Argelao recorría a menudo el camino de las fuentes, unas veces por placer, y otras para ir en busca de agua, cuando sus hermanas estaban en el mercado. Aunque por supuesto había un pozo en las cercanías de la villa de Memnón, la belleza del frondoso bosque, y el agua pura y cristalina de sus fuentes, eran premio más que suficiente para coger el cántaro y dar ese largo paseo.
En una de éstas, al doblar un recodo en el sendero, sorprendió a dos halcones en plena refriega, sin poder identificar cuál era presa y cuál predador. Asustado por la súbita aparición de Argelao, uno de los halcones se zafa de su oponente, y se escabulle en un abrir y cerrar de ojos entre unos arbustos. El otro, que parecía malherido, trata de hacer lo mismo sin conseguirlo, probablemente por la gravedad de sus heridas. Ante Argelao, que hace ademán de recogerlo en sus brazos, el halcón, aún postrado en el suelo, ofrece resistencia, pero cesa pronto el batir de alas, fatigado y dolorido por la pelea. Así fue como Argelao encontró a su nuevo amigo Teseo.
* * *
Sosteniéndolo en alto, poco a poco abre los dedos, relajando así la presión sobre el halcón y liberándolo de su prisión. El ave, con una serie de movimientos de cabeza cortos y rápidos, apenas perceptibles, analiza el terreno que le rodea y, ante la ausencia de amenaza alguna, alza el vuelo de forma sorprendentemente poderosa, sin asomo de duda alguna, batiendo sus alas ya plenamente recuperadas, despidiéndose de las manos que lo han cuidado estas últimas semanas, dejando en ellas sendos arañazos. Teseo gana altura velozmente, sin poder apreciar las lágrimas que empiezan a descender por las mejillas de Argelao.
Al despertar a la mañana siguiente, para sorpresa e inmensa alegría del chico, que creía que jamás volvería a ver al halcón, Teseo le espera posado en la valla exterior que delimita el huerto de la villa de su familia. Desde entonces, tras haberlo liberado, el halcón vuelve y vuelve cada amanecer a saludar y recibir el cariño del extrañó que le curó.
* * *
Ambos hacen un buen equipo de caza, el ave hostigando a las presas y encauzándolas hacia el chico, y éste abatiéndolas con su honda o su arco, o inmovilizándolas con su bola, con lo que frecuentemente traen a casa alguna pieza, una liebre, un faisán, una paloma o comadreja, para alegría de todos. Con el tiempo y la práctica, Argelao se convierte en un tirador excepcional, al nivel de los mejores honderos Baleares.
* * *
El halcón repasa con el pico las cicatrices en las manos del muchacho, muchas de las cuales se las hizo él mismo con sus propias garras, y otras Argelao trepando o jugando por ahí. Hasta hubo un día que le trajo un ratón muerto que quiso compartir con él, pero Argelao dio un respingo cuando notó en su palma el pelaje y la carne desgarrada, aún caliente, del animal muerto. Tiempo después, en las penosas travesías por los vastos desiertos del Imperio Aqueménida en busca de su hermano, ni Argelao ni su padre harían asco alguno a los roedores del desierto que el halcón cazaría para ellos.
En una de éstas, al doblar un recodo en el sendero, sorprendió a dos halcones en plena refriega, sin poder identificar cuál era presa y cuál predador. Asustado por la súbita aparición de Argelao, uno de los halcones se zafa de su oponente, y se escabulle en un abrir y cerrar de ojos entre unos arbustos. El otro, que parecía malherido, trata de hacer lo mismo sin conseguirlo, probablemente por la gravedad de sus heridas. Ante Argelao, que hace ademán de recogerlo en sus brazos, el halcón, aún postrado en el suelo, ofrece resistencia, pero cesa pronto el batir de alas, fatigado y dolorido por la pelea. Así fue como Argelao encontró a su nuevo amigo Teseo.
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Sosteniéndolo en alto, poco a poco abre los dedos, relajando así la presión sobre el halcón y liberándolo de su prisión. El ave, con una serie de movimientos de cabeza cortos y rápidos, apenas perceptibles, analiza el terreno que le rodea y, ante la ausencia de amenaza alguna, alza el vuelo de forma sorprendentemente poderosa, sin asomo de duda alguna, batiendo sus alas ya plenamente recuperadas, despidiéndose de las manos que lo han cuidado estas últimas semanas, dejando en ellas sendos arañazos. Teseo gana altura velozmente, sin poder apreciar las lágrimas que empiezan a descender por las mejillas de Argelao.
Al despertar a la mañana siguiente, para sorpresa e inmensa alegría del chico, que creía que jamás volvería a ver al halcón, Teseo le espera posado en la valla exterior que delimita el huerto de la villa de su familia. Desde entonces, tras haberlo liberado, el halcón vuelve y vuelve cada amanecer a saludar y recibir el cariño del extrañó que le curó.
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Ambos hacen un buen equipo de caza, el ave hostigando a las presas y encauzándolas hacia el chico, y éste abatiéndolas con su honda o su arco, o inmovilizándolas con su bola, con lo que frecuentemente traen a casa alguna pieza, una liebre, un faisán, una paloma o comadreja, para alegría de todos. Con el tiempo y la práctica, Argelao se convierte en un tirador excepcional, al nivel de los mejores honderos Baleares.
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El halcón repasa con el pico las cicatrices en las manos del muchacho, muchas de las cuales se las hizo él mismo con sus propias garras, y otras Argelao trepando o jugando por ahí. Hasta hubo un día que le trajo un ratón muerto que quiso compartir con él, pero Argelao dio un respingo cuando notó en su palma el pelaje y la carne desgarrada, aún caliente, del animal muerto. Tiempo después, en las penosas travesías por los vastos desiertos del Imperio Aqueménida en busca de su hermano, ni Argelao ni su padre harían asco alguno a los roedores del desierto que el halcón cazaría para ellos.
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