domingo, 23 de noviembre de 2014

La noche que el hombre que gesticulaba como un calamar temió ser despedido del Circo de los Freaks

El hombre que gesticulaba como un calamar disfrutaba de la pausa entre sus actuaciones regalándose un Cubalibre con mucha lima en la escalera de su caravana. Exhalaba mirando hacia las estrellas en ese prematuro oscuro de la noche. Nunca olvida cerrar las argollas que le anclan al suelo.

Recordaba que alguien le comentó, en una recepción la semana anterior, que apreciaba un cambio positivo en él, que se veía que se expresaba con mayor naturalidad y que estaba más cómodo en el trato con las personas. Él pensó en aquel momento ‘Sí, ahora mientras hablo mi cabeza ya no da giros de 360 grados para radiar las palabras omnidireccionalmente’. Entonces, sólo pudo emitir como respuesta una risa incómoda. Difícil decir si lo fue más para él o para su interlocutor. En cualquier caso, ambos se excusaron y se fueron a por otro trago.

Lo que le preocupaba más, sin embargo, no era el comentario en sí, sino el hecho que el Director del Circo había pasado junto a ellos en ese momento, y a ese lagarto no se le escapaba nada. Probablemente en las actuaciones anteriores ya le había estado observando desde su puesto tras el telón para ver si seguía siendo un freak digno de sus espectáculos. 

Le inquietaba la posibilidad de que le despidiese. Y pensaba también que eso le parecería muy injusto, ya que, sólo cuando se limitase a gritar más que los demás para que se le oyese en una conversación, se podría decir que había aterrizado en la normalidad. Es más, estaba seguro de que disponía de una gran variedad de recursos para parecer más raro que nadie (sobretodo si se comparaba con otros integrantes del Circo, con un repertorio mucho más reducido, como por ejemplo el odioso hombre ensaladera). Esto le enciende y grita al cielo ‘¡Es culpa de este Circo de provincias el que yo no pueda desarrollar todo mi potencial!’. En ese momento nota como las argollas estrangulan sus tobillos, y se percata de que hace rato que no siente la goma labrada de los escalones en su trasero. Una vez más, la brisa intentaba llevárselo volando.

Al cabo de un rato, el chico que se ocupa del attrezzo le advierte de la inminencia de la segunda parte de su número y tira de sus cadenas para devolverlo al suelo.

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