viernes, 19 de febrero de 2016

oikumene 7 - Mégara, la hija del herrero

Argelao recorría a menudo el camino de las fuentes, unas veces por placer, y otras para ir en busca de agua, cuando sus hermanas estaban en el mercado. Un día, estando cerca ya de la Fuente del Bronce, cree oír una melodía abriéndose paso entre las zarzas, que de tan preciosa solo puede tenerla por sobrenatural. “¿Será Afrodita, que me canta para transportarme al lugar más dulce?” Al doblar el último recodo del camino antes de la fuente, se le aparece de frente una muchacha de finas facciones y piel tostada con un gran cántaro en la cabeza. “¡Qué bello ser y qué bella melodía entona!”

Algo en el interior de Argelao se revuelve gritándole “¡Has nacido para contemplar este momento!”. Y, muy a su pesar, eso es todo lo que es capaz de hacer, contemplarlo; contemplar cómo ella pasa a su lado y le sonríe tímidamente, sin poder siquiera abrir la boca más que para dejar escapar un sonoro suspiro, en el camino de la Fuente del Bronce, con el Sol como una esfera roja perfectamente recortada en el horizonte, un aliento de fuego besándole el cogote.

Fantasía y fiera de tu rostro.
Tortura sin mácula de un ideal de belleza.
Parásito de mi emoción.
Mendigas la primera de tus gracias,
mi hermana que de nuestra pasión vives falta.
Lloro. ¿Qué crees? Desconoces qué recuerdo de ese amor.

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