martes, 27 de agosto de 2013

El hombre de piedra - 01


El hombre de piedra permanece inmutable en su cubo de cristal.
Se tapa los oídos con violencia,
pero las palabras de ella
se cuelan por las grietas en su piel basáltica.
De noche se hielan,
y el hombre de piedra se resquebraja.


No hay espacio para lo grave


No hay espacio para lo grave.
Dos mujeres bailan juntas,
y entonces el mundo se detiene.


Point Éphémère


Pose, susto, ojos e inseguridad.
Atmósfera pesada, saturada de notas y escasa.
Sudor en las paredes, respirar es jadear.
Chica y cámara apartan humo y hombres despreciables.
Mientras, las suelas apenas se despegan.


martes, 20 de agosto de 2013

Cuento improvisado 5 – Lo tiene mi vecino


Un domingo necesitaba pañales para mi hijo. A pesar de dar mil vueltas por el barrio buscando un supermercado o farmacia abierto en el que poder comprar algunos, no lo consigo. Acabo presentándome ante la puerta de mi vecino, al que pregunto si me puede dejar pañales, y él responde que sí. El siguiente domingo sucede algo parecido pero esta vez con aceite, que necesito para freír unas patatas. Tras recorrer el barrio de arriba abajo sin encontrar un lugar abierto en el que me vendan aceite, acabo pidiéndole prestado al vecino. Le cojo el gusto al proceso, ya que me obliga a salir a pasear, ejercitarme un poco, conocer nuevos lugares, para acabar de nuevo en casa. Y así, cada domingo pienso en algún producto que me falte en casa, para simular que busco un lugar donde comprarlo y, al final, pedirlo prestado al vecino. Pasan las semanas y me atrevo ya con recorridos cada vez más amplios. Primero cogiendo el autobús en la parada frente a mi casa, luego el tren de cercanías, y más tarde el de media distancia, dando vueltas cada vez más grandes. Esta actividad mejora mi salud al hacerme caminar, salir de la ciudad y respirar aires más puros. Todo esto, junto a descubrir rincones y personas asombrosos, hace de mí un ser más feliz. Gracias a ello, trabajo y rindo mejor, y consigo algunos ascensos y mejoras salariales significativos. Ya reservo fines de semana enteros para dar estas vueltas, por ejemplo, para ir a Suecia a buscar salmón, donde, por cierto, pesco a mi mujer, una modelo sueca de lencería fina. Mi vecino, por el contrario, se muestra cada vez más huraño. Tiene mala cara siempre que lo veo. Al parecer lo han despedido, y creo que me tiene envidia por lo bien que me va en el trabajo. Creo que lo está pasando bastante mal, económicamente hablando, y eso repercute mucho en su salud y humor. Pero bueno, yo sigo ampliando horizontes. Ahora ya reservo alguna semana entera, por ejemplo, para ir en busca de sushi a Japón, aunque, por supuesto, no lo compro allí. Siempre vuelvo a casa para pedirle prestado a mi vecino. Pobrecillo. Sí, perdió el trabajo, está arruinado, y el banco ha ejecutado su hipoteca, así que pronto lo echarán de casa. ¿A quién voy a pedirle yo prestado? Llaman a la puerta. Es el vecino. Quiere que le devuelva la pistola y las balas que me dejó prestadas hace unos meses. Es curioso. Le pregunto “¿Por qué me pides que te las devuelva? Nunca antes me habías pedido que te devolviese nada de lo que me has prestado”. Él responde “Nunca había necesitado nada, hasta ahora”. “¿Ah, sí? ¿Y para que necesitas la pistola y las balas?” “Para esto” me dice, mientras carga el arma, apunta hacia a mí, y dispara. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!


El hombre rodeado por 40 fuegos


El hombre rodeado por 40 fuegos.
Intenta escapar de todos ellos.
Escapa de 39 y el último lo abrasa.
Hubiera preferido que lo atrapase el primero.


Merodeas siempre cerca


Merodeas siempre cerca
sin atreverte a tocarme.
Te perdiste mil veces
verme con traje y sin él.
Sabes que causarías
un cisma en mí
con solo querer.

Déjame odiarte,
contágiame ese sucio germen
que nos trata tan bien,
pues tu risa me inyecta
la vida a plazos,
y me alerta de extraños
que acepto bajo mi piel.


Menón de Rodas


No te dejan hacer ni esto ni lo otro.
Hablas poniéndote freno.
Tanteando el terreno, observando sus reacciones.
Aprendiendo, mediante prueba y error, lo que puedes y lo que no puedes decir.
Lo que puedes y lo que no te dejan hacer.


miércoles, 7 de agosto de 2013

Cuento improvisado 3 – Sin título

Los vecinos de Jorge observaban con una mezcla de pavor y curiosidad el desenfreno con que éste se había dedicado, desde hacía algunos días, a instalar viejas antenas parabólicas en todos los rincones de su jardín y de su casa, incluso en la pajarera donde guardaba sus palomas. Uno de ellos, recogiendo la preocupación que reinaba en el vecindario, se presentó una tarde ante él para preguntarle el motivo de su frenética actividad. Mientras tomaban té, Jorge le explicó que las antenas constituían un escudo protector que había diseñado para repeler los rayos lanzados por las naves alienígenas en un ataque a la Tierra que forzosamente ocurriría en las próximas semanas. Al contar al resto de vecinos las palabras de Jorge, el sentimiento general fue que el pobre chico había perdido definitivamente la cabeza, tras tantos años de soledad y celibato. Sólo una chica, Miriam, que vivía cuatro puertas más allá, hizo caso de sus advertencias, a pesar de lo mucho que detestaba a Jorge, y, presa del pánico, recorrió las tiendas de segunda mano de toda la ciudad comprando cuantas antenas parabólicas pudo, y las instaló en su propiedad, con el mayor disimulo posible, por la vergüenza que sentiría de saberse descubierta.

