viernes, 14 de abril de 2017

Posteconomía - 7 - hacia una Nueva Edad Media - it's a job



And precisely a couple of days after having read this (see below), I saw in the news Mexican construction workers in USA building The Wall, and replying "it's a job" or "we have to eat" when interviewed about why are they doing it:

“Ya no existen las profesiones, pero sí se ha extendido el comportamiento profesional, es decir, obediente a las reglas. Si nos remitimos a la etimología de la palabra, veremos que cuadra de manera sorprendente. Profesión viene de pro-fateri, un verbo que significa admitir, confesar, aceptar; de ahí que se diga “profesión de fe”. Por lo tanto, ser un profesional no tiene nada que ver con una habilidad o un conocimiento técnico: se trata de alguien que profesa, que sigue con fe las reglas establecidas.


Y llegamos a donde queríamos. El mito de la profesionalidad es un inhibidor ético de una eficacia absoluta. Un profesional en el ejercicio de “su profesionalidad” pierde su capacidad de elegir, de distinguir entre el bien y el mal. Hay una suspensión de la persona, del individuo, a fin de que actúe ese eslabón social que es el profesional.


Un soldado que ametralla civiles, un empleado judicial en un desahucio, un MBA que despide a trabajadores para dar beneficios a los accionistas, o el trader que hace subir el precio del trigo para ganar más (…) Todos ellos necesitan un amparo social para hacer el mal. Una descarga moral. “Yo sólo hago mi trabajo”, dicen, lo que supone mi ocupación deja partes de mí fuera de mis acciones, me aliena, pero a su vez me libra de juicio. El profesional ya ni siquiera necesita utilizar aquel socorrido “yo cumplo órdenes”. Anteriormente, los mandatos necesitaban dos juicios morales: de quien da las órdenes y de quien decide obedecerlas. Por el contrario, el profesionalismo, al erigirse como un credo impersonal, evita ese mal trago, y da paso a la justificación “hago eso porque es la profesión la que me obliga”. Desde el gran banquero hasta el empleado de ventanilla que sugería la firma de la hipoteca, todos utilizan la misma explicación, todos niegan haber sido ellos (…).

Otra virtud del culto al profesional es su horizontalidad. No importa si vendes kalashnikovs o eres animador infantil; si trabajas como becario precario o como predador financiero, todos somos iguales (tenemos los mismos derechos), pues todos actuamos como profesionales, y ese profesionalismo delimita nuestro espacio y nos invita a no movernos de allí. “Me acaba de abrir la cabeza, agente”. “Lo siento, soy un profesional. Hago mi trabajo”. (…) El profesional solo puede representarse ante los demás con su gesto, con su actuación, y la elusión de la responsabilidad es el premio que se obtiene por una exigencia de eficacia. Un amateur puede hacerlas cosas más o menos bien, a su aire; al profesional se le exige una escrupulosa obediencia. Como los siervos medievales, hay que hacer sólo lo que toca hacer, porque de lo demás se encargarán el señor y Dios.”

                                                                               Posteconomía (Antonio Baños Boncompain)


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