Desde que decidimos resolver la tensión sexual no resuelta, se jodió todo.
lunes, 24 de marzo de 2025
domingo, 9 de marzo de 2025
el tío José Mari en la India
Según contaba la leyenda cuando éramos niños, al tío lo drogaron en la India poniéndole algo en la copa. Por muy tópico que suene, lo cierto es que la familia le perdió la pista durante años, hasta que llamó a la puerta –bueno, al teléfono por cable colgado en la pared del pueblo– un alemán que se dedicaba a rescatar occidentales enajenados de esos que, allá por los 70 y 80, desaparecían por decenas de miles cada año en dicho país, flipados hasta las cejas con tanto yogui, hierbas, batido de yogur y karma del bueno.
El tema era que, al parecer, nuestro tío había enloquecido por el cóctel de alucinógenos que supuestamente le habían suministrado sin él saberlo, y que su organismo no había podido soportar. Por lo visto, Gunther –vamos a decir que así se llamaba el alemán– contó a la familia que lo había encontrado catatónico y sin ropa, empapado y congelado, en una insalubre prisión de Nepal, mientras que a la mujer que lo había acompañado en ese viaje, su pareja por entonces, tirando del hilo aquí y allá, la había encontrado de puta en Calcuta –sí, rima, pero no deja de ser muy triste–.
Así pues, gracias a la labor incansable y altruista de Gunther, algunos años después de haber desaparecido del mapa, los pudieron traer de vuelta. No sé muy bien cómo lo lograron, si fue con la cobertura de la ONG del alemán, o la familia tuvo que reunir un capital económico importante, que es lo más probable, pero, mezclando mis recuerdos de infancia, sueños, realidad y ficción, y ganas de escribir algo más, prefiero creer que el mítico héroe alemán, barbudo y portentoso, los trajo por libre en sus brazos, nadando, pedaleando y remando él solo por todo el subcontinente con el torso desnudo, apartando la maleza y los mendigos con sendos machetes, liándose algún pitillo y tomándose algún lassi de tanto en cuanto, como si de las doce pruebas de Heracles se tratase, para todo lo cual, por supuesto, contaba –necesitaba contar– con seis, siete u ocho brazos (tres de ellos siempre ocupados liando los pitillos, que es muy complicado), como todo dios de la mitología hindú que se precie.
Como ya avanzaba antes, el pobre tío José Mari volvió esquizofrénico por el brote psicótico que el potente estupefaciente le provocó, y así se pasó el resto de su vida conocida, aunque medicado para intentar aliviar los síntomas y mitigar y posponer sus crisis, viviendo muchos de esos primeros meses tras su regreso en el piso de mis padres, cuidado por mi madre, o, al menos, gran parte de los fines de semana, que a mi hermana y a mí nos largaban a las casas de otras personas para que no estuviésemos expuestos en demasía a los aspectos más negativos de esa convivencia impuesta. Nosotros sin enterarnos de nada, pequeños como éramos, claro. Así, solo años después entendí eso de ir a pasar tantos findes al pueblo de Aleix o de Pau, a los padres de los cuales les estoy muy agradecido por todo el tiempo que me acogieron, y lo bien que me lo pasé con ellos.
De mayores, y ya más avispados, obviamente empezamos a sospechar que la historia edulcorada que nos habían relatado nuestros padres no era cierta del todo, y que en realidad nadie le había puesto nada en la copa, sino que nuestro tío había sido víctima de sus propios excesos. Sin embargo, más tarde aún (de hecho, a principios de 2022, si no recuerdo mal), en lo que supuso un increíble giro de guion inesperado en esta historia, y que nada tiene que envidiar a los más sorpresivos que se puedan encontrar en Hollywood, supe acerca de la serie The Serpent, disponible en Netflix, sobre la vida de Charles Sobhraj (ver link), un ciudadano francés de origen indio-vietnamita que se dedicó a drogar, robar, secuestrar y matar a turistas occidentales en varios países del sudeste asiático en los 70 y 80; países como Nepal, India o Tailandia, donde también había estado mi tío.
Así, de repente, volvió a cobrar verosimilitud la posibilidad de que nuestro tío no hubiese sido víctima de sus propios excesos, sino que efectivamente alguien lo drogase de verdad [hace poco me enteré que él siempre defendió que alguien le había puesto algo en la copa y que le robó sus documentos, dinero y cheques viaje, tal y como hacía Charles Sobhraj en la serie; ¿moriría mi tío pensando que nunca nadie creyó su versión?], siendo cierto entonces el topicazo que nuestros padres y madres nos habían contado siempre desde pequeños, en lo que ya más maduros habíamos supuesto que se trataba claramente de una estratagema para mantener intacta nuestra virtuosa inocencia, protegernos de una verdad dolorosa, y mantener las apariencias en el pueblo, por el miedo al famoso «qué dirán».
Dedicado a mi tío y a mi madre
Delhi, India (2010)
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