Y entonces sucedió que, una mañana, Jorge y Miriam se despertaron sobresaltados por un estruendo ensordecedor y unas luces rojas cegadoras que se colaron por todas las aberturas de sus casas. Al asomarse a la ventana de su habitación, Jorge no podía creerse lo que veían sus ojos por mucho que lo hubiese estado esperando: alrededor de su casa y su jardín sólo quedaba un abismo de oscuridad indescriptible, como si estuviera en una isla flotando en el vacío. ¡Pero no, no estaba solo! Unas decenas de metros más allá descubrió otro pedazo de tierra recortado sobre el negro espesor, y en él se movía nerviosamente de un extremo a otro una figura femenina. Le costó, pero finalmente reconoció la casa y la mujer, Miriam. Jorge dio un salto de alegría, pero inmediatamente tomó conciencia de un asunto de suma importancia, y su semblante cambió. Más allá de conseguir agua y comida para su supervivencia, su principal preocupación era que debía reunirse con ella para procrear y así perpetuar la especie humana, que, salvo por ellos dos, acababa de ser borrada de la faz de la Tierra. Así se lo quiso hacer saber a ella, mediante una nota que ató a la pata de una de sus palomas. Lanzó la paloma al aire, pero la completa alteración del entorno por el ataque alienígena había desconcertado tanto al pobre animal que enfiló en otra dirección. Ni corto ni perezoso, Jorge ignoró el traspié, preparó un arpón atado a una cuerda y, tras varios intentos, consiguió clavarlo en el jardín de Miriam, que miraba la escena perpleja. Jorge se colgó de la cuerda con sus manos y avanzó hacia el peñón de Miriam. Cuando iba por la mitad del camino, la paloma, habiendo logrado reorientarse, se posó en las manos de Miriam, que leyó la nota, e instantáneamente su cara palideció de horror. Jorge observó extrañado como Miriam corría hacia el sótano de su casa, del que salió blandiendo un objeto metálico plateado. Jorge sólo se percató de que era una sierra cuando la cuera cedió tras un ruido sordo, y él inició un descenso libre hacia el fondo del abismo que separaba sus propiedades.

martes, 6 de agosto de 2013

Cuento improvisado 1 – La tortuga de Clara

Clara recibió de sus padres como regalo de aniversario una tortuga. No le llevó mucho tiempo constatar que la tortuga tenía el cuello extrañamente fláccido; era incapaz de sostener su propia cabeza, que caía en cuanto Clara dejaba de sostenerla con la mano. Ante la noticia, sus padres llamaron a una franquicia de una cadena de veterinarias, cuya publicidad aparecía en la caja con la que trajeron la tortuga. La cadena era mundialmente famosa por sobredimensionar los recursos que destinaba para cualquier asunto. Clara y sus padres habían oído hablar del tema, pero aun así, cuando unos días después en los telediarios informaron de la arribada de 40 naves al puerto de Barcelona con 40.000 veterinarios a bordo repartidos equitativamente, su asombro fue mayúsculo. Los 40.000 veterinarios se presentaron en casa de Clara y examinaron uno a uno la tortuga. Tras esto, celebraron múltiples sesiones de deliberación para tratar de consensuar el diagnóstico y el tratamiento más indicado. Las sesiones se prolongaron durante 30 días y 30 noches, tras los cuales el portavoz de los veterinarios les transmitió el tratamiento que habían considerado más oportuno: inmovilizar el cuello de la tortuga con el cilindro de cartón de un rollo de papel higiénico durante aproximadamente un mes, mientras se fortalecían sus músculos. Y así hizo Clara, tras despedir a los 40.000 veterinarios, que retornaron a sus barcos y zarparon rumbo a sus respectivos países de origen. Transcurrido algo más de un mes, Clara retiró el cilindro de cartón y contempló complacida como la tortuga era capaz de soportar el peso de su propia cabeza sin problemas. Si eres menor de 18 años pasa al final A. En caso contrario, pasa al final B.

Final A: La tortuga, Clara y sus padres fueron felices y comieron perdices (la tortuga comió las perdices debidamente trituradas).
Final B: Al cabo de un par de meses más, recibieron un sobre con la factura por los servicios recibidos, que ascendía a 3.7 millones de $, y tuvieron que hipotecar todas sus pertenencias para poder hacer frente al pago. 

Nota del autor: Ningún animal ha sido dañado o vejado durante la redacción de este micro-relato. El autor no se hace responsable de los atropellos de delfines que puedan haber causado las 40 naves en las que viajaban los 40.000 veterinarios. Las tortugas con cuello fláccido son personajes de ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. El autor no se hace responsable de cualquier intento por parte de un lector de intentar conseguir que su tortuga tenga el cuello fláccido.