miércoles, 9 de junio de 2010

la despedida

Pedro Pedersen nació a la edad de 18 años y 98 días. Nació apoyado sobre la barandilla de un balcón. Era un séptimo piso. Desde allí observaba un coche verde oliva aparcado en la acera de enfrente. A través del parabrisas veía a su madre sentada en el asiento del copiloto. Lloraba. Tenía los ojos entrecerrados y las mejillas rojas. El torrente de lágrimas y sus intentos por enjuagarlas había hecho un estropicio en su sombra de ojos.

Su padre volteaba la cabeza y hacía marcha atrás. Volvían a casa. Él no. Él se quedaba ahí, en el balcón. Sin embargo no sentía tristeza. Sentía algo distinto, la ausencia de sentimiento alguno. Se encontraban por primera vez.

Siguió el coche con la mirada hasta que torció la esquina. Rayos de atardecer, últimos de un largo verano, calentaban su mejilla izquierda. El resto de la ciudad se movía. Peatones y coches seguían apareciendo y desapareciendo como siguiendo un guión de película barata.

Pedro se preguntaba si su madre seguiría llorando, si seguiría existiendo al doblar esa esquina, o si simplemente se había ido a su camerino y una maquilladora le estaba retirando la crema base.

Una mano golpeándole la espalda empujó sus pensamientos por encima de la barandilla. Detrás de ella venía su primo. Era alto, delgado y, como Pedro, tenía cara de niño. Sus pecas y sus ojos lo miraban desde lo alto. Con la cabeza le indicaba que se metieran en casa. Aquella misma noche se fueron a beber, sentados en la calle, como tantos otros, con tantos otros. Pedro vestía de marrón, y de ese mismo color era la calle, las luces, sus recuerdos y todo lo que le rodeaba. También las botellas de cerveza que vaciaban.