viernes, 29 de enero de 2016

oikumene 3 - huida de Éfeso

Memnón, ya en las fueras de Éfeso, decide proseguir la marcha solo bien entrada la noche, bajo el beso de la luna nueva pero no por ello ausente, y seguir a Venus, para encaminarse al sur/este y no perderse. A pesar de pisar sobre terreno desconocido, avanza con el nervio que imprime el terror.

Lo oscuro es un lienzo prístino en el que con facilidad se proyectan los recuerdos que atormentan a uno. Así, debe apartar a brazadas las razones por las que abandona Éfeso, como materializadas en unas amenazantes Moiras de carne y hueso que le abordan por los costados: esas abultadas e infundadas deudas que le reclama un miembro poderoso de una facción pro-espartana, aprovechando la coyuntura política favorable a tales desmanes por su parte, y que, de no huir, hubieran acabado por engullirlo para después escupir su esqueleto en unas mazmorras cualesquiera. Pero no puede permitir que estas tribulaciones nublen su juicio ni le causen más demora, pues los esbirros del usurero le dan caza –ya es seguro, su cabeza tiene precio–. Los alientos de esos perros no puede ver, pero todo el bosque los huele, y oye el siseo de sus dagas nacaradas. Untadas del veneno de la falsa justicia, sólo ansían extirpar el bolso con los dracmas de Memnón, y de entre sus vísceras las menos afortunadas.

Desconoce cuántos le persiguen, pero con certeza serán más, y más jóvenes, y por ello parece que lo más prudente sería no emboscarlos. Tampoco sus manos, ahora huesudas y encallecidas, son ya las mismas que veinte años atrás asían firmemente la sarisa con la que perforaba soldados esclavos del Rey de Reyes. Y sus armas… ah, sus armas… ancianas como él, sin derecho a sosiego. Al partir precipitadamente, consigo sólo pudo llevar la espada corta; por otro lado, en este frondoso bosque, la única útil y con la que podría avanzar a buen ritmo. Y, justamente, en su situación es muy difícil acertar una cadencia de paso equilibrada, que no le fatigue en exceso y le salve de traspiés alguno en esa densa oscuridad, pero que mantenga los predadores a distancia segura. Y por los Dioses… la falta de sueño no da tregua, que confiere a todo un fluir tan plomizo...

Con el paso de las horas, y en tanto le parece no estar siendo alcanzado, le invade –y él no la combate– una falsa sensación de seguridad. Más pensamientos se abren paso “Oh… si sólo tuviera una fracción del vigor de los odrisios. ¡Cómo corrían! ¡Jamás conocí unos guerreros semejantes, capaces de cubrir unas distancias en unos tiempos que escapaban a toda razón! Siempre sorprendían a uno en el lugar que menos lo esperaba. Muy rápidamente aprendimos a no bajar la guardia nunca en las vecindades de sus tierras, ni lejos de ellas, cuando íbamos a su encuentro”.

Pero el sueño y el agotamiento van haciendo mella no sólo en sus piernas, sino también en su resolución y en la claridad de sus razonamientos. Ingenuamente, esperaba que esos degolladores de cabras desistieran tan pronto abandonase la ciudad, pero la bolsa por su cabeza debe ser más alta de lo que suponía, o en las motivaciones de alguno de los susodichos se deben mezclar también asuntos personales. Empieza a estar harto de huir y en su interior va tomando fuerza la idea anteriormente descartada de emboscar a sus perseguidores. “¿Creerían esos malnacidos que Memnón era un viejo decrépito? ¿Una presa fácil? ¿O habían sido advertidos de que no debían fiarse? En cualquier caso, el hecho de que aún no hubieran podido darle caza debería haber puesto ya en alerta al más precavido”.

La voz de la cautela, que suena como la de su difunta tía Andrómaca, le sugiere que nada debería arriesgar sin saber cuántos son, pero ¿cómo averiguarlo? En las circunstancias en que se halla, si finalmente optase por la emboscada, lo único, sin duda, rezar a la diosa Fortuna para que no sean más que cuatro, dividirlos, y acabar con ellos en dos cargas independientes, con el factor sorpresa a su favor. Así pues, decide avanzar en zigzag; por aquí y por allá dejando rastros que induzcan a confusión, que les fuerce a separarse e ir unos por un lado y el resto por otro. Además, ahora sus ojos ya no sólo se preocupan de elegir la mejor pisada, sino que escudriñan en derredor esperando encontrar el lugar idóneo para tender la emboscada.

Ha dado por fin con un sitio que aparenta ser apropiado –“a los Dioses ruego que mi juicio no esté ahora tan nublado como lo están mis piernas”–: una gran roca desde la que podría saltar sobre uno de los grupos de perseguidores –si efectivamente ha logrado engañarlos y se han dividido–, pudiendo hacer mucho daño de una sola vez, en el caso que los integrantes del grupo no guarden una distancia excesiva unos con otros. En preparación del asalto, cubre con barro fresco su cara, sus brazos y la hoja de la espada, para que ningún reflejo traicionero pueda poner sobre aviso a los caza-recompensas, y luego espera pacientemente.

A poco tardar, se oye el crepitar de pisadas sobre hojarasca. “¡Maldición! Tres sombras, en columna de a uno, separados por dos brazos. Demasiados, y demasiado alejado el primero del tercero, pero ya no hay vuelta atrás…”. Memnón se lanza sin pensarlo sobre los dos últimos, con intención de golpear la cabeza de uno con la empuñadura de la espada, y la del otro con la piedra que sujeta con la mano izquierda. La empuñadura percute certeramente en la coronilla del que cierra la columna, pero no así la piedra sobre el segundo perseguidor, pues esa mano es la suya menos diestra. Aun así, el impacto ha sido importante, y espera que, si no de forma indefinida, al menos durante unos valiosísimos segundos, ese contrincante esté también fuera de juego.

El que abre la columna, al oír los secos crujidos, se gira rápidamente, ya con la espada desenvainada, y, para su sorpresa, contempla tres hombres en el suelo. Sin embargo, la oscuridad no le permite distinguir a Memnón de sus compinches, y duda a quién asestarle estocada. Muy valiosos resultan también, esos breves instantes, pues permiten a Memnón recuperarse de la caída, afianzar los pies en el suelo y propulsarse con gran ímpetu contra el estómago de ese oponente, que es derribado. Sujetándolo contra el suelo, la asesta un par de puñetazos a lo que cree es su mentón –pues la espada se le escurrió en la primera acometida–, y no hay tiempo para más, pues ya oye al segundo aproximándose por su espalda. Rueda a un lado en el momento justo, con lo que, sin poder evitarlo, el atacante, con la destreza aún muy mermada por la pedrada, ensarta su espada en su compañero.

Es evidente que se trata de un rudo rufián asaz curtido en este tipo de lides, porque apenas pestañea ni merma su resolución por el hecho de acabar de herir de gravedad a su par, y con la velocidad del rayo dirige de nuevo la espada hacia Memnón en un movimiento horizontal. Sólo un duro y delgado tronco, que por azar se encuentra en el camino de la hoja, impide que ésta le rebane el cuello. Ahora sí, una segunda piedra, asida firmemente con la diestra por Memnón, va a dar con fuerza en la frente del espadachín, y acaba el trabajo que no pudo completar la primera. Tras tomar aliento, recoge la espada y hace tajos en los tendones de las piernas de los perseguidores. Si el segundo grupo da con ellos, deberán llevarlos a sanar y no podrán proseguir con la persecución o, si no hiciesen eso, al menos no podrán proseguir a una velocidad suficiente como para suponer un peligro a corto plazo para Memnón.


No hay comentarios:

Publicar un comentario