martes, 11 de agosto de 2026

Techno-feudalism (Yanis Varoufakis) - 18 - la muerte del individuo liberal

Siempre he envidiado tu forma de vivir, papá. Fuiste la personificación del individuo liberal. Por supuesto, para ganarte la vida, tuviste que alquilarte sin ningún entusiasmo a tu jefe en la planta siderúrgica de Eleusis. Pero durante la pausa para comer paseabas felizmente por el patio al aire libre del Museo Arqueológico de Eleusis, donde disfrutabas descubriendo estelas antiguas llenas de indicios de que los tecnólogos de la Antigüedad estaban más avanzados de lo que se pensaba. Y tras volver a casa, cada tarde a las cinco, y después de una siesta tardía, salías dispuesto a compartir nuestra vida familiar y, algunas noches, cuando no estábamos trasteando con los metales junto a la chimenea, a escribir tus libros y artículos. En resumen, tu vida en la fábrica estaba claramente separada de tu vida personal.

Aquello era el reflejo de una época en la que pensábamos que al menos el capitalismo nos había concedido soberanía sobre nosotros mismos, aunque fuera dentro de ciertos parámetros limitados. Por mucho que uno tuviera que trabajar, podía cercar una parte de su vida, aunque fuera pequeña, y dentro de ese espacio seguir siendo autónomo, autodeterminado, libre. Los izquierdistas como nosotros sabíamos que sólo los ricos eran libres de verdad para elegir, que los pobres eran esencialmente libres para perder y que la peor esclavitud era la de quienes habían aprendido a amar sus cadenas. Con todo, hasta nosotros, los críticos más duros del capitalismo, apreciábamos la limitada soberanía individual que nos otorgaba.

En el mundo actual, a los jóvenes se les ha arrebatado hasta ese pequeño consuelo. La creación de una identidad online no es algo opcional, por lo que su vida personal se ha convertido en uno de los trabajos más importantes que realizan. Desde el momento en que dan sus primeros pasos en internet experimentan, al igual que Movatar, dos exigencias desconcertantes y contradictorias: se les enseña implícitamente a verse a sí mismos como una marca, pero ésta será juzgada por su apariencia de autenticidad. (Y eso incluye a posibles empleadores: «Nadie me ofrecerá un trabajo hasta que haya descubierto mi verdadero yo», me dijo una vez un licenciado.) Así, antes de publicar una imagen, subir un vídeo, reseñar una película o compartir una fotografía o un mensaje, deben considerar a quiénes complacerán o disgustarán con su elección. De alguna manera, tienen que averiguar cuál de sus «verdaderos yoes» potenciales resultará más atractivo para los demás, contrastando siempre sus opiniones con lo que creen que podría ser el parecer medio entre los creadores de opinión online. Todas las experiencias pueden captarse y compartirse, por lo que les consume continuamente la duda de si hacerlo o no.

Incluso aunque no exista ninguna posibilidad de compartir la experiencia, esa posibilidad puede imaginarse con facilidad, y así se hará. Cada elección, contemplada o no, se convierte en un acto de construcción de la identidad. No es necesario ser un crítico radical de nuestra sociedad para darse cuenta de que el derecho a tener cada día algo de tiempo en el que uno no esté en venta casi ha desaparecido. La ironía es que quienes acabaron con el individuo liberal no fueron los camisas pardas fascistas ni los guardias estalinistas. Murió cuando una nueva forma de capital empezó a enseñar a los jóvenes a hacer lo más liberal del mundo: ¡ser tú mismo! (¡Y hacerlo con éxito!) De todas las modificaciones del comportamiento que ha planeado y monetizado el capital en la nube, ésta es sin duda su logro supremo.

El individualismo posesivo siempre ha sido perjudicial para la salud mental. El tecnofeudalismo empeoró infinitamente la situación cuando derribó el cerco que proporcionaba al individuo liberal un refugio frente al mercado. El capital en la nube ha descompuesto al individuo en fragmentos de datos, una identidad compuesta de elecciones expresadas por clics que sus algoritmos son capaces de manipular. Ha producido individuos que, más que ser posesivos, están poseídos, personas incapaces de ser dueñas de sí mismas. Al apropiarse de nuestra atención, ha disminuido nuestra capacidad de concentración. No hemos perdido la voluntad.

No, nos han robado la concentración. Y como se sabe que los algoritmos del tecnofeudalismo refuerzan el patriarcado, los estereotipos y las opresiones preexistentes, los más vulnerables —las niñas, los enfermos mentales, los marginados y también los pobres— son quienes más sufren las consecuencias. Si algo nos ha enseñado el fascismo es nuestra tendencia a demonizar estereotipos y la horrible atracción que despiertan en nosotros emociones como la rectitud, el miedo, la envidia y el odio. En nuestro mundo tecnofeudal, internet acerca al «otro», temido y odiado, nos enfrenta directamente a él. Y como la violencia online parece incruenta y anodina, somos más propensos a responder a este «otro» online con ira, provocaciones y un lenguaje inhumano. La intolerancia es la compensación emocional del tecnofeudalismo por las frustraciones y las ansiedades que experimentamos en relación con la identidad y la atención. Los moderadores de comentarios y la regulación del discurso de odio no pueden parar esto, porque es algo intrínseco al capital en la nube, cuyos algoritmos optimizan las rentas de la nube, que surgen más abundantemente del odio y la insatisfacción.

En una ocasión me dijiste que encontrar algo intemporalmente bello en lo que centrarse, como hacías tú al elegir perderte entre las reliquias de la antigua Grecia, es nuestra única defensa contra los demonios que rondan nuestra alma. A lo largo de los años, he intentado practicar eso a mi manera. Pero, frente al tecnofeudalismo, actuar solos, aislados, como individuos liberales no nos llevará muy lejos. Dejar internet, apagar el teléfono, utilizar dinero en efectivo en lugar del de plástico tal vez nos ayude durante un tiempo, pero no es la solución. A menos que nos unamos, nunca conseguiremos civilizar o socializar el capital en la nube, y por lo tanto nunca liberaremos nuestra mente de su control. Y aquí radica la mayor contradicción: rescatar esa idea liberal fundacional —la libertad como soberanía individual— exigirá, por lo tanto, una reconfiguración completa de los derechos de propiedad sobre los instrumentos de producción, distribución, colaboración y comunicación, que cada vez se basan más en la nube. Para resucitar al individuo liberal, tenemos que hacer algo que los liberales detestan: planear una nueva revolución.

Tecno-feudalismo – El sigiloso sucesor del capitalismo (Yanis VAROUFAKIS)
 
 
Toledo, Castilla-La Mancha, Spain (2026)
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario