viernes, 28 de agosto de 2026

tontocracia (entrevista al Prof. Santiago Ávila)

Artículo completo en este link: https://elpais.com/economia/formacion/2026-08-13/santiago-avila-escritor-es-la-primera-vez-que-vemos-a-tantos-titulados-superiores-que-son-analfabetos-funcionales.html  

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Tontos, pero buenos, del "libro Post-economía - Una Nueva Edad Media", de Antonio Baños Boncompain: https://joseirojas.blogspot.com/2017/08/tontos-pero-buenos-posteconomia-antonio.html

Santiago Ávila: “Es la primera vez que vemos a tantos titulados superiores que son analfabetos funcionales”. El economista, prof. universitario y autor de “Tontocracia. En busca de la sensatez perdida” advierte de que la sociedad ha dejado de premiar el conocimiento y reclama una educación que forme ciudadanos con criterio. ¿Y si el verdadero problema de nuestro tiempo no fuera la desinformación, sino la pérdida del criterio? ¿Y si la sociedad hubiera empezado a premiar más la apariencia que el conocimiento, más el ruido que la reflexión y más la mediocridad que la excelencia?

(…) el problema no reside únicamente en quienes ocupan posiciones de poder. (…) la responsabilidad también recae sobre una sociedad que ha dejado de valorar el conocimiento, el esfuerzo y el pensamiento crítico para abrazar la comodidad de las respuestas fáciles. (…) reflexiona sobre el papel de la educación, el liderazgo, las redes sociales o la inteligencia artificial, pero también sobre la necesidad de formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. (…) El libro parte de una afirmación contundente: vivimos en una sociedad que premia la banalidad, castiga la excelencia y ha normalizado la mediocridad. (…) hasta la 2a Guerra Mundial predominaba la ética del ser y que, después, fue imponiéndose la ética del parecer.

Hoy cualquiera, amparándose en la tecnología, puede decir la mayor barbaridad y, con tal de que la diga con seguridad, tiene una trascendencia enorme. Solo hay que mirar la política: vivimos en la apariencia de la apariencia. Decir la verdad, ser honesto, parece que ya no está de moda. Ahora lo importante es ser un espabilado. Si alguien tiene mucho dinero, aunque lo haya conseguido de forma poco ética, hay quien dice: “Fíjate qué listo”. Y yo creo que contra eso hay que pelear, porque es una miseria moral.

(…) Hoy dar clase es prácticamente un imposible. Ya no hablo de la veneración que antes podía existir hacia un buen prof., sino de algo mucho más básico: se ha perdido el respeto por su autoridad. Muchas familias no aceptan un suspenso porque les complica la vida, y eso acaba trasladándose a las aulas.

En la universidad he tenido alumnos entrando y saliendo de clase constantemente o peinando a una compañera en mitad de la explicación. Y cuando intentas poner límites, pasas a ser un autoritario. Al final muchos, prof. ceden porque enfrentarse a esa situación solo les trae problemas. Pero el perjudicado no es solo el prof.; también lo es el alumno. Si acostumbras a una persona a que nunca tenga un desencuentro académico, cuando llega la vida de verdad no sabe afrontar un fracaso, un problema laboral, una enfermedad o una decepción.

Hemos transmitido la idea de que uno viene al mundo a ser feliz, y a mí me parece una falacia terrible. El problema no es la información, sino qué hacemos con ella. Hoy tenemos una cantidad enorme de información, pero eso no significa que tengamos más conocimiento. Es la primera vez que vemos a tantos titulados superiores que son analfabetos funcionales. Hay universitarios que terminan una carrera y no saben interpretar un texto o resolver una regla de tres. Y eso es muy serio. (…) parece que el conocimiento funciona como un supermercado: necesito algo, voy a la inteligencia artificial, lo cojo y sigo adelante. Pero si no tienes una base previa, tampoco puedes saber si esa respuesta es correcta. A mí me ha ocurrido que algún alumno me ha entregado como suyo un artículo que había escrito yo.

En el libro cuestiona (…) que el objetivo de la educación, del trabajo o incluso de la vida debe ser la felicidad. ¿Qué le preocupa? Me preocupa que se convierta en un eslogan vacío. Yo no voy a trabajar para ser feliz; voy a trabajar para hacer bien mi trabajo. Si además encuentro un buen ambiente, estupendo, pero convertir la felicidad en una obligación genera frustración, porque nadie puede ser feliz permanentemente. Creo que hemos confundido bienestar con felicidad. Hay trabajos muy duros que merecen la pena y momentos difíciles que también forman parte de una vida plena. Si transmitimos que cualquier incomodidad es un fracaso, estamos educando personas incapaces de afrontar la realidad. La felicidad no puede ser el objetivo de una organización; debería ser, en todo caso, una consecuencia.

(…) Tendemos a pensar que el problema siempre está en quienes ocupan posiciones de poder, pero una sociedad también decide qué comportamientos premia y cuáles tolera. Si dejamos de valorar el conocimiento, el esfuerzo o la honestidad, no podemos sorprendernos cuando quienes llegan arriba representan justamente esos valores que hemos normalizado. (…) creo que la solución pasa por formar ciudadanos adultos, con criterio y capaces de pensar por sí mismos. La educación tiene mucho que ver con eso. Una sociedad mejora cuando sus ciudadanos son exigentes consigo mismos y también con quienes aspiran a dirigirla.



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