domingo, 23 de agosto de 2026

la noche que el hombre que gesticulaba como un calamar temió ser despedido del Circo de los Freaks

El hombre que gesticulaba como un calamar disfrutaba de la pausa entre sus actuaciones regalándose un Cubalibre con mucha lima en la escalera de su caravana. Exhalaba mirando hacia las estrellas en ese prematuro oscuro de la noche. Nunca olvida cerrar las argollas que le anclan al suelo.

Recordaba que alguien le comentó, en una recepción la semana anterior, que apreciaba un cambio positivo en él, que se veía que se expresaba con mayor naturalidad y que estaba más cómodo en el trato con las personas. El hombre que gesticulaba como un calamar pensó en aquel momento «Sí, ahora mientras hablo mi cabeza ya no da giros de 360 grados para radiar las palabras omnidireccionalmente». Entonces, sólo pudo emitir como respuesta una risa incómoda. Difícil decir si lo fue más para sí mismo o para su interlocutor. En cualquier caso, ambos se excusaron y se fueron a por otro trago.

Lo que le preocupaba más, sin embargo, no era el comentario en sí, sino el hecho que el Director del Circo había pasado junto a ellos en ese momento, y a ese lagarto no se le escapaba nada. Probablemente, en las actuaciones anteriores, ya le había estado observando desde su puesto tras el telón para ver si seguía siendo un freak digno de sus espectáculos. 

Le inquietaba la posibilidad de que le despidiese. Y pensaba también que eso le parecería muy injusto, ya que sólo cuando se limitase a gritar más que los demás, para que se le oyese en una conversación, se podría decir que había aterrizado en la normalidad. Es más, estaba seguro de que disponía de una gran variedad de recursos para parecer más raro que nadie (sobre todo si se comparaba con otros integrantes del Circo, con un repertorio mucho más reducido, como por ejemplo el odioso hombre ensaladera). Esto le enciende y grita al cielo «¡Es culpa de este Circo de provincias el que yo no pueda desarrollar todo mi potencial!». En ese momento nota como las argollas estrangulan sus tobillos, y se percata de que hace rato que no siente la goma labrada de los escalones en su trasero. Una vez más, la brisa intentaba llevárselo volando.

Al cabo de un rato, el chico que se ocupa del attrezzo le advierte de la inminencia de la segunda parte de su número y tira de sus cadenas para devolverlo al suelo.


la noche que el hombre que gesticulaba como un calamar temió ser despedido del Circo de los Freaks (2026)
 

sábado, 22 de agosto de 2026

la sombra del águila (Arturo Pérez-Reverte)

Sobre España [Napoleón] recordaba haber leído algo una vez, mientras esperaba que su caballería polaca despejara Somosierra. Una traducción sobre el Poema de Mío Cid, o algo por el estilo (…), resulta difícil acordarse ahora, con lo que ha llovido desde Somosierra y aquel puntazo que se marcó Poniatowski (…), sus jinetes cargando ladera arriba con los españoles cogidos de través y Madrid a un paso, creíamos que eso lo dejaba todo resuelto, y ya se ve (…) España. Maldito el día que decidí meterme en semejante berenjenal. Eso no era guerra ni era nada; una pesadilla es lo que era, con el calor y las moscas y aquellos frailes con canana y pistoleras, y los guerrilleros cazándonos correos en cada vereda, y cuatro baturros con una bota de vino y una guitarra descalabrándome a las tropas imperiales a las puertas de Zaragoza mientras los ingleses sacaban tajada como de costumbre. Cada vez que miro uno de esos grabados de Goya me vienen a la memoria aquellos desgraciados con sus ojos de desesperación, engañados por reyes, generales y ministros durante siglos de hambre y miseria, analfabetos e ingobernables, con su orgullo y su furia homicida como único patrimonio. ¡Aquellas navajas (…) que daba miedo verlas! Mis generales todavía tienen pesadillas en que salen esas navajas donde ponía Viva mi dueño y hacían siete veces clac al abrirse. Esos bárbaros heridos de muerte, cegados por su propia sangre, que aún buscaba a tientas las junturas del peto del coracero para meterle la hoja de dos palmos hasta las cachas y llevárselo, con ellos, la infierno. En España metimos bien la gamba (…). Cometí el error de darles a esos fulanos lo único que les devuelve su dignidad y su orgullo: un enemigo contra el que unirse, una guerra salvaje, un objeto para desahogar su indignación y su rabia. En Rusia me venció el invierno, pero quien me venció en España fueron esos campesinos bajitos y morenos que nos escupían a la cara mientras los fusilábamos. Aquellos hijoputas me llevaron al huerto a base de bien, se lo aseguro. España es un país con muy mala leche.
 
En fin. (…) la cita era algo del tipo “qué buen vasallo que fuera si tuviese un buen señor”. Y es que hay que fastidiarse (…): a veces uno encuentra escritas verdades como puños. Una gente como aquella, que hasta las mujeres empujaban cañones y tiraban de navaja para degollar franceses, y fíjese qué gobernantes ha tenido durante toda su desgraciada historia.
 
 
Tomar, Portugal (2012)
 

viernes, 21 de agosto de 2026

el hombre cuya cabeza se hunde

Ese fraude parlante camina tras su sombra gris.
A cada paso que da, su cabeza pesada 
se hunde un poco más en su farsa de cuerpo.
Su boca se inunda y sus quejas se ahogan en él.
 
 
el hombre cuya cabeza se hunde (2025)
 

lunes, 17 de agosto de 2026

oikumene 22 - la fobia al aburrimiento

La fobia al aburrimiento, esos malditos tiempos muertos, la soledad consigo mismo, vigilante –no fuere que su mente llegase a escapar–, devoran ellos sus entrañas, y apenas logra pensar. El ir repasando viejas reminiscencias, un denso baúl lleno de rémoras, cintas y cadenas. La viva nostalgia, la música ensordecedora, los recuerdos que una mente manipuladora pretende endulzar. Las rancias parcas amargas, esas vivencias que no se repetirán. Poleas, grúas y torres que cizallan mi cielo que llora, y él que lo anticipa, pero necesita dejarse engañar.

Fueron los dioses, los gigantes de hielo, quienes pusieron ante mí la soga, el rumor grave, herrumbre y cadenas, las vibraciones que deshacen las juntas de los huesos en mi interior. En el barco, en la noche cerrada, mis estrellas que nos lloran, me agarra su mano templada. El verde, las torres, y el hierro, las garzas que cizallan mi cielo que llora, y él que lo anticipa, pero necesita dejarse engañar. ¡Ah, yo os deploro, que me embarcasteis en esta insufrible tiranía, que cada momento deba ser perfecto, como si fuese el único, el último y el primero!

Vuelo sometido,
sorbiendo mi dulce muerte,
abrasado por el Sol.
Sometido por soberanos y sirvientes,
y sus socios sin verbo manso.


Jaisalmer, Rajasthan, India (2010)


Nota: Todas las entradas de oikumene se pueden encontrar, en orden cronológico, aquí:

oikumene 21 - Teseo, el halcón

Argelao recorría a menudo el camino de las fuentes, unas veces por placer, y otras para ir en busca de agua, cuando sus hermanas estaban en el mercado. Aunque por supuesto había un pozo en las cercanías de la villa de sus progenitores, la belleza del frondoso bosque, y el agua pura y cristalina de sus fuentes, eran premio más que suficiente para coger el cántaro y dar ese largo paseo.

