viernes, 19 de febrero de 2016

oikumene 8 - el angosto paso en la tierra de los fenicios

– ¡Venid, padre, venid! ¡Mirad lo que encontré aquí en este recodo, grabado en la roca maciza!

Memnón se acerca y recorre la piedra con el índice y el pulgar, examinando con detenimiento lo que parecen antiguas inscripciones en diferentes lenguas. Sus dedos se frenan ante una escritura que le es familiar.



Entrecerrando levemente los ojos, masculla lentamente algunas palabras inaudibles para Argelao: – Nosotros guerreros alegrarnos…


Tras enderezarse, y, con un chorro de voz, como si quisiera que todos los habitantes de la cercana Sidón se enterasen, exclama: – ¡No cabe duda, entonces! ¡Éste debe de ser el angosto desfiladero del que Tisafernes una vez habló, donde muchos ejércitos quisieron dejar constancia de su paso, y agradecer al mismo tiempo a los Dioses el haberlo logrado sanos y salvos! Resulta obvio que es un lugar excelente para tender una emboscada, en la que unos pocos pueden poner en grandes apuros a una fuerza muy superior. Tal vez debiéramos hacer nosotros lo mismo, si ello place a los Dioses y reconforta también a los que en el futuro nuestros pasos deban seguir.

– ¿El qué? ¿Tender una emboscada?

– Ja, ja, ja, ja… No, hijo, no. Me refiero a grabar en el granito un mensaje de agradecimiento a los Dioses por haber logrado cruzar, sanos y salvos, el desfiladero.

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