lunes, 23 de marzo de 2026

Técnica y totalitarismo (Jordi Pigem) - 7 - ¿quiénes somos?

¿Quiénes somos? Nos toca estudiar lo que somos y liberarnos del peor anillo de poder —el anillo intangible, que se instala en nuestra conciencia para intentar convencernos de que el cálculo es la esencia de la mente y de que el control y la competición son la esencia de la vida. El anillo intangible que aísla la mente de la vida empezó a forjarse siglos atrás, como señala Hannah Arendt en su clásico estudio del totalitarismo:

 

«La propaganda totalitaria elevó la cientificidad ideológica y su técnica […] a un alto nivel de eficiencia de método y absurdidad de contenido […] El carácter científico de la propaganda de masas se ha empleado, de hecho, de manera tan universal en la política moderna que se ha interpretado como un signo más general de aquella obsesión por la ciencia que ha caracterizado al mundo occidental desde el auge de las matemáticas y la física en el s. XVI; así, el totalitarismo se revela como la última etapa de un proceso durante el cual “la ciencia [se ha convertido en] un ídolo que curará mágicamente todos los males de la existencia y transformará la naturaleza del hombre”. Y hubo, en realidad, un vínculo inicial entre el carácter científico y el surgimiento de las masas.»

 

La apuesta por el conocimiento basado en desmenuzar el mundo en sus partes más pequeñas (no las hay: el mundo está hecho de relaciones), reducirlo todo a cifras (o dígitos) y especializar ilimitadamente el conocimiento —la apuesta del método de Descartes—, es una apuesta perdida. Nos lleva a un mundo sin sentido, inhóspito para la vida y la conciencia, en el que solo encajan los mecanismos inertes, un mundo en que los seres humanos dejan de ser libres y dignos para acabar como simples «algoritmos obsoletos» e «instrumentos para crear el Internet-de-Todas-las-Cosas». El anillo intangible nos conduce a los espejismos transhumanistas y al totalismo tecnocrático.

 

En las reflexiones reunidas bajo el título Science and Humanism (Ciencia y Humanismo), el físico Erwin Schrödinger, después de señalar que encuentra «extremadamente dudoso» que «los desarrollos tecnológicos e industriales nos lleven a una vida mejor», y después de elogiar una novela de Huxley que acababa de publicarse, Ape and essence (Mono y esencia), 1948, se plantea cuál es el valor de la especialización de las disciplinas científicas. El eminente científico afirma que, por sí solas, las disciplinas científicas no tienen ningún valor. Las diferentes disciplinas de la ciencia y de las humanidades solo tienen valor cuando pueden integrarse de manera coherente y ponerse al servicio de la gran cuestión, que:

 

«se puede describir de un modo muy simple: obedecer al imperativo de la deidad de Delfos: 'conócete a ti mismo'. O, por decirlo con la retórica concreta e imperativa de Plotino (Enéadas, 6.4.11): "Nosotros, sin embargo —¿quiénes somos, sin embargo, nosotros?". Y prosigue: “Tal vez ya estábamos ahí antes de que esta creación empezase a existir, […] mente y almas puras unidas al conjunto del universo, partes del mundo inteligible, no separadas ni aisladas, sino en unión con el todo.”

 

En otro texto de las Enéadas (2.3.7), Plotino escribe que en el universo hay, a cada momento, «una sola respiración conjunta» (σύμπνοια μία, sympnoia mia). Todo forma parte del mismo aliento vital. El griego πνεῦμα (pneûma, de donde deriva sym-pnoia) significa a la vez respiración, aliento, viento y espíritu (en lenguas antiguas e indígenas, no hay todavía separación entre lo tangible y lo intangible, entre lo material y lo inmaterial). ¿Cómo se conjuga el hecho de que somos seres únicos e irrepetibles y a la vez somos parte de una sola respiración, de un solo espíritu o —dicho de manera más moderna—, de una sola conciencia? Para entenderlo, tenemos que aprender a distinguir sin separar. ¿Son las mentes como olas del billar, siempre aisladas, o son como olas de un solo océano de conciencia? Cada ola es única, pero es a la vez parte del océano. Somos seres únicos, y a la vez participantes en algo más grande.»

 

En Mind and Matter (Mente y Materia), Schrödinger concluye que la multiplicidad de las mentes individuales solo es aparente, porque son manifestaciones de una sola conciencia: «La mente es por su propia naturaleza un singulare tantum. Debería decir: el número total de las mentes es solo una.»

 

Pero las mentes hoy, casi siempre, se sienten separadas, y buscan la unidad no en la conciencia y en lo más elevado sino en lo más bajo: la fusión con la masa, la autocosificación, la creencia en que no son más que algoritmos bioquímicos (la confusión que difunde Harari y conviene a la tecnocracia). La mente humana, al sentirse separada, genera pesadillas colectivas. Y el poder tecnocrático las amplifica.

 

El anillo de poder ha sido forjado en la conciencia. Es, de hecho, una forma de inconsciencia. Aquí, en el ámbito de la conciencia, de las percepciones y decisiones más íntimas, en el campo de batalla de la interioridad, es donde, momento a momento, podemos deshacer el anillo de poder y abrazar la vida.

 

Y aquí todo el mundo cuenta. Tolkien (que se consideraba un hobbit “en todo menos en estatura”, por ejemplo por su amor por los “jardines, los árboles y los campos agrícolas no mecanizados”) explica que puso en el centro de El Señor de los Anillos a los pequeños y bondadosos hobbits como «estudio del ennoblecimiento (o santificación) de los humildes». Porque el verdadero héroe siempre es alguien que no ambiciona serlo. En la carta a Waldman antes citada, dice que ha querido ejemplificar, de la manera más clara posible:

 

«el papel que, en los grandes asuntos del mundo, tienen los actos imprevistos e imprevisibles de la voluntad, y las gestas virtuosas de los aparentemente pequeños, modestos y olvidados […]. Una lección del conjunto de la obra (además del simbolismo primario del Anillo, como voluntad de puro poder que quiere materializarse a través de la fuerza física y del mecanismo, y, por lo tanto también, inevitablemente, a través de mentiras) es obvia: sin lo noble y elevado, lo simples y vulgar es sórdido; y sin lo simple y ordinario, lo noble y heroico no tiene sentido.»

 

Otra lección importante de El Señor de los Anillos es que el mal se daña a sí mismo. Gollum, arrastrado por el egoísmo más perverso, se acaba destruyendo a sí mismo y por ello el paso final para destruir el anillo. En diversas cartas a su hijo Christopher, Tolkien reflexiona sobre la dinámica de autodestrucción del mal.

Técnica y totalitarismo – Digitalización, deshumanización y los anillos del poder global. Jordi PIGEM (2026), 1ª ed., Fragmenta Edición, Barcelona, Spain, 2023, pp. 186
 
 
monastery of Glendalough, County Wicklow, Ireland (2010)
 

martes, 10 de marzo de 2026

Técnica y totalitarismo (Jordi Pigem) - 5 - corromper la humanidad y corromper la naturaleza

El creciente uso de artilugios digitales tiene un efecto perjudicial en la empatía y en las habilidades sociales, como señala (...) la investigadora Jean Twenge. El uso creciente, incluso entre los más pequeños, de «asistentes de voz» (Alexa, Siri, Google Home), con el tipo de interacción robótica que implican, perturba el desarrollo cognitivo y la capacidad de establecer relaciones plenamente humanas. 
 
Sin duda, el crecimiento de las distracciones electrónicas tiene un efecto sobre la capacidad de concentrarse y de comprender. Los artilugios digitales parecen también los principales sospechosos del efecto Flynn invertido. A finales de los años setenta del s. XX, James Flynn se dio cuenta de que, a medida que pasaban los años, mejoraban los resultados en los tests de coeficiente intelectual. Este efecto se ha constatado de muchas maneras, y parece tener que ver con una mejora de las condiciones de vida y de acceso a la cultura. Ahora bien, en los últimos veinte años se ha constatado un persistente declive en los resultados de los tests de inteligencia en los países del norte de Europa, que parece que se está extendiendo a todas partes. Este descenso es particularmente pronunciado en el número de personas enormemente inteligentes. Uno de los factores que pueden tener relación con este declive de las capacidades cognitivas es el uso excesivo de medios electrónicos, con la consiguiente disminución de la calidad de la atención y del tiempo dedicado a la lectura y a la interacción con plena presencia.

Si un enemigo de la humanidad, sigilosamente, quisiera dañar nuestra atención, concentración, empatía e inteligencia, y a la vez someternos a una continua vigilancia, ¿qué herramienta encontraría más útil que los dispositivos digitales? Si quisiera hacernos abdicar de nuestra libertad y dignidad, ¿qué le resultaría más útil que intentar convencernos de que no somos más que algoritmos?
 
