viernes, 6 de noviembre de 2015

el discreto encanto de la podredumbre

Botellas perfectamente alineadas y observándome. Colores vivos y tentadores como los del arco iris. Es dura la vida del soltero, no saber por cuál empezar. Yo, como los niños rusos, anticipando lo que me venía encima, ya tenía cara de borracho desde pequeño; ojos achinados y chispeantes, mejillas brillantes y sonrosadas. Por eso no deja de ser una curiosa coincidencia el mote que me acabaron poniendo los colegas de Perdición –Pushkin, pues siempre me ven beber vodka; claro, ahí voy siempre los domingos–, que no sabían nada de esto.

Toda una vida para intentar aceptar la muerte, que uno no va a trascender, no es tiempo suficiente. Deberían concedernos más. En eso pienso, así, sentado en el bar, con el bloc de notas en las manos y el lápiz presto a escribir, pero la hoja está en blanco. “El hombre que espera”, como me deben llamar las camareras –por cierto, una es muy hermosa, pero jamás me atreví a alzar la vista y decirle algo cuando me sirve–. “El hombre que no actúa”, como me deben llamar mis amigos y conocidos. “El hombre que escribe de la vida, pero que no vive nada” –cómo es eso posible– me debe llamar mi subconsciente, y mi padre, y mi exmujer, y seguro alguno más que ahora no caigo. Odio las miradas de los que, al pasar por mi lado, piensan –y aciertan– “¡Míralo, este pringado petulante! Se ha sentado ahí con el bloc a la vista, haciéndose el interesante, para que todos sepamos que es escritor”. Pero es lo único que tengo, y no es nada, pues todo el mundo es escritor.

Y mientras no escribo en la libreta, bebo. De todos los colores. Del marrón roble de mi amigo Jack, los lunes; del azul zafiro de Bombay, los martes; del verde esmeralda de Tanqueray, los miércoles; del negro de Hendrick's, los jueves; del rojo sangre de cualquier tinto, los viernes; del amarillo de los licores de lagarto –¿el lagarto lo meten vivo o muerto en la botella?–, los sábados; y del plateado del vodka Danzka, los domingos, en Perdición.

La inspiración, la mayor parte de las veces, cuando me agarra, únicamente lo hace por sorpresa, fuerte del cuello, escupiéndome en la cara lo que hubiera querido decir, cuando ya no me queda energía para fintar. Tarde. Siempre tarde. Demasiado tarde. Cuando mi cerebro ya se fue del lugar. Porque mientras no escribo en la libreta, bebo.


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