi garganta.
Se presenta en ánfora de jade
y gusta de encontrar mis penas más agrias.
Párpados y melange de sueros ignotos que sellan tus caderas.


Beirut

Con la mejilla apoyada sobre el cristal que da al balcón,
su aliento húmedo dejando una huella,
buscando ese ángulo imposible.
Es la calle Hamra,
la mirada puesta en la persiana
al borde de ser arrancada por el viento.
La ciudad es frágil como esas bisagras.
¿Es posible comprender los motivos
que pueden llevar a las personas a odiar tanto?
De enfrentarlos,
¿puede uno saber con certeza si los resistiría?
Sin heroísmos.


Imagina. Hierve

Imagina. Hierve.
Grafitis sobre ladrillo rojo,
tuberías y maderas sin usar,
copan el vacío dejado por su inspiración.
Rincones perdidos tan cerca,
Canadá es la inmensidad,
y aquí ya sólo queda costa urbanizada.


el discreto encanto de la podredumbre

Botellas perfectamente alineadas y observándome. Colores vivos y tentadores como los del arco iris. Es dura la vida del soltero, no saber por cuál empezar. Yo, como los niños rusos, anticipando lo que me venía encima, ya tenía cara de borracho desde pequeño; ojos achinados y chispeantes, mejillas brillantes y sonrosadas. Por eso no deja de ser una curiosa coincidencia el mote que me acabaron poniendo los colegas de Perdición –Pushkin, pues siempre me ven beber vodka; claro, ahí voy siempre los domingos–, que no sabían nada de esto.

Toda una vida para intentar aceptar la muerte, que uno no va a trascender, no es tiempo suficiente. Deberían concedernos más. En eso pienso, así, sentado en el bar, con el bloc de notas en las manos y el lápiz presto a escribir, pero la hoja está en blanco. “El hombre que espera”, como me deben llamar las camareras –por cierto, una es muy hermosa, pero jamás me atreví a alzar la vista y decirle algo cuando me sirve–. “El hombre que no actúa”, como me deben llamar mis amigos y conocidos. “El hombre que escribe de la vida, pero que no vive nada” –cómo es eso posible– me debe llamar mi subconsciente, y mi padre, y mi exmujer, y seguro alguno más que ahora no caigo. Odio las miradas de los que, al pasar por mi lado, piensan –y aciertan– “¡Míralo, este pringado petulante! Se ha sentado ahí con el bloc a la vista, haciéndose el interesante, para que todos sepamos que es escritor”. Pero es lo único que tengo, y no es nada, pues todo el mundo es escritor.

Y mientras no escribo en la libreta, bebo. De todos los colores. Del marrón roble de mi amigo Jack, los lunes; del azul zafiro de Bombay, los martes; del verde esmeralda de Tanqueray, los miércoles; del negro de Hendrick's, los jueves; del rojo sangre de cualquier tinto, los viernes; del amarillo de los licores de lagarto –¿el lagarto lo meten vivo o muerto en la botella?–, los sábados; y del plateado del vodka Danzka, los domingos, en Perdición.

La inspiración, la mayor parte de las veces, cuando me agarra, únicamente lo hace por sorpresa, fuerte del cuello, escupiéndome en la cara lo que hubiera querido decir, cuando ya no me queda energía para fintar. Tarde. Siempre tarde. Demasiado tarde. Cuando mi cerebro ya se fue del lugar. Porque mientras no escribo en la libreta, bebo.


todos los viajes que hice fueron a ninguna parte

Cada latigazo de la segundera es una bofetada en mi cara en este tugurio en que se convirtió mi existencia mientras yo, distraído, contemplaba las nalgas de las camareras pechugonas en su ir y venir constante por entre las mesas del bar. La música crea esa atmósfera que parece que le gritan a uno por un oído, y cuando se vuelve cree que le gritaron del otro, jugando al despiste, con las neuronas desplazadas a cada rítmica sacudida, primero aceleradamente y después en una calma suspendida, disipado todo ímpetu, calcetines sucios sumergidos en la piscina abandonada, de aguas como el rubí y mierda estancada.

Seco, veo la vida como a través del vaso vacío, y eternos se hacen los instantes hasta que todo se vuelve opaco tras éste. Todos los viajes que hice fueron a ninguna parte, y las fotografías, si las tomé, alguien hizo bien en olvidarlas. Los que nos rodean no quieren las pruebas de nuestro fracaso; un sorbo, no más, que avive la llama de lo que hicieron bien. Quiero creer que soy joven de nuevo, que la respuesta está en los árboles, que todo está por hacer, y olvidar que parece que, desde todos lados, me retuercen las pelotas con tenazas.

