sábado, 30 de enero de 2016

oikumene 6 - diálogo con Argelao de Éfeso

En los días posteriores a la partida, durante las extenuantes jornadas a pie, se suceden largos silencios en los que Memnón a menudo se pregunta para sus adentros “¿De qué hablan un padre y un hijo que jamás han hablado? Mi vida apuesto a que ninguno de los muchachos resolvería este acertijo, y los vasos de vino sobre la mesa irían todos a mi vientre. Sólo se me ocurre –y él sólo me requiere–, de tanto en tanto, contarle mis aventuras e historias en guerras y batallas”.

El guerrero exhausto tras la batalla,
empuñando su espada de hierro.
Ésta a un costado y la punta baja,
mientras otea el paisaje desolador
que se extiende imponente a sus pies.

El manto de gramíneas
teñido de rojo se mece,
dibujando el perfil de un Sol cansado
al que no afectan sus caricias.

Los gritos de los heridos
rasgan la bruma por doquier.
Se suman y se entremezclan
en el viaje hasta sus oídos.

El tiempo se ralentiza.
Sería así la vida si hiciera parte
de un cuento de muerte sin fin.

Viendo a su padre absorto en sus pensamientos, Argelao le inquiere: – Si no es indiscreción, padre, ¿puedo saber en qué piensa?

En un primer momento, cree que no ha oído su pregunta, pero cuando está a punto de repetirla, Memnón se recompone y toma aire: – Ah, pues… recordaba el trigal tras la batalla… Un jardín rojizo de miembros amputados y hombres con las tripas asomando por profundos tajos, como muñecos deshilachados... Uno no puede evitar palparse el estómago para cerciorarse de que siguen todos ahí... – tras acabar esta última frase en un tono apenas audible, permanece unos instantes pensativo.

– ¿El qué, padre?

– Los intestinos, hijo, los intestinos... Me creerás si te digo que poco hay más perturbador que ver el propio interior salir fuera de uno mismo, y la sangre que no se acaba...

Transcurrido largo tiempo en el que Memnón prosiguió el camino completamente ausente, y mucho después que Argelao creyera concluida la conversación, el primero exhaló sonoramente: – En verdad te digo, hijo, hacer la guerra es, en su mayor parte, y sin importar cuántos lo nieguen, más tedioso que labrar las tierras. Y gloria no se encuentra en lugar alguno, sino en la mirada serena de unos pocos caídos, o, al volver victorioso, en la prosa reposada de los ausentes.

Entre los únicos momentos de grato recuerdo, jugar a los acertijos con los más novatos, y comentar los movimientos en combate con los veteranos, siempre junto a un gran fuego y con un vaso de vino sabiamente escanciado, pero sobretodo, reencontrarse con un compañero de armas vivo y de una pieza tras la batalla.

citas

We do not inherit the Earth from our ancestors; we borrow it from our children.
            (????)

La belleza es un privilegio de las mujeres.
Beauty is a privilege of women.
(Aristotle)

En lo que respecta a los seres humanos, al tener todos defectos, es el mejor el que menos tiene.
As regards to humans, since all of them have defects, the best is the one that has the less.
(Aristotle)

La verdad de un hombre siempre comienza a partir de lo que oculta.
            (André Malraux)

A scribe that knows no Sumerian, what sort of scribe is he?
(Babylonian proverb)

Cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad es hora de comenzar a decir la verdad.
            (Bertolt Brecht)

A diplomat is a person who can tell you to go to hell in such a way that you actually look forward to the trip.
(Caskie Stinnett)

The difference between a democracy and a dictatorship is that in a democracy you vote first and take orders later; in a dictatorship you don't have to waste your time voting.
(Charles Bukowski)

Happiness is not real unless shared.
(Christopher McCandless)

Cocodrilites.
(Cocodrilites. Silogismo)

Hay 3 caminos hacia la sabiduría: la reflexión, que es el más noble; la imitación, que es el más fácil; y la experiencia, que es el más amargo.
(Confucius)

Si se quiere educar bien a un hijo, hay que dejarle que pase un poco de hambre y un poco de frío.
(Confucius)

Este hombre ha comido cosas que harían vomitar a una cabra.
(Coronel Truman)

There is always something we can do. We can take a walk until the feeling passes. We can find someone else suffering and help them, taking the attention off our own. Or, finally, we can learn to muster our courage and simply sit still with what we are thinking are insoluble problems, becoming as intimate with them as we can, facing them until we get over our fear. They may even be insoluble, but that does not mean that there is nothing we can do.
            (Coyote, Peter)

No elegimos cualquier placer y no todo dolor debe ser evitado.
            (Epicuro)

Anfión derribó soplando los grandes muros de piedra de la ciudad.
(Fábula de Anfión)

A man found a satyr in the forests and invited him to have supper at his home. once they were sitting at the table, the satyr saw the man blowing his breathe into his hands. he asked him why he was doing that. the man said: 'my hands are cold so I blow to heat them'. afterwards, once they had the bowls full of soup in front of them. the satyr saw the man blowing his breathe into his bowl. he asked him why he was doing that. the man said: 'the soup is hot so I blow to cool it'. then the satyr stood up and opened the door to leave. the man asked him why he was doing that. the satyr said: 'I can't stay here with somebody that does the same to attain opposite goals'.
(Fábula de Aniano) (Fable of Anianus)

Rejuvenecer.
(Fábula de Faón)

Does anybody know what we are living for?
            (Freddy Mercuri)

Produce el mismo efecto que burros tocando la lira.
He causes the same effect as donkeys playing the lire.
(Greek proverb)

Es como intentar llevar un buey al gimnasio.
This is like trying to bring a bull to the gym.
(Greek proverb)

Detesto al convidado con memoria.
(Greek proverb)

A menudo un loco razona bien.
(Greek proverb)

Llora sobre la tumba de su madrastra.
(Greek proverb)

Haced como que morís cada mañana con el pensamiento, y ya no temeréis morir.
            (Hagakure)

Y porque los Dioses siempre juntan a aquellos que se asemejan.
And because the Gods always joins those who are similar.
(Homero, Odisea)

¿Qué te importa que todo el mundo te silbe si a ti mismo siempre te aplaudes?
What matters to you that everybody whistles to you, if you always applaud yourself?
(Horacio, Sátiras)

¿A dónde llevan tantas imbecilidades?
(Horacio, Sátiras)

Si sudas, morirás.
Should you sweat, you'll die.
(Inuit proverb)

Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él.
When in the world it appears a true genius, he can be identified because of this sign: all the fools conspire against him.
(Jonathan Swift)

Cada vez más gente desea únicamente reafirmarse en lo que ya piensa.
            (Javier Marías)

El hombre que no tiene precio es que no vale nada.
            (Joan March)

Friends leave for their bright future, left friendship unchanged in the city. I am so glad that it's an age that we can make friends all around the world.
            (Julie Zhong)

Una cámara llena de jade, nadie la puede guardar.
A chamber full of jade, nobody can guard it.
(Lao Tse)

Tienes una manera de empezar las conversaciones que hace que las conversaciones se acaben.
            (Lewis Harper)

Ser negro es muy duro. ¿Ha sido usted negro alguna vez? Yo lo fui, cuando era pobre.
            (Larry Holmes, a un periodista)

One must, in one's life, make a choice between boredom and suffering.
(Madame de Stael)

Be the change you want to see in the world.
            (Mahatma Gandhi)

Never doubt that a small, group of thoughtful, committed citizens can change the world. Indeed, it is the only thing that ever has.
(Margaret Mead)

En el mundo actual, el miedo al pecado ha sido substituido por la obsesión por la vergüenza social.
(Margerite Yourcenar)

El tiempo para perder, en grandes cantidades, nos asemeja a los prisioneros.
            (Mónica Prats Castellví)

Mind can make heaven of a hell, and hell of a heaven.
(Milton)

Hay mucho engañabobos porque hay mucho bobo al que engañar
(M. Toharia)

Freedom without opportunity is a devil’s gift.
            (Noam Chomsky)

I like the Heaven because of the weather, but I prefer the Hell because of the company.
(Oscar Wilde)

Entonces dejarás de estar separado del mundo, dejarás de ser un extraño en él, y la existencia se convierte en tu hogar.
            (Osho)

Elle aime l’attention masculine.
            (Pascal)

You cannot outrun a bear, but you can outrun your mate.
            (Pascal)

Errare humanum est.
            (Séneca, Lucio Anneo)

La vejez es tan molesta para los demás como para uno mismo.
            (Séneca, Lucio Anneo)

Si uno no sabe a qué puerto se dirige, ningún viento le resultará favorable.
            (Séneca, Lucio Anneo)

La vida es una escuela de gladiadores en la que se aprende a pelear y a convivir.
            (Séneca, Lucio Anneo)

Cuanta menos sabiduría se tiene, más feliz se es.
(Sófocles)

"The past is only a story we tell ourselves."
"Sometimes... I think I felt everything I'm ever gonna feel... and from now on I'm not gonna feel anything new... just lesser versions of what I've already felt."
            (Spike Jonze, “Her”)

Deja que tu enemigo se suba al tejado y después retira la escalera.
            (Sun Tzu)

One week, one girl.
(Toshinori Kuwahara 2007 AD)

Este es un error que a menudo se repite y del que nunca se aprende: hay que disfrutar de las personas mientras vivan. Por extensión, hay que disfrutar de la vida y de las experiencias mientras se esté presente y vivo.
            (????)

Cada generación desea ser la última.
            (filósofo contemporáneo)

Voluntad. Persigue con fuerza tus sueños. Pero primero ten claro cuáles son.
Lo hizo porque no sabía que era imposible.
Cuando la gente no puede hacer una cosa, te dice que tú tampoco puedes.
            (????)

Teuto es el Dios del Azar.
            (????)

viernes, 29 de enero de 2016

oikumene 5 - la noticia

Unos golpes débiles pero aun así audibles en el portón interrumpen la conversación durante la cena. Memnón se pone en pie, aparta la silla y pide silencio a su familia. Un extraño en el porche a estas horas no suele presagiar nada bueno. El chirrido de las bisagras al abrir la puerta anuncia a un varón famélico, sucio y sin afeitar, que dice responder al nombre de Hiparco. El joven ruega cobijo y pan, y tener unas palabras en privado con el padre de Cleanor de Éfeso. Memnón, viendo que no se trata de un vagabundo que deambula perdido, y nada en él resulta sospechoso, le invita a pasar y a sentarse a su mesa, y le ofrece gachas y una hogaza de pan. – Me imagino que estarás hambriento. Come tranquilo y hablaremos después.

Los hijos y la esposa de Memnón, que han permanecido congelados desde que éste se levantó, aprecian el gesto de agradecimiento en la cara de Hiparco y siguen con la mirada el andar pesado del joven hasta la mesa. A continuación, todos reanudan la cena en el más absoluto silencio y con los ojos puestos en sus escudillas. Sólo Argelao, incapaz de refrenar su curiosidad, se atreve a lanzar de tanto en cuanto una mirada furtiva al extraño, que devora con ansia los alimentos que le han sido ofrecidos.

Cuando ya todos los miembros de su familia han terminado, Memnón les pide que les dejen a solas. Con éstos ya encerrados en sus cuartos, observa con detenimiento al joven, que por momentos parece incomodarse. Aunque no cree que la razón sea que las gachas se le están terminando, Memnón pregunta amablemente: – Y bien, Hiparco, ¿sigues con hambre?

Éste niega con la cabeza y, sin poder disimular el temblor de su labio inferior, aparta a un lado la escudilla vacía. Armándose de valor, alza sus ojos hasta encontrar los de Memnón, cuyo semblante se torna más serio. Con voz grave y arrastrando las palabras, Memnón corta el tenso silencio: – Has venido a contarme que Cleanor está muerto, ¿no es así? –. Hiparco, que no encuentra la energía para articular palabra alguna, asiente pesadamente.

*  *  *

En las semanas siguientes a la partida de Hiparco, el tiempo transcurre aceleradamente, y las palabras del viejo Anaxágoras, compañero en mil batallas, acuden con frecuencia a la cabeza de Memnón, “Un hijo muerto es como un brazo amputado; ya no está, pero se siente, porque uno nunca acaba de asumir su pérdida”. Esa máxima, que siempre había considerado con ligereza, describía ahora sus sensaciones a la perfección. Por su parte, Argíope, guardando sobrio luto, y embargada por una profunda tristeza, apenas tiene ánimos para moverse.

Memnón reflexiona mañana y tarde sobre todas las historias que Hiparco les ha contado. Por ejemplo, cómo conoció a Cleanor tras enrolarse ambos como mercenarios, junto con otros diez mil griegos aproximadamente, a las órdenes de Lisandro de Esparta, que a su vez estaba al servicio del sátrapa persa de Lidia y Capadocia, Ciro el Joven, hermano del Rey de Reyes, Artajerjes II. Les contó también la expedición en la que participaron, hasta el mismísimo corazón del Imperio Persa, con la cual Ciro pretendía derrocar a su hermano y substituirlo en el trono. Y la terrible batalla de Cunaxa, en la que se enfrentaron a un inmenso ejército de esclavos comandado por el Rey de Reyes, donde Ciro perdió la vida atravesado por una flecha, así como el consiguiente desconcierto de los griegos y su extraordinario viaje de regreso, bajo el mando de Jenofonte de Atenas, entre otros, y hostigados constantemente por las tropas de Artajerjes II. Según Hiparco, Cleanor no estaba entre los griegos que, como él, emprendieron la retirada tras la muerte de Ciro en la batalla, y durante la penosa marcha de vuelta no pudo encontrar a nadie entre los supervivientes de la expedición que supiese si Cleanor había muerto, había huido o había sido capturado.
.
*  *  *

Rocas, herrumbre y cadenas.
El agua ha tiempo se ha evaporado.
Cristales de sal seca sobre su piel morena.
Noto el gusto en sus labios.

Con Argíope a lomos del águila gigante,
a gran velocidad volamos
sobre un mar embravecido.
La playa ocre de Éfeso a nuestra vera.

Acunados por los peñones rojizos
que conforman esta costa irrepetible,
los cedros nos silban sugerencias,
que a veces aceptamos de buen grado,
y otras descartamos cortésmente.

En la playa ceñida, a un lado,
advertimos no sin sorpresa
que allí espera Cleanor, que nos llama,
y se agita nervioso en la arena,
¿hubiera algo que no nos pudiese decir?

Es entonces que percibo ese aliento
sobrenatural que dándonos caza.
Y sin importar cuáles sean nuestras tretas,
a cada segundo, un paso nos recorta.

Memnón se despierta sobresaltado en la oscuridad de su habitación. Un sudor helado empapa la totalidad de su cuerpo. ¿Ha gritado en tanto se incorporaba? ¿O también eso lo ha soñado? A su izquierda, Argíope, que dormía plácidamente, lo observa ahora aún recostada pero con los ojos abiertos de par en par. Está seguro que éste no ha sido simplemente uno más de esos sueños recurrentes en que uno nunca consigue burlar al perseguidor. “Cleanor vive”.

*  *  *

Memnón, todavía atribulado, comenta ante la familia, reunida durante la cena, su sueño, que tiene la certeza de que Cleanor sigue vivo en algún lugar de Persia, y que es su intención partir en su búsqueda a la mayor brevedad.

– Padre, ¡déjeme acompañarle! – exclama Argelao, sin poder contenerse.

– De acuerdo, mas débote decir lo siguiente, Argelao, si pretendes morir en alguna insensata escaramuza, antes tendrás que avisarme, pues yo debo morir el primero, y júrame que, si esto último ocurriese, no te dejarás dar muerte, y llevarás mis huesos a la casa de tu madre.

– Así lo haré, padre, y que Caronte me niegue el acceso a su barcaza, si rompiese mi juramento.

*  *  *

Ya en la noche, en la intimidad de su lecho, marido y mujer se abrazan con fuerza: – No me veo capaz de convencerte con palabras de que éste no es un proyecto descabellado. Debemos partir pronto, pero temo por vuestra seguridad y desearía que...

Argíope interrumpe a Memnón: – No me iré de mi casa. ¿Acaso crees que los Dioses te enviarían a recuperar a tu hijo, para que en el proceso perdieses al resto de tu familia? Te esperaré aquí, como ya hice otras tantas veces.

“Con frecuencia me pregunto de qué hierro forjaron los Dioses esta mujer, que en buena hora me permitieron desposar. Y no puedo más que volver a darles las gracias”.

oikumene 4 - la despedida de Cleanor

Y heme aquí, despidiendote. El niño que ya no es tal, a recorrer la Hélade y luchar por otros hombres, como yo mismo hice a tu edad, y como tantos han hecho antes que nosotros. Toma por bien considerar estos mis consejos. El primero y más importante, nunca ansíes mucho toparte con Ares ni con Temis. Si ellos te reclaman, ya te encontrarán. Y estate tranquilo, que caminos para llevar a término sus propósitos... de eso no les falta. Por otro lado, con Fortuna no hagas cuentas, mas es caprichosa y esquiva, y a uno siempre sorprende, en sus formas, su tempo y su ocurrencia.

Cleanor, con mirada grave, asintió. Luego, tras abrazar a su padre, a su madre, y a sus hermanos, cargó el petate a las espaldas y partió, dejándolos a todos atrás bajo la acogedora sombra de una higuera, en el lindar del camino que unía las tierras familiares con la ciudad de Éfeso, visible como una tenue lengua de plata en la lejanía. Argíope y Argelao no pudieron contener las lágrimas. Éste último al poco arrancó a correr hasta alcanzar a su hermano mayor, y por un estadio caminó a su lado, cogiéndole de la mano. Cuando, aun gimoteando, llegó junto a Memnón, éste le dijo con una media sonrisa:

No llores tan agriamente, Argelao, pues no tardarás mucho en traer mismo disgusto a tus hermanas y tus padres, que los húmores de la aventura ya fluyen por tus venas.

Deteniéndose momentáneamente – Pero padre... tú vendrías conmigo, ¿no?

Memnón se dió media vuelta lentamente y, sin contestar la pregunta del menor de sus hijos, emprendió cabizbajo y pensativo el camino de regreso a casa.

oikumene 3 - huida de Éfeso

Memnón, ya en las fueras de Éfeso, decide proseguir la marcha solo bien entrada la noche, bajo el beso de la luna nueva pero no por ello ausente, y seguir a Venus, para encaminarse al sur/este y no perderse. A pesar de pisar sobre terreno desconocido, avanza con el nervio que imprime el terror.

Lo oscuro es un lienzo prístino en el que con facilidad se proyectan los recuerdos que atormentan a uno. Así, debe apartar a brazadas las razones por las que abandona Éfeso, como materializadas en unas amenazantes Moiras de carne y hueso que le abordan por los costados: esas abultadas e infundadas deudas que le reclama un miembro poderoso de una facción pro-espartana, aprovechando la coyuntura política favorable a tales desmanes por su parte, y que, de no huir, hubieran acabado por engullirlo para después escupir su esqueleto en unas mazmorras cualesquiera. Pero no puede permitir que estas tribulaciones nublen su juicio ni le causen más demora, pues los esbirros del usurero le dan caza –ya es seguro, su cabeza tiene precio–. Los alientos de esos perros no puede ver, pero todo el bosque los huele, y oye el siseo de sus dagas nacaradas. Untadas del veneno de la falsa justicia, sólo ansían extirpar el bolso con los dracmas de Memnón, y de entre sus vísceras las menos afortunadas.

Desconoce cuántos le persiguen, pero con certeza serán más, y más jóvenes, y por ello parece que lo más prudente sería no emboscarlos. Tampoco sus manos, ahora huesudas y encallecidas, son ya las mismas que veinte años atrás asían firmemente la sarisa con la que perforaba soldados esclavos del Rey de Reyes. Y sus armas… ah, sus armas… ancianas como él, sin derecho a sosiego. Al partir precipitadamente, consigo sólo pudo llevar la espada corta; por otro lado, en este frondoso bosque, la única útil y con la que podría avanzar a buen ritmo. Y, justamente, en su situación es muy difícil acertar una cadencia de paso equilibrada, que no le fatigue en exceso y le salve de traspiés alguno en esa densa oscuridad, pero que mantenga los predadores a distancia segura. Y por los Dioses… la falta de sueño no da tregua, que confiere a todo un fluir tan plomizo...

Con el paso de las horas, y en tanto le parece no estar siendo alcanzado, le invade –y él no la combate– una falsa sensación de seguridad. Más pensamientos se abren paso “Oh… si sólo tuviera una fracción del vigor de los odrisios. ¡Cómo corrían! ¡Jamás conocí unos guerreros semejantes, capaces de cubrir unas distancias en unos tiempos que escapaban a toda razón! Siempre sorprendían a uno en el lugar que menos lo esperaba. Muy rápidamente aprendimos a no bajar la guardia nunca en las vecindades de sus tierras, ni lejos de ellas, cuando íbamos a su encuentro”.

Pero el sueño y el agotamiento van haciendo mella no sólo en sus piernas, sino también en su resolución y en la claridad de sus razonamientos. Ingenuamente, esperaba que esos degolladores de cabras desistieran tan pronto abandonase la ciudad, pero la bolsa por su cabeza debe ser más alta de lo que suponía, o en las motivaciones de alguno de los susodichos se deben mezclar también asuntos personales. Empieza a estar harto de huir y en su interior va tomando fuerza la idea anteriormente descartada de emboscar a sus perseguidores. “¿Creerían esos malnacidos que Memnón era un viejo decrépito? ¿Una presa fácil? ¿O habían sido advertidos de que no debían fiarse? En cualquier caso, el hecho de que aún no hubieran podido darle caza debería haber puesto ya en alerta al más precavido”.

La voz de la cautela, que suena como la de su difunta tía Andrómaca, le sugiere que nada debería arriesgar sin saber cuántos son, pero ¿cómo averiguarlo? En las circunstancias en que se halla, si finalmente optase por la emboscada, lo único, sin duda, rezar a la diosa Fortuna para que no sean más que cuatro, dividirlos, y acabar con ellos en dos cargas independientes, con el factor sorpresa a su favor. Así pues, decide avanzar en zigzag; por aquí y por allá dejando rastros que induzcan a confusión, que les fuerce a separarse e ir unos por un lado y el resto por otro. Además, ahora sus ojos ya no sólo se preocupan de elegir la mejor pisada, sino que escudriñan en derredor esperando encontrar el lugar idóneo para tender la emboscada.

Ha dado por fin con un sitio que aparenta ser apropiado –“a los Dioses ruego que mi juicio no esté ahora tan nublado como lo están mis piernas”–: una gran roca desde la que podría saltar sobre uno de los grupos de perseguidores –si efectivamente ha logrado engañarlos y se han dividido–, pudiendo hacer mucho daño de una sola vez, en el caso que los integrantes del grupo no guarden una distancia excesiva unos con otros. En preparación del asalto, cubre con barro fresco su cara, sus brazos y la hoja de la espada, para que ningún reflejo traicionero pueda poner sobre aviso a los caza-recompensas, y luego espera pacientemente.

A poco tardar, se oye el crepitar de pisadas sobre hojarasca. “¡Maldición! Tres sombras, en columna de a uno, separados por dos brazos. Demasiados, y demasiado alejado el primero del tercero, pero ya no hay vuelta atrás…”. Memnón se lanza sin pensarlo sobre los dos últimos, con intención de golpear la cabeza de uno con la empuñadura de la espada, y la del otro con la piedra que sujeta con la mano izquierda. La empuñadura percute certeramente en la coronilla del que cierra la columna, pero no así la piedra sobre el segundo perseguidor, pues esa mano es la suya menos diestra. Aun así, el impacto ha sido importante, y espera que, si no de forma indefinida, al menos durante unos valiosísimos segundos, ese contrincante esté también fuera de juego.

El que abre la columna, al oír los secos crujidos, se gira rápidamente, ya con la espada desenvainada, y, para su sorpresa, contempla tres hombres en el suelo. Sin embargo, la oscuridad no le permite distinguir a Memnón de sus compinches, y duda a quién asestarle estocada. Muy valiosos resultan también, esos breves instantes, pues permiten a Memnón recuperarse de la caída, afianzar los pies en el suelo y propulsarse con gran ímpetu contra el estómago de ese oponente, que es derribado. Sujetándolo contra el suelo, la asesta un par de puñetazos a lo que cree es su mentón –pues la espada se le escurrió en la primera acometida–, y no hay tiempo para más, pues ya oye al segundo aproximándose por su espalda. Rueda a un lado en el momento justo, con lo que, sin poder evitarlo, el atacante, con la destreza aún muy mermada por la pedrada, ensarta su espada en su compañero.

Es evidente que se trata de un rudo rufián asaz curtido en este tipo de lides, porque apenas pestañea ni merma su resolución por el hecho de acabar de herir de gravedad a su par, y con la velocidad del rayo dirige de nuevo la espada hacia Memnón en un movimiento horizontal. Sólo un duro y delgado tronco, que por azar se encuentra en el camino de la hoja, impide que ésta le rebane el cuello. Ahora sí, una segunda piedra, asida firmemente con la diestra por Memnón, va a dar con fuerza en la frente del espadachín, y acaba el trabajo que no pudo completar la primera. Tras tomar aliento, recoge la espada y hace tajos en los tendones de las piernas de los perseguidores. Si el segundo grupo da con ellos, deberán llevarlos a sanar y no podrán proseguir con la persecución o, si no hiciesen eso, al menos no podrán proseguir a una velocidad suficiente como para suponer un peligro a corto plazo para Memnón.


miércoles, 27 de enero de 2016

de cómo se desvanecen

En la boca entreabierta, donde se encuentran las fronteras
que separan cordura e impiedad, delirio y defunción,
palabras de punta de acero, hilos y pluma
chocan con personas que no quieren levantar el puño del trazado.
Y es así que ellas se desvanecen, con elegante resuello y prisa pausada.

No es sólo de su sonrisa y trato afable
que a poco quedo huérfano,
sino que pierdo la colección infinita
de paisajes y lamentos que sus ojos encierran,
de tristes despedidas y reencuentros.

oikumene 2 - el primer encuentro con Tisafernes

(ver previamente la entrada "Oikumene 1 - La muerte del gigante Magón")

Tras la batalla, de la que la Liga de Delos ha salido victoriosa, Memnón, extenuado, reposa bajo la sombra de una encina. Frente a él desfila una larga hilera de prisioneros, donde se encuentran representadas y mezcladas todas las etnias y naciones del mundo conocido, desde algún feroz griego de Esparta que se dejó capturar con vida, y muchos de otras polis aliadas de los laconios, hasta bárbaros venidos de todos los confines del Imperio Persa, guerreros con aspectos como nunca antes había visto. “Pero… un momento… entre ellos... sí, no hay duda, su porte elegante… es él, el arquero persa que me perdonó la vida. Ni siquiera sus ropajes hechos girones, manchados de barro y sangre seca, le hacen perder un ápice de presencia”.

Memnón, sin poder refrenar su curiosidad, sigue a los prisioneros para ver a dónde los conducen. Éstos son obligados a entrar en un recinto delimitado por una empalizada de madera que se ha levantado improvisadamente en un claro del bosque, se les encadena en grupos de cuatro a unas argollas que se han clavado fuertemente en el suelo por medio de estacas.

Los días siguientes, Memnón acudirá con frecuencia al vallado para observar al persa, un personaje por el que su interés no hace sino aumentar con el paso del tiempo. Por esta misma razón, no duda ni un instante en presentarse voluntario para las misiones de vigilancia de los prisioneros y escolta en el intercambio de éstos y otros rehenes que está por tener lugar entre los dos bandos, una vez concluida la batalla y negociados los términos de dicho intercambio. Admitida su solicitud para custodiar la improvisada prisión, Memnón hace lo posible por ubicarse en el puesto de guardia más próximo al persa; si hace falta, sobornando a algún compañero a cambio de unas pocas de sus gachas.

– Hola, no nos han presentado. Mi nombre es Tisafernes – dice, en un griego cultivado, pero con acento peculiar, el arquero, que por supuesto había notado las miradas curiosas que el muchacho griego le había dedicado los días anteriores. – Soy (o era, mientras no me devuelvan con los míos) el máximo servidor de Darío II en Lidia y Caria. Si no te molesta que pregunte, ¿en qué polis naciste, y por qué luchas como luchas?

“¿Se acuerda de mí?” – Soy Memnón, hoplita de Éfeso, y lucho para que mi polis, mis hermanos, ninguno tengamos que vivir bajo el yugo de los bárbaros de Persia… bueno, y de los laconios y mm… – con un fervor que decae progresivamente conforme más se da cuenta de lo pomposo y altisonante, primero, y poco creíble, después, que suena su discurso, pues él mismo nunca ha acabado de comprender muy bien el porqué de esa guerra.

– Oh, interesante punto de vista. Sin embargo, ni tú ni los tuyos tenéis inconveniente en vivir bajo el yugo de Atenas, ¿me equivoco?

– No es… no es lo mismo – sin saber muy bien cómo articular una réplica mejor.

– Me parece que eso es justamente lo que quieren que pienses algunos charlatanes de Atenas.

– ¿Cómo es que conoces tan bien mi lengua? – queriendo cambiar de tema, pues no deseaba que el persa, que muy probablemente sería capaz de elaborar elegantes argumentos a la par que contundentes, le confundiese. Y es que, aunque en la batalla apenas hay un instante para pensar, nada puede ser peor que albergar dudas respecto a si es justo o no el propósito que está llevando a uno a hundir el hierro en las carnes de tantos congéneres.

El hombre sonríe: – Me parece bien. No hablemos de política, si es esa tu voluntad. En lo que concierne a tu pregunta, en la corte, a la inmensa mayoría de los que habremos de ocupar puestos de relevancia, se nos exige dominar el griego; particularmente a aquellos que, como yo, ostentaremos (¿es así como decís?) satrapías en Asia Menor, por el trato que habremos de mantener frecuentemente con representantes de las polis griegas en esas costas.

Impaciente: – Me gustaría mucho aprender vuestro idioma, y cosas del lugar del que vienes.

– Vaya, admiro tu interés, no es algo muy habitual, y por supuesto me complacerá instruirte, pero dudo de que dispongamos del tiempo suficiente –. Pero en eso Tisafernes yerra, puesto que, aunque ellos todavía no lo saben, el intercambio de prisioneros se demorará unas cuantas semanas, por la incapacidad de los contendientes para consensuar unos términos mutuamente satisfactorios. Así pues, finalmente tendrá oportunidad de enseñarle una parte nada despreciable de su lengua y su cultura.

ovillo de esparto

Habiendo tanto que contar…
Y a escuchar sólo pocos hay dispuestos,
sin saber a quién o de qué forma.

Se acumula en la garganta,
un ovillo de esparto que no puedo tragar,
y con el que no es posible tejer.

Escasos minutos para colmar anhelos mesiánicos,
gérmenes de frustración que empujan
a gravar con cuchillos el desencanto en la piel.

domingo, 24 de enero de 2016

el hígado ayer me dijo basta

Mi hígado ayer por la noche me dijo basta, que me fuera yo, que él se quedaba en casa. El resto de mi ser seguía debatiéndose entre salir o no salir. El déficit de sueño acumulado era ya muy acuciante, y yo sabía que, fuese cual fuese la decisión que tomase, al día siguiente me arrepentiría.

sábado, 23 de enero de 2016

el festival de radicales libres

Látex, silicona y botox a raudales para salpimentar ese festival de radicales libres que, en su 30 aniversario, decidieron interesadamente rebelarse y condenar a la obsolescencia la palabra “vejez”.

Bajos hombros caídos, nylon y desagüe enmarañado en sus pelos. Son un muro de pieles sin Sol que las enrojezca, y sueñan con darle una paliza a ese momento que les recuerda su vacuidad.

¿Cómo medir el castillo que cada cual edificó para relativizar su triste mediocridad?



they are just what they are

As I got close to the coffin,
where always belonged to,
the fist, triggered by an own,
primal will, hit hard on those
wooden doors of Hell,
and I faced my demons,
since, in the end,
they are just what they are.


domingo, 17 de enero de 2016

fantasía y fiera de tu rostro

Fantasía y fiera de tu rostro.
Tortura sin mácula de un ideal de belleza.
Parásito de mi emoción.
Mendigas la primera de tus gracias,
mi hermana que de nuestra pasión vives falta.
Lloro. ¿Qué crees? Desconoces qué recuerdo de ese amor.

digo, todavía eres belleza, sueño y piedra

Digo, todavía eres belleza, sueño y piedra.
Digo, bella, que todavía eres mito translúcido,
por el que veo tu savia pendenciera,
como si fueras vaina con pulso.

Pero arrópame, mercenaria de tez fúnebre,
que arrojas tierra a los ojos de tus guerras.

por qué tú mueres y yo vivo

Qué fue de los niños del parque,
del barro y las trincheras,
la noche y el hielo,
mis años y los tuyos.

Qué fue de los cigarros robados
al alba, de las fotografías ajadas
y la pianola, la botella
de Osborne y el sucio almanaque.

Por qué, si ya no está,
recuerdo a mi abuelo,
y en mi mente algo chirría
y sé que no es la misma persona.

Por qué tú mueres y yo vivo,
y el circo sigue, nuestros huesos
arrojados a la caldera.





en el pozo

No puede ser sino en el pozo
donde se reconoce uno.
Donde es capaz de desarrollar
la mayor empatía hacia su ser.
Donde sus miserias le tutean,
y sólo el hielo conspira
para verle ennegrecer.


la brújula y el condón

¿Qué pensaría usted si encontrase una brújula y un condón en la cartera que le acaba de robar a un tipo? Pues en la oscuridad de mi salón intento reconstruir su cara, con la esperanza que eso me ayude a encontrar una explicación plausible. Pero todo el esfuerzo es en vano. Quiero decir, logro visualizar a la perfección su casaca roja, los bolsillos y el momento del hurto, pero nada más.

Aunque, ¿quién puede asegurar que los rasgos faciales de la víctima me darán más pistas que los rotos y descosidos de su abrigo? ¿Se trata de un marinero en busca de su furcia, un excursionista del montón, un bromista precavido, u otro amigo de lo ajeno? Y en todo caso, ¿qué más me da? Todas estas cavilaciones baratas se deben únicamente a que el hallazgo me ha desconcertado. Lo importante sólo es el metálico que llevaba el desafortunado, que, por cierto, no es mucho.

Haciendo honor a la costumbre, me dirijo a Perdición, mi antro de adopción, origen y fin de todos los caminos, donde el escaso botín me dará al menos para un par de vasos llenos de ese bourbon guatemalteco que sirven a los más incautos. A lo mejor sus efluvios tóxicos me inspiran.

Doblo la esquina y ya huelo sus butacas de terciopelo acolchadas, envejecidas y horadadas por mil colillas, atrapando al personal como un velcro irresistible hecho de colmillos de perros con rabia, que por nada soltarían a su presa. Allí, beber es un trabajo y, a pesar de la feroz competencia, Pushkin es el empleado del mes.

Ringo, tras la barra, está fregando un vaso. Uno de sus ojos apunta al televisor, mientras el otro persigue a la única mujer del local que no se puede confundir con un hombre. El aire, respirado mil veces, es el de un submarino alemán en el fondo del mar; aire, si se puede llamar así, que alguien olvidó apresado en una bodega de metal herrumbroso. En el barrio, donde reside un número tan elevado de artistas cuya petulancia excede los límites de la razón, la existencia de un reducto de brutalismo y vulgaridad como este antro es una bendición.

Avanzo hacia un asiento libre junto a Love machine, otro cliente habitual, de los pocos a los que no parece que le haya pasado un cortacésped por la cara, un cruce entre Tina Turner y Mickey Rooney, alto como la primera, habiéndole sustraído el segundo. Es un gozo que nadie preste atención a mi presencia. Tras el saludo de cortesía al anciano y a Ringo (sólo con ellos ese acto tan inocente no puede volvérsele a uno en contra, en la forma de un fastidioso monólogo de tres cuartos de hora, ante el que sólo cabe asentir, brindar y alzar las cejas), le señalo a éste último la botella de bourbon del segundo estante. No hace falta que le diga que lo quiero on the rocks –nada en mí genera un condicionamiento pavloviano comparable al crepitar del hielo cuando es abrazado por el alcohol–.

No es ninguna novedad que entre alguien en Perdición, pero sí lo es que entre alguien nuevo. Y, a pesar de que doy la espalda al recibidor, eso es precisamente lo que puedo leer en la mirada llena de desconfianza de Love machine, que interrumpe en seco una de sus habituales diatribas sobre si son mejores los futbolines de madera o los de acero. El asunto no tendría mayor importancia para mí, si no fuera porque el tipejo, un hombre corpulento de cincuenta y tantos, sostiene doblada en su mano derecha una casaca roja idéntica a la del desafortunado al que birlé la cartera, so do the maths. Parece que, por una ironía de la vida, la víctima acude por su propio pie a la guarida del lobo y, a mayor gloria de la diosa Fortuna, toma asiento al lado de éste.

Tras los obligados “Buenas noches” y “¿Cómo está usted?”, se sucede una hora larga de charla animada y animosa, que el compadre interrumpe con un “Te invito a… ¿qué estás tomando?”. Le contesto y Love machine se descojona. Él se palpa los bolsillos, primero con calma, y luego más nerviosamente aquí y allá, con la cara mudando de una mueca de incomprensión a otra de disgusto. “¡Joder, me han robado la cartera!”, dice con la mirada perdida. “Qué me vas a contar…”, musito para mis adentros, y sigo con voz sonora “¡No hace falta que te inventes ninguna excusa, hombre! Esta ronda ya la pago yo”, mientras agito en el aire los billetes de su cartera. “Lo de menos es el dinero...” –“no me digas”–, y continúa “…lo que es una putada son los documentos de identidad, las tarjetas de crédito…” –“las brújulas y los condones…”, mordiéndome los labios para no reír– “… y bueno, un par de objetos con mucho valor sentimental”. Ahí reconozco que ha captado completamente mi atención. Entonces me cuenta que llevaba un par de recuerdos de su hijo, las únicas pertenencias que encontraron tras su desaparición un fin de semana que fue al bosque con unos amigos. “Y no se lo digas a nadie, pero por mucho que me desagrade, y por mucho que me esfuerce en evitarlo, cuando miro esos recuerdos indefectiblemente me entristezco al pensar que murió virgen“. Transcurrido un rato, aprovecho que se va a los retretes para largarme, no sin antes dejar su cartera sobre la barra. Perdición, origen y fin de todos los caminos.