También hoy todo resulta incierto: el mundo se vuelve cada vez más acelerado y complicado, más distraído por las pantallas, más carente de presencia y de contemplación. En el último tercio del s. XIX (pese a las guerras mundiales y campos de concentración) todavía podíamos soñar con un horizonte de progreso, bienestar, justicia y libertad. Sin embargo, ahora crecen la confusión, el caos y los aspectos inquietantes.
A los retos que vivimos subyace el hecho de que nuestra percepción y comprensión de la realidad ha ido perdiendo lucidez. Cuando la conciencia se ofusca, el mundo se enturbia.
La tecnología es como el fuego. Empleada como una herramienta, con mesura y contención, puede ser muy útil. Sin contención, sin embargo, su efecto puede ser devastador. Cuando el progreso tecnológico, la automatización y la digitalización empezaron a tomar impulso, significan liberación. Pero a partir de cierto momento, ¿no han empezado a significar deshumanización? Algo de eso vio ya Rilke hace cien años. En sus Sonetos a Orfeo, describe las consecuencias de la tecnología («die Maschine», ‘La Máquina’) con estas palabras (versión castellana de José María Valverde):
A todo lo logrado amenaza La Máquina,
osando en el espíritu estar, no en la obediencia.
El psiquiatra y filósofo (y, de joven, erudito literario) Iain McGilchrist ve en estas líneas una revelación de que ‘La Máquina’ no es principalmente una cosa, sino una fuerza: «una fuerza que implacablemente se opone a lo humano y [...] a todo lo que es vulnerable, bello, sutil, sagrado o digno de reverencia». Como sugiere Rilke, esta fuerza que impulsa a los desarrollos tecnológicos no es perjudicial cuando se mantiene “en la obediencia”, como un herramienta. Pero amenaza “todo lo logrado”, todo lo que la humanidad ha creado y conseguido, cuando invade el territorio de la mente o espíritu (Geist), como hoy pretenden los promotores de la “inteligencia artificial”.
Un papel de los poetas es intuir qué late bajo la superficie, tras las máscaras. También es un papel de los filósofos de verdad. Hanna Arendt, asoció el mal radical con el hecho de considerar a los seres humanos superfluos, sobrantes. La amenaza de convertir a los seres humanos en superfluos es hoy mucho más inminente, con todos los desarrollos orientados a anular lo humano –a través del llamado transhumanismo, a través de los intentos de eclipsar la inteligencia humana con el cálculo algorítmica, y, en un sentido más general, a través de los intentos de sustituir los organismos por los algoritmos, lo vivo por lo mecánico, lo natural por la artificial, la intuición por el cálculo, la espontaneidad por el método, el vivir en primera persona por el vivir mirando pantallas, el pensar en primera persona por el repetir lo que dicen desde el poder.
