“Will Smith y ‘que salgas de tu zona de confort’, dice el cabrón desde su trono de marfil, aleccionando sobre cómo afrontar la vida a aquellos suficientemente estúpidos como para escucharlo. ‘Que uno tiene que salir de ella para descubrir todo su potencial’, dice el mamón con orejas de soplillo, desde su mansión dorada, tumbado en una cama de agua de 10000 dólares. Qué fácil es decirlo (y ahora también difundirlo, con los móviles y las redes sociales con sus infinitos seguidores, y los panolis que publican cualquier basura de libro ‘escrito’ por famosillos de tres al cuarto). Y qué daño que hace”.
En eso pienso, mientras veo los coches pasar a toda prisa por Bedford Avenue, apostado en un callejón. Congelado hasta el escroto. Fumándome una colilla que recogí del suelo. Pero cuesta horrores darle alguna calada. Apenas consigo encajarla entre mis labios. Tan desmedido es el titiritar de mis manos. No sé si mayormente a causa de la ventisca o por el mono. “Te atrapó la noche”, me echo en cara. “Ya te has vuelto a dejar atrapar”, me susurra a la oreja el sombrerero loco de Saint Patrick, mi alter ego, llamando a filas, arañando mi córtex para darme dentera. ¡Qué cojones, arañándolo, derribándolo con un hacha, como Jack Torrance con la puerta del baño en El resplandor! Haciendo que un escalofrío recorra mi espina dorsal. Miedo me empieza a dar la noche que se avecina. ¿De qué marca será el piano que me caiga encima?
El humo escapando de mi garganta. Fusionándose con el vaho que emana de las alcantarillas, ahí cuando alzo la vista hacia el cielo estrellado. Pero hay otra columna invasora. Es mi jefe con un puro. También se ha escapado de la cena de navidad de la empresa. No soporto a ese bastardo. Todo el santo día citando esa literatura basura de autoayuda y “El arte de la guerra” de Sun Tzu. Putos empresarios y emprendedores flipados. Lo único que leen en su vida en los 5 minutos diarios en los que plantan muñeco de barro. Patéticas caricaturas calvas y rollizas de Gordon Geko. ‘Tienes que salir de tu zona de confort, Mike’, cuando estamos en el despacho, con todo el equipo delante. Sal tú de tu Lexus LX 700h y vete a una chabola en New Jersey con mi KIA Picanto, hipócrita.
“¿Me das fuego?”, me dice. Se le apagó el puro y no trajo un encendedor. “Sí, claro”, y súbeme el sueldo, tacaño de mierda. “No ha entrado ninguna becaria guapa, este año, ¿verdad?”. “No. Una pena. Cada año son peores”, puto cerdo seboso. Eyaculo en tu vichyssoise. “Antes había que apartar las bragas para ver el culo, y ahora hay que apartar el culo para ver las bragas”, se ríe la ballena Beluga. “Sí, jeje”, dame tu hacha, Jack, que le voy a partir el cráneo en dos. “Bueno, me vuelvo para dentro, que hace un frío que pela”. Sí, eso, vuélvete a la fiesta. A ver si manoseas el trasero equivocado y el Consejo Directivo te invita a ‘salir de tu zona de confort’.
Tras un par de maniobras de reanimación de la colilla infructuosas, la tiro al suelo lejos de mí, junto a unos cubos de basura, y entro también al local. Qué asco me da constatar la diferencia abismal entre las sonrisas que le ponen a él, y las caras que a continuación dirigen a mí. Trepas de baja estofa. Personas excesivas. Dentaduras excesivas. Tanto blanco me deslumbra. Lame botas de los peces gordos. Amebas sin clase. Piojos que se matan entre sí por domeñar la callosidad más prominente de la grupa de ese perro callejero. Cómo cambian sin disimulo las muecas en sus rostros desde las de seres complacientes bobalicones a mostrar desprecio absoluto cuando descubren que, al contrario de lo que creían, el que va detrás de la sabandija babosa no es otro superior, sino el don nadie de la planta 13. No creo que haya suficiente alcohol en el mundo para hacerme olvidar sus horribles caras, pero hoy lo pone la empresa, así que habrá que intentarlo. “Ya te has vuelto a dejar atrapar”, me susurra a la oreja el sombrerero loco de Saint Patrick, mi alter ego, llamando a filas, arañando mi córtex para darme dentera. Ya no dudo que será un Bösendorfer, el piano que esta noche me caiga encima, pero, ciertamente, nadie podrá negar que habré salido de mi zona de confort.

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