“Es que no lo entiendo. ¿¡Cómo puede haber tanto orín en el suelo!? ¿Será que esos cabrones mean mayormente fuera de tiesto porque sus barrigones les impiden verse la minga o, directamente, la taza del wáter, y apuntar? Y los días que viene Divine, que siempre anda flojo de intestinos, con su mierda de quicos y esas galletas horribles que come a escondidas, ya ni te cuento la de detergente que tengo que gastar”, le decía Ringo, fregando un vaso –siempre fregando un vaso–, a Pushkin, que por una vez en su vida había permanecido callado más de 2 minutos. Lo que no sabía el barman es que las muecas de concentración de este último no eran porque le estuviese prestando especial atención, sino porque estaba testeando cuidadosamente qué posturas en el taburete le escocían menos la almorrana. Cuando cree haber ajustado sus nalgas a la posición menos dolorosa, se limita a responder con un escueto “Ya”, y a pedirle fiado otro vaso del desagradable bourbon guatemalteco marca de la casa en Perdición.
Sex Machine se acerca, se sienta a su lado y empieza a declamar, alzando su cubata, “Las hojas de los arces me devuelven los destellos de vuestros ojos con menor intensidad que las nubes de una noche encapotada me retornan las luces de la ciudad. Lignina y taninos enturbian mis sentidos cansados, en estaciudad que nunca duerme”, pero ninguno tiene paciencia para escuchar ya más de sus sandeces, y le mandan callar al unísono con ademán agrio, que les está estropeando la música. Ringo, además, pone cara de fastidio, pues ya ha visto entrar a Divine al fondo en el recibidor, y se está temiendo que, por si acaso le deja otro de sus regalos en el retrete, tendrá que escaparse a la droguería de al lado, que va corto de productos de limpieza. No puede dejar de ningún modo a Pushkin a solas cerca de las botellas, así que le pide a Sex Machine que le substituya por un rato en la barra. El anciano asiente. No distingue los billetes de diez de los de veinte, pero es que no hay otra opción, y con Pushkin hay mucho más que temer.
Así pues, Ringo abandona el timón del barco, pasa por una portezuela en un lateral, y se dirige raudo hacia la salida, ignorando a los parroquianos que le señalan sus copas vacías o que le intentan agarrar del antebrazo, queriéndole pedir otra ronda. Ahora es un hombre con una misión, y nada en el mundo lo distraerá.
Ya en la acera, tuerce a la izquierda, y a las pocas zancadas llega a su bazar de confianza, el Brooklyn Gourmet Deli, de donde ve salir con paso ligero a un pandillero canijo y a otro maromo quitándose una camiseta blanca muy ensangrentada, que tira en el contenedor del callejón más cercano. Ambos arrancan a correr al oír en la lejanía unas sirenas aproximándose. Ringo decide que no tiene tiempo para hacerse el héroe en medio de su jornada laboral, que poco le pagan, y aún más habiendo dejado la barra a cargo de un anciano senil y de un alcohólico viperino. Entra en la tienda, coge una botella de lejía, deja unos pavos sobre el mostrador, y se vuelve sobre sus pasos sin levantar la vista del suelo. Total, no sabe de primeros auxilios, y el dueño del bazar digamos que no le caía muy bien. Al poner pie en la calle, nota súbitamente que alguien le empuja por la espalda con violencia contra la pared, le agarra de la cabeza y se la aplasta contra el ladrillo, inmovilizándolo. “Con que robando en mi barrio, ¿eh, cabrón?”, dice su agresor, que, al aflojar un poco la presión, puede reconocer que es un policía. No sabe si alegrarse ante esta noticia, habiendo pensado en primera instancia que se trataba de un nazi o de un mafioso. Y sigue, “¿Cómo te atreves? ¡Ahora te vas a enterar!”, llevándolo arrastras al coche patrulla, donde lo introduce de un patada en el trasero.
Esto último lo han podido ver Pushkin y Sex Machine, que han salido de Perdición alarmados por el jaleo que venía de fuera, las luces de ambulancias, y la tardanza de Ringo en regresar. Cuando el policía está a punto de arrancar el auto, el anciano le pregunta que a dónde se llevan al barman, y este le contesta “Circule”, a lo que Sex Machine insiste de nuevo “Señor agente, solo quiero saber a qué comisaría tengo que ir a darle las llaves de su bar”. “Como vuelvas a hablar, te vienes tú también para el cuartelillo”. “Está bien, señor agente, ya me call…”, pero el policía no le deja terminar, sale del vehículo y lo mete dentro también de una fuerte coz. “¡Te lo había advertido!”, dice, cerrando la puerta. A todo esto, Pushkin, que se había estado mirando toda la escena con cierta indiferencia, oyendo rugir el motor, retorna parsimoniosamente al interior y, ya en el centro de la pista, grita “¡Que Ringo dice que una ronda gratis para todos!”, a lo que la colección de freaks que llena el local responde vitoreando con júbilo y asaltando la barra pisándose unos a otros. Pushkin toma asiento en su taburete, cuidando de ajustar nuevamente su almorrana a aquella posición que había encontrado menos dolorosa, y se sirve otro par de bourbons, ahora sí, de Jack Daniel’s.














