domingo, 30 de noviembre de 2014

En el pozo

No puede ser sino en el pozo 
donde se reconoce uno.
Donde es capaz de desarrollar
la mayor empatía hacia su ser.
Donde sus miserias le tutean,
y sólo el hielo conspira
para verle ennegrecer.

domingo, 23 de noviembre de 2014

renta universal

Ahora que el tema de la renta universal está de muy moda [esta entrada en el blog tiene un año y medio, de cuando estaba en el aire a raíz de alguna propuesta de Podemos, y un referéndum en Suiza, que se ha vuelto a repetir el pasado domingo 2016-06-05...], me gustaría comentar que me parece absolutamente obvio que es algo que tarde o temprano se tendrá que instaurar y no entiendo por qué la gente no lo ve o no lo quiere ver. Me explico, estamos en un mundo con población creciente (y tal vez ya superpoblado; tema para debate), en el que el ritmo al que se destruyen trabajos decentes no precarios (entendiendo por trabajos decentes aquellos que no son innecesarios y/o rayando en condiciones de esclavitud para que resulten más baratos que respirar) y trabajos que sólo pueden realizar humanos, es más elevado que el ritmo al que aparecen o se crean nuevos trabajos de este tipo (y esto es otro tema para debate).

Es cierto que no lo hacemos a la velocidad predicha por las películas de ciencia ficción, pero ¿acaso no nos acercamos progresivamente a esa utopía (ese objetivo) en la que la mayoría de los trabajos los harían robots y computadores? Pues en esa utopía no hay trabajo para 10.000 millones de habitantes (el número en el que algunos científicos estiman que se estabilizará la población de la Tierra). Es obvio que no hay/no habrá trabajos decentes para tanta población, y por el otro, ya se genera suficiente riqueza en el mundo para establecer una renta universal (más tema para debate, aún). Es decir, habrá muchísima gente que, por muy formada que esté, por razones estructurales/sistémicas no podrá tener trabajo, y como no se la puede dejar morir de hambre, ni tampoco podemos permitir que esta inmensa masa de personas buscando trabajo presionen los sueldos a la baja hasta tener a todos los que trabajan en una precariedad insostenible, habrá que elevar las ayudas sociales, es decir, implementar la renta universal (¿no era un objetivo de la humanidad que el estado de bienestar fuese creciendo siempre? pues este es el siguiente paso).

Entonces, ¿por qué tanta controversia? Me suena a mojigatería puritana, el cada uno se paga lo suyo, el tanto ganas tanto vales. ¿Que les va bien a los grandes empresarios que nos matemos todos por unos pocos puestos de trabajo y presionemos los sueldos a la baja? 

Y a las críticas habituales digo: 1) no, no es comunismo lo que pronpongo; 2) pues claro que habrá jetas que se aprovechen del sistema y gente holgazana que se acomode y no haga nada, pero siempre los ha habido y siempre los habrá, sin importar el nivel de bienestar social; y qué se le va a hacer, el sistema será imperfecto, y habrá que tener mecanismos de control para evitar al máximo los aprovechados, pero no por eso se tiene que dejar morir de hambre o estar precarios al resto. Por supuesto que habrá gente que se acomode, que ya tenga suficiente con la renta unviersal, y que no quiera trabajar o progresar, pero también habrá muchos que no, que no se conformen y que quieran más, y para esos serán los trabajos cualificados y los mayores sueldos. Además otras oportunidades surgirían.

Y de nuevo extiendo mi explicación. Todo esto que comento arriba empecé a tenerlo claro sobretodo en mis viajes a China. Allí vi que había gente con trabajos tan inexplicables como dos personas en un museo cuyo trabajo era, para el primero, cogerte de la mano el ticket de entrada y meterlo en la ranura para que puedas pasar por el torno (como en del metro) y, para el segundo, coger el ticket de la ranura de salida y dártelo. ¿Realmente hace falta obligar a las personas a pasarse el día haciendo esas (con perdón) estupideces para tener un excusa para darles un sueldo a final de mes? ¿No sería mejor simplemente darles ese dinero sin obligarles a realizar ese trabajo, y que puedan irse a su casa, a ser felices, cuidar mejor de su familia y (quién sabe) convertirse en el siguiente Mozart?



La noticia

Unos golpes débiles pero aun así audibles en el portón interrumpen la conversación durante la cena. Memnón se pone en pie, aparta la silla y pide silencio a su familia. Un extraño en el porche a estas horas no suele presagiar nada bueno. El chirrido de las bisagras al abrir la puerta anuncia a un varón famélico, sucio y sin afeitar, que dice responder al nombre de Hiparco. El joven ruega cobijo y pan, y tener unas palabras en privado con el padre de Cleanor de Éfeso. Memnón, viendo que no se trata de un vagabundo que deambula perdido, y nada en él resulta sospechoso, le invita a pasar y a sentarse a su mesa, y le ofrece gachas y una hogaza de pan. “Me imagino que estarás hambriento. Come tranquilo y hablaremos después”.

Los hijos y la esposa de Memnón, que han permanecido congelados desde que éste se levantó, aprecian el gesto de agradecimiento en la cara de Hiparco y siguen con la mirada el andar pesado del joven hasta la mesa. A continuación, todos reanudan la cena en el más absoluto silencio y con los ojos puestos en sus escudillas. Sólo Argelao, incapaz de refrenar su curiosidad, se atreve a lanzar de tanto en cuanto una mirada furtiva al extraño, que devora con ansia los alimentos que le han sido ofrecidos.

Cuando ya todos los miembros de su familia han terminado, Memnón les pide que les dejen a solas. Con éstos ya encerrados en sus cuartos, observa con detenimiento al joven, que por momentos parece incomodarse. Aunque no cree que la razón sea que las gachas se le están terminando, Memnón pregunta amablemente “Y bien, Hiparco, ¿sigues con hambre?”. Éste niega con la cabeza y, sin poder disimular el temblor de su labio inferior, aparta a un lado la escudilla vacía. Armándose de valor, alza sus ojos hasta encontrar los de Memnón, cuyo semblante se torna más serio. Con voz grave y arrastrando las palabras, Memnón corta el tenso silencio “Has venido a contarme que Cleanor está muerto, ¿no es así?”. Hiparco, que no encuentra la energía para articular palabra alguna, asiente pesadamente.


La brújula y el condón

¿Qué pensaría usted si encontrase una brújula y un condón en la cartera que le acaba de robar a un tipo? Pues en la oscuridad de mi salón intento reconstruir su cara, con la esperanza que eso me ayude a encontrar una explicación plausible. Pero todo el esfuerzo es en vano. Quiero decir, logro visualizar a la perfección su casaca roja, los bolsillos y el momento del hurto, pero nada más.

Aunque, ¿quién puede asegurar que los rasgos faciales de la víctima me darán más pistas que los rotos y descosidos de su abrigo? ¿Se trata de un marinero en busca de su furcia, un excursionista del montón, un bromista precavido, u otro amigo de lo ajeno? Y en todo caso, ¿qué más me da? Todas estas cavilaciones baratas se deben únicamente a que el hallazgo me ha desconcertado. Lo importante sólo es el metálico que llevaba el desafortunado, que, por cierto, no es mucho.

Haciendo honor a la costumbre, me dirijo a Perdición, mi antro de adopción, origen y fin de todos los caminos, donde el escaso botín me dará al menos para un par de vasos llenos de ese bourbon guatemalteco que sirven a los más incautos. A lo mejor sus efluvios tóxicos me inspiran.

Doblo la esquina y ya huelo sus butacas de terciopelo acolchadas, envejecidas y horadadas por mil colillas, atrapando al personal como un velcro irresistible hecho de colmillos de perros con rabia, que por nada soltarían a su presa. Allí, beber es un trabajo y, a pesar de la feroz competencia, Pushkin es el empleado del mes.

Ringo, tras la barra, está fregando un vaso. Uno de sus ojos apunta al televisor, mientras el otro persigue a la única mujer del local que no se puede confundir con un hombre. El aire, respirado mil veces, es el de un submarino alemán en el fondo del mar; aire, si se puede llamar así, que alguien olvidó apresado en una bodega de metal herrumbroso. En el barrio, donde reside un número tan elevado de artistas cuya petulancia excede los límites de la razón, la existencia de un reducto de brutalismo y vulgaridad como este antro es una bendición.

Avanzo hacia un asiento libre junto a Love machine, otro cliente habitual, de los pocos a los que no parece que le haya pasado un cortacésped por la cara, un cruce entre Tina Turner y Mickey Rooney, alto como la primera, habiéndole sustraído el segundo. Es un gozo que nadie preste atención a mi presencia. Tras el saludo de cortesía al anciano y a Ringo (sólo con ellos ese acto tan inocente no puede volvérsele a uno en contra, en la forma de un fastidioso monólogo de tres cuartos de hora, ante el que sólo cabe asentir, brindar y alzar las cejas), le señalo a éste último la botella de bourbon del segundo estante. No hace falta que le diga que lo quiero on the rocks –nada en mí genera un condicionamiento pavloviano comparable al crepitar del hielo cuando es abrazado por el alcohol–.

No es ninguna novedad que entre alguien en Perdición, pero sí lo es que entre alguien nuevo. Y, a pesar de que doy la espalda al recibidor, eso es precisamente lo que puedo leer en la mirada llena de desconfianza de Love machine, que interrumpe en seco una de sus habituales diatribas sobre si son mejores los futbolines de madera o los de acero. El asunto no tendría mayor importancia para mí, si no fuera porque el tipejo, un hombre corpulento de cincuenta y tantos, sostiene doblada en su mano derecha una casaca roja idéntica a la del desafortunado al que birlé la cartera, so do the maths. Parece que, por una ironía de la vida, la víctima acude por su propio pie a la guarida del lobo y, a mayor gloria de la diosa Fortuna, toma asiento al lado de éste.

Tras los obligados “Buenas noches” y “¿Cómo está usted?”, se sucede una hora larga de charla animada y animosa, que el compadre interrumpe con un “Te invito a… ¿qué estás tomando?”. Le contesto y Love machine se descojona. Él se palpa los bolsillos, primero con calma, y luego más nerviosamente aquí y allá, con la cara mudando de una mueca de incomprensión a otra de disgusto. “¡Joder, me han robado la cartera!”, dice con la mirada perdida. “Qué me vas a contar…”, musito para mis adentros, y sigo con voz sonora “¡No hace falta que te inventes ninguna excusa, hombre! Esta ronda ya la pago yo”, mientras agito en el aire los billetes de su cartera. “Lo de menos es el dinero...” –“no me digas”–, y continúa “…lo que es una putada son los documentos de identidad, las tarjetas de crédito…” –“las brújulas y los condones…”, mordiéndome los labios para no reír– “… y bueno, un par de objetos con mucho valor sentimental”. Ahí reconozco que ha captado completamente mi atención. Entonces me cuenta que llevaba un par de recuerdos de su hijo, las únicas pertenencias que encontraron tras su desaparición un fin de semana que fue al bosque con unos amigos. “Y no se lo digas a nadie, pero por mucho que me desagrade, y por mucho que me esfuerce en evitarlo, cuando miro esos recuerdos indefectiblemente me entristezco al pensar que murió virgen“. Transcurrido un rato, aprovecho que se va a los retretes para largarme, no sin antes dejar su cartera sobre la barra. Perdición, origen y fin de todos los caminos.


The cliffs

So many thousands of words wasted
in attempts to describe faithfully
that shore, those cliffs and feelings...
and yet no one
has ever been close to succeed,
nor would be anybody,
even after putting
all those words together.


Juntos, y tan distantes

Todo es cascarón
en la ciudad de los hombres libres.
Juntos, y tan distantes,
como dos cometas que
recorrieron incontables millas,
y sin embargo singuen en el mismo lugar.


Bestiario de Tolkien – 3 – La Grúa

En Erebor, la Grúa en tiempos lejanos fizo no menos horribles maldades que su pariente mayor, el temido Dragón, y, sin duda, ningún fidalgo deseare ver dicho engendro morando nuevamente en nuestros campos y ciudades. Si mintiere al decir eso, a Eru ruego partiese con un rayo mi gaznate, en tantos pedazos como orcos hubieren acampado a las puertas de Gondor, en el legendario asalto de la Ciudadela. Cuentan los viejos del lugar que poseía la Grúa un único colmillo, de mithril, no menos, y, siendo sólo uno, sin embargo con él causare innumerables calamidades. Así fuera el Dragón apreciador de incendios, llamas y brasas buenos, la Grúa gustábase no en tanto de diezmar carros y monturas; arrebatábalos sigilosa y vilmente con su colmillo a aquellos incautos que dejábanlos desguarnecidos en no más tiempo que el que demora un grillo en expirar, y devorábalos con tesón en su tenebrosa guarida, el Depósito, si los hacendados no quisieren pagar el cuantioso rescate. Corrompiose así, por obra y gracia suya, la sana convivencia en innumerables plazas. Allá en el ocaso de la 2ª Era, la Grúa multiplicose allende la Tierra Oscura por infausta cópula de Dragón y Urbano, guiados por la mano de Mordor, cuyo afán recaudatorio jamás conociere de límites, y durante demasiados desdichados decenios, moraron numerosos, esos engendros, asolando las vidas y tierras de muchos y muy humildes gentiles.


el lugar donde residen mis bestias

Nadie cree ya nuestras tardes,
los prados de verde imposible,
las hojas muertas por doquier,
y el llanto de los nogales
que tanto temen al viento.

Nadie cree ya nuestras noches,
que sólo nos importe el comienzo,
los sonidos mágicos a toda luz,
el descorchar de una botella
y el gorgojeo al verter vino.

Mientras pintamos los cubos,
siento acercarse veloz ese día
en que yo también deje de creer,
y te guarde en el lugar
donde residen mis bestias.


El mar embravecido

Dos hileras de hayas flanquean un largo paseo de asfalto.
Las raíces de los árboles enfrentados intentan abrazarse bajo el suelo.
Causan en él pliegues como olas de un mar embravecido que se entrelazan.
Tumbado boca abajo desliza sus manos heladas sobre las crestas.
Siente el cosquilleo y los arañazos de la grava.
La noche y los murciélagos observan como nada sobre las raíces y el asfalto.


El barco herido

Su corazón bombea tan fuerte que no le deja dormir.
Las ojeras, otrora anecdóticas, se han adueñado ya de gran parte de él.
Aliadas con sus mezquinos escrúpulos,
gobiernan un barco herido de muerte al que no pretenden salvar.

La profesión más codiciada

El chico a ras de suelo, armado con espátula, goza las mieles de la profesión más codiciada, por excitante, en el lugar más aburrido de la Tierra: raspar la goma de mascar adherida a las aceras, que como mecanismo de defensa se mimetiza con las mismas.

Con la precisión del metrónomo, retuerce su cuello para cazar las miradas envidiosas de sus coetáneos. 


The eyes tainted in a killer red

Popping out of the powder fog,
all in white but the eyes
tainted in a killer red,
the phantom of kitsch
came to drag us all down to Hell.

He scared to death
all our fellas in the muddy bar
with an unloaded book in his hand,
like if in a baby face feast
or amidst the audience of
a Methodist temple.

La noche que el hombre que gesticulaba como un calamar temió ser despedido del Circo de los Freaks

El hombre que gesticulaba como un calamar disfrutaba de la pausa entre sus actuaciones regalándose un Cubalibre con mucha lima en la escalera de su caravana. Exhalaba mirando hacia las estrellas en ese prematuro oscuro de la noche. Nunca olvida cerrar las argollas que le anclan al suelo.

Recordaba que alguien le comentó, en una recepción la semana anterior, que apreciaba un cambio positivo en él, que se veía que se expresaba con mayor naturalidad y que estaba más cómodo en el trato con las personas. Él pensó en aquel momento ‘Sí, ahora mientras hablo mi cabeza ya no da giros de 360 grados para radiar las palabras omnidireccionalmente’. Entonces, sólo pudo emitir como respuesta una risa incómoda. Difícil decir si lo fue más para él o para su interlocutor. En cualquier caso, ambos se excusaron y se fueron a por otro trago.

Lo que le preocupaba más, sin embargo, no era el comentario en sí, sino el hecho que el Director del Circo había pasado junto a ellos en ese momento, y a ese lagarto no se le escapaba nada. Probablemente en las actuaciones anteriores ya le había estado observando desde su puesto tras el telón para ver si seguía siendo un freak digno de sus espectáculos. 

Le inquietaba la posibilidad de que le despidiese. Y pensaba también que eso le parecería muy injusto, ya que, sólo cuando se limitase a gritar más que los demás para que se le oyese en una conversación, se podría decir que había aterrizado en la normalidad. Es más, estaba seguro de que disponía de una gran variedad de recursos para parecer más raro que nadie (sobretodo si se comparaba con otros integrantes del Circo, con un repertorio mucho más reducido, como por ejemplo el odioso hombre ensaladera). Esto le enciende y grita al cielo ‘¡Es culpa de este Circo de provincias el que yo no pueda desarrollar todo mi potencial!’. En ese momento nota como las argollas estrangulan sus tobillos, y se percata de que hace rato que no siente la goma labrada de los escalones en su trasero. Una vez más, la brisa intentaba llevárselo volando.

Al cabo de un rato, el chico que se ocupa del attrezzo le advierte de la inminencia de la segunda parte de su número y tira de sus cadenas para devolverlo al suelo.