El camino a la salida del club Japan recorría una amplia zona olvidada de la mano de dios, en la que uno podía ver frigoríficos, mesas, sillas, lonas y todo tipo de cachivaches amontonados por doquier.
Así, una noche, tentados por un golpe aparentemente tan fácil, a Javi y a mí nos dio por robar un millón de latas de Red Bull que había uno de los frigoríficos.
Empezamos a ponerlas en mi mochila, sin percatarnos que un gorila de dos metros, que desafortunadamente venía a nuestras espaldas, nos miraba con cara de estupefacción.
Cuando nos quisimos dar cuenta, ya nos había dado sendas collejas y nos empujaba desdeñosamente hacia la puerta de entrada, donde esperaba el responsable de seguridad y algún que otro maromo de escasas luces. El responsable me indicó que vaciase la mochila. Comencé entonces a sacar muy poco a poco todo lo que encontraba dentro que no fuesen las latas.
La situación era bastante cómica porque era evidente a todos que la mochila abultaba muchísimo, y que por fuerza tenía que estar repleta de algo voluminoso, pero yo iba sacando, de una a una, míseras cosillas de ínfimas dimensiones como un ticket de autobús, papel de fumar, algún carnet de videoclub caducado, etc., hasta que el responsable de seguridad harto de ese ridículo paripé, me arrebató la mochila y la abrió boca abajo, cayendo al suelo acto seguido, con mucho estruendo, las dos decenas de latas que habíamos tenido tiempo de sustraer.
Nos gritó entonces que teníamos que pagarle no-sé-cuánto. Como no teníamos suelto, Javi tuvo que ir a sacar dinero a un cajero mientras yo me quedaba con ellos.
Un cachas de pacotilla no paraba de escudriñarme amenazadoramente. Al rato de sostenernos la mirada como si estuviésemos en un duelo de spaghetti western, le dije “No me das miedo. El daño que tú me puedas hacer me lo he hecho yo ya a mí mismo multiplicado por veinte”, palabras que, acompañadas de mi típica cara de loco cuando andaba borracho, provocaron que una sombra de duda recorriese su semblante.
Era el desconcertante efecto que habitualmente provocaban tales fanfarronadas al ser proferidas por un tirillas de ojos extraviados, pues la razón dictaba que, si teniendo media ostia como así parecía, andaba diciendo tales barbaridades a gorilas que le doblaban en tamaño, es que algo no cuadraba, o que efectivamente debía estar mal de a cabeza.
Cuando Javi volvió, y hubimos pagado nuestro rescate, nos dejaron ir. De vuelta a las respectivas casas, enrabietados como estábamos, nos dio un antojo muy venal y real de poner una bomba en el garito, antojo que nos tomamos muy en serio. Quedamos así que buscaríamos por internet cómo se fabricaba una bomba casera, jurándonos que en unas horas nos volveríamos a reencontrar delante del Japan con todo el material necesario para ese propósito.
Por supuesto, una vez llegamos a nuestras habitaciones, nos quedamos roque en la cama con la ropa puesta, para despertar al día siguiente con un vago recuerdo de una noche loca, y extrañas e irrefrenables ganas de sintetizar perclorato de amonio.
Así, una noche, tentados por un golpe aparentemente tan fácil, a Javi y a mí nos dio por robar un millón de latas de Red Bull que había uno de los frigoríficos.
Empezamos a ponerlas en mi mochila, sin percatarnos que un gorila de dos metros, que desafortunadamente venía a nuestras espaldas, nos miraba con cara de estupefacción.
Cuando nos quisimos dar cuenta, ya nos había dado sendas collejas y nos empujaba desdeñosamente hacia la puerta de entrada, donde esperaba el responsable de seguridad y algún que otro maromo de escasas luces. El responsable me indicó que vaciase la mochila. Comencé entonces a sacar muy poco a poco todo lo que encontraba dentro que no fuesen las latas.
La situación era bastante cómica porque era evidente a todos que la mochila abultaba muchísimo, y que por fuerza tenía que estar repleta de algo voluminoso, pero yo iba sacando, de una a una, míseras cosillas de ínfimas dimensiones como un ticket de autobús, papel de fumar, algún carnet de videoclub caducado, etc., hasta que el responsable de seguridad harto de ese ridículo paripé, me arrebató la mochila y la abrió boca abajo, cayendo al suelo acto seguido, con mucho estruendo, las dos decenas de latas que habíamos tenido tiempo de sustraer.
Nos gritó entonces que teníamos que pagarle no-sé-cuánto. Como no teníamos suelto, Javi tuvo que ir a sacar dinero a un cajero mientras yo me quedaba con ellos.
Un cachas de pacotilla no paraba de escudriñarme amenazadoramente. Al rato de sostenernos la mirada como si estuviésemos en un duelo de spaghetti western, le dije “No me das miedo. El daño que tú me puedas hacer me lo he hecho yo ya a mí mismo multiplicado por veinte”, palabras que, acompañadas de mi típica cara de loco cuando andaba borracho, provocaron que una sombra de duda recorriese su semblante.
Era el desconcertante efecto que habitualmente provocaban tales fanfarronadas al ser proferidas por un tirillas de ojos extraviados, pues la razón dictaba que, si teniendo media ostia como así parecía, andaba diciendo tales barbaridades a gorilas que le doblaban en tamaño, es que algo no cuadraba, o que efectivamente debía estar mal de a cabeza.
Cuando Javi volvió, y hubimos pagado nuestro rescate, nos dejaron ir. De vuelta a las respectivas casas, enrabietados como estábamos, nos dio un antojo muy venal y real de poner una bomba en el garito, antojo que nos tomamos muy en serio. Quedamos así que buscaríamos por internet cómo se fabricaba una bomba casera, jurándonos que en unas horas nos volveríamos a reencontrar delante del Japan con todo el material necesario para ese propósito.
Por supuesto, una vez llegamos a nuestras habitaciones, nos quedamos roque en la cama con la ropa puesta, para despertar al día siguiente con un vago recuerdo de una noche loca, y extrañas e irrefrenables ganas de sintetizar perclorato de amonio.





