miércoles, 24 de febrero de 2016

Pedro Pedersen 5 - directo al nasal

El adolescente recibió con curiosidad la nueva excentricidad de su compañero: por las noches, al acostarse para dormir, le susurraba a los oídos terroríficos relatos inspirados en el menor de los Jackson –al que, por supuesto, no se mencionaba nunca por su nombre, sino que siempre estaban protagonizados por un misterioso Sr. X–. Arturo los inventaba, pero sorprendentemente su esquizoide intelecto resultó ser una fuente muy fructífera y verosímil y, lejos de provocar el menor rechazo o reacción en Pedro, despertaron en él un interés inusitado, y ya no conseguía conciliar el sueño si Arturo no le contaba antes una de esas historias.

Un par de meses después, Arturo seguía atascado. No lograba recuperar la ansiada información de la mente del chico, ni daba con el modo idóneo de revelar su secreto. Por aquél entonces, Pedro ya era perfectamente capaz de explicarle a Arturo con sus propias palabras que él no era otra víctima de Michael Jackson. Sin embargo, como hemos dicho antes, Arturo nunca se atrevió a preguntarle nada sobre el tema directamente. Por el contrario, probó una última estratagema, que consistía en ponerle música del susodicho a todas horas, y resultó que a Pedro también le encantaba. Con el tiempo, y para espanto y sorpresa del Sr. Arturo, Pedro se fue convirtiendo en una auténtico fanático, y el problema se agravó el día que descubrió que Michael estaba en la ciudad para hacer un concierto por todo lo alto.

Pedro insistió tanto en ir, que Arturo no tuvo más remedio que acceder, a pesar del riesgo enorme que suponía meterse en la boca del lobo, entre todos esos fans de los que tanto tiempo se habían estado escondiendo, pero, ya desesperado tras meses de infructuosos intentos, se justificó en su fuero interno pensando que podía ser el estímulo definitivo para lograr que Pedro liberase sus recuerdos reprimidos. Y en todo caso, probablemente sería el mejor escondite, el único lugar en el que los fans no buscarían a Pedro y tendrían toda la atención puesta en su ídolo...

Pudieron pagar unas entradas en primera fila sin problemas (Arturo se lo tenía muy callado, pero, aunque no lo parezca, el negocio de las colillas mueve millones de dólares en el mercado de los sin techo, y guardaba celosamente sus ganancias en un compartimento secreto en la mitad de perro disecado que llevaba siempre bajo el brazo).

Durante el concierto, entre toda esa jauría desgañitándose, consiguieron agarrar unas baquetas que lanzó Michael al público, no sin antes prometer que el que las agarrase podría acceder a su camerino tras el espectáculo. Así fue como lograron estar a solas con el Rey del Pop, y Arturo aprovechó la ocasión para torturarlo simulando que lo ahogaba con sus bolsas de Mercadona, ante la atónita mirada de Pedro que era incapaz de reaccionar.

Arturo le recriminaba a la super-estrella, “¡malnacido, indecente, cómo pudiste cometer esos actos tan viles con este pobre chico!”. Viendo la muerte tan cerca, el torturado empezó a gemir y llorar, y, cuando de tanto en tanto Arturo le retiraba la bolsa para que pudiese tragar alguna bocanada de aire, gritaba entrecortadamente con todas sus fuerzas “¡yo no soy Michael Jackson! ¡Soy un doble! ¡El verdadero Michael Jackson murió en el 86!”.


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