Bea, Carla, Inés, María, Gema, Nadia, Sonia, Vicky, Laura, Paula, Miriam, Verónica. ¿Por qué llegasteis y os fuisteis? ¿De qué laberinto de mil caminos formamos parte, que nos mantiene enlazados pero no nos permite encontrarnos?



akelarre

Por sus miradas se podía deducir que todos iban de ácido. Ahora no parecía tan buena idea haber subido a aquella fiesta de cincuentones desconocidos e indolentes que abrían la puerta al primero que picaba al telefonillo. Vestidos ellos de esmoquin y ellas de elegantes trajes de noche, se habían quedado congelados mientras mi primo y yo, entre 35 y 40 años más jóvenes, entrábamos en el salón barriendo el suelo sucio de copas vertidas y confeti con nuestros tejanos caídos, rotos y descosidos. Uno diría que en cualquier momento iban a realizar un aquelarre –de etiqueta, eso sí, todo hay que decir–, y nos iban a devorar, o peor, sodomizarnos, en un rito salvaje y arcano, como si de un Eyes wide shut castizo se tratase.

Crea la diversión en tu mente y serás libre de los demás y sus objetos. Algo así me pasaba por la cabeza en el instante justo que el descorchar de una botella de champán rompía el silencio glacial, y daba el pistoletazo de salida para que los invitados dejasen de escrutarnos lascivamente, volviesen la cabeza y retomasen las conversaciones que nuestra inesperada llegada había interrumpido.

Y como no andábamos precisamente cortos de jeta, lo primero fue surtirse en la generosa barra que el anfitrión había dispuesto. A falta de Ballantines, no hicimos ascos a las botellas de Chivas que había por ahí –eso sí, no cometimos la imprudencia de echarnos Coca-Cola, que la reputación de los adolescentes, cuya inconsciencia pueda parecer infinita, ya estaba suficientemente por los suelos como para que andásemos haciendo tales barbaridades, y aún menos ante esa camarilla, que pocas excusas aparentaba necesitar para empezar a despellejarnos vivos con sus dientes enfundados–. Así pues, nada como cargar bien las copas y sorberlas de un largo trago para dejar de sentirse fuera de lugar lo más rápido posible.

necesitamos conocer a nuevas personas para contarles las mismas historias de siempre

Necesitamos conocer a nuevas personas para contarles las mismas historias de siempre.
Un pasado que, a fuerza de repetirlo, cada vez tiene menos sentido y aparenta más desligado.


“Tiene que fluir. Si no, no vale.”

“Tiene que fluir. Si no, no vale.” ¡Hay que joderse! Así que ahora no sólo basta con hacerlo bien, sino que además hay que hacerlo rápido y maltratando las teclas. Los recuerdos que se me quieren aparecer no saben hacer cola, como los habitantes de Beijing, y les falta la paciencia necesaria para esperar a que encuentre las palabras más acertadas para plasmarlos. ¿Pero qué culpa tengo yo de que no fluyan?

Las raíces del árbol se abren paso bajo el firme a furiosos empellones, a la caza del transeúnte despistado para hacerlo tropezar. Y ese día fui yo la víctima, ensimismado en los escritos que iba intentando generar en mi mente mientras me desplazaba de qué-se-yo a yo-qué-sé-dónde. El que inventó lo de tener un mal día no pensó la putada que estaba haciendo a la humanidad que estaba por venir.

Pero el veneno resultó ser perecedero, efímero en vena, si se quiere, para disgusto del escorpión. Y de rebote me dio la idea. Con la música, mi mejor amiga, ese cierzo que nos empuja por la espalda, las zapatillas flotaban sobre el asfalto incandescente, y no veía el momento de llegar a casa; la demora como el aguijón punzándome infinitas veces.

"Así soy, el que duerme sobre un lecho de naranjas. De tanto en tanto cojo algunas, gravo marcas en sus cáscaras y las suelto rodando al mundo, a ver si vuelven y cómo."


domingo, 12 de julio de 2015

digo, todavía eres belleza, sueño y piedra

digo, todavía eres belleza, sueño y piedra.
digo, bella, que todavía eres mito translúcido,
por el que veo tu savia pendenciera,
como si fueras vaina con pulso.

pero arrópame, mercenaria de tez fúnebre,
que arrojas tierra a los ojos de tus guerras.


fantasía y fiera de tu rostro

Fantasía y fiera de tu rostro.
Tortura sin mácula de un ideal de belleza.
Parásito de mi emoción.
Mendigas la primera de tus gracias,
mi hermana que de nuestra pasión vives falta.
Lloro. ¿Qué crees? Desconoces qué recuerdo de ese amor.


los enemigos de la ducha han tomado la ciudad

Los enemigos de la ducha han tomado la ciudad. Y yo a donde mire sólo veo sobacos. Maldito calor. El sol cauterizando en microsegundos las heridas auto infringidas para pasar el rato. Hace tanto calor que incluso de noche camino bajo la sombra de los árboles.

¿Y qué ciudad es esta que, cuando abro las ventanas para que corra un poco de aire, parece que tenga una fábrica de Terminators al lado?



el río Sinnamary

Dos decenas de guiris repartidos en cuatro piraguas remontamos el río Sinnamary. Los pilotos, unos negros imponentes, duros y brillantes como el basalto, se comunican mediante gestos con la cabeza para sortear, sin abordarse, los troncos que flotan a la deriva y los árboles que sobresalen del lecho del río amazónico. Mientras, con la mano libre, achican el agua que entra a borbotones entre los maderos de las desvencijadas embarcaciones.

No puedo apartar la mirada de la impresionante cicatriz que el piloto de mi piragua –el jefe de la tropa– tiene en el gemelo, el resultado de una laceración presumiblemente muy grave, que parece que le dejó, sin exagerar, con apenas media pierna. Mi cerebro no descansa tratando de imaginar qué horrible ejemplar de la fauna autóctona puede haber sido el responsable de tal herida.

Mientras tanto, a ambos lados de la embarcación nadan en paralelo una multitud de pequeños peces bigotudos y viscosos que podemos ver, no precisamente por la transparencia de las aguas –pues no son de otro color más que el del café con leche–, sino porque constantemente van dando saltitos a ras de superficie. El guiri que va sentado delante de mí, con unas ganas locas de hacer alguna gracia, ha dispuesto su gorra en un lateral a modo de red, y, por supuesto, no pasa mucho rato hasta que uno de esos peces bigotudos cae en la trampa, para alegría del pescador.

Ahora, su sonrisa triunfante se transmuta rápidamente en una mueca de terror cuando, tratando de extraer el pez de la gorra, éste le arrea un mordisco en la mano antes de escabullirse y le empiezan a brotar unos hilos de sangre. A ver, uno debe ponerse en antecedentes. Llevamos semanas recibiendo, desde diversos canales, toda clase de inputs que acojonan al personal, empezando por la necesidad de vacunarse contra una lista interminable de enfermedades, como la fiebre amarilla, o que no hay que beber ni comer esto ni lo otro, y, probablemente, al observar los orificios oscuros que esa inmunda presa le ha hecho en la palma, el guiri piensa que se le va a caer la picha a pedazos, o algo por el estilo. Y el terror del guiri se convierte en pánico cuando el piloto, ese hombretón ancho como una autocaravana, cuya pierna fue el almuerzo de algún cocodrilo, al advertir lo que ha pasado, empieza a gritar a sus compañeros y a hacer aspavientos con el brazo para indicar rápidamente que den media vuelta. Cuando tras hacer al amago de empezar a virar, el guiri muestra signos evidentes de que está a punto de desfallecer -su tez más pálida que la horchata-, el Cocodrilo Dundee del río Sinnamary estalla en unas sonoras carcajadas, y le da una palmada en la espalda que seguramente le causa desplazamiento de órganos, pues los que estamos a su alrededor podemos sentir la onda expansiva.

Para que el guiri recupere el pulso tras la broma, nos detenemos en medio del río y, de unas neveras de camping de las que nadie se había percatado, los guías sacan unas cuantas botellas de ron criollo, sirope de caña y limas, con lo que preparan ‘ti punch para todo el personal. Por suerte, y a pesar de que son las 10 de la mañana, los ‘ti punch no son tan letales como uno piensa -por su ingente contenido alcohólico- cuando toma un sorbo; supongo que porque, con una temperatura que debe rondar los 33 grados a la sombra, y una humedad relativa del 90%, uno los suda tan pronto alcanzan el estómago. (El pelotazo que pegan de vuelta a Europa esas cuatro partes de ron y una de sirope, sin hielo, es otro cantar.) El guiri, tras mojar los labios en ese brebaje, parece que se lo piensa mejor, y pide que se lo cambien por un zumo de una de esas botellas que también andan por ahí. El piloto coge toscamente el vaso de plástico de su mano, lo sumerge en el río para limpiarlo y, aun con algo de agua de esa como el café con leche en el culo del vaso y reguerones cayendo por los costados, lo rellena con zumo hasta los bordes. A continuación, brindamos todos con los ojos puestos en las gotas de sudor frío que caen por las sienes del guiri, que mira su vaso sin saber qué cara poner.



largo pasillo de metro en verano

Todos los recuerdos que me desvivo en reflotar huelen a largo pasillo de metro en verano. Y al pobre músico callejero, el único que pone algo de su parte añadiendo un fino hilo musical, le negamos toda moneda, a pesar de que nos hace llorar. No aprietes el paso. No lograrás huir de ti misma. Ni de lo que nos dijimos… aunque siempre podremos alegar que las reverberaciones no nos dejaban oír.

cuando los cerdos amen

La respuesta a todas las preguntas que te asaltaron a lo largo de esta semana, “Cuando los cerdos amen”. Bah, ya me gustaría que todo fuese tan sencillo. Un mundo sin esperas ni señales, sin confusiones ni malentendidos, sin ira ni envidia, sin aristas ni curvas, sin tú ni yo, sola y llanamente perfecto... ¿Aburrido? ¿De verdad es eso lo que piensas? ¿O es lo que, a la fuerza, nos han vendido? Sin embargo, y sin llegar a ese extremo, ¿es realmente necesaria esa cadena estúpida? Yo te quiero a ti, tú le quieres a él, él quiere a ella, y ella quiere a otro bastardo. Parece una broma cruel, si no fuera tan improbable, y si no ocurriese tan a menudo. Y entre tanto... El infierno de la ineficiencia. Sí, el desorden siempre crece en el mundo, ¿pero hasta ese punto? ¿De verdad no rebasa los límites de lo perverso?

Y sé que lo nuestro está perdido cuando,
con tu retrato hecho añicos en las manos,
invoco a la justicia poética,
esa justicia arbitraria que no es de los hombres,
para castigarte.

cuando se agota la pulsión

Cuando se agota la pulsión,
cuentan los ancianos del lugar,
el polvo y los lloros se detienen,
los extraños mudan sus gestos,
y el tozal afila sus sombras.

Cuando se agota la pulsión,
cuentan los ancianos del lugar,
los olivos se arremolinan
frente a los frisos mudos,
y hunden sus raíces secas
en las rocas del tozal.

Es entonces que,
según los ancianos del lugar,
aquél crío con arrestos
siente el crujir quedo
de sus feroces estocadas.



el hombre que nunca estuvo en su vida

El hombre que nunca estuvo en su vida
era un ser amurallado,
impermeable a las sensaciones
que lo asediaban desde que nació,
y que intentaban sin éxito rendirlo por hambre.



los sueños y suspiros de vida corta

Los sueños y suspiros de vida corta.
Sueños y suspiros esos,
que se disipan como el golpeo sordo
de un palo en un saco de arena.
Que crecen y mueren tan aprisa
que apenas alcanzan la cabeza.


en casa de Abdul - notas de Siria, besos de una tierra que se marchita

Abdul el beduino abre a sus amigos la puerta de su casa. Lo mismo hace con su corazón. Dentro, todo es igual que en una haima, salvo por las paredes sólidas y el polvoriento PC. Té. Al poco, Maher ya chatea con una novia Serbia y otra de Letonia, en sendas ventanas de Messenger. El módem de 56Kb ruge como si ardiese por dentro. Abdul, en pie tras la espalda de su primo, absorto con el ordenador, sonríe orgulloso al visitante, mientras éste observa el par de camellos que aparca en el cobertizo al otro lado del patio, en estado perpetuo de obra. Cuando el visitante le devuelve la mirada, señala unas fotos sobre el hornillo. En ellas exhibe la misma sonrisa y sostiene unos trofeos muy kitsch con forma de pezuña.



soñar no es gratis

Al contrario de lo que se dice, soñar no es gratis.
Tiene un precio que paga tu cordura.
Y no lo hace por placer, sino a disgusto,
como un compadre despistado
que sale el último de un tugurio
y descubre que le toca pagar la cuenta de la mesa,
cuando los demás ya hace rato que se fueron sigilosamente.



el hombre cuya cabeza se hunde

Ese fraude parlante camina tras su sombra gris.
A cada paso que da, su cabeza pesada
se hunde un poco más en su farsa de cuerpo.
Amasijo de goma reblandecida.
Su boca se inunda y sus quejas se ahogan en él.


ice storm

I could hardly see her eyes
behind that storm of hair and music.
But didn’t need to.
Just had to imagine a bit.
They were staring at me.

