miércoles, 15 de agosto de 2018

la bomba del Japan

A mi amigo y a mí nos dio por robar un millón de latas de Red Bull en el club Japan: en el camino a la salida del garito, había una amplia zona olvidada de la mano de dios, en la que uno podía ver frigoríficos y cachivaches amontonados por doquier; fue ahí donde, probablemente tentados por un golpe aparentemente tan fácil, nos detuvimos frente a uno de los frigoríficos y empezamos a sustraer latas y latas que poníamos en mi mochila, sin percatarnos que un gorila de dos metros, que caminaba a nuestras espaldas, nos miraba con cara de estupefacción. Cuando nos quisimos dar cuenta, ya nos había dado sendas collejas y nos empujaba desdeñosamente hacia la puerta de entrada, donde esperaba el responsable de seguridad y algún otro maromo de escasas luces.

El jefe de éstos me indicó que vaciase mi mochila, y fui sacando muy poco a poco todo lo que encontraba dentro que no fuesen las latas de Red Bull. La situación era bastante cómica porque era evidente a todos que la mochila abultaba mucho, y que por fuerza tenía que estar repleta de algo muy voluminoso, pero yo iba sacando, de una a una, míseras cosillas de ínfimo tamaño como un ticket de autobús, papel de fumar, algún carnet de videoclub, etc., hasta que el responsable de seguridad, harto de ese ridículo paripé, me arrebató la mochila y la abrió boca abajo, cayendo al suelo acto seguido, con mucho estruendo, las dos decenas de latas que habíamos robado.

Entonces quisieron que les pagásemos no sé cuánto. Y, como no teníamos suelto, mi amigo tuvo que ir a sacar dinero mientras un cachas de pacotilla me miraba amenazadoramente. Al rato de sostenernos la mirada como si estuviésemos en un duelo de spaghetti western, le dije “No me das miedo. El daño que tú me puedas hacer, me lo he hecho yo ya a mí mismo multiplicado por veinte”, acompañando esas palabras de mi típica cara de loco cuando andaba borracho, y una sombra de duda recorrió su mirada. Era el efecto descolocador habitual que provocaban tales fanfarronadas al ser proferidas por un tirillas de ojos extraviados, pues la razón dictaba que, si teniendo media ostia como así parecía, decía esas cosas, es que algo no cuadraba...

Cuando mi amigo volvió, y hubimos pagado nuestro rescate, nos dejaron ir. Entonces, enrabietados como estábamos, nos dio un antojo muy venal y real de poner una bomba en el garito, antojo que nos tomamos muy en serio. Quedamos así que cada uno iría a su casa a buscar por internet cómo se fabricaba una bomba casera, jurándonos que en una hora nos volveríamos a encontrar delante del Japan con todo el material. Por supuesto, una vez llegamos a nuestras habitaciones, nos quedamos roque en la cama con nuestra ropa puesta, para despertar al día siguiente con un vago recuerdo de una noche loca, y extrañas e irrefrenables ganas de sintetizar perclorato de amonio.

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