sábado, 20 de febrero de 2016

Pedro Pedersen 3 - directo al occipital

Para empezar, el Sr. Arturo se propuso enseñar al chico a valerse por sí mismo de nuevo, porque, en ese momento, era evidente que no era capaz de hacerlo, dado el estado de sus habilidades psicomotrices, así como del habla, profundamente mermados.

‘Pobre chico’ pensó, ‘si éstas son las secuelas, no quiero ni imaginar cómo serían los episodios con el astro’.

Se inicia así un bizarro proceso de aprendizaje, en el que el chico aprende rápido por imitación (que, como acertadamente decía Confucio, es el camino más sencillo hacia el conocimiento). Por ejemplo, en cuestión de segundos ya escudriñaba como Arturo los rostros de todos los conciudadanos a su alrededor, ajenos a las sospechas infundadas que sobre ellos recaían.

Pocas horas después, descubría cómo se robaban lonchas de pavo y pan de molde en el supermercado y, lo que es más importante, cómo se combinaban y engullían. Felizmente constató que tal acción acallaba por fin los ensordecedores quejidos guturales de su estómago por estrenar.

Los días pasaban y el aprendizaje de Pedro progresaba satisfactoriamente –léase ésto con hilo musical y visualícese una concatenación de escenas diversas y entrañables del proceso–.

Mientras tanto, variaban frecuentemente de escondite, trasladando con esmero sus únicas pertenencias: las bolsas de Mercadona y una mitad de perro disecado, que ambos tenían en especial estima. El perro tenía sólo medio nombre, como no podía ser de otro modo.

Pero las madrigueras y refugios del Sr. Arturo se agotaron rápidamente, y pronto hasta sus improvisados cambios de hábitos para evitar que los fans de Michael Jackson les encontrasen empezaban a parecer rutinarios.

Junto a esto, había otra cosa que preocupaba en especial a Arturo: huir de la fauna urbana inmunda (ratas, cucarachas y mormones) es tarea fácil, lo había hecho más de media vida, pero la simpleza mental de los fans los hacía imprevisibles. Es decir, su absoluta imbecilidad impedía a Arturo predecir su siguiente movimiento, lo cual representaba una inquietante amenaza. Por todo ello pensó que ya era hora de ponerse manos a la obra para hacer efectiva la segunda parte de su juramento, y se puso a meditar el cómo. En realidad creía que a la postre esa era la única forma de garantizar indefinidamente la seguridad de Pedro.

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