jueves, 21 de mayo de 2020

oikumene 13 - la tumba de Eixmunazar - 1

Nota: Todas las entradas de oikumene se pueden encontrar, en orden cronológico, aquí:
 
Una terrible ventisca sorprende a padre e hijo en medio de ninguna parte, de fuertes vientos del norte, fríos y racheados(*). Se ponen a buscar desesperadamente un lugar que les proporcione refugio, sabiendo que de lo contrario podrían perecer congelados en la larga noche que les espera. Pero la visibilidad es prácticamente nula, con ese aire gélido castigando los ojos y lo poco que de sus caras asoma. Finalmente, Argelao cree ver un oscuro agujero del tamaño de un par de brazos en lo que parece un leve promontorio, y se adentran en él.

Una vez allí, aliviados y a resguardo de las inclemencias del tiempo, consiguen hacer un pequeño fuego con las ramitas y hojarasca que han podido amontonar. La tenue luz que baña ahora el interior de su guarida les permite ver el fondo de la misma, y ambos dan un respingo al unísono al distinguir las figuras de dos amenazadores leones que custodian lo que parece ser la entrada a una vieja tumba. Por suerte, no son más que dos esculturas esculpidas en la roca con gran esmero, y deciden que ya explorarán más por la mañana, pero el susto que les han dado, junto a los aullidos incesantes del viento en el exterior, hacen que les cueste conciliar el sueño, aunque finalmente el cansancio les vence y logran dormirse.

Cuando se agota la pulsión,
cuentan los ancianos del lugar,
el polvo y los lloros se detienen,
los extraños mudan sus gestos,
y el tozal afila sus sombras.

Cuando se agota la pulsión,
cuentan los ancianos del lugar,
los olivos se arremolinan
frente a los frisos mudos,
y arrecian abundantes viejas
y sangrantes rencillas.

Cuando se agota la pulsión,
cuentan los ancianos del lugar,
las ramas se agitan por doquier,
el ser vivo sostiene el aliento
y el bosque entero ensaya
una horrible mueca de espanto.

Es entonces que,
según cuentan los ancianos del lugar,
los olivos hunden sus raíces
en las rocas del tozal,
y el crío con arrestos
sienten el crujir quedo
de sus feroces estocadas.

Al día siguiente, son despertados por el goteo incesante de agua que supura de las paredes y corre por las rendijas de la caverna, pero a pesar de la humedad reinante, sienten el calor acogedor de los primeros rayos de un sol que se cuela con fuerza en su agujero, molesto por la ventisca que lo mantuvo oculto el día anterior. Tras un copioso desayuno para reponer fuerzas, la curiosidad puede al fin con ellos y deciden, haciendo caso omiso de las desafiantes miradas de los leones de piedra, adentrarse en la tumba, sosteniendo cada uno una antorcha improvisada para la ocasión. Cuando sus ojos se acostumbran a la negrura, consiguen distinguir en el centro del túmulo un gran sarcófago de piedra basáltica.



Memnón analiza pausadamente la inscripción que puede verse en el sarcófago. Conoce algo la escritura fenicia, por las enseñanzas que recibió de Tisafernes en su largocautiverio durante la gran guerra contra los lacedemonios, le comenta a su hijo en voz alta. Transcurridos unos minutos que a Argelao se le hacen eternos, su padre, sin abandonar una expresión preocupada, comenta:

– Lo poco que soy capaz de leer me produce pavor… Fíjate, aquí, en las líneas séptima a novena:


dice algo así como: “cualquiera, hombre o mujer, que abriese la tapa de esta tumba… lugar de reposo no habrá para él entre sus antepasados muertos… y no será enterrado en un sepulcro, y no habrá para él hijos ni ¿simiente? ¡Ah, no! descendencia… y los dioses le abandonarán...” Bueno... qué terrible maldición tenemos ante nuestras narices. El tal Eixmunazar no se andaba con bromas... Ni se te ocurra levantar la tapa...

(*) Viento llamado Aquilón por los griegos de la Antigua Grecia y Septentrio por los romanos.

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