En una de éstas, al doblar un recodo en el sendero, sorprendió a dos halcones en plena refriega, sin poder identificar cuál era presa y cuál predador. Asustado por la súbita aparición de Argelao, uno de los halcones se zafa de su oponente, y se escabulle en un abrir y cerrar de ojos entre unos arbustos. El otro, que parecía malherido, trata de hacer lo mismo sin conseguirlo, probablemente por la gravedad de sus heridas. Ante Argelao, que hace ademán de recogerlo en sus brazos, el halcón, aún postrado en el suelo, ofrece resistencia, pero cesa pronto el batir de alas, fatigado y dolorido por la pelea. Así fue como Argelao encontró a su nuevo amigo Teseo.

                                                                           * * *

Sosteniéndolo en alto, poco a poco abre los dedos, relajando así la presión sobre el halcón y liberándolo de su prisión. El ave, con una serie de movimientos de cabeza cortos y rápidos, apenas perceptibles, analiza el terreno que le rodea y, ante la ausencia de amenaza alguna, alza el vuelo de forma sorprendentemente poderosa, sin asomo de duda alguna, batiendo sus alas ya plenamente recuperadas, despidiéndose de las manos que lo han cuidado estas últimas semanas, dejando en ellas sendos arañazos. Teseo gana altura velozmente, sin poder apreciar las lágrimas que empiezan a descender por las mejillas de Argelao.

Al despertar a la mañana siguiente, para sorpresa e inmensa alegría del chico, que creía que jamás volvería a ver al halcón, Teseo le espera posado en la valla exterior que delimita el huerto de la villa de su familia. Desde entonces, tras haberlo liberado, el halcón vuelve y vuelve cada amanecer a saludar y recibir el cariño del extraño que le curó.

                                                                           * * *

Ambos hacen un buen equipo de caza, el ave hostigando a las presas y encauzándolas hacia el chico, y éste abatiéndolas con su honda o su arco, o inmovilizándolas con su bola, con lo que frecuentemente traen a casa alguna pieza, una liebre, un faisán, una paloma o comadreja, para alegría de todos. Con el tiempo y la práctica, Argelao se convierte en un tirador excepcional, al nivel de los mejores honderos Baleares.

                                                                           * * *

El halcón repasa con el pico las cicatrices en las manos del muchacho, muchas de las cuales se las hizo él mismo con sus propias garras, y otras Argelao trepando o jugando por ahí. Hasta hubo un día que le trajo un ratón muerto que quiso compartir con él, pero Argelao dio un respingo cuando notó en su palma el pelaje y la carne desgarrada, aún caliente, del animal muerto. Tiempo después, en las penosas travesías por los vastos desiertos del Imperio Aqueménida en busca de su hermano, ni Argelao ni su padre harían asco alguno a los roedores del desierto que el halcón cazaría para ellos.
 
 
Nota: Todas las entradas de oikumene se pueden encontrar, en orden cronológico, aquí:


views from Deir Mar Musa (House of Saint Moses) monastery, al-Habashi - Nebek, Syria (2010)
 

viernes, 14 de agosto de 2026

entradas de libros de Lao Tse (Lao Zi)

Del libro Sur le Destin (Lieu-Tseu), Sobre el Destino (Lao Tsé o Lao Zi, según versión del pinyin más vieja o reciente):
 
1) il sait partager ses vertus avec les autres

2) une bonté qui se mue en cruauté
 
3) quelques citations ensemble
 
Del libro Tao Te King (Lao Tse) o Dao De Jing (Lao Zi), según versión del pinyin más vieja o reciente:
 
1) el nombre que se le puede dar
 
2) una sala llena de oro y jade 
 





Xi'an, China (2007)
 

miércoles, 12 de agosto de 2026

Techno-feudalism (Yanis Varoufakis) - 14 - rent’s revenge: how profit succumbed to cloud rent

Rent’s revenge: how profit succumbed to cloud rent
What would it take for capitalism to die? In your youth you had a definitive answer: capitalism will die, like Dr Frankenstein, indirectly of its own hand, a deserving victim of its greatest creation: the proletariat. Capitalism, you were convinced, was creating two great camps destined to clash: capitalists, who did not physically work with the revolutionary technologies they owned; and the proletarians who spent their days and nights working in, on, under or with these technological wonders, from merchant ships and railways to tractors, conveyor belts and industrial robots. The revolutionary technologies were no threat to capitalism. But revolutionary workers who knew how to work these incredible machines were.

The more capital dominated the global economic and political sphere the closer the two camps got to facing off one another in a critical battle. At its conclusion, and for the first time on a planetary scale, good would vanquish evil. The bitter bifurcation of humanity, between owners and non-owners, would thus be healed. Values would no longer be reducible to prices. And humankind would, at last, be reconciled with itself, turning technology from its master to its servant.

In practical terms, your vision meant the birth of a proper, technologically advanced, socialist democracy. Collectively owned capital and land would be pressed into producing the things society needs. Managers would be answerable to the employees that elected them, to their customers, to society as a whole. Profit would wither as a driving force because the distinction between profit and wages would no longer make sense: every employee would be an equal shareholder, their pay coming out of their enterprise’s net revenues. The simultaneous death of the market for shares and of the labor market would turn banking into a staid, utility-like sector.

Markets and concentrated wealth would, consequently, lose their brutish power over communities, allowing us collectively to decide how to provide health, education and protection of the environment. Things could not have panned out more differently. Even in Western countries, like Germany and for a time Britain, where national labor unions grew strong, waged labor failed to organize effectively and eventually acquiesced to the idea of capitalism as a ‘natural’ system. Solidarity between the workers of the North and the South remains an entirely unfulfilled dream. Capital has simply gone from strength to strength. And in places where revolutions sworn to your vision succeeded, life ended up sooner or later resembling a cross between George Orwell’s Animal Farm and Nineteen Eighty-Four. I shall never forget you confessing to me, while recounting horror stories of the years you spent in prison camps for Greek leftwingers, the feeling which overwhelmed you most: that, had our side won power, you would probably be in the same prison only with different guards. It resonated with the heartbreak of authentic leftwingers worldwide: good people, dedicated to your vision, who ended up in gulags guarded by former comrades or, even worse, in positions of the sort of power that their own ideology detested.

Nevertheless, your prognosis is holding up extremely well, though not in ways that you would welcome. Capitalism is dying indirectly of its own hand, a deserving victim of its greatest creation: not the proletariat, but the cloudalists. And little by little, capitalism’s two great pillars –profit and markets– are being replaced. Alas, instead of a post-capitalist system that finally heals human divisions and ends exploitation of people and planet, the one that is taking shape deepens and universalizes exploitation in ways that were hitherto unimaginable, except perhaps by science-fiction writers. Thinking back, Dad, why did we ever allow ourselves to be lured into the soothing delusion that the death of something bad would necessarily deliver something better? Rosa Luxemburg’s devastating question ‘Socialism or barbarism?’ was not rhetorical. Its answer could easily be barbarism or extinction.

What we need, then, is a new story that explains not what we wish would happen but what is actually happening, and that is the story of how rent –the defining economic trait of feudalism– staged its remarkable comeback.

Under feudalism, rent was easy enough to grasp. Courtesy of some accident of birth, or royal decree, the feudal lord obtained the deeds to a plot of land which empowered him to extract part of the harvest produced by the peasants who had been born and raised on that land. Under capitalism, grasping the meaning of rent, and distinguishing it from profit, is much harder –a difficulty I witnessed first-hand when as a university teacher I would struggle to help my students spot the difference between the two.