Spanish:
Apenas podía ver sus ojos
detrás de esa tormenta de pelo y música.
Pero no era necesario.
Sólo tenía que usar un poco la imaginación.
Me miraban fijamente a mí.


envejecido

Viejo de envejecido,
blando entre el pelotón,
era timorato con mi escalpelo,
pero supe antes que nadie
quién era el impostor.

Fue la sureña de rostro cifrado,
aquella que nos secuestró
con su mirada desafiante;
ese alud de lodo que inundó
el valle entre nosotros.

Antares

Antares, elle allume le verre blanc
du vin qu’on partage.
Environ, les autres sorcières
dansent encore au son
de la musique pas fatigant.
Et parfois tout me ressemble
assez vécut.

se faz tempo

Se faz tempo
que ultrapassei a fronteira,
ja não me lembro.

Se perdi parte de mim
no caminho, não sei.

Este tem sido comprido,
e ainda ninguem
tem a certeza se ja terminou.

magra i sense lluentor

Magra i sense lluentor,
així es lleva
i de por em parla.

Som vora vella follia,
que l’ànsia embolcalla
i ens retreu amb veu crua.

Rema amb ràbia, meua dama,
que així encens
les simes dorades dels bressols.

vuelvo hacia lejos de ti

Se envuelve en su piel.
Se pierde en su piel.
Y quiere respirar su mismo aire.

Vuelvo hacia lejos de ti.
Lugar al que no quiero llegar.


el hombre de piedra - 01

El hombre de piedra permanece inmutable
en su cubo de cristal.
Se tapa los oídos con violencia,
pero las palabras de ella
se cuelan por las grietas en su piel basáltica.
De noche se hielan,
y el hombre de piedra se resquebraja.



globo negro de helio

En la ciudad de los hombres reprimidos,
cada uno pasea su tumor
como un globo negro de helio
flotando elevado tras de sí.
El globo tensa la correa
que lo une al cuello de su propietario
cuando éste hace movimientos bruscos,
como, por ejemplo, para demostrar admiración,
o para recoger algo del suelo.



los lugares donde residí

El techo abuhardillado,
los lugares donde residí.
Tuve varios amores
(si mal no recuerdo).
Ya nunca nada es nítido;
cuanto dejo atrás
no tiene forma,
y sin embargo lo añoro.
Todo tiempo pasado
sólo es olvido,
y a pesar de ello,
siempre luce mejor.

notas de Siria - beso de una tierra que se marchita

Ugarit

Piedra era y en piedra se convirtió.
Animista como sus antepasados.
Permanece inmóvil frente a su querido mar.

***

el paso por Ut

El materialismo oxida el alma y destripa la inocencia.
Tristes títeres sin intestinos amantes del dinero.
Combustible de la ignorancia irascible.

***

el hombre que se enamoró de todos los lugares y sus gentes

La única respuesta que se repite
como una constante en todos los viajes.
Somos iguales. No hay más.
El hombre que se enamoró del mundo,
de todos sus lugares y sus gentes.
Con todo lo que ello implica.

***

Muera la avaricia de los hombres, los gobiernos y los países.

***

Beso de una tierra que se marchita mientras espera que el mundo le brinde un poco de compasión.

***

Deir Mar Samaan (el hogar de San Simón)

Los engranajes del vetusto tren protestan por un aumento de sueldo.
Encuentran el apoyo del lodo y la roca calcárea a su paso por Deir Mar Samaan.
La ventana tiñe de oscuro el último baño de luz, que persigue a un paisaje que se aleja.

***

El mundo parece de juguete y corre a sus pies.

***

el hombre de piedra - 01

El hombre de piedra permanece inmutable
en su cubo de cristal.
Se tapa los oídos con violencia,
pero las palabras de ella
se cuelan por las grietas en su piel basáltica.
De noche se hielan,
y el hombre de piedra se resquebraja.

***

Deir Mar Musa (hogar de San Mosiés)

Colgados de piedra abrazada a piedra.
Testigos para siempre de las dunas
en su vasto lago de arena.
Por las noches la historia y las estrellas
los arropan con sus pieles beduinas.
Herederos de cien culturas y credos.
En medio de todos, a salvo en un cañón invisible.

