domingo, 23 de abril de 2017

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Las líneas en la palma de mi mano se dilatan, como las de los otros ocupantes de los vagones delanteros. Recuerdo eso que me dijiste un día: “Si se te contagian, genial. Si no, te dejaré parasitar mis sueños.” Tus limitaciones son las mías. Tu tristeza, mi alimento. El amor, el que uno siente por su reflejo, y la vida que no colabora. La velocidad del tren que nos acerca tiende a cero, a medida que la distancia que nos separa se reduce. Por error montamos en el que no debíamos, aquél que sólo llega cuando el tiempo se hace infinito. El globo ocular, testigo del pasado y juez del presente, ¿será el verdugo de nuestro futuro? Él confirmará si cumplo mi promesa; si los besos subsiguientes serán como el primero, sus dignos sucesores, los que harán que los recuerdos compitan por nuestra atención, no otro espacio más en blanco en la agenda del móvil. Y la vida que no colabora.



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