Arithmetically, there is no difference: both rent and profit amount to money left over once costs are paid for. The difference is subtler, qualitative, almost abstract: profit is vulnerable to market competition, rent is not. The reason is their different origins. Rent flows from privileged access to things in fixed supply, like fertile soil or land containing fossil fuels; you cannot produce more of these resources, however much money you might invest in them. Profit, in contrast, flows into the pockets of entrepreneurial people who have invested in things that would not have otherwise existed – things like Edison’s light bulb or Jobs’s iPhone. It is this fact –that these commodities were invented and created and so can be invented and created again but better by someone else –that renders profit vulnerable to competition.

When Sony invented the Walkman, the first mobile and personal hi-fi, it raked in substantial profits. Then competition from imitators whittled Sony’s profits away until, eventually, Apple rode in with its iPod to dominate the market. In contrast, market competition is the rentier’s friend. If Jack owns a building in a neighborhood that is being gentrified as a result of what others do, Jack’s rents will increase even if he does nothing –he, literally, gets wealthier in his sleep. The more enterprising Jack’s neighbors are, and the more they invest in the area, the larger his rents.

Capitalism prevailed when profit overwhelmed rent, a historic triumph coinciding with the transformation of productive work and property rights into commodities to be sold via labor and share markets respectively. It was not just an economic victory. Whereas rent reeked of vulgar exploitation, profit claimed moral superiority as a just reward to brave entrepreneurs risking everything to navigate the treacherous currents of stormy markets. Nevertheless, despite profit’s triumph, rent survived capitalism’s golden age in the same way that remnants of the DNA of our ancient ancestors, including long-extinct serpents and microbes, survive in human DNA.

Capitalist mega-firms, like Ford, Edison, General Electric, General Motors, ThyssenKrupp, Volkswagen, Toyota, Sony and all the others, generated the profits that outweighed rent and propelled capitalism to its dominance. However, like remora fish living parasitically in the shadow of great sharks, some rentiers not only survived but, in fact, flourished by feeding on the generous scraps left in profit’s wake. Oil companies, for example, have raked in gargantuan ground rents from the right to drill on particular plots of land or ocean beds –not to mention the unearned privilege to damage the planet at no cost to themselves.

Naturally, oil companies have attempted to legitimize their loot by presenting it as capitalist profit, exaggerating the extent to which their returns are a reward to investments in smart, low-cost drilling technology without which, it is true, the extracted oil might not be competitive with oil extracted by competing oil producers. The same is true of real estate development where ground rent overshadows any profit from innovative architecture. Or with privatized electricity or water utilities whose returns are mostly due to rents the political class has allocated to them. What all these mega-rentiers have in common is a strong motive to legitimize their rents by disguising them as profits –something akin to profit-washing their rents.

After the Second World War, rent went one better than merely surviving capitalism: it staged a revival on the coat-tails of the emergent technostructure –the nexus of conglomerates with immense resources, productive capacity and market reach that grew out of the War Economy. The innovative marketeers and imaginative advertisers employed by the technostructure achieved this by creating something ingenious: brand loyalty.

Brand loyalty affords the brand owner the power to raise prices without losing customers. This price premium reflects the greater status afforded to the owner of a Mercedes-Benz or an Apple computer over the owner of, say, a cheaper equivalent produced by Ford or Sony. These premiums amount to brand rents. By the 1980s, branding had attained such rent-extracting powers that young, aspiring entrepreneurs cared less about who produced things, where or how than they did about owning the right brands.

If branding gave rent its first chance to flourish again in the 1950s, the emergence of cloud capital in the noughties was rent’s opportunity to exact a stunning revenge on profit –to stage a comeback for the ages. Apple played a leading role in this. Before the iPhone, Steve Jobs’s gadgets were a textbook case of high-end commodities that fetched premium prices reflecting substantial brand rents– not unlike Rolls-Royces and Prada shoes. The company survived brutal competition from Microsoft, IBM, Sony and an army of lesser competitors by selling desktops, laptops and iPods with beautiful design and famed user-friendliness that ultimately allowed Apple to charge significant amounts of brand rent. However, the breakthrough for Apple, which turned it into a trillion-dollar company, was the iPhone –not just because it was a great mobile phone but because it handed Apple the key to a whole new treasure chest: cloud rent.

The stroke of genius that unlocked cloud rent for Steve Jobs was his radical idea to invite ‘third-party developers’ to use free Apple software with which to produce applications for sale via the Apple Store. In one fell swoop Apple had created an army of unwaged laborers and vassal capitalists whose hard work yielded a host of capabilities available exclusively to iPhone owners in the form of thousands of desirable apps that Apple engineers could never have produced themselves in such variety or volume.

Suddenly, an iPhone was much more than a desirable phone. It was a ticket to a vast vista of pleasures and abilities that no other smartphone company could provide. Even if an Apple competitor, say Nokia, Sony or Blackberry, had managed to respond quickly by manufacturing a smarter, faster, cheaper and more beautiful phone, it would not matter: only an iPhone opened the gates to the Apple Store. Why didn’t Nokia, Sony or Blackberry build their own store? Because it was too late: with so many people signed up to Apple, the thousands of third-party developers were not going to spend their time and effort developing apps for other platforms. To be competitive, Apple’s unwaged third-party developers, mainly partnerships or small capitalist firms, had no choice but to operate via the Apple Store. The price? A 30 per cent ground rent, paid to Apple on all their revenues. Thus a vassal capitalist class grew from the fertile soil of the first cloud fief: the Apple Store.

Only one other conglomerate managed to persuade a significant proportion of those developers to create apps for its own store: Google. Long before the iPhone arrived, Google’s search engine had become the centerpiece of a cloud empire which included Gmail and YouTube, and which would later include Google Drive, Google Maps and a host of other online services. Keen to exploit its already dominant cloud capital, Google followed a different strategy to Apple’s. Instead of manufacturing a handset in competition with the iPhone, it developed Android –an operating system that could be installed for free on the smartphone of any manufacturer, including Sony, Blackberry and Nokia, who chose to use it. The idea was that if enough of Apple’s competitors installed it on their phones, the pool of smartphones operating on the Android software would be large enough to lure third-party developers to produce apps not only for the Apple Store but also for a new store running on Android software. That’s how Google created Google Play, the only serious alternative to the Apple Store.

Android was neither better nor worse than the operating system Sony, Blackberry, Nokia and others had –or could have– produced on their own. But it came with a superpower: Google’s abundant cloud capital, which acted as a magnet to the third-party developers Sony, Blackberry, Nokia could never have attracted on their own. How could they resist? However reluctantly, they were forced to accept the role of vassal capitalist phone manufacturers, subsisting on scraps of profit from selling their hardware, while Google raked in the cloud rent produced by that other crowd of vassal privateers and capitalists: the third-party developers now producing apps for sale on Google Play.

The result was a global smartphone industry with two dominant cloudalist corporations, Apple and Google, with the bulk of their wealth being produced by unwaged third-party developers, from hose sales they extracted a fixed cut. This is not profit. It is cloud rent, the digital equivalent of ground rent.  During this same decade, Amazon perfected its own formula for selling physical goods via a global supply chain through its own cloud fief –amazon.com– whose dynamics we have already examined. Thanks to Amazon’s algorithmically driven ecommerce formula, cloud rent was no longer confined to the digital world.

Funded by central bank money, bolstered by private equity, these cloudalists extended their cloud fiefs across the globe, extracting gargantuan cloud rents from vassal capitalists and cloud serfs alike. In a paradoxical twist, the number of capitalists relying on good old-fashioned profit grew even while their profit margins and power declined. Likewise, these vassal capitalists have continued to enjoy the power to command labor from the majority who are reliant on wages, and they continue to own at least some of their means of production: their computers, their cars and vans, perhaps an office, warehouse or factory. Indeed, not all vassal capitalists are small-scale artisans, some are large capitalist manufacturers. But large or small, powerful or otherwise, all vassal capitalists are by definition dependent to a greater or lesser extent on selling their wares via an ecommerce site, whether Amazon or eBay or Alibaba, with a sizeable portion of their net earnings being skimmed off by the cloudalists they depend on.

Meanwhile, as Amazon was snaring makers of physical products within its cloud fief, other cloudalists were focusing their attention on the precariat. Companies like Uber, Lyft, Grubhub, DoorDash and Instacart in the Global North, along with their imitators in Asia and Africa, wired into their cloud fiefs a vast array of drivers, delivery people, cleaners, restaurateurs –even dog walkers– collecting from these unwaged, piece-rate workers a fixed cut of their earnings, too. A cloud rent.

Recently, I watched the Super 8 silent home movies you left me in a carton at the Paleo Phaliro house, many of which you had filmed during your travels in the 1960s when, at the drop of a hat, the steel company you worked for would fly you to America, Japan and Europe to buy advanced machinery, or to the West’s former colonies to secure a steady supply of high-quality iron ore and coking coal. One film reel I found was marked ‘1964 – Indonesia’. Most of the footage was of a road trip out of Jakarta. On mile after mile of crowded country road, I could not fail to notice the roadside warungs around which scores of locals congregated. Warungs, you explained, are like our kiosks in Greece, selling cheaply everything from drinks, pens and newspapers to shampoo, aspirin and telephone services. 

You might be surprised to hear that Bukalapak, an Indonesian cloudalist firm, is taking over three and a half million warungs, digitizing their services with a view not only to uploading their multifaceted local markets to the cloud but also to financializing the local communities who depend on them via usurious micro-credits, expensive digital cash transfers and basic banking services. Never too slow to cotton on, Jeff Bezos dispatched Jeff Bezos Expeditions to Indonesia and in 2021 began to invest in a competitor of Bukalapak’s. Peter Thiel, co-founder of PayPal, early investor in Facebook, initiator of Palantir, has done the same with his Valar Ventures. So have Tencent, a leading Chinese Big Tech conglomerate.

From factory owners in America’s Midwest to poets struggling to sell their latest anthology, from London Uber drivers to Indonesian street hawkers, all are now dependent on some cloud fief for access to customers. It is progress, of sorts. Gone is the time when, to collect their rent, feudal lords employed thugs to break their vassals’ knees or spill their blood. The cloudalists don’t need to deploy bailiffs to confiscate or to evict. Instead, every vassal capitalist knows that with the removal of a link from their cloud vassal’s site they could lose access to the bulk of their customers. And with the removal of a link or two from Google’s search engine or from a couple of ecommerce and social media sites, they could disappear from the online world altogether. A sanitized tech-terror is the bedrock of technofeudalism.

Looked at in totality, it becomes apparent that the world economy is lubricated less and less with profit and increasingly with cloud rent. And so the delightful antinomy of our era comes into focus: capitalist activity is growing within the same process of energetic capital accumulation that degrades capitalist profit and gradually replaces capitalist markets with cloud fiefs. In short, capitalism is withering as a result of burgeoning capitalist activity. It is through capitalist activity that technofeudalism was born and is now sweeping to power. After all, how could it be any other way?

                                                                             ***

La venganza de la renta: cómo el beneficio sucumbió a la renta de la nube
¿Qué tendría que ocurrir para que el capitalismo desapareciera? En tu juventud tenías una respuesta precisa: el capitalismo, como el doctor Frankenstein, provocará indirectamente su propia muerte, víctima merecida de su principal creación: el proletariado. Estabas convencido de que el capitalismo estaba dando lugar a dos grandes bandos destinados a enfrentarse: los capitalistas, que no trabajaban físicamente con las tecnologías revolucionarias que poseían; y los proletarios, que trabajaban día y noche en, sobre, bajo o con estas maravillas tecnológicas, desde barcos mercantes y ferrocarriles hasta tractores, cintas transportadoras y robots industriales. Las tecnologías revolucionarias no eran una amenaza para el capitalismo. Pero los trabajadores revolucionarios que sabían hacer funcionar esas máquinas increíbles sí lo eran.

Cuanto más dominara el capital la esfera económica y política mundial, más cerca estarían ambos bandos de enfrentarse en una batalla crucial. A su término, por primera vez, el bien habría vencido al mal a escala planetaria. La irreconciliable división de la humanidad, entre propietarios y no propietarios, quedaría sanada. Los valores nunca más se reducirían a precios. Y la humanidad se reconciliaría por fin consigo misma y haría que la tecnología dejara de ser su ama para convertirse en su sierva.

En la práctica, tu visión significaba el nacimiento de una verdadera democracia socialista tecnológicamente avanzada. El capital y la tierra de propiedad colectiva se utilizarían para producir lo que la sociedad necesitara. Los directivos responderían ante los empleados que los eligieron, ante los clientes y el conjunto de la sociedad. El beneficio, entendido como fuerza motriz, desparecería porque la distinción entre beneficio y salarios dejaría de tener sentido: todos los empleados serían accionistas paritarios y su remuneración procedería de los ingresos netos de su empresa. La muerte simultánea del mercado de acciones y del mercado laboral convertiría a la banca en un sector rígido, como el de los servicios públicos. En consecuencia, los mercados y la riqueza concentrada perderían su brutal poder sobre las comunidades, permitiéndonos decidir colectivamente cómo prestar servicios sanitarios y educativos y proteger el medioambiente.

Las cosas no podrían haber salido de manera más diferente. Incluso en los países occidentales donde los sindicatos nacionales eran poderosos —como Alemania y, durante un tiempo, el Reino Unido—, los trabajadores asalariados no consiguieron organizarse eficazmente y acabaron aceptando la idea de que el capitalismo era el sistema «natural». La solidaridad entre los trabajadores del norte y los del sur sigue siendo un sueño frustrado. El capital no ha dejado de fortalecerse. Y en aquellos lugares donde triunfaron revoluciones que apostaban por tu visión, tarde o temprano la vida acabó pareciéndose a un cruce entre Rebelión en la granja y 1984 de George Orwell. Nunca olvidaré cuando me confesaste, mientras me contabas horribles historias de los años que pasaste en los campos de prisioneros para izquierdistas griegos, cuál era el sentimiento que más te abrumaba entonces: que, si nuestro bando hubiera llegado al poder, probablemente estarías en la misma prisión pero con guardias diferentes. Era un reflejo de la angustia que sentían los auténticos izquierdistas en el mundo: buenas personas, entregadas a una visión, que acabaron en gulags custodiados por antiguos camaradas o, peor aún, en puestos donde ejercían el tipo de poder que su ideología detestaba.