A medida que crece el poder de los sistemas de cálculo algorítmico [como Jordi PIGEM prefiere llamar a la IA], crece su capacidad de aparentar inteligencia, de aparentar creatividad (pueden generar música que en una primera audición aparenta ser de Bach –pero la música verdadera de Bach, cuanto más la escuchas, más la aprecias, mientras que las imitaciones artificiales cuanto más las escuchas, más te aburren) e incluso de aparentar conciencia. Todo ello son solo imitaciones, apariencias.

El peligro es que realmente acabemos creyendo que los algoritmos de las grandes empresas tecnológicas nos conocen mejor que nosotros y saben mejor que nosotros lo que hemos de hacer. Si lo acabáramos creyendo, se apagaría la luz de la iniciativa humana. Así, el juego de apariencias del cálculo algorítmico desertiza el mundo interior y el mundo exterior. Al-Khwarizmi no tiene la culpa, pero los algoritmos nos llevan ahora a corromper la humanidad y corromper la naturaleza.
 
CORROMPER LA HUMANIDAD Y CORROMPER LA NATURALEZA podría ser el lema de muchas tendencias crecientes. «El mundo cambia, y todo lo que un día era seguro, ahora resulta incierto», dice el rey Théoden, en El Señor de los Anillos (…)

La apuesta por el conocimiento basado en desmenuzar el mundo en sus partes más pequeñas (no las hay; el mundo está hecho de relaciones), reducirlo todo a cifras (o dígitos) y especializar ilimitadamente el conocimiento –la apuesta del método de Descartes–, es una apuesta perdida. Nos lleva a un mundo sin sentido, inhóspito para la vida y la conciencia, en el que solo encajan los mecanismos inertes, un mundo en el que los seres humanos dejan de ser libres y dignos para acabar como simples “algoritmos obsoletos” o “instrumentos para crear el internet-de-todas-las-cosas”. El anillo intangible nos conduce a los espejismos transhumanistas y al totalismo tecnocrático.

Técnica y totalitarismo – Digitalización, deshumanización y los anillos del poder global. Jordi PIGEM (2026), 1ª ed., Fragmenta Edición, Barcelona, Spain, 2023, pp. 186
 
 
Ministère Mines, Pétroles et Energies, Deux Plateaux, Abidjan, Côte d'Ivoire (2017)
 

domingo, 8 de marzo de 2026

Técnica y totalitarismo (Jordi Pigem) - 4 - generar, dar a luz

El documento «Estrategia de salud digital», publicado por el Ministerio de Sanidad español en diciembre del 2021, afirma que los 17 «Objetivos de Desarrollo Sostenible» (ODS, …) han de ir de la mano de la transformación digital. ¿Acaso la sostenibilidad, la igualdad y la bondad son imposibles sin digitalización? El documento señala que el «uso estratégico e innovador de tecnologías digitales» es necesario para «garantizar una vida sana» (sin tecnologías digitales, ¿nunca ha habido vida sana?) y para la construcción de «infraestructuras resilientes y la industrialización sostenible» (en realidad, la «transformación digital» tiene un enorme coste energético y genera montañas de residuos altamente tóxicos, como veremos). A continuación, establece que los «ODS» son inseparables de la transformación digital.

 

En el resto de sus 17 ODS y 169 metas, la digitalización y la incorporación de las tecnologías de la información y las comunicaciones aparecen como medios imprescindibles para el avance de la sociedad desde una perspectiva social, económica y medioambiental. ¿Cómo es posible que se vincule el «desarrollo sostenible» a la digitalización? (…)

 

Desde finales de los años ochenta del s. XX (con mis primeros artículos en la revista Integral) y durante más de un cuarto de siglo, he publicado textos e impartido conferencias sobre lo que llamábamos ecología y cada vez más ha pasado a llamarse sostenibilidad. Crecía la conciencia de que la naturaleza no es un simple almacén de recursos y vertedero de residuos, y se abría un nuevo paradigma de relación con el mundo que incluía el respeto, cuando no la admiración, por los ciclos biosféricos que permiten el equilibrio de la vida. Pero lo que buscábamos no era esto.

