domingo, 12 de julio de 2015

el río Sinnamary

Dos decenas de guiris repartidos en cuatro piraguas remontamos el río Sinnamary. Los pilotos, unos negros imponentes, duros y brillantes como el basalto, se comunican mediante gestos con la cabeza para sortear, sin abordarse, los troncos que flotan a la deriva y los árboles que sobresalen del lecho del río amazónico. Mientras, con la mano libre, achican el agua que entra a borbotones entre los maderos de las desvencijadas embarcaciones.

No puedo apartar la mirada de la impresionante cicatriz que el piloto de mi piragua –el jefe de la tropa– tiene en el gemelo, el resultado de una laceración presumiblemente muy grave, que parece que le dejó, sin exagerar, con apenas media pierna. Mi cerebro no descansa tratando de imaginar qué horrible ejemplar de la fauna autóctona puede haber sido el responsable de tal herida.

Mientras tanto, a ambos lados de la embarcación nadan en paralelo una multitud de pequeños peces bigotudos y viscosos que podemos ver, no precisamente por la transparencia de las aguas –pues no son de otro color más que el del café con leche–, sino porque constantemente van dando saltitos a ras de superficie. El guiri que va sentado delante de mí, con unas ganas locas de hacer alguna gracia, ha dispuesto su gorra en un lateral a modo de red, y, por supuesto, no pasa mucho rato hasta que uno de esos peces bigotudos cae en la trampa, para alegría del pescador.

Ahora, su sonrisa triunfante se transmuta rápidamente en una mueca de terror cuando, tratando de extraer el pez de la gorra, éste le arrea un mordisco en la mano antes de escabullirse y le empiezan a brotar unos hilos de sangre. A ver, uno debe ponerse en antecedentes. Llevamos semanas recibiendo, desde diversos canales, toda clase de inputs que acojonan al personal, empezando por la necesidad de vacunarse contra una lista interminable de enfermedades, como la fiebre amarilla, o que no hay que beber ni comer esto ni lo otro, y, probablemente, al observar los orificios oscuros que esa inmunda presa le ha hecho en la palma, el guiri piensa que se le va a caer la picha a pedazos, o algo por el estilo. Y el terror del guiri se convierte en pánico cuando el piloto, ese hombretón ancho como una autocaravana, cuya pierna fue el almuerzo de algún cocodrilo, al advertir lo que ha pasado, empieza a gritar a sus compañeros y a hacer aspavientos con el brazo para indicar rápidamente que den media vuelta. Cuando tras hacer al amago de empezar a virar, el guiri muestra signos evidentes de que está a punto de desfallecer -su tez más pálida que la horchata-, el Cocodrilo Dundee del río Sinnamary estalla en unas sonoras carcajadas, y le da una palmada en la espalda que seguramente le causa desplazamiento de órganos, pues los que estamos a su alrededor podemos sentir la onda expansiva.

Para que el guiri recupere el pulso tras la broma, nos detenemos en medio del río y, de unas neveras de camping de las que nadie se había percatado, los guías sacan unas cuantas botellas de ron criollo, sirope de caña y limas, con lo que preparan ‘ti punch para todo el personal. Por suerte, y a pesar de que son las 10 de la mañana, los ‘ti punch no son tan letales como uno piensa -por su ingente contenido alcohólico- cuando toma un sorbo; supongo que porque, con una temperatura que debe rondar los 33 grados a la sombra, y una humedad relativa del 90%, uno los suda tan pronto alcanzan el estómago. (El pelotazo que pegan de vuelta a Europa esas cuatro partes de ron y una de sirope, sin hielo, es otro cantar.) El guiri, tras mojar los labios en ese brebaje, parece que se lo piensa mejor, y pide que se lo cambien por un zumo de una de esas botellas que también andan por ahí. El piloto coge toscamente el vaso de plástico de su mano, lo sumerge en el río para limpiarlo y, aun con algo de agua de esa como el café con leche en el culo del vaso y reguerones cayendo por los costados, lo rellena con zumo hasta los bordes. A continuación, brindamos todos con los ojos puestos en las gotas de sudor frío que caen por las sienes del guiri, que mira su vaso sin saber qué cara poner.



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