Sin embargo, tu predicción está aguantando muy bien, aunque no de la manera que desearías. El capitalismo está muriendo, está siendo una víctima indirecta y merecida de su mayor creación: los nubelistas, no el proletariado. Y poco a poco, los dos grandes pilares del capitalismo —el beneficio y los mercados— están siendo sustituidos. Por desgracia, en lugar de un sistema poscapitalista que remedie por fin las divisiones humanas y acabe con la explotación de las personas y del planeta, el sistema que se está conformando intensifica y generaliza la explotación de maneras que hasta ahora eran inimaginables, salvo quizá para los escritores de ciencia ficción. Haciendo memoria, papá, ¿por qué nos dejamos llevar por la tranquilizadora ilusión de que la muerte de algo malo nos traería necesariamente algo mejor? La devastadora pregunta de Rosa Luxemburgo, «¿socialismo o barbarie?», no era retórica. Sin duda, la respuesta podría ser barbarie, o extinción. Lo que necesitamos, por lo tanto, es un nuevo relato que explique lo que está sucediendo en realidad, y no lo que desearíamos que ocurriera; y lo que está sucediendo es la historia de cómo las rentas —el rasgo económico definitorio del feudalismo— ha protagonizado un notable resurgimiento.

En el feudalismo, la renta era bastante fácil de entender. Gracias a un accidente de nacimiento, o a un decreto real, el señor feudal obtenía las escrituras de una parcela que le daban poder para extraer parte de la cosecha producida por los campesinos que habían nacido y crecido en esa tierra. En el capitalismo, entender el significado de la renta y distinguirla del beneficio es mucho más complejo; se trata de una dificultad de la que fui testigo directo cuando era profesor universitario y me esforzaba por ayudar a mis alumnos a distinguir ambas cosas. No existe una diferencia aritmética: tanto la renta como el beneficio son el dinero que queda una vez que se han pagado los costes. La diferencia es más sutil, cualitativa, casi abstracta: el beneficio es vulnerable a la competencia de mercado, y la renta no lo es. El motivo estriba en sus diferentes orígenes. La renta deriva del acceso privilegiado a bienes cuya oferta es rígida, como el suelo fértil o las tierras que contienen combustibles fósiles; no se pueden producir más recursos de este tipo, por mucho dinero que se invierta. El beneficio, por el contrario, acaba en los bolsillos de los empresarios que han invertido en cosas que de otro modo no existirían —por ejemplo, la bombilla de Edison o el iPhone de Jobs—. El hecho de que estas mercancías hayan sido inventadas y creadas por alguien, y de que, por lo tanto, otra persona pueda inventar y crear una versión mejor, es lo que hace que el beneficio sea vulnerable a la competencia.

Cuando Sony inventó el walkman, el primer equipo de alta fidelidad portátil y personal, obtuvo importantes beneficios. Luego, la competencia de los imitadores fue reduciendo los beneficios hasta que, con el tiempo, Apple sacó el iPod y acabó dominando el mercado. En cambio, al rentista le favorece la competencia de mercado. Si Jack es propietario de un edificio en un barrio que se está gentrificando como resultado de lo que hacen los demás, la renta de Jack aumentará aunque no haga nada: él puede, literalmente, enriquecerse mientras duerme. Cuanto mayor sea la iniciativa de los vecinos de Jack y más inviertan en la zona, mayor será la renta de Jack.

El capitalismo se impuso cuando el beneficio prevaleció sobre la renta, un triunfo histórico que coincidió con la transformación del trabajo productivo y los derechos de propiedad en mercancías que se vendían en el mercado laboral y el de acciones, respectivamente. No fue sólo una victoria económica. Mientras la renta apestaba a vulgar explotación, el beneficio reivindicaba su superioridad moral como justa recompensa a los valientes empresarios que lo arriesgaban todo para navegar las traicioneras corrientes de los mercados tormentosos. Sin embargo, a pesar del triunfo del beneficio, la renta sobrevivió a la edad de oro del capitalismo del mismo modo que los restos del ADN de nuestros antepasados, incluidos serpientes y microbios extinguidos hace mucho tiempo, sobreviven en el ADN humano.

Las megaempresas capitalistas —Ford, Edison, General Electric, General Motors, ThyssenKrupp, Volkswagen, Toyota, Sony y todas las demás— generaron  los beneficios que superaron a las rentas e impulsaron el dominio del capitalismo.

Sin embargo, como los peces rémora que se pegan a los grandes tiburones, algunos rentistas no sólo sobrevivieron, sino que, de hecho, prosperaron alimentándose de las generosas sobras que dejaban los beneficios. Las empresas petroleras, por ejemplo, se han embolsado enormes rentas del suelo por el derecho a perforar en determinadas parcelas de tierra o lechos oceánicos, por no mencionar el privilegio de dañar el planeta sin coste alguno para ellas.

Por supuesto, las compañías petroleras han intentado legitimar su botín presentándolo como un beneficio capitalista, exagerando el grado en que sus ganancias son una recompensa por las inversiones realizadas en tecnología de perforación inteligente y de bajo coste, sin la cual, es cierto, quizá el petróleo extraído no podría competir con el que extraen los productores de petróleo de la competencia. Lo mismo puede decirse de la promoción inmobiliaria, en la que la renta del suelo supera cualquier beneficio derivado de una arquitectura innovadora.

O de los servicios de suministro de electricidad o de agua privatizados, cuyas ganancias se deben principalmente a las rentas que la clase política les ha asignado. Lo que tienen en común todos estos megarrentistas es un importante incentivo para legitimar —o blanquear— sus rentas disfrazándolas de beneficios. Después de la Segunda Guerra Mundial, la renta no se limitó a sobrevivir en el capitalismo: escenificó su vuelta a expensas de la incipiente tecnoestructura —el nexo de conglomerados con inmensos recursos, capacidad productiva y alcance de mercado que surgió de la economía de guerra—. Fueron los innovadores expertos en marketing y los imaginativos publicistas empleados por la tecnoestructura quienes lo permitieron al crear algo ingenioso: la lealtad a la marca. 

La fidelidad a una marca permite a su propietario subir los precios sin perder clientes. Esta prima de precio refleja el hecho de que al propietario de un Mercedes-Benz o un ordenador Apple se le concede un estatus mayor que al de, por ejemplo, un equivalente más barato producido por Ford o Sony. Estas primas equivalen a rentas de marca. En la década de 1980, las marcas alcanzaron tal poder de extracción de renta que a los jóvenes aspirantes a empresarios les importaba más poseer las marcas adecuadas que quién producía los bienes, y dónde o cómo lo hacía.

Si en la década de 1950 el branding dio a la renta su primera oportunidad de resurgir, la aparición del capital en la nube en la década de 2000 fue la ocasión que la renta necesitaba para vengarse de los beneficios y escenificar un regreso a lo grande. Apple desempeñó un papel destacado en esto. Antes del iPhone, los artilugios de Steve Jobs eran un caso paradigmático de mercancías de lujo que alcanzaban precios elevados, los cuales reflejaban unas importantes rentas de marca —de manera no muy diferente a un Rolls-Royce o unos zapatos de Prada—. La empresa sobrevivió a la brutal competencia de Microsoft, IBM, Sony y un ejército de competidores menores gracias a la venta de ordenadores de sobremesa, portátiles y iPods con un bonito diseño y a su famosa facilidad de uso que, en última instancia, permitieron a Apple cobrar importantes cantidades en concepto de renta de marca. Sin embargo, su gran avance, el que la convirtió en una empresa de un billón de dólares, fue el iPhone, no sólo porque era un gran teléfono móvil, sino porque dio a Apple la llave de un tesoro completamente nuevo: el alquiler de la nube.

En el caso de Steve Jobs, el golpe genial que desbloqueó la renta de la nube fue su idea radical de invitar a «desarrolladores externos» a utilizar el software gratuito de Apple para producir aplicaciones que se venderían a través de la Apple Store.

Sólo con esto, la empresa formó un ejército de trabajadores no asalariados y capitalistas vasallos cuyo duro trabajo creó multitud de capacidades disponibles exclusivamente para los propietarios de iPhone en forma de miles de aplicaciones deseables, cuya variedad o volumen los ingenieros de Apple nunca habrían conseguido por sí solos.

De repente, un iPhone era mucho más que un teléfono deseable. Era una entrada para un amplio repertorio de placeres y capacidades que ninguna otra empresa de smartphones podía ofrecer. Incluso si un competidor de Apple, por ejemplo Nokia, Sony o Blackberry, hubiera conseguido responder con rapidez, fabricando un teléfono más inteligente, rápido, barato y bonito, habría dado igual: sólo un iPhone abría las puertas de la Apple Store. ¿Por qué Nokia, Sony o Blackberry no crearon su propia tienda? Porque era demasiado tarde: con tanta gente registrada en Apple, los miles de desarrolladores externos que trabajaban para ella no iban a dedicar su tiempo y esfuerzo a hacer aplicaciones para otras plataformas. Para ser competitivos, a los desarrolladores externos y no asalariados de Apple, sobre todo asociaciones o pequeñas empresas capitalistas, no les quedó más remedio que operar a través de la Apple Store. ¿El precio? Un alquiler del 30 por ciento de renta del suelo sobre todos sus ingresos que pagaban a Apple. Así creció una clase capitalista vasalla a partir del suelo fértil del primer feudo en la nube: la Apple Store.

Sólo otro conglomerado consiguió convencer a una parte significativa de esos desarrolladores para que crearan aplicaciones para su tienda: Google. Mucho antes de que apareciera el iPhone, el motor de búsqueda de Google se había convertido en el elemento central de un imperio en la nube que incluía Gmail y YouTube, y que más tarde incorporaría Google Drive, Google Maps y otros muchos servicios online. Dispuesto a explotar su ya dominante capital en la nube, Google siguió una estrategia diferente a la de Apple. En lugar de fabricar un teléfono que compitiera con el iPhone, desarrolló Android, un sistema operativo que podía instalarse gratuitamente en los smartphones de cualquier fabricante que decidiera utilizarlo, entre ellos Sony, Blackberry y Nokia. La idea era que si un número suficiente de competidores de Apple lo instalaba en sus teléfonos, el total de smartphones con Android sería lo bastante grande como para atraer a desarrolladores externos que no sólo producirían aplicaciones para la Apple Store, sino también para una nueva tienda basada en el software de Android. Así es como Google creó Google Play, la única alternativa seria a Apple Store.

Android no era ni mejor ni peor que el sistema operativo que Sony, Blackberry, Nokia y otros habían —o podrían haber— desarrollado por su cuenta. Pero tenía un superpoder: el abundante capital en la nube de Google, que actuó como un imán para los desarrolladores externos que Sony, Blackberry y Nokia nunca podrían haber atraído por sí solos. ¿Cómo iban éstos a resistirse? Aunque de mala gana, se vieron obligados a aceptar el papel de fabricante de teléfonos capitalista y vasallo, que subsistía con las sobras de los beneficios por la venta de su hardware, mientras Google se embolsaba la renta de la nube producida por otra multitud de emprendedores y capitalistas vasallos: los desarrolladores externos que ahora producían aplicaciones a la venta en Google Play.

El resultado fue una industria global del smartphone con dos corporaciones nubelistas dominantes, Apple y Google, la mayor parte de cuya riqueza era producida por desarrolladores externos no asalariados, de cuyas ventas extraían una comisión fija. Esto no son beneficios. Es la renta de la nube, el equivalente digital a la renta del suelo.

Durante esa misma década, Amazon perfeccionó su fórmula para vender bienes físicos por medio de una cadena de distribución global a través de su propio feudo en la nube —amazon.com—, cuya dinámica ya hemos abordado. Gracias a la fórmula algorítmica de comercio electrónico de Amazon, la renta de la nube ya no se limitaba al mundo digital.

Financiados por el dinero de los bancos centrales y respaldados por el capital de inversión, estos nubelistas extendieron sus feudos en la nube por todo el mundo, extrayendo unas gigantescas rentas de la nube, tanto de los capitalistas vasallos como de los siervos de la nube. En un giro paradójico, el número de capitalistas que dependían del anticuado beneficio creció mientras sus márgenes de beneficio y su poder disminuían. Estos capitalistas vasallos también han seguido disfrutando del poder de mando sobre la mayoría de la mano de obra, los trabajadores dependientes de salarios, y aún son propietarios, al menos en parte, de los medios de producción: los ordenadores, los coches y las furgonetas, tal vez una oficina, un almacén o una fábrica. De hecho, no todos los capitalistas vasallos son pequeños artesanos, algunos son grandes fabricantes capitalistas. Pero grandes o pequeños, poderosos o no, todos los capitalistas vasallos, por definición, dependen en mayor o menor medida de la venta de sus mercancías a través de un sitio de comercio electrónico, ya sea Amazon, eBay o Alibaba, y una parte considerable de sus ingresos netos se la llevan los nubelistas de los que dependen.

Entretanto, mientras Amazon atrapaba a los fabricantes de productos físicos en su feudo en la nube, otros nubelistas centraron su atención en el llamado «precariado». Empresas como Uber, Lyft, GrubHub, DoorDash e Instacart en el norte global, y sus imitadores en Asia y África, conectaron sus feudos en la nube a una gran variedad de conductores, repartidores, limpiadores, restauradores —incluso paseadores de perros—, trabajadores a destajo y sin un salario a los que cobraban una comisión fija de sus ingresos. Una renta de la nube.

Hace poco, vi las películas caseras mudas en Super-8 que me dejaste en una caja de cartón, en la casa de Paleo Faliro, muchas de las cuales están grabadas durante los viajes que hiciste en los años sesenta, cuando, a la más mínima ocasión, la empresa siderúrgica para la que trabajabas te mandaba en avión a Estados Unidos, Japón y Europa para comprar maquinaria avanzada, o a las antiguas colonias de Occidente para asegurar un suministro constante de mineral de hierro y carbón de coque de alta calidad. Encontré un rollo de película en el que ponía «1964 – Indonesia». La mayor parte de la grabación era un viaje por carretera que partía de Yakarta. En un kilómetro tras otro de abarrotada carretera rural, no pude dejar de fijarme en los warungs que había al borde del camino, alrededor de los cuales se congregaban muchos lugareños. Los warungs, me explicaste, son como nuestros quioscos en Grecia, que venden un poco de todo a precio barato, desde bebidas, bolígrafos y periódicos hasta champú, aspirinas y servicios telefónicos. Tal vez te sorprendería saber que Bukalapak, una empresa nubelista indonesia, está adquiriendo tres millones y medio de warungs y digitalizando sus servicios, no sólo con vistas a subir a la nube sus polifacéticos mercados locales, sino para financiar a las comunidades locales que dependen de ellos mediante microcréditos usurarios, caras transferencias digitales de efectivo y servicios bancarios básicos.

Jeff Bezos, que siempre está al tanto, envió a Bezos Expeditions a Indonesia, y en 2021 empezó a invertir en un competidor de Bukalapak. Peter Thiel, cofundador de PayPal, uno de los primeros inversores en Facebook y fundador de Palantir, lo ha imitado con Valar Ventures. Al igual que ha hecho Tencent, uno de los principales conglomerados tecnológicos de China.

Desde los propietarios de fábricas del Medio Oeste estadounidense hasta los poetas que tratan de vender su última antología, pasando por los conductores de Uber londinenses y los vendedores ambulantes indonesios, todos dependen ahora de algún feudo en la nube para acceder a los clientes. Es el progreso, o algo así. Atrás quedó la época en que, para cobrar sus rentas, los señores feudales recurrían a matones que derramaban sangre o rompían las rodillas de sus vasallos. Los nubelistas no necesitan alguaciles para confiscar o desalojar. Todo capitalista vasallo sabe que si se elimina un enlace de su sitio en la nube podría perder el acceso a la mayor parte de sus clientes. Y con la eliminación de uno o dos enlaces del motor de búsqueda de Google o de un par de páginas de comercio electrónico y redes sociales, podrían desaparecer por completo del mundo online. El tecnofeudalismo se fundamenta en un tecnoterror aséptico.

En conjunto, resulta evidente que la economía mundial se engrasa cada vez menos con el beneficio y cada vez más con la renta de la nube. Y así, se hace patente la preciosa antinomia de nuestra época: la actividad capitalista está creciendo dentro del mismo proceso de intensa acumulación de capital que degrada el beneficio capitalista y sustituye poco a poco los mercados capitalistas por feudos en la nube. En resumen, el capitalismo se está debilitando como resultado de una pujante actividad capitalista. El tecnofeudalismo nació a través la actividad capitalista, y ahora está haciéndose con el poder de manera arrolladora. ¿Acaso podría haber sucedido de otro modo?
 
Nota: Todas las entradas que he transcrito del libro Tecno-feudalismo se pueden encontrar en este link:
 
Nota: Muy interesantes también las notas del libro Posteconomía - Hacia una Nueva Edad Media, de Antonio Baños: 
 
Nota: Muy interesantes también las notas del libro Técnica y totalitarismo, de Jordi Pigem:
 
Nota: Una app muy ilustrativa de la increíblemente grotesca y atroz riqueza de los superricos, que ningún ser humano merece tener, ni necesita, ni puede gastar:

 
 
Institut National Supérieur des Arts et de l'Action Culturelle (INSAAC), Cocody, Abidjan, Côte d'Ivoire (2017)
 

martes, 11 de agosto de 2026

Techno-feudalism (Yanis Varoufakis) - 18 - the death of the liberal individual

The death of the liberal individual
To this day, I envy the way you lived, Dad. You were the epitome of the liberal individual. Sure, to make a living, you had reluctantly to lease yourself to your boss at the steel plant in Eleusis. But during your lunch break you wandered blissfully in the open-air backyard of the Eleusis Archaeological Museum, where you luxuriated in the discovery of ancient steles full of clues that antiquity’s technologists were more advanced than previously thought. And following your return home, at just after five every afternoon, and a late siesta, you emerged ready to share in our family life and, on some nights, when we weren’t messing about with various metals by our fireplace, to write your books and papers. Your life at the factory was, in short, neatly ring-fenced from your personal life.

It reflected a time when we thought that, if nothing else, capitalism had granted us sovereignty over ourselves, albeit within certain limited parameters. However hard one had to work, you could at least fence off a portion of your life, however small, and within that fence remain autonomous, self-determining, free. Leftists, like us, knew that only the rich were truly free to choose, that the poor were mostly free to lose, and that the worst slavery was that of those who had learned to love their chains. Still, even we, capitalism’s harshest critics, appreciated the limited self-ownership it granted us.

For young people in today’s world, even this small mercy has been taken away. Curating an identity online is not optional, and so their personal lives have become some of the most important work they do. From the moment they take their first steps online, they suffer like Movatar from two perplexingly contradictory demands: they are taught implicitly to see themselves as a brand, yet one that will be judged according to its perceived authenticity. (And that includes potential employers: ‘No one will offer me a job,’ a graduate told me once, ‘until I have discovered my true self.’) And so before posting any image, uploading any video, reviewing any movie, sharing any photograph or message, they must be mindful of who their choice will please or alienate. They must somehow work out which of their potential ‘true selves’ will be found most attractive, continually testing their own opinions against their notion of what the average opinion among online opinion makers might be. Every experience can be captured and shared, and so they are continually consumed by the question of whether to do so. And even if no opportunity actually exists for sharing the experience, that opportunity can readily be imagined, and will be. Every choice, witnessed or otherwise, becomes an act in the curation of an identity.

One need not be a radical critic of our society to see that the right to a bit of time each day when one is not for sale has all but vanished. The irony is that the liberal individual was snuffed out neither by fascist Brownshirts nor by Stalinist guards. It was killed off when a new form of capital began to instruct youngsters to do that most liberal of things: be yourself! (And be successful at it!) Of all the behavioral modifications that cloud capital has engineered and monetized, this one is surely its overarching and crowning achievement.

Possessive individualism has always been detrimental to mental health. Technofeudalism made things infinitely worse when it demolished the fence that used to provide the liberal individual with a refuge from the market. Cloud capital has shattered the individual into fragments of data, an identity comprised of choices as expressed by clicks, which its algorithms are able to manipulate. It has produced individuals who are not so much possessive as possessed, or rather persons incapable of being self-possessed. It has diminished our capacity to focus by co-opting our attention. We have not become weak-willed. No, our focus has been stolen. And because technofeudalism’s algorithms are known to reinforce patriarchy, stereotypes and pre-existing oppressions, those who are most vulnerable – girls, the mentally ill, the marginalized and, yes, the poor – suffer the outcome most.

If fascism taught us anything, it is our susceptibility to demonizing stereotypes and the ugly attraction of emotions like righteousness, fear, envy and loathing that they arouse in us. In our technofeudal world, the internet brings the feared and loathed ‘other’ closer, right in your face. And because online violence seems bloodless and anodyne, we are more likely to respond to this ‘other’ online with taunting, inhuman language and bile. Bigotry is technofeudalism’s emotional compensation for the frustrations and anxieties we experience in relation to identity and focus. Comment moderators and hate-speech regulation can’t stop this because it is intrinsic to cloud capital, whose algorithms optimize for cloud rents, which flow more copiously from hatred and discontent.

You once told me that finding something timelessly beautiful to focus on, as you did by choosing to lose yourself among the relics of ancient Greece, is our only defense from the demons circling our soul. I have tried to practice this over the years in my own way. But in the face of technofeudalism, acting alone, isolated, as liberal individuals will not get us very far. Cutting ourselves off from the internet, switching off our phones, using cash instead of plastic may help for a while but they are no solution. Unless we band together, we shall never civilize or socialize cloud capital, and so we shall never reclaim our own minds from its grip. And herein lies the greatest contradiction: to rescue that foundational liberal idea – of liberty as self-ownership – will therefore require a comprehensive reconfiguration of property rights over the increasingly cloud-based instruments of production, distribution, collaboration and communication. To resuscitate the liberal individual, we need to do something that liberals detest: plan a new revolution.
 
                                                                              *** 
 
La muerte del individuo liberal 
Siempre he envidiado tu forma de vivir, papá. Fuiste la personificación del individuo liberal. Por supuesto, para ganarte la vida, tuviste que alquilarte sin ningún entusiasmo a tu jefe en la planta siderúrgica de Eleusis. Pero durante la pausa para comer paseabas felizmente por el patio al aire libre del Museo Arqueológico de Eleusis, donde disfrutabas descubriendo estelas antiguas llenas de indicios de que los tecnólogos de la Antigüedad estaban más avanzados de lo que se pensaba. Y tras volver a casa, cada tarde a las cinco, y después de una siesta tardía, salías dispuesto a compartir nuestra vida familiar y, algunas noches, cuando no estábamos trasteando con los metales junto a la chimenea, a escribir tus libros y artículos. En resumen, tu vida en la fábrica estaba claramente separada de tu vida personal.

