viernes, 6 de noviembre de 2015

todos los viajes que hice fueron a ninguna parte

Cada latigazo de la segundera es una bofetada en mi cara en este tugurio en que se convirtió mi existencia mientras yo, distraído, contemplaba las nalgas de las camareras pechugonas en su ir y venir constante por entre las mesas del bar. La música crea esa atmósfera que parece que le gritan a uno por un oído, y cuando se vuelve cree que le gritaron del otro, jugando al despiste, con las neuronas desplazadas a cada rítmica sacudida, primero aceleradamente y después en una calma suspendida, disipado todo ímpetu, calcetines sucios sumergidos en la piscina abandonada, de aguas como el rubí y mierda estancada.

Seco, veo la vida como a través del vaso vacío, y eternos se hacen los instantes hasta que todo se vuelve opaco tras éste. Todos los viajes que hice fueron a ninguna parte, y las fotografías, si las tomé, alguien hizo bien en olvidarlas. Los que nos rodean no quieren las pruebas de nuestro fracaso; un sorbo, no más, que avive la llama de lo que hicieron bien. Quiero creer que soy joven de nuevo, que la respuesta está en los árboles, que todo está por hacer, y olvidar que parece que, desde todos lados, me retuercen las pelotas con tenazas.

Bea, Carla, Inés, María, Gema, Nadia, Sonia, Vicky, Laura, Paula, Miriam, Verónica. ¿Por qué llegasteis y os fuisteis? ¿De qué laberinto de mil caminos formamos parte, que nos mantiene enlazados pero no nos permite encontrarnos?



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