martes, 1 de enero de 2019

oikumene 9 - navegando hacia la tierra de los fenicios


¿Que qué es lo que más recuerdo de aquellos días? Principalmente... el aburrimiento... Un aburrimiento cansino, embrutecedor... que a duras penas lograba mitigar pescando… o con las breves partidas de dados (la marinería no disponía de mucho tiempo libre) … También mi padre… siempre en silencio, dándome la espalda… ahora escudriñando el horizonte… o con la mirada fija en la proa del gauloi [1], como si nada importase más que romper la siguiente ola...

Sí... cierto... algunas cosas buenas... El olor a sal marina... Sentir el rocío de las crestas espumosas en la cara... Alguna gaviota despistada de tanto en tanto... La oportunidad de aprender algunos rudimentos de fenicio… Me resultaba especialmente graciosa una cancioncilla que los hijos de Biblos [2] habían inventado para burlarse del Rey de Reyes:

Mengua tu trono, rey,
y no te das cuenta.

Menguan tus fieles también, rey,
a quienes tus ínfulas
cada vez más soliviantan.

Mengua tu discurso, rey,
errante y henchido de arrogancia.
Y no lo quieres ver,
mas menguas tú también,
rey menguante.

Mengua el trono tuyo, rey (inscripción en fenicio del siglo VIII a IV a.C.)


Pero, principalmente, recuerdo el aburrimiento... ¡y los estragos que hacía!… debe creerme usted, pues animaba a la mente a divagar… ¿sería que me había embarcado en esta aventura sólo para no decepcionar a mi padre? ¿Para que él no muriese solo, en un lugar perdido de Bactriana [3]… habiéndome olvidado… enfrascado en una búsqueda loca y fútil de su primogénito, su hijo predilecto? ¿De veras me había embarcado simple y llanamente por amor a mi hermano? ¿Por una voluntad sincera de encontrarlo?

Y conforme arribábamos a la tierra de los fenicios, la proa siempre a levante, estas dudas mías no amainaban, me carcomían, y minaban mi moral. Padre parecía no percatarse de nada, o, cuanto menos, eso es lo que aparentaba, los pensamientos perpetuamente nublados, la mirada siempre puesta en el mar, dándome la espalda… Impensable lograr que lo reconociese –es como intentar llevar un buey al gimnasio [4], pero, ¿se estaría arrepintiendo de haberme traído?




[1] Embarcaciones fenicias con el casco con forma ancha y redonda (la manga de estos navíos era equivalente a la cuarta parte de su eslora). Los griegos las llamaban gaulós o gauloi (bañera), a causa de la redondez de su casco, gracias a la cual tenían una amplia capacidad de carga. También había los navíos llamados hipoi, con un caballo en el mascarón de proa.
[2] Nombre con el que los griegos llamaban a la ciudad fenicia de Gebal, en el actual Líbano, que proviene de su intenso comercio de papiro, en especial, dirigido hacia Egipto.
[3] Bactriana era una provincia en los confines orientales de los dominios del Imperio Persa Aqueménida.
[4] Antiguo proverbio griego.

miércoles, 15 de agosto de 2018

la bomba del Japan

A mi amigo y a mí nos dio por robar un millón de latas de Red Bull en el club Japan: en el camino a la salida del garito, había una amplia zona olvidada de la mano de dios, en la que uno podía ver frigoríficos y cachivaches amontonados por doquier; fue ahí donde, probablemente tentados por un golpe aparentemente tan fácil, nos detuvimos frente a uno de los frigoríficos y empezamos a sustraer latas y latas que poníamos en mi mochila, sin percatarnos que un gorila de dos metros, que caminaba a nuestras espaldas, nos miraba con cara de estupefacción. Cuando nos quisimos dar cuenta, ya nos había dado sendas collejas y nos empujaba desdeñosamente hacia la puerta de entrada, donde esperaba el responsable de seguridad y algún otro maromo de escasas luces.

El jefe de éstos me indicó que vaciase mi mochila, y fui sacando muy poco a poco todo lo que encontraba dentro que no fuesen las latas de Red Bull. La situación era bastante cómica porque era evidente a todos que la mochila abultaba mucho, y que por fuerza tenía que estar repleta de algo muy voluminoso, pero yo iba sacando, de una a una, míseras cosillas de ínfimo tamaño como un ticket de autobús, papel de fumar, algún carnet de videoclub, etc., hasta que el responsable de seguridad, harto de ese ridículo paripé, me arrebató la mochila y la abrió boca abajo, cayendo al suelo acto seguido, con mucho estruendo, las dos decenas de latas que habíamos robado.

Entonces quisieron que les pagásemos no sé cuánto. Y, como no teníamos suelto, mi amigo tuvo que ir a sacar dinero mientras un cachas de pacotilla me miraba amenazadoramente. Al rato de sostenernos la mirada como si estuviésemos en un duelo de spaghetti western, le dije “No me das miedo. El daño que tú me puedas hacer, me lo he hecho yo ya a mí mismo multiplicado por veinte”, acompañando esas palabras de mi típica cara de loco cuando andaba borracho, y una sombra de duda recorrió su mirada. Era el efecto descolocador habitual que provocaban tales fanfarronadas al ser proferidas por un tirillas de ojos extraviados, pues la razón dictaba que, si teniendo media ostia como así parecía, decía esas cosas, es que algo no cuadraba...

