martes, 14 de agosto de 2018

la mini tienda de ropa en Aleppo

Una de las situaciones más graciosas que recuerdo de mi viaje por Siria tuvo lugar en el zoco de Aleppo. Esperaba yo sentado en uno de los pasajes mientras mi primo se adentraba en una pequeña tienda de ropa de hombre, con el propósito de comprarse unos pantalones. La escena que se desarrolló a continuación era harto cómica. Es difícil explicar con palabras lo que yo veía, pero haré un intento, aunque seguro que no haré honor a lo graciosa que era la situación: el hecho es que, en esa minúscula tienda de –sin exagerar– no más de 2 metros cuadrados, cuatro o cinco hombretones sirios (de los que tres o cuatro eran los dependientes trajeados) y mi primo intentaban desplazarse de un lado a otro de la tiens para repasar las prendas en los percheros, sin chocar unos con otros, mirándose por el rabillo del ojo y moviéndose como si fueran piezas de un Tetris en perfecta sincronía, a veces unos adelante y otros atrás, y otras veces lateralmente, como los cangrejos, o incluso pivotando ángulos de noventa grados, como si fueran puertas con bisagras imaginarias. Me reconforta pensar que esa tienda seguirá en pie, pues la probabilidad de que las bombas acertasen en ese recinto tan pequeño es ínfima.






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