domingo, 25 de junio de 2017

la calle Camèlies


El abuelo bajaba cada tarde a las 17h por la calle Camèlies con su Ford Fiesta. Se convirtió en un hábito tan enraizado que siguió haciéndolo después de muerto. Otro de esos pasajes del pasado que se parecen cada vez más a una leyenda artúrica que a algo que realmente sucedió. Fue su respuesta a este combate desigual contra la mierda. La batalla perdida por el control de todo lo que nos rodea, en el que la queja no es real a no ser que sea compartida. Y es que demasiados días el mundo se levanta con ganas de tocar los cojones, disfruta haciendo correr a cojos detrás de trenes que abandonan sin ellos la estación; días en los que te restriegan por la cara las más variadas muestras de injusticias y escoria humana.

Perdido como ese hombre sin acentos en el teclado, el abuelo hacía cuánto estaba en sus manos para compensar la enorme desventaja respecto de sus rivales, cuyas espadas no tenían el filo mellado; palabras con que disolver el veneno de sus mentiras. Te daba ese amor especial que sólo logras sentir como tal cuando alguien no hace, conscientemente, un esfuerzo por dártelo. El costurero de un saco grande para que todos cupiesen en él.

Y te llamaré mentiroso si me dices que las fosas están llenas de personas especiales como él; un suave susurro de la hoja de parra, resumen de nuestra contribución, el flaco y olvidadizo mentor. Quizás fui yo el que me acostumbré tanto a verlo bajar cada tarde a las 17h con su Ford Fiesta, que, a fuerza de quererlo, seguí viéndolo descender esa calle Camèlies después de muerto.





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