El
documento «Estrategia de salud digital», publicado por el Ministerio de Sanidad
español en diciembre del 2021, afirma que los 17 «Objetivos de Desarrollo
Sostenible» (ODS, …) han de ir de la mano de la transformación digital. ¿Acaso
la sostenibilidad, la igualdad y la bondad son imposibles sin digitalización?
El documento señala que el «uso estratégico e innovador de tecnologías
digitales» es necesario para «garantizar una vida sana» (sin tecnologías
digitales, ¿nunca ha habido vida sana?) y para la construcción de
«infraestructuras resilientes y la industrialización sostenible» (en realidad,
la «transformación digital» tiene un enorme coste energético y genera montañas
de residuos altamente tóxicos, como veremos). A continuación, establece que los
«ODS» son inseparables de la transformación digital.
En el resto de sus 17 ODS y 169 metas, la digitalización y la
incorporación de las tecnologías de la información y las comunicaciones
aparecen como medios imprescindibles para el avance de la sociedad desde una
perspectiva social, económica y medioambiental. ¿Cómo es posible que se vincule
el «desarrollo sostenible» a la digitalización? (…)
Desde finales de los años ochenta del s. XX (con mis primeros
artículos en la revista Integral) y durante más de un cuarto de siglo,
he publicado textos e impartido conferencias sobre lo que llamábamos ecología y
cada vez más ha pasado a llamarse sostenibilidad. Crecía la conciencia de que
la naturaleza no es un simple almacén de recursos y vertedero de residuos, y se
abría un nuevo paradigma de relación con el mundo que incluía el respeto,
cuando no la admiración, por los ciclos biosféricos que permiten el equilibrio
de la vida. Pero lo que buscábamos no era esto.
En sentido originario, naturaleza es todo
aquello que es generado natura,
nacido por sí mismo, sin intervención humana; son testigos de ello la misma
palabra latina natura y sus equivalentes en griego clásico (physis, de phyo,
φύω, φύω, ‘generar, dar a luz’) y en chino clásico 自然 (ziran), ‘lo que es espontáneamente en sí mismo’,
concepto clave en la filosofía taoísta. En sentido amplio, cultura es todo lo
generado por la acción humana. En latín cultura
significa ‘cultivo’, y es cultivar aquello que crece, agua y aire y luz; la
oscuridad es enemiga de la cultura). La cultura no puede existir sin la
naturaleza porque no hay cultura sin suelo en el que arraigarse, agua para
beber y aire para respirar: la cultura no crece en un limbo abstracto e
incorpóreo, sino que se encarna en un entorno geográfico, climático y
paisajístico, y este entorno no es un simple envoltorio externo (como sugiere
el término, desafortunado y reduccionista, medio ambiente).
La transformación digital es un intento extremo de prescindir del entorno
natural y sustituir lo natural por lo artificial. Como tal, está destinada a
quedarse sin suelo, sin agua, sin aire y sin vida. ¿Cómo podría ser sostenible?
A principios de 2021, un artículo en el Financial Times
estimaba el uso energético anual de los cinco gigantes digitales (Amazon,
Google, Microsoft, Facebook y Apple) en más de 45 teravatios hora, equivalente
a la energía que consume todo un país como Nueva Zelanda. Este uso intensivo de
energía (originado, sobre todo, en esos inmensos centros de cálculo de datos (…)
crece sin cesar, porque, (…), la expansión de la inteligencia artificial y el
aprendizaje automático requiere más poder de computación. La digitalización del
mundo tiene un coste energético de proporciones astronómicas (quienes desde la
tecnocracia piden que ahorremos energía y reduzcamos emisiones suelen promover
simultáneamente el consumo descomunal que comporta la digitalización –o los
coches eléctricos, especialmente insostenibles en su proceso de fabricación–).
Es peculiar cómo se fomentan megaproyectos desorbitados (viajes a Marte
incluidos) al tiempo que se anuncian grandes restricciones energéticas (varias
ciudades de China ya quedaron medio a oscuras en 2022).
La fabricación de artículos e infraestructuras digitales requiere
enormes recursos minerales que a menudo son escasos y de difícil extracción, o
que generan formas de contaminación mucho más graves que el CO₂ del que tanto se habla. Y los artilugios e infraestructuras
digitales, que son renovados vertiginosamente, generan montañas de residuos
electrónicos (e-waste): pantallas, cables, circuitos y otros trastos
electrónicos que se multiplican sin fin. El informe Future e-waste scenarios,
avalado por Naciones Unidas, estima que la producción anual de residuos
electrónicos «será de 75 millones de toneladas en 2030 y de 111 millones en
2050». Los datos incrementan las desigualdades, favoreciendo enormemente a
quienes tienen mejores ordenadores, servidores y centros de datos (los
confinamientos proporcionaron a cientos de millones de personas, mientras las
grandes empresas tecnológicas sin precedentes a las grandes empresas
tecnológicas y a sus inversores). Comporta inevitablemente un aumento del poder
del complejo tecnofinanciero y de las grandes empresas del ciberespacio, y la
consiguiente decadencia de las empresas pequeñas y medianas y la destrucción
del tejido social. Circular los comercios y se multiplican los repartidores.
También implica la concentración del poder y del control en manos de las
empresas y entidades que atesoran los datos digitales. Y avanza la sociedad de
consumo al aumentar el poder del marketing,
que utiliza los datos extraídos de nuestra actividad para seducirnos mejor. La
extracción de datos, naturalmente, comporta una erosión de la privacidad (todo
lo que hacemos a través de dispositivos digitales, y mucho de lo que hacemos en
su proximidad, queda registrado, y algún día se puede usar en contra nuestra).
La transformación digital conlleva una erosión de lo que han sido las reglas
del juego de la existencia humana desde el principio de los tiempos: desplaza
las formas propiamente humanas de hablar, de hacer, de estar y de ser, y las
sustituye por su contraparte robótica o tecnocrática.
Muchas pantallas más tarde, tras incontables vueltas al circuito
electrónico, se va estableciendo una sociedad cada vez más dependiente de las
máquinas, con personas que ceden porciones cada vez mayores de su existencia a
la tecnología, a veces de manera autodestructiva.
Técnica
y totalitarismo – Digitalización, deshumanización y los anillos del poder
global. Jordi PIGEM (2026),
1ª ed., Fragmenta Edición, Barcelona, Spain, 2023, pp. 186
Pushkar, Rajastan, India (2010)