domingo, 23 de noviembre de 2014

La brújula y el condón

¿Qué pensaría usted si encontrase una brújula y un condón en la cartera que le acaba de robar a un tipo? Pues en la oscuridad de mi salón intento reconstruir su cara, con la esperanza que eso me ayude a encontrar una explicación plausible. Pero todo el esfuerzo es en vano. Quiero decir, logro visualizar a la perfección su casaca roja, los bolsillos y el momento del hurto, pero nada más.

Aunque, ¿quién puede asegurar que los rasgos faciales de la víctima me darán más pistas que los rotos y descosidos de su abrigo? ¿Se trata de un marinero en busca de su furcia, un excursionista del montón, un bromista precavido, u otro amigo de lo ajeno? Y en todo caso, ¿qué más me da? Todas estas cavilaciones baratas se deben únicamente a que el hallazgo me ha desconcertado. Lo importante sólo es el metálico que llevaba el desafortunado, que, por cierto, no es mucho.

Haciendo honor a la costumbre, me dirijo a Perdición, mi antro de adopción, origen y fin de todos los caminos, donde el escaso botín me dará al menos para un par de vasos llenos de ese bourbon guatemalteco que sirven a los más incautos. A lo mejor sus efluvios tóxicos me inspiran.

Doblo la esquina y ya huelo sus butacas de terciopelo acolchadas, envejecidas y horadadas por mil colillas, atrapando al personal como un velcro irresistible hecho de colmillos de perros con rabia, que por nada soltarían a su presa. Allí, beber es un trabajo y, a pesar de la feroz competencia, Pushkin es el empleado del mes.

Ringo, tras la barra, está fregando un vaso. Uno de sus ojos apunta al televisor, mientras el otro persigue a la única mujer del local que no se puede confundir con un hombre. El aire, respirado mil veces, es el de un submarino alemán en el fondo del mar; aire, si se puede llamar así, que alguien olvidó apresado en una bodega de metal herrumbroso. En el barrio, donde reside un número tan elevado de artistas cuya petulancia excede los límites de la razón, la existencia de un reducto de brutalismo y vulgaridad como este antro es una bendición.

Avanzo hacia un asiento libre junto a Love machine, otro cliente habitual, de los pocos a los que no parece que le haya pasado un cortacésped por la cara, un cruce entre Tina Turner y Mickey Rooney, alto como la primera, habiéndole sustraído el segundo. Es un gozo que nadie preste atención a mi presencia. Tras el saludo de cortesía al anciano y a Ringo (sólo con ellos ese acto tan inocente no puede volvérsele a uno en contra, en la forma de un fastidioso monólogo de tres cuartos de hora, ante el que sólo cabe asentir, brindar y alzar las cejas), le señalo a éste último la botella de bourbon del segundo estante. No hace falta que le diga que lo quiero on the rocks –nada en mí genera un condicionamiento pavloviano comparable al crepitar del hielo cuando es abrazado por el alcohol–.

No es ninguna novedad que entre alguien en Perdición, pero sí lo es que entre alguien nuevo. Y, a pesar de que doy la espalda al recibidor, eso es precisamente lo que puedo leer en la mirada llena de desconfianza de Love machine, que interrumpe en seco una de sus habituales diatribas sobre si son mejores los futbolines de madera o los de acero. El asunto no tendría mayor importancia para mí, si no fuera porque el tipejo, un hombre corpulento de cincuenta y tantos, sostiene doblada en su mano derecha una casaca roja idéntica a la del desafortunado al que birlé la cartera, so do the maths. Parece que, por una ironía de la vida, la víctima acude por su propio pie a la guarida del lobo y, a mayor gloria de la diosa Fortuna, toma asiento al lado de éste.

Tras los obligados “Buenas noches” y “¿Cómo está usted?”, se sucede una hora larga de charla animada y animosa, que el compadre interrumpe con un “Te invito a… ¿qué estás tomando?”. Le contesto y Love machine se descojona. Él se palpa los bolsillos, primero con calma, y luego más nerviosamente aquí y allá, con la cara mudando de una mueca de incomprensión a otra de disgusto. “¡Joder, me han robado la cartera!”, dice con la mirada perdida. “Qué me vas a contar…”, musito para mis adentros, y sigo con voz sonora “¡No hace falta que te inventes ninguna excusa, hombre! Esta ronda ya la pago yo”, mientras agito en el aire los billetes de su cartera. “Lo de menos es el dinero...” –“no me digas”–, y continúa “…lo que es una putada son los documentos de identidad, las tarjetas de crédito…” –“las brújulas y los condones…”, mordiéndome los labios para no reír– “… y bueno, un par de objetos con mucho valor sentimental”. Ahí reconozco que ha captado completamente mi atención. Entonces me cuenta que llevaba un par de recuerdos de su hijo, las únicas pertenencias que encontraron tras su desaparición un fin de semana que fue al bosque con unos amigos. “Y no se lo digas a nadie, pero por mucho que me desagrade, y por mucho que me esfuerce en evitarlo, cuando miro esos recuerdos indefectiblemente me entristezco al pensar que murió virgen“. Transcurrido un rato, aprovecho que se va a los retretes para largarme, no sin antes dejar su cartera sobre la barra. Perdición, origen y fin de todos los caminos.


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