jueves, 28 de octubre de 2010

erróneamente

En medio de mi batalla por la comida con uno de los roedores, miro su fachada principal. Ya la he visto a ella y lo que hay en su interior muchas otras veces.

Aparece cristalina e inocente, pero a la vez es imponente, aunque esto último sólo se aprecie de forma sutil. Nada hace presagiar el horror que acecha dentro, templo contemporáneo de las miserias humanas. La realidad es que un ejército de expertos en marketing ha optimizado cada milímetro de ese infierno para gravar a fuego su mensaje en las mentes de los que ahí se aventuran.

A los niños se les mantiene apartados a un lado, distraídos con objetos y actividades estúpidas y adictivas, en consonancia con ese rol de perros parlanchines que la sociedad les ha asignado. Mientras, los adultos, vigilados por fotografías de empleados incompetentes, se relacionan en un entorno más irreal si cabe: mobiliario de formas y colores alegres y cegadores, como el de una oficina diseñada por un pitufo en un viaje de LSD.

Sonrisas de hormigonera. Duendecillos sirviendo batidos.

Todos ellos observan desde el interior, con mirada autocomplaciente a través de los grandes ventanales, como las ratas y mis compañeros y yo nos peleamos por sus desechos. Erróneamente creen que el infierno está ahí fuera.

Aprovechando un despiste de mi adversario, finto y me alejo con uno de sus trozos de pan.
 


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