Cuando mi amigo volvió, y hubimos pagado nuestro rescate, nos dejaron ir. Entonces, enrabietados como estábamos, nos dio un antojo muy venal y real de poner una bomba en el garito, antojo que nos tomamos muy en serio. Quedamos así que cada uno iría a su casa a buscar por internet cómo se fabricaba una bomba casera, jurándonos que en una hora nos volveríamos a encontrar delante del Japan con todo el material. Por supuesto, una vez llegamos a nuestras habitaciones, nos quedamos roque en la cama con nuestra ropa puesta, para despertar al día siguiente con un vago recuerdo de una noche loca, y extrañas e irrefrenables ganas de sintetizar perclorato de amonio.

martes, 14 de agosto de 2018

la mini tienda de ropa en Aleppo

Una de las situaciones más graciosas que recuerdo de mi viaje por Siria tuvo lugar en el zoco de Aleppo. Esperaba yo sentado en uno de los pasajes mientras mi primo se adentraba en una pequeña tienda de ropa de hombre, con el propósito de comprarse unos pantalones. La escena que se desarrolló a continuación era harto cómica. Es difícil explicar con palabras lo que yo veía, pero haré un intento, aunque seguro que no haré honor a lo graciosa que era la situación: el hecho es que, en esa minúscula tienda de –sin exagerar– no más de 2 metros cuadrados, cuatro o cinco hombretones sirios (de los que tres o cuatro eran los dependientes trajeados) y mi primo intentaban desplazarse de un lado a otro de la tiens para repasar las prendas en los percheros, sin chocar unos con otros, mirándose por el rabillo del ojo y moviéndose como si fueran piezas de un Tetris en perfecta sincronía, a veces unos adelante y otros atrás, y otras veces lateralmente, como los cangrejos, o incluso pivotando ángulos de noventa grados, como si fueran puertas con bisagras imaginarias. Me reconforta pensar que esa tienda seguirá en pie, pues la probabilidad de que las bombas acertasen en ese recinto tan pequeño es ínfima.






domingo, 12 de agosto de 2018

El enigma de las Tres Cabezas de Serpiente

He encontrado una antigua "joya" perdida en el baúl de los recuerdos:

El enigma de las Tres Cabezas de Serpiente
Aventura para el juego de rol de El Señor de los Anillos, creada por José I. Rojas en 1998

https://es.scribd.com/document/385960624/El-Enigma-de-Las-Tres-Cabezas-de-Serpiente-Juego-de-Rol-de-El-Senor-de-Los-Anillos


domingo, 15 de julio de 2018

me pesan los años y las caminatas, pero no los cubatas


Para Pushkin, acostumbrado a ese bourbon guatemalteco de ínfima calidad que le sirven siempre en Perdición, la sensación al beber cualquier cocktail a más de 7 euros la copa es como la de un yonki de Boadilla fumándose un porro liado con un billete de quinientos. Es la condena inexorable de los años y los excesos: aquel chaval feroz que antes lo petaba por las noches, se encuentra ahora solo en un rincón oscuro, sorbiendo con una pajita esa pijada edulcorada que robó a una niñata pavoneándose por ahí como si estuviera en una zapatería de moda. Pero a esas horas, la baja graduación de ese mejunje es irrelevante, pues los taninos acumulados en su torrente sanguíneo a lo largo del día ya surten efecto, y disparan su actividad neuronal para exasperación del personal circundante, ya que a nadie, salvo a alguna otra alma solitaria y/o desequilibrada, suele apetecer tener que soportar sus diatribas de beodo; que si “jodido pensamiento positivo… la vida no se gestiona… la vida se vive y luego se moja pan”, que si “no soy lo suficientemente magnánimo como para hacer las paces conmigo mismo, como para perdonarme”, etc. Vamos, esa clase de mierdas que uno no tiene muchas ganas de escuchar, cuando se va por ahí de copas, por parte de un extraño que se toma demasiadas libertades.

Por desgracia para todos, Pushkin es un ser grandilocuente, que no se corta y se guarda para esas ocasiones todas las perlas que le vienen a la cabeza durante el día, pensado que, si no las compartiese con los demás, él se arrepentiría, y el mundo lo lamentaría. Un creador –“Creo, luego existo”–.

La cosa no se suele poner violenta hasta que no se sincera con la novia de algún mulo y le suelta aquélla de “Masturbarse pensando en ti es como cenar solo en el McDonalds’s, mirando una fotografía de un plato del Bulli”. Ahí ya sí es habitual que vuele alguna botella, y Pushkin mismo o alguno que por casualidad pasaba por ahí encaje algún puñetazo, en el mejor de los casos. De todos modos, al ser reprendido por cualquiera –incluso sus pocos viejos amigos– por su conducta y su relación incurable con el alcohol, él insistiría “Me pesan los años y las caminatas, pero no los cubatas”, y fintaría con un zigzag de sus rodillas artríticas ese campo de maleza baja y ortigas. “Deberías crear una cuenta de ahorros y guardar ahí las lágrimas que te caen cuando no las necesitas, o en momentos estúpidos o intrascendentes, como cuando se te cae una botella, pues tarde o temprano las echarás a faltar… Y por supuesto, búscate un trabajo”. Resignado, él siempre gemiría “América ya fue descubierta”, como agria metáfora de lo poco que puede hacer, que nadie haya hecho ya.