 

En sentido originario, naturaleza es todo aquello que es generado natura, nacido por sí mismo, sin intervención humana; son testigos de ello la misma palabra latina natura y sus equivalentes en griego clásico (physis, de phyo, φύω, φύω, ‘generar, dar a luz’) y en chino clásico 自然 (ziran), ‘lo que es espontáneamente en sí mismo’, concepto clave en la filosofía taoísta. En sentido amplio, cultura es todo lo generado por la acción humana. En latín cultura significa ‘cultivo’, y es cultivar aquello que crece, agua y aire y luz; la oscuridad es enemiga de la cultura). La cultura no puede existir sin la naturaleza porque no hay cultura sin suelo en el que arraigarse, agua para beber y aire para respirar: la cultura no crece en un limbo abstracto e incorpóreo, sino que se encarna en un entorno geográfico, climático y paisajístico, y este entorno no es un simple envoltorio externo (como sugiere el término, desafortunado y reduccionista, medio ambiente). La transformación digital es un intento extremo de prescindir del entorno natural y sustituir lo natural por lo artificial. Como tal, está destinada a quedarse sin suelo, sin agua, sin aire y sin vida. ¿Cómo podría ser sostenible?

 

A principios de 2021, un artículo en el Financial Times estimaba el uso energético anual de los cinco gigantes digitales (Amazon, Google, Microsoft, Facebook y Apple) en más de 45 teravatios hora, equivalente a la energía que consume todo un país como Nueva Zelanda. Este uso intensivo de energía (originado, sobre todo, en esos inmensos centros de cálculo de datos (…) crece sin cesar, porque, (…), la expansión de la inteligencia artificial y el aprendizaje automático requiere más poder de computación. La digitalización del mundo tiene un coste energético de proporciones astronómicas (quienes desde la tecnocracia piden que ahorremos energía y reduzcamos emisiones suelen promover simultáneamente el consumo descomunal que comporta la digitalización –o los coches eléctricos, especialmente insostenibles en su proceso de fabricación–). Es peculiar cómo se fomentan megaproyectos desorbitados (viajes a Marte incluidos) al tiempo que se anuncian grandes restricciones energéticas (varias ciudades de China ya quedaron medio a oscuras en 2022).

 

La fabricación de artículos e infraestructuras digitales requiere enormes recursos minerales que a menudo son escasos y de difícil extracción, o que generan formas de contaminación mucho más graves que el CO del que tanto se habla. Y los artilugios e infraestructuras digitales, que son renovados vertiginosamente, generan montañas de residuos electrónicos (e-waste): pantallas, cables, circuitos y otros trastos electrónicos que se multiplican sin fin. El informe Future e-waste scenarios, avalado por Naciones Unidas, estima que la producción anual de residuos electrónicos «será de 75 millones de toneladas en 2030 y de 111 millones en 2050». Los datos incrementan las desigualdades, favoreciendo enormemente a quienes tienen mejores ordenadores, servidores y centros de datos (los confinamientos proporcionaron a cientos de millones de personas, mientras las grandes empresas tecnológicas sin precedentes a las grandes empresas tecnológicas y a sus inversores). Comporta inevitablemente un aumento del poder del complejo tecnofinanciero y de las grandes empresas del ciberespacio, y la consiguiente decadencia de las empresas pequeñas y medianas y la destrucción del tejido social. Circular los comercios y se multiplican los repartidores. También implica la concentración del poder y del control en manos de las empresas y entidades que atesoran los datos digitales. Y avanza la sociedad de consumo al aumentar el poder del marketing, que utiliza los datos extraídos de nuestra actividad para seducirnos mejor. La extracción de datos, naturalmente, comporta una erosión de la privacidad (todo lo que hacemos a través de dispositivos digitales, y mucho de lo que hacemos en su proximidad, queda registrado, y algún día se puede usar en contra nuestra). La transformación digital conlleva una erosión de lo que han sido las reglas del juego de la existencia humana desde el principio de los tiempos: desplaza las formas propiamente humanas de hablar, de hacer, de estar y de ser, y las sustituye por su contraparte robótica o tecnocrática.

 

Muchas pantallas más tarde, tras incontables vueltas al circuito electrónico, se va estableciendo una sociedad cada vez más dependiente de las máquinas, con personas que ceden porciones cada vez mayores de su existencia a la tecnología, a veces de manera autodestructiva.

Técnica y totalitarismo – Digitalización, deshumanización y los anillos del poder global. Jordi PIGEM (2026), 1ª ed., Fragmenta Edición, Barcelona, Spain, 2023, pp. 186
 
 
Pushkar, Rajastan, India (2010)