Agradezco tu compañía, y la observo desde la ventanilla de mi existencia. Hace tiempo que llegaste. Hace tiempo que mi cerebro se fue del lugar. No te confundas. Me gustaría terminar a palazos con los alaridos de este ejército de pelmas que nos rodea, sus orejas, dilataciones, piercings, patas de gallo y gargantas de oca, armados de sus consolas portátiles y mediocridad. Me distraen de apreciarte con los cinco sentidos y en toda tu dimensión. Daría una vida por esa pala, sí, y por un aerosol con el que disipar los olores de chicle y laca, colonia, vómito y Axe. Es más, daría otra por un secador portátil Dyson con el que derretir todos sus aparatos –electrónicos y bucales–, y esa ropa de lino de marca que usan para disfrazar sus carencias. No estamos en un anuncio de Dolce & Gabbana en Ibiza. Imbéciles. Las ropas aparentemente etéreas no os harán flotar ni dejar de sudar. Somos sucios animales. Ratas. Ratas de Prada, si así lo queréis. Aparcad tanto blanco, que me ciega y no te puedo apreciar. El planeta se va al garete, y esta mitad del mundo occidental se pasa el día haciéndose selfies poniendo duck face. Me distraen de apreciarte con los cinco sentidos y en toda tu dimensión. Me envuelvo en tu piel. Me pierdo en tu piel. Y quiero respirar tu mismo aire. Deseo concentrado en una exhalación. Tiempo durante el que me atrevo a sostenerte la mirada. Era irrelevante lo mucho que hubiera ensayado. «¿Me das tu teléfono, o qué?». La noche que intercambiamos nuestras chaquetas. Las miradas de envidia de todos esos que, desde que te conozco, constantemente revolotean a tu alrededor pavoneándose. Eres el hilo conductor. Pero no te confundas. Yo estaba enamorado, y los otros solo se te querían follar.

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