miércoles, 11 de mayo de 2016

cuento improvisado 5 – lo tiene mi vecino

Un domingo necesitaba pañales para mi hijo. A pesar de dar mil vueltas por el barrio buscando un supermercado o farmacia abierto en el que poder comprar algunos, no lo consigo. Acabo presentándome ante la puerta de mi vecino, al que pregunto si me puede dejar pañales, y él responde que sí. El siguiente domingo sucede algo parecido pero esta vez con aceite, que necesito para freír unas patatas. Tras recorrer el barrio de arriba abajo sin encontrar un lugar abierto en el que me vendan aceite, acabo pidiéndole prestado al vecino. Le cojo el gusto al proceso, ya que me obliga a salir a pasear, ejercitarme un poco, conocer nuevos lugares, para acabar de nuevo en casa. Y así, cada domingo pienso en algún producto que me falte en casa, para simular que busco un lugar donde comprarlo y, al final, pedirlo prestado al vecino. Pasan las semanas y me atrevo ya con recorridos cada vez más amplios. Primero cogiendo el autobús en la parada frente a mi casa, luego el tren de cercanías, y más tarde el de media distancia, dando vueltas cada vez más grandes. Esta actividad mejora mi salud al hacerme caminar, salir de la ciudad y respirar aires más puros. Todo esto, junto a descubrir rincones y personas asombrosos, hace de mí un ser más feliz. Gracias a ello, trabajo y rindo mejor, y consigo algunos ascensos y mejoras salariales significativos. Ya reservo fines de semana enteros para dar estas vueltas, por ejemplo, para ir a Suecia a buscar salmón, donde, por cierto, pesco a mi mujer, una modelo sueca de lencería fina. Mi vecino, por el contrario, se muestra cada vez más huraño. Tiene mala cara siempre que lo veo. Al parecer lo han despedido, y creo que me tiene envidia por lo bien que me va en el trabajo. Creo que lo está pasando bastante mal, económicamente hablando, y eso repercute mucho en su salud y humor. Pero bueno, yo sigo ampliando horizontes. Ahora ya reservo alguna semana entera, por ejemplo, para ir en busca de sushi a Japón, aunque, por supuesto, no lo compro allí. Siempre vuelvo a casa para pedirle prestado a mi vecino. Pobrecillo. Sí, perdió el trabajo, está arruinado, y el banco ha ejecutado su hipoteca, así que pronto lo echarán de casa. ¿A quién voy a pedirle yo prestado? Llaman a la puerta. Es el vecino. Quiere que le devuelva la pistola y las balas que me dejó prestadas hace unos meses. Es curioso. Le pregunto “¿Por qué me pides que te las devuelva? Nunca antes me habías pedido que te devolviese nada de lo que me has prestado”. Él responde “Nunca había necesitado nada, hasta ahora”. “¿Ah, sí? ¿Y para que necesitas la pistola y las balas?” “Para esto” me dice, mientras carga el arma, apunta hacia a mí, y dispara. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Nota: Improvisado a partir de la palabra "pañales", con la aparición en el medio de las palabras "parada de autobús".

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