sábado, 30 de abril de 2016

el amigo añorado

En este laberinto imposible, la rutina,
tanto más tiempo entre sus paredes,
que éstas pierden la textura y el sabor.
Tanto más tiempo sin otear la salida,
que olvidar deviene el amigo añorado,
et ainsi je me permets de revenir
Sólo entonces, por brevísimos instantes,
me creo que éste será un día diferente.

martes, 19 de abril de 2016

la pelea de gallos

En mis hombros a un lado y a otro, donde debería ver las miniaturas del demonio y un ángel tirándome de las orejas para intentar convencerme de obrar de éste u otro modo, en su lugar contemplo una feroz pelea entre dos enanos taciturnos pertrechados con espátulas, cada uno pretendiéndome vender una concepción opuesta de la existencia, es decir, que ésta es un maravilloso regalo, o, por el contrario, una jodida maldición. Lo que no pueden saber es que ambos están condenados al fracaso, por obra y gracia del que los armó, que solo quiere usar nuestras cabezas como una arena perpetua en la que apostar al gallo vencedor.




lunes, 18 de abril de 2016

solistas

En días de sueño desigual,
la primera letra enlaza con la cola de la última.
Consentidas, son solistas con las horas,
niñas que se cierran formando un bucle ritual.

el lugar donde naciste

El lugar donde naciste te escogió, se fijó en ti, decidió cómo ibas a ser, qué es lo que ibas a pensar, y qué ibas a decir.

viernes, 15 de abril de 2016

¡Despertad, malditos!

“¡Despertad, malditos!”, vociferaba el telepredicador en la gran pantalla. Su grito coincidió con esos largos y ásperos instantes entre un tema que se acaba y el próximo que está por comenzar, y avanzó abriéndose paso entre el humo como una horda de Hunos, para desgarrar los tímpanos de los allí presentes. El asunto no tendría mayor interés si no fuera porque el desgraciado hipócrita que gustaba de sermonear al personal en las ondas estaba sentado a mi lado, apurando el último vaso de ese bourbon guatemalteco, marca de la casa en Perdición, mi antro de adopción, origen y fin de todos los caminos.

También, pero al otro lado de la sala, Elder Pinchot y Elder Coleman –o al menos así rezan sus plaquitas identificativas en la americana–, dos chavales mormones, que tras pasar el día molestando de puerta en puerta, terminan su jornada al servicio del Señor abrasando sus gargantas con ese mismo mejunje. Elder Pinchot, los focos alumbrándole la papada. Es el niño bobón de cabeza titánica que nadie nunca quería en su equipo de fútbol.

En este mundo parece que quien habla primero lleve la razón. Así, vivimos rodeados de personajes cuyo lema es “no importa la imbecilidad que pienses o quieras difundir, sencillamente dila antes.” Lo que digan los demás se catalogará como simple reacción, carente del glamour y la fuerza de una declaración primigenia, la que abrió la caja de Pandora.

jueves, 7 de abril de 2016

el esclavo de sus errores

Una semana en la vida del esclavo de sus errores.

Día 1
Me despierto por la mañana.
Mi cabeza repasa 2.839.565 errores de los 3.126.087 que he cometido en la vida.
Abro el grifo. Recuerdo el error número 1.250.727 y el error 1.250.728.
Cometo el error número 3.126.088, y los errores 3.126.089 y 3.126.090.
Mientras como con los compañeros del trabajo, no llego a tiempo para ahogar un grito que emerge al recordar el error número 2.129.091. Un amigo me pregunta que qué me pasa. Le digo que nada, sólo que pienso en voz alta.
Me tumbo en la cama. Quiero dormir.
Mi cabeza repasa 741.993 errores de los 3.126.090 que he cometido en la vida.

Día 2
Me despierto por la mañana.
Mi cabeza repasa 3.599 errores de los 3.126.090 que he cometido en la vida.
Golpeo el armario con el puño al recordar el error número 3.126.088.
Recordar el error número 212.556 provoca que cometa el error número 3.126.093.
¡Vaya! ¡Acaba de venirme a la cabeza el mítico error 1.334.775! Pensaba que ya lo había olvidado para siempre, pero se ve que he menospreciado la capacidad de prospección de esta obsesión mía.
A lo largo del día he cometido los errores número 3.126.091 a 3.126.099.
Me tumbo en la cama. Quiero dormir, pero el error número 3.126.088 no me deja.

Día 3
Me despierto por la mañana.
Mi cabeza repasa 4 errores de los 3.126.099 que he cometido en la vida. Parece que hoy será un buen día.
Camino por la calle. Recuerdo el error número 7.812 y los errores 1.027 a 1.033.
La charla con un amigo me recuerda lo estúpido que fui al cometer el error número 3.125.912.
A lo largo del día he cometido los errores número 3.126.099 a 3.126.128.
Me tumbo en la cama. Quiero dormir.
Estoy tan cansado que lo logro.

Día 4
Me despierto por la mañana.
Mi cabeza repasa 6 errores de los 3.126.128 que he cometido en la vida. También hoy parece que será un buen día.
Cometo los errores número 3.126.129 a 3.126.154, y, cuando creía que ya no iba a cometer más, caen también los errores 3.126.155 y 3.126.156. Este último me bloquea en medio de una reunión.
Me tumbo en la cama. Quiero dormir.
Mi cabeza repasa 2.931.337 errores de los 3.126.156 que he cometido en la vida, y encima no consigo exorcizar de mi cabeza una odiosa melodía de reggaeton que alguien tarareó a mediodía. No puedo dormir.
Al final resultó ser un día de mierda.

Día 5
Me despierto por la mañana. Estoy muy cansado. La melodía retoma su paso desde la nota en que se quedó la noche anterior.
Mi cabeza repasa 516.750 errores de los 3.126.156 que he cometido en la vida.
Sin percatarme, gruño de forma audible en el metro al recordar el error 1.089.411. La mujer a mi lado me mira raro y se aparta unos centímetros.
Ya al anochecer, me molesta darme cuenta que he logrado vivir 8 horas sin pensar en ningún error, porque ello supone recordar uno inmediatamente, y que esas horas no sean más.
A lo largo del día he cometido los errores número 3.126.157 a 3.126.179.
Me tumbo en la cama. Quiero dormir. Esta vez tampoco pienso en ningún error.

Día 6 y Día 7
Muero por encontrar y probar cualquier manera de no pensar en errores.