***

el velo pintado

El velo pintado, la prueba de muerte.
Respuesta añorada.
Filtro azabache y bozal a su perversión.

sábado, 16 de mayo de 2015

el Mister Dollar

Es un puente. La ciudad está vacía. De los centenares de ideas estúpidas que rondan sus cabezas a cada segundo, sólo unas pocas dan en el blanco, y, entre ellas, algunas llegan a colarse entre sus filtros de estupidez, averiados desde que pisaron el mundo, para lograr materializarse. Ese día, una de estas afortunadas es terminar todas las botellas de whisky de fiestas anteriores que siempre se amontonan en el mueble bar –idea muy estúpida, sí, pero, por otro lado, una que pasa los filtros muy habitualmente–, y, la otra, ir al Mister Dollar, un local de striptease donde uno puede ahogarse en metal, bajo la luz de infinitos neones de rosa, y la atenta mirada de las rubias explosivas de pelos cardados en los posters más deseados por los camioneros de los ochenta.

La elección no es casual. Habían pasado ya muchos años de eso, pero el Mister Dollar era el lugar en el que, estando en el instituto, se prometieron perder la virginidad, si tal cosa no había sucedido antes de cumplir los 18 –promesa estúpida, sí, pero, por otro lado, y a juzgar por la abundancia de películas del estilo de American Pie, muy habitual–. En su infinita inocencia, ni siquiera eran conscientes de la imposibilidad de cumplir tal propósito en un bar de striptease decadente, tanto por el hecho que ahí no se hacen esa clase de trabajos, como, obviamente, por su minoría de edad, si iban antes de los 18. Así pues, ahí están, por fin, unos 12 años después de hacerse la estúpida promesa. Por supuesto ninguno es ya virgen, pero cómo lo lograron… eso es otra historia.

Cuando das vueltas por la ciudad, crees que todo está en harmonía con tus biorritmos, que todos duermen y trabajan a la vez, que los extras de tu vida aguardan estoicamente en habitaciones, armarios, guaridas y rincones a que aparezcas por ahí. En cualquier caso, es fácil olvidar que las chicas del Mister Dollar no son personas alegres y promiscuas que te acompañan desinteresadamente, sino empleadas, y, por tanto, que también libran, enferman y se cogen días de fiesta. Así, al llegar a ese antro nos llevamos la desagradable sorpresa que está desierto.

Dos megalómanos colgados sin nada que hacer, un puente en el que la ciudad está muerta. Solos en ese agujero –salvo por un par de porteros y dos chicas charlando que nos les prestan la menor atención–, sentados en el centro de unas hileras de butacas vacías, ante una pantalla gigante en la que una cuenta atrás informa aparentemente del tiempo restante para la próxima actuación, mientras muestra imágenes de peep-shows como el que presumiblemente seguirá –se entiende, para lubricar la lívido de la audiencia–, pero que en realidad vuelve a empezar desde el principio cada vez que alcanza cero, sin que nada cambie.


la inmensa suerte

Se lamenta a menudo, él,
que debería sin embargo
apreciar, como se merece,
la inmensa suerte
de sobrevivir a la infancia,
la adolescencia y los veinte
con tan escaso peaje
como son sólo la mitad de las neuronas.


viernes, 15 de mayo de 2015

ladrillos temporales

La mejor frase que jamás solté a una chica en una discoteca fue “Eres muy guapa, pero ahora tengo que bailar”. Encierra una paradoja inmensa, y resume a la perfección la tragicomedia de mis intentos de ligar con desconocidas.

* * *

Jamás olvidaré la noche que intercambiamos las chaquetas, mujer de la chaqueta azul.
Eres el hilo conductor de todo.

* * *

Con la mano izquierda envuelvo la taza intentando absorber todo el calor.
Con la derecha manejo la cuchara y revuelvo el café como si dispusiera de la eternidad para ello.
Pienso que, demasiado a menudo, es mejor no disponer de tiempo para detenerse a pensar.

entre verdes gramíneas

Nada pesaroso el campesino
entre sus verdes gramíneas.
Brazos extendidos y así las peina,
su persona siendo tamiz de amplia holgura.
Los senderos quedaron maltrechos,
sin familia y sin sus sonrisas,
y los campos le son desconocidos
a pesar de labrarlos tantas veces.


el globo ocular

El globo ocular,
el rugir del andén vacío,
la melodía en la cabeza,
la proximidad de los otros,
abrasiva y repugnante,
la burla insidiosa
del tren que no para,
los años regalados
a una existencia
que no los aprecia.


born to perpetuate it

Nobody told the boy
he’d end up swallowed
by the thousand million men
who never wanted
anything hard enough.

The warrant of mediocrity,
born to perpetuate it.
You, please, call his parents
and explain that shit again.

sólo hubo algo seguro

Sólo hubo algo seguro:
el malo siempre fuiste tú,
no importa cuán lejos
pudieran transportarme
tus constantes mentiras.
Te asombré, ¿no es así?
¿Asumiendo ausencia de riesgo?

Y te llamé todas las noches,
en tanto creía que no habría,
y aun así, bien lo sabes,
despierto yaciendo sobre
charco de mi propia sangre,
mezquina, espesa y amarga,
humedeciendo mis labios.

Con el alma,
sucia, a tus pies,
el orgullo roído
a sendos lados,
y el cráneo partido,
mitad en cada mano.

Ya derecho, alzándolas,
reclamo comprensión y ayuda,
sintiéndome derrotado,
pues la certeza es que de ti,
que me rodeas, no llegarán.


el viaje intemporal

La nostalgia, me bebo,
ese orujo destilado
del pasado que no pude completar.

Compañera y digestivo
hacia el viaje intemporal.
Unas veces más aquí,
a tocar de pies y, otras muchas,
el recuerdo lejano y diminuto,
pero que siento siempre junto a mí.


el turista hijo de Narciso

El turista hijo de Narciso,
armado con su réflex
y la lonely planet en mano.
Sin duda el más intrusivo,
carente de saber estar,
y con aquél ansia,
de colmar imposible,
por ser el único y el primero
en desvirgar todos los lugares.


sábado, 14 de febrero de 2015

un extraño que despierta

Despierto en un lugar oscuro, que no es el mío habitual.
Uno que despierta en un lugar extraño.
Desorientado, sigo con los ojos los caminos poligonales
de las rendijas de luz en las contraventanas.
Intento hacerme una composición del lugar:
busco algún detalle familiar en las siluetas de los muebles y otras sombras.
Me cuesta. Noto la inercia de mis pensamientos,
que se resisten a ponerse en movimiento.
Un extraño que despierta en un lugar.


en la habitación

Dos manos poderosas me agarran de la nuca y me oprimen contra el colchón. La cama no puede tener brazos, y no puede haber nadie más en la habitación, pero la presión es demasiado real.

A continuación tengo sueños como chispazos, infinitamente cortos, pero en los que suceden muchas cosas. Veo gente que se acerca desde la lejanía como si estuvieran encadenados en una película en fast motion. Las risas macabras les preceden, y llegan a mis oídos en forma de oleadas de intensidad creciente. Sus movimientos se ralentizan conforme se aproximan, pero sigo sin poder moverme, sujetado por las manos. Las hileras blancas de dientes no se detienen del todo, y crecen hasta colisionar con mi cara.


guerrilla

Los domingos, sobre un pez globo tuerto.
De nuevo arrugado, reseco,
y a la vez empapado de alcohol,
como la menta en mi mojito de terraza cutre,
regentada por oportunistas incompetentes.

En mi interior una guerrilla
lucha por librarse de mí.
Puedo oír el silbido de los proyectiles
y sentir como se incrustan en mi córtex.

Nos veo con 50 años sentados en un banco
(¿o es otro con el que estás?).
Bueno, lo que quiero decir
es que la escena me enternece tanto
que quiero llamarte para follar.



tiro de mi memoria

Por las mañanas, como un Sócrates con resaca,
sólo sé que no recuerdo nada.
Jamás despertar fue tal aventura,
me digo, parodia de mi mismo:
¿dónde?
¿cuándo?
¿con quién?
¿con qué ropa?
¿con qué heridas?
Tiro de mi memoria pero ella tira con más fuerza.
Y dudo aún si esto me agrada o me asusta.


no sólo lo dejaste a él

No sólo lo dejaste a él,
cuando tu cabellera
desafió a Céfiro.
Me dejaste a mí también.

Los motivos siempre
fueron lo de menos.
Ese era nuestro incendio,
las lenguas que recorrieron
con insidia nuestros cuerpos,
mi piel que te llevaste
bajo las uñas,
las lágrimas tras tus huellas.


sigo rumbo a ese lado

De joven camino hay parte,
y sigo rumbo a ese lado.
Arte haces de todo, virgo,
que, con tus ensoñaciones,
roto me tienes y sin estandarte.

Escarbo y te robo en bajo.
Busco esos besos velados,
para que existamos de nuevo,
tiranos de los que trajeron consigo
la historia no escrita de nuestra traición.


el último trago

No quería haber tomado el último trago sin saber que era el último.
Quería tomar el último trago siendo consciente de que iba a ser el último.
Quería escenificar el fin de ese hábito.
Se trataba de recrearse en tal acto de clausura
para poder ubicarlo mejor en el espacio y en el tiempo.
Se trataba de asegurar que ninguno de los rincones de mi mente
alegase no haber estado presente.
Y por eso tomé uno más, y provoqué su enfado.
No juzgo al vicio, el vicio me juzga a mí.



sus ideas se cuecen a fuego lento

Sus ideas se cuecen a fuego lento mientras ignora a los mendigos y sus carros.
El humo que emana de sus cabellos se mezcla con la polución y las sirenas.
Atraviesa las calles como un rompehielos en dirección a aquel pequeño bar en el que han quedado.
Por el camino se detiene en seco enfrente de otro. Observa a algunas parejas en su interior a través del cristal. A nadie parece importarle. Aunque algunas personas clavan su mirada en ella esporádicamente, está segura que en realidad observan su reflejo en ese espejo improvisado que es la ventana con la noche a sus espaldas.
Baja la vista al suelo y vuelve sobre sus pasos. Hoy tampoco hablará con él.



fantasía y fiera de tu rostro

Fantasía y fiera de tu rostro.
Tortura sin mácula de un ideal de belleza.
Parásito de mi emoción.
Mendigas la primera de tus gracias,
mi hermana que de nuestra pasión vives falta.
Lloro. ¿Qué crees? Desconoces qué recuerdo de ese amor.


el esclavo de sus errores – 01

Una semana en la vida del esclavo de sus errores.

Día 01
Me despierto por la mañana.
Mi cabeza repasa 2.839.565 errores de los 3.126.087 que he cometido en la vida.
Abro el grifo. Recuerdo el error número 1.250.727 y el error 1.250.728.
Cometo el error número 3.126.088, y los errores 3.126.089 y 3.126.090.
Mientras como con los compañeros del trabajo, no llego a tiempo para ahogar un grito que emerge al recordar el error número 2.129.091. Un amigo me pregunta que qué me pasa. Le digo que nada, sólo que pienso en voz alta.
Me tumbo en la cama. Quiero dormir.
Mi cabeza repasa 741.993 errores de los 3.126.090 que he cometido en la vida.

Día 02
Me despierto por la mañana.
Mi cabeza repasa 3.599 errores de los 3.126.090 que he cometido en la vida.
Golpeo el armario con el puño al recordar el error número 3.126.088.
Recordar el error número 212.556 provoca que cometa el error número 3.126.093.
A lo largo del día he cometido los errores número 3.126.091 a 3.126.099.
Me tumbo en la cama. Quiero dormir, pero el error número 3.126.088 no me deja.

Día 03
Me despierto por la mañana.
Mi cabeza repasa 4 errores de los 3.126.099 que he cometido en la vida. Parece que hoy será un buen día.
Camino por la calle. Recuerdo el error número 7.812 y los errores 1.027 a 1.033.
La charla con un amigo me recuerda lo estúpido que fui al cometer el error número 3.125.912.
A lo largo del día he cometido los errores número 3.126.099 a 3.126.128.
Me tumbo en la cama. Quiero dormir.
Estoy tan cansado que lo logro.

Día 04
Me despierto por la mañana.
Mi cabeza repasa 6 errores de los 3.126.128 que he cometido en la vida. También hoy parece que será un buen día.
Cometo los errores número 3.126.129 a 3.126.154, y, cuando creía que ya no iba a cometer más, caen también los errores 3.126.155 y 3.126.156. Este último me bloquea en medio de una reunión.
Me tumbo en la cama. Quiero dormir.
Mi cabeza repasa 2.931.337 errores de los 3.126.156 que he cometido en la vida, y encima no consigo exorcizar de mi cabeza una odiosa melodía de reggaeton que alguien tarareó a mediodía. No puedo dormir.
Al final resultó ser un día de mierda.

Día 05
Me despierto por la mañana. Estoy muy cansado. La melodía retoma su paso desde la nota en que se quedó la noche anterior.
Mi cabeza repasa 516.750 errores de los 3.126.156 que he cometido en la vida.
Sin percatarme, gruño de forma audible en el metro al recordar el error 1.089.411. La mujer a mi lado me mira.
Ya al anochecer, me molesta darme cuenta que he logrado vivir 8 horas sin pensar en ningún error, porque ello supone recordar uno inmediatamente, y que esas horas no sean más.
A lo largo del día he cometido los errores número 3.126.157 a 3.126.179.
Me tumbo en la cama. Quiero dormir. Esta vez tampoco pienso en ningún error.