miércoles, 30 de marzo de 2016

el control de aduanas hacia lo caní

Increíblemente, nos encontramos un control policial a escasos kilómetros de la entrada del pueblucho, en esa carretera olvidada de la meseta castellana. Yo no era consciente de que hubiera algún motivo por el que preocuparse. Hasta me parecía pintoresco tener que pasar ese control de aduanas hacia lo cañí. Y la cara de Fernando no me daba ninguna pista en sentido contrario. Pero la realidad es que éste llevaba una piedra de hachís de tamaño no despreciable en el coche, y tal encuentro era tan inesperado que no se había molestado en ocultarla lo más mínimo. En particular, estaba en un largo hueco del apoyabrazos del copiloto, o sea, el mío.

En honor a la verdad, los guardias civiles se comportaron muy correctamente con nosotros en todo momento, no como otros, que parecen abortos salidos del útero de Sylvester Stallone, y Fernando, sabedor de que iban a encontrar la piedra fácilmente, fingió derrumbarse ante la autoridad, reconoció que llevábamos algo y se la entregó a uno de los agentes. Éste, tras terminar de rellenar la multa y demás papeleos, avanzó unos pasos hacia el campo y la lanzó. Fue algo mágico. El tiempo se detuvo, y vimos como la piedra de hachís volaba a cámara lenta. La lanzó… ¿cómo decirlo?… la lanzó como si fuera una abuelita bicentenaria con gota, que sufre un pinchazo en los riñones justo cuando hace el swing con el brazo; como si fuera un armadillo hembra con osteoporosis lanzando el ramo en su boda, celebrada al poco de recibir el alta tras ser atropellado por el Queen Elizabeth II; como si fuera una niña de tres años esposada, que debe deshacerse de una canica para que no se la requise el matón de la clase, pero tiene miedo de reventar el cráneo de algún gnomo. Vamos, que la piedra cayó apenas a dos metros de nuestros pies y, para rematarlo, justo al lado de un tapón azul enorme que algún cerdo había tirado ahí, con lo que aún era más fácil ubicarla. 

El guardia civil se sacudió las manos, se dio media vuelta, y, con cara de estar aparentemente satisfecho por un trabajo bien hecho, nos invitó a continuar nuestro viaje. Fernando y yo nos quedamos atónitos, y no pudimos evitar cruzar una mirada de complicidad y dejar escapar una sonrisa mientras nos volteábamos. Dos días después, saliendo del pueblo, paramos en el mismo lugar, recogimos la piedra y proseguimos el viaje más contentos que unas santas pascuas.

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