jueves, 17 de septiembre de 2026

oikumene 23 - la intrépida epopeya de la tropa de Lisímaco

Esta historia, narrada en 1a persona por Lisímaco, capitán de la intrépida tropa, decía así:

Y de este modo que aquí recontamos de veras fue como recorrimos el angosto sendero hasta el paso que al citado lugar –esto es, las puertas del Hades– nos debía llevar. Ligeros como el viento que a nadie espera. Cada cual de nosotros con lo mínimo que se pudiese necesitar, en esa veloz carrera contra los espíritus de los hermanos caídos. Una reñida competición por ver quién de llegar antes será capaz a orillas de la laguna Estigia, si las almas en vela, escapadas de aquellos que yacen, silenciadas para siempre por las hojas melladas del enemigo, arrastradas en volandas tras su triste no-funeral, privadas de sus ritos y votos, cuyos alaridos erizan las nubes del cielo, o los hombres libres de Argos con sus pies alados, azuzados como de un ímpetu feroz sin igual, ni el de Aquilón ni el de Bóreas, los más poderosos entre los Anemoi, vástagos de Eos y Astreo, en grande arrebato de furia por haber osado pensar que los podríamos burlar. Así fue de veras que los pies alados nos condujeron a tal sitio –esto es, a las puertas del Hades–, que de tan favorecidos nos sentíamos, los dioses arrepentirse parecían de haber hecho matar a los nuestros.

Mas describir ahora no es posible el pavor que sentimos en oler del fétido hedor que emanaba de las sulfurosas brumas así levitando sobre las negras aguas que marcan la frontera conocida de la tierra de los muertos. El suelo es harto húmedo y aireado por frenética actividad de centenares de miles de gusanos, que atareados están en demasía dando cuenta de toda suerte de tejidos humanos, sin discriminar por color ni textura de piel, ni velludas ni barbilampiñas, de rostros sin brillo, de ojos pardos o glaucos sin menoscabo, no tan solo de los cuerpos de los hijos de la Hélade, mas también de aquellos difuntos de allende la Jonia. Un fétido hedor, decía, que nos invade y se retroalimenta del terror que nos sentimos a cada paso más que damos, el óxido de las sucias empuñaduras a través permeando de nuestras palmas sudorosas, incorpórase al riego sanguíneo. Nuestras articulaciones gimen y se gripan; el óxido aglomerose.

Ya cerca del féretro,
donde no quería estar,
con mi propio puño llamé
a las puertas del infierno,
y me encaré
con mis demonios,
porque, al final,
ellos sólo son lo que son.

Y así tal como recontamos de veras fue, como en muy breve instante se hizo el silencio, un eterno silencio expectante, la ausencia del todo, del soplo de aire, del graznido del cuervo, del fresar de las hojas del sauce, el espesor de la nada que todo lo inunda, hasta que al final alás chirrían; chirrían y gritan fuertes y enojadas las bisagras del gran portón, y es entonces que, a la enorme sombra que por el hueco así entreabierto asoma, le dirijo las siguientes palabras:

Heme llegado ante vos, a las puertas del Hades,
blandiendo esta mellada hoja de hierro.
Los que tras de mí ves, son mis compañeros;
buscando venimos a los que lo fueron,
y a su vez nos dan caza, todavía ensangrentados,
los que a manos nuestras perecieron.

Y así al unísono siguen mis compañeros, alzando la voz:

Henos llegado ante vos, a las puertas del Hades.
 Juntos juramos que a las puertas del infierno llamaríamos,
y, alzando sobre los yelmos nuestras fatigadas espadas,
y los vasos de vino escanciado
por Cídipe en sus blancos vestidos,
gritaríamos ¡devolvednos a la tierra todo
lo que, oh Dioses, nos fue arrebatado,
o nuestra furia el mundo dejará yermo,
pues la vida es solo un largo día de invierno,
y nos hemos quedado sin montañas que escalar!
 
Tras otro eterno silencio, observado por decenas de pares de ojos expectantes, incapaces ninguno de pestañear, al fin la enorme sombra parece vacilar, y seguido emite un estruendoso rugido quedo, un sonido gutural como emergiendo de un profundo insondable, es el coro creciente de un millón de cavernas en las que reverberan los lamentos de innombrables náufragos en la laguna Estigia, los despojados que han visto por azar así truncado su viaje al lugar del que no se vuelve.

Y a ti, que sin embargo mi retorno aguardas bajo el alféizar, de veras te pido, no hace falta que me extrañes. Siempre estaré a tu lado. Lo que digo es lo que siento. Así de simple. Y sabes –tienes que saber–, para quienes tanto tiempo hemos recorrido la tierra de los muertos, la verdad es nuestro agua y nuestro aire. La verdad es nuestro sustento. La verdad no se negocia. Con ella no se juega. Se la honra. Y, en sinceridad, saber no podemos por cuánto la sombra aquí nos retendrá, mas a no partir resueltos estamos en tanto nuestra petición no fuere atendida.

Y a ti, que sin embargo mi retorno aguardas bajo el alféizar, en buena hora me sedujiste con tu voz, te entregué mi amor, y ya no más fluirá libremente la locura por la laguna sin nombre. Las semillas de hastío se acumularán en sus orillas. Allí permanecerán para nuestro regocijo. Lo salvaje, la naturaleza indómita, contenidos. A la espera. No hace falta que me extrañes. Siempre estaré a tu lado.

El día que volvamos a encontrarnos es lo único que importa. El único hito. El día en que por fin estemos juntos. El día en que dejemos atrás la tierra de los muertos. El día en que se nos permita volver a mentir. Nuestras lágrimas viajando eternamente. Las rocas ásperas y rojizas aullando su maldición más aterradora. Las rocas llamándonos de vuelta, mendigando una respuesta a sus lamentos. Lo salvaje, la naturaleza indómita, contenidos. Esperándonos. No hace falta que me extrañes. Siempre estaré a tu lado.


near Fakhr-al-Din al-Ma'ani Castle (Arabic: قلعة فخر الدين المعني), on the top left, also named Castle of Palmyra/Tadmur (Greek/Arabic), Syria (2010)


Nota: Todas las entradas de oikumene se pueden encontrar, en orden cronológico, aquí: