lunes, 2 de noviembre de 2026

verