lunes, 29 de febrero de 2016

aquel insaciable y desenfrenado deseo de saber y conocer

Pedro de Urdemalas a Felipe II:

Aquel insaciable y desenfrenado deseo de saber y conocer que natura puso en todos los hombres…
no puede mejor ejecutarse que con la peregrinación y ver de tierras extrañas.

Viaje de Turquía (Cristóbal de Villalón o Andrés Laguna)

sábado, 27 de febrero de 2016

untitled painting


rain


the eyes tainted in a killer red

Popping out of the powder fog,
all in white but the eyes
tainted in a killer red,
the phantom of kitsch
came to drag us all down to Hell.

He scared to death
all our fellas in the muddy bar
with an unloaded book in his hand,
like if in a baby face feast
or amidst the audience of
a Methodist temple.


en el bus por la mañana

El vino rancio y pegajoso no quiere abandonar sus pulmones.
No puede distinguir qué le causa mayor dolor en su cabeza,
si la falta de sueño o la deshidratación por la noche de alcohol en vena.
La mañana se detiene e inicia la marcha atrás.
Quiere que sus ganas de vivir ese día pasen delante.

miércoles, 24 de febrero de 2016

el Apóstol de la auto-mutilación

Su sangre viajada, repartida por toda la ciudad.
Manchas resecas en paredes, gotas y trazas en suelos y farolas.
Carcajadas de una mente frágil e insana.

Noches de dolor en los nudillos, y las mañanas…
charcos en la almohada, whiskey en los pulmones.

Enfrentar navajas, agarrar con fuerza sus filos, deslizar los dedos.
Romper botellas, jugar con sus cristales, grabar dibujos en la piel.
Carcajadas de una mente frágil e insana.

Pedro Pedersen 5 - directo al nasal

El adolescente recibió con curiosidad la nueva excentricidad de su compañero: por las noches, al acostarse para dormir, le susurraba a los oídos terroríficos relatos inspirados en el menor de los Jackson –al que, por supuesto, no se mencionaba nunca por su nombre, sino que siempre estaban protagonizados por un misterioso Sr. X–. Arturo los inventaba, pero sorprendentemente su esquizoide intelecto resultó ser una fuente muy fructífera y verosímil y, lejos de provocar el menor rechazo o reacción en Pedro, despertaron en él un interés inusitado, y ya no conseguía conciliar el sueño si Arturo no le contaba antes una de esas historias.

Un par de meses después, Arturo seguía atascado. No lograba recuperar la ansiada información de la mente del chico, ni daba con el modo idóneo de revelar su secreto. Por aquél entonces, Pedro ya era perfectamente capaz de explicarle a Arturo con sus propias palabras que él no era otra víctima de Michael Jackson. Sin embargo, como hemos dicho antes, Arturo nunca se atrevió a preguntarle nada sobre el tema directamente. Por el contrario, probó una última estratagema, que consistía en ponerle música del susodicho a todas horas, y resultó que a Pedro también le encantaba. Con el tiempo, y para espanto y sorpresa del Sr. Arturo, Pedro se fue convirtiendo en una auténtico fanático, y el problema se agravó el día que descubrió que Michael estaba en la ciudad para hacer un concierto por todo lo alto.

Pedro insistió tanto en ir, que Arturo no tuvo más remedio que acceder, a pesar del riesgo enorme que suponía meterse en la boca del lobo, entre todos esos fans de los que tanto tiempo se habían estado escondiendo, pero, ya desesperado tras meses de infructuosos intentos, se justificó en su fuero interno pensando que podía ser el estímulo definitivo para lograr que Pedro liberase sus recuerdos reprimidos. Y en todo caso, probablemente sería el mejor escondite, el único lugar en el que los fans no buscarían a Pedro y tendrían toda la atención puesta en su ídolo...

Pudieron pagar unas entradas en primera fila sin problemas (Arturo se lo tenía muy callado, pero, aunque no lo parezca, el negocio de las colillas mueve millones de dólares en el mercado de los sin techo, y guardaba celosamente sus ganancias en un compartimento secreto en la mitad de perro disecado que llevaba siempre bajo el brazo).

Durante el concierto, entre toda esa jauría desgañitándose, consiguieron agarrar unas baquetas que lanzó Michael al público, no sin antes prometer que el que las agarrase podría acceder a su camerino tras el espectáculo. Así fue como lograron estar a solas con el Rey del Pop, y Arturo aprovechó la ocasión para torturarlo simulando que lo ahogaba con sus bolsas de Mercadona, ante la atónita mirada de Pedro que era incapaz de reaccionar.

Arturo le recriminaba a la super-estrella, “¡malnacido, indecente, cómo pudiste cometer esos actos tan viles con este pobre chico!”. Viendo la muerte tan cerca, el torturado empezó a gemir y llorar, y, cuando de tanto en tanto Arturo le retiraba la bolsa para que pudiese tragar alguna bocanada de aire, gritaba entrecortadamente con todas sus fuerzas “¡yo no soy Michael Jackson! ¡Soy un doble! ¡El verdadero Michael Jackson murió en el 86!”.


domingo, 21 de febrero de 2016

paseando por el camino del hartazgo

Paseando por el camino del hartazgo,
uno pisa y borra las huellas que dejaron los demás,
tapa sus rostros con auriculares como muro,
mira a través de sus cuerpos el vacío a su espalda,
y emite los gemidos sin otro fin que reclamar atención.

carrying televisions (cargando televisores)


the ghost of the machine (el fantasma de la máquina)

The system transcends the individuals, becomes aware of itself, and does whatever it takes to self-perpetuate, no matter the consequences.

El sistema trasciende a los individuos, toma consciencia de sí mismo, y adopta las medidas necesarias para auto-perpetuarse, pisoteando a quien haga falta.

sábado, 20 de febrero de 2016

Pedro Pedersen 4 - directo al frontal

El adolescente por su parte seguía demostrando día sí y día también ser un alumno aventajado. En poco tiempo dominó los monosílabos. Así es que tanto los funcionarios antipáticos como los contestadores automáticos de las empresas de telefonía constituían para él unos excelentes compañeros de plática, y mantenía largas, accidentadas y estériles conversaciones con ellos, siempre que Arturo le dejaba.

El creciente uso de la palabra hablada por parte de Pedro fue interpretado por el indigente como un indicio de recuperación.

Aquellos días de aparente estado catatónico quedaban muy lejanos en su memoria, y se empezaban a fundir con recuerdos de apasionados revolcones primaverales con amazonas en las estepas. Aunque realmente no estaba muy seguro de haber vivido esto último.

Temeroso de que Pedro tuviese una recaída, no quería forzar al chico a recordar conscientemente los episodios desagradables con el rey del pop. Pero era del todo imperativo conocer los detalles de sus experiencias, si las querían hacer públicas. Así es que, mientras Pedro dormía, a la vez que pensaba en el modo de revelar su historia al mundo entero, Arturo escuchaba atentamente esperando que el chico hablase en sueños, con objeto de recabar pistas que le indicasen lo que le había sucedido.

El esfuerzo resultaba en balde. Las únicas palabras que alguna vez llegó a distinguir fueron: sí, no, y más tarde nabo y salfumán, éstas últimas cuando Pedro realizaba ya sus primeros pinitos con las palabras bi- y trisílabas. El resto de ruidos que profería le parecían más bien estertores de un verdulero Venusiano.

Por aquel entonces, la paranoia empezaba a hacer mella en Arturo. Veía por todas partes palurdos haciendo el moonwalk y niñas gritonas zarandeando carteles, en los que había dibujados cursis corazoncitos o la leyenda ‘I love you, Michael’, según el caso.

Intuyendo que el enemigo estrechaba su cerco sobre ellos, y notablemente influenciado por su propio e incipiente desorden mental, decidió que era tiempo de arriesgar y adoptar una nueva estratagema para intentar recuperar los recuerdos latentes en el subconsciente de Pedro.

Pedro Pedersen 3 - directo al occipital

Para empezar, el Sr. Arturo se propuso enseñar al chico a valerse por sí mismo de nuevo, porque, en ese momento, era evidente que no era capaz de hacerlo, dado el estado de sus habilidades psicomotrices, así como del habla, profundamente mermados.

‘Pobre chico’ pensó, ‘si éstas son las secuelas, no quiero ni imaginar cómo serían los episodios con el astro’.

Se inicia así un bizarro proceso de aprendizaje, en el que el chico aprende rápido por imitación (que, como acertadamente decía Confucio, es el camino más sencillo hacia el conocimiento). Por ejemplo, en cuestión de segundos ya escudriñaba como Arturo los rostros de todos los conciudadanos a su alrededor, ajenos a las sospechas infundadas que sobre ellos recaían.

Pocas horas después, descubría cómo se robaban lonchas de pavo y pan de molde en el supermercado y, lo que es más importante, cómo se combinaban y engullían. Felizmente constató que tal acción acallaba por fin los ensordecedores quejidos guturales de su estómago por estrenar.

Los días pasaban y el aprendizaje de Pedro progresaba satisfactoriamente –léase ésto con hilo musical y visualícese una concatenación de escenas diversas y entrañables del proceso–.

Mientras tanto, variaban frecuentemente de escondite, trasladando con esmero sus únicas pertenencias: las bolsas de Mercadona y una mitad de perro disecado, que ambos tenían en especial estima. El perro tenía sólo medio nombre, como no podía ser de otro modo.

Pero las madrigueras y refugios del Sr. Arturo se agotaron rápidamente, y pronto hasta sus improvisados cambios de hábitos para evitar que los fans de Michael Jackson les encontrasen empezaban a parecer rutinarios.

Junto a esto, había otra cosa que preocupaba en especial a Arturo: huir de la fauna urbana inmunda (ratas, cucarachas y mormones) es tarea fácil, lo había hecho más de media vida, pero la simpleza mental de los fans los hacía imprevisibles. Es decir, su absoluta imbecilidad impedía a Arturo predecir su siguiente movimiento, lo cual representaba una inquietante amenaza. Por todo ello pensó que ya era hora de ponerse manos a la obra para hacer efectiva la segunda parte de su juramento, y se puso a meditar el cómo. En realidad creía que a la postre esa era la única forma de garantizar indefinidamente la seguridad de Pedro.

viernes, 19 de febrero de 2016

Pedro Pedersen 2 - directo al maxilar

Ante la expectante pasividad del chico, el indigente tomó la iniciativa. Se levantó, realizó un intento de reverencia, que se quedó en aspaviento grotesco, y se presentó a si mismo como Sr. Arturo. A continuación le mostró en pocos pasos cómo limpiarse las legañas, arte que muchos y respetados adultos todavía no dominan. Tras ello inició un largo monólogo en el que trató de resumirle su periplo vital hasta el momento en que se habían conocido.

A pesar de que el lenguaje corporal del indigente se asemejaba a una sucesión de espasmos epilépticos y que su halitosis causaba en el prado el mismo efecto que los paseos de Atila, Pedro atendía a su relato con gran fascinación, algo que no resulta extraño considerando que, uno, no entendía nada y, dos, hasta entonces sólo se había relacionado con la acera.

Cuando el Sr. Arturo hubo acabado de hablar, se percató del estado aparentemente catatónico del adolescente, y cayó en la cuenta que no había sido motivado por su verborrea, sino que éste se prolongaba desde el primer instante en que lo conoció, aquél en que le había ofrecido su vino de garrafón. Eso lo perturbó.

Tras unos compases desconcertantes, abroncó a la orquesta, espantó a las moscas de sus pies y creyó dar con la explicación a su aletargado comportamiento. Los síntomas del chaval lo evidenciaban. Obviamente no podía sino tratarse de una nueva víctima de las reprobables perversiones de Michael Jackson. Un muchacho más. Otro. Traumatizado por los abusos de la estrella del pop. Vagando sin rumbo por las calles. Además, con toda seguridad –pensó el Sr. Arturo-, la vida de su nuevo compañero estaría amenazada por grupos de enloquecidos fans del músico, bebedores de líquido anticongelante, deseosos de eliminar cualquier evidencia que pudiese poner de nuevo en peligro la carrera de su ídolo.

No. El Sr. Arturo no podía dejar que esas hordas de chiflados histéricos con camisetas ceñidas, adoradores de un paramecio de piel cambiante, se saliesen con la suya. Cual Escarlata O’Hara, juró con voz audible, prietos los puños y en cinemascope que protegería al chico con su vida y que no descansaría hasta lograr que la verdad saliese a la luz pública. Los transeúntes a su vera aceleraban el paso. Las bolsas aplaudían. Lágrimas por doquier.

Acto seguido el indigente adoptó una mirada de suspicacia que –y esto es un secreto– pretendía mantener con carácter perpetuo. Además, su ceño se frunció y la joroba pareció repuntar. Señales inequívocas todas éstas de su nuevo estado de alerta, que no abandonará hasta varios parágrafos después, por agujetas en los músculos faciales y calambres en el trapecio y deltoides.

Pedro Pedersen 1 - directo al parietal

Pedro Pedersen nació a la edad de 17 años con una jarra llena de cerveza en la mano:

Final a) No. Mentira. La jarra estaba semivacía. No. Mentira. En realidad no existía tal jarra.

Final b) Se incorporó. No le gustó lo que vio a su alrededor y decidió morir. No. Mentira. Era demasiado cobarde para morir, aunque él ignoraba el significado de estas palabras, y por supuesto el de todas las demás.

Final c) Como no sabía nada, ni conocía nada, se dedicaba a sentarse sobre tramos sucesivos del bordillo de la acera, permaneciendo en cada uno por espacio de varias horas. Tomaba nota mentalmente de aquellas porciones que a su parecer eran más ergonómicas. Con el paso de los días las legañas se acumulaban en sus ojos, las monedas, en su jarra, y unos rugidos cavernarios sacudían cada vez con más fuerza sus tripas.

El primer ser que se dirigió a él, sin contar los que lo hacían para gritarle ‘aparta estúpido’ o ‘aparta subnormal’, ni tampoco los que le meaban en las piernas, fue un hombre tumbado a su lado sobre un centenar de bolsas de Mercadona. Le espetó:

-   ¡Lávate la cara con esto! Las legañas se diluyen.- alzando un tetrabrick de vino y agitándolo en el aire.

Al incorporarse, el viento le robó algunas bolsas de plástico que fueron a enredarse en las orejas de los transeúntes.

La larga cabellera del desconocido ocultaba parcialmente sus ojillos rasgados y una amplia sonrisa carcomida. Se adivinaba pelo canoso bajo la mierda. Por último, un sombrero de paja deshilachado y sus pantalones raídos, unidos a la completa ausencia de higiene corporal, le conferían el aspecto de un pariente cerdo de Tom Sawyer.

Pedro había hecho así su primer amigo, y no había necesitado barro para ello.

oikumene 8 - el angosto paso en la tierra de los fenicios

– ¡Venid, padre, venid! ¡Mirad lo que encontré aquí en este recodo, grabado en la roca maciza!

Memnón se acerca y recorre la piedra con el índice y el pulgar, examinando con detenimiento lo que parecen antiguas inscripciones en diferentes lenguas. Sus dedos se frenan ante una escritura que le es familiar.



Entrecerrando levemente los ojos, masculla lentamente algunas palabras inaudibles para Argelao: – Nosotros guerreros alegrarnos…


Tras enderezarse, y, con un chorro de voz, como si quisiera que todos los habitantes de la cercana Sidón se enterasen, exclama: – ¡No cabe duda, entonces! ¡Éste debe de ser el angosto desfiladero del que Tisafernes una vez habló, donde muchos ejércitos quisieron dejar constancia de su paso, y agradecer al mismo tiempo a los Dioses el haberlo logrado sanos y salvos! Resulta obvio que es un lugar excelente para tender una emboscada, en la que unos pocos pueden poner en grandes apuros a una fuerza muy superior. Tal vez debiéramos hacer nosotros lo mismo, si ello place a los Dioses y reconforta también a los que en el futuro nuestros pasos deban seguir.

– ¿El qué? ¿Tender una emboscada?

– Ja, ja, ja, ja… No, hijo, no. Me refiero a grabar en el granito un mensaje de agradecimiento a los Dioses por haber logrado cruzar, sanos y salvos, el desfiladero.