Aquello era el reflejo de una época en la que pensábamos que al menos el capitalismo nos había concedido soberanía sobre nosotros mismos, aunque fuera dentro de ciertos parámetros limitados. Por mucho que uno tuviera que trabajar, podía cercar una parte de su vida, aunque fuera pequeña, y dentro de ese espacio seguir siendo autónomo, autodeterminado, libre. Los izquierdistas como nosotros sabíamos que sólo los ricos eran libres de verdad para elegir, que los pobres eran esencialmente libres para perder y que la peor esclavitud era la de quienes habían aprendido a amar sus cadenas. Con todo, hasta nosotros, los críticos más duros del capitalismo, apreciábamos la limitada soberanía individual que nos otorgaba.

En el mundo actual, a los jóvenes se les ha arrebatado hasta ese pequeño consuelo. La creación de una identidad online no es algo opcional, por lo que su vida personal se ha convertido en uno de los trabajos más importantes que realizan. Desde el momento en que dan sus primeros pasos en internet experimentan, al igual que Movatar, dos exigencias desconcertantes y contradictorias: se les enseña implícitamente a verse a sí mismos como una marca, pero ésta será juzgada por su apariencia de autenticidad. (Y eso incluye a posibles empleadores: «Nadie me ofrecerá un trabajo hasta que haya descubierto mi verdadero yo», me dijo una vez un licenciado.) Así, antes de publicar una imagen, subir un vídeo, reseñar una película o compartir una fotografía o un mensaje, deben considerar a quiénes complacerán o disgustarán con su elección. De alguna manera, tienen que averiguar cuál de sus «verdaderos yoes» potenciales resultará más atractivo para los demás, contrastando siempre sus opiniones con lo que creen que podría ser el parecer medio entre los creadores de opinión online. Todas las experiencias pueden captarse y compartirse, por lo que les consume continuamente la duda de si hacerlo o no.

Incluso aunque no exista ninguna posibilidad de compartir la experiencia, esa posibilidad puede imaginarse con facilidad, y así se hará. Cada elección, contemplada o no, se convierte en un acto de construcción de la identidad. No es necesario ser un crítico radical de nuestra sociedad para darse cuenta de que el derecho a tener cada día algo de tiempo en el que uno no esté en venta casi ha desaparecido. La ironía es que quienes acabaron con el individuo liberal no fueron los camisas pardas fascistas ni los guardias estalinistas. Murió cuando una nueva forma de capital empezó a enseñar a los jóvenes a hacer lo más liberal del mundo: ¡ser tú mismo! (¡Y hacerlo con éxito!) De todas las modificaciones del comportamiento que ha planeado y monetizado el capital en la nube, ésta es sin duda su logro supremo.

El individualismo posesivo siempre ha sido perjudicial para la salud mental. El tecnofeudalismo empeoró infinitamente la situación cuando derribó el cerco que proporcionaba al individuo liberal un refugio frente al mercado. El capital en la nube ha descompuesto al individuo en fragmentos de datos, una identidad compuesta de elecciones expresadas por clics que sus algoritmos son capaces de manipular. Ha producido individuos que, más que ser posesivos, están poseídos, personas incapaces de ser dueñas de sí mismas. Al apropiarse de nuestra atención, ha disminuido nuestra capacidad de concentración. No hemos perdido la voluntad.

No, nos han robado la concentración. Y como se sabe que los algoritmos del tecnofeudalismo refuerzan el patriarcado, los estereotipos y las opresiones preexistentes, los más vulnerables —las niñas, los enfermos mentales, los marginados y también los pobres— son quienes más sufren las consecuencias. Si algo nos ha enseñado el fascismo es nuestra tendencia a demonizar estereotipos y la horrible atracción que despiertan en nosotros emociones como la rectitud, el miedo, la envidia y el odio. En nuestro mundo tecnofeudal, internet acerca al «otro», temido y odiado, nos enfrenta directamente a él. Y como la violencia online parece incruenta y anodina, somos más propensos a responder a este «otro» online con ira, provocaciones y un lenguaje inhumano. La intolerancia es la compensación emocional del tecnofeudalismo por las frustraciones y las ansiedades que experimentamos en relación con la identidad y la atención. Los moderadores de comentarios y la regulación del discurso de odio no pueden parar esto, porque es algo intrínseco al capital en la nube, cuyos algoritmos optimizan las rentas de la nube, que surgen más abundantemente del odio y la insatisfacción.

En una ocasión me dijiste que encontrar algo intemporalmente bello en lo que centrarse, como hacías tú al elegir perderte entre las reliquias de la antigua Grecia, es nuestra única defensa contra los demonios que rondan nuestra alma. A lo largo de los años, he intentado practicar eso a mi manera. Pero, frente al tecnofeudalismo, actuar solos, aislados, como individuos liberales no nos llevará muy lejos. Dejar internet, apagar el teléfono, utilizar dinero en efectivo en lugar del de plástico tal vez nos ayude durante un tiempo, pero no es la solución. A menos que nos unamos, nunca conseguiremos civilizar o socializar el capital en la nube, y por lo tanto nunca liberaremos nuestra mente de su control. Y aquí radica la mayor contradicción: rescatar esa idea liberal fundacional —la libertad como soberanía individual— exigirá, por lo tanto, una reconfiguración completa de los derechos de propiedad sobre los instrumentos de producción, distribución, colaboración y comunicación, que cada vez se basan más en la nube. Para resucitar al individuo liberal, tenemos que hacer algo que los liberales detestan: planear una nueva revolución.

Tecno-feudalismo – El sigiloso sucesor del capitalismo (Yanis VAROUFAKIS)
 
Nota: Todas las entradas que he transcrito del libro Tecno-feudalismo se pueden encontrar en este link:
 
Nota: Muy interesantes también las notas del libro Posteconomía - Hacia una Nueva Edad Media, de Antonio Baños: 
 
Nota: Muy interesantes también las notas del libro Técnica y totalitarismo, de Jordi Pigem:
 
Nota: Una app muy ilustrativa de la increíblemente grotesca y atroz riqueza de los superricos, que ningún ser humano merece tener, ni necesita, ni puede gastar:

 
Toledo, Castilla-La Mancha, Spain (2026)
 

jueves, 6 de agosto de 2026

educar para responder al error, un artículo de Guillermo Cisneros Garrido

educar para responder al error, un artículo de Guillermo Cisneros Garrido:

En un mundo donde ya nada se aprende para siempre, lo más importante se decide antes de la universidad. Aunque el niño llegara al examen con la respuesta equivocada, lo más probable es que promocionara igual. Hemos construido un sistema que, persiguiendo un bien legítimo —que nadie abandone la escuela—, ha vuelto casi irrelevantes el esfuerzo y el error. Al niño le quitan el tropiezo por partida doble: la máquina, esta noche; el sistema, todo el año. no es un elogio del fracaso. Nadie aprende por fracasar sin más. Lo que forma no es el tropiezo, sino lo que se hace con él: la respuesta. Y esa respuesta es hoy la competencia más decisiva y, a la vez, la más amenazada. La relación con el error es también cultural: hay países donde estigmatiza y otros donde es la credencial de quien se atrevió. Pero ningún extremo acierta: esconderlo lo suprime antes de nacer; celebrarlo —el «fracasa rápido» hecho eslogan— lo vacía. Ni una cosa ni la otra: leerlo, hacerse cargo y salir distinto. 

https://www.linkedin.com/pulse/educar-para-responder-al-error-guillermo-cisneros-garrido-935ef/