sábado, 14 de enero de 2017

infinity pool

¿En cuántos lugares le puede caer a uno encima una lluvia de lefa ensangrentada? ¿Comer de los cráneos de tanto deshecho humano? Seré yo por una vez el que me alimente del cerebro de unos zombies, y no al revés, cuando me abro paso como un rompehielos a través de cientos de ellos, en su mayoría desnudos, o semidesnudos, pero tapando las partes del cuerpo con una lógica inversa, en la nave central, abducido por la oscuridad y unos tenues destellos morados, inhalando grandes bocanadas de humo denso y pegajoso del megatrón, rodeado de tantas pollas al descubierto meciéndose al ritmo de un techno embrutecido, alzando un brazo a un lado u otro, como si estuviese desfilando en la Plaza Roja del vicio accionado por descargas eléctricas en los pezones. Una fiesta inacabable, una piscina verde esmeralda en el tejado de un hotel de lujo Berlinés, la atalaya perfecta para que uno pueda contemplar, con las pelotas congeladas, el gris infinito de la vida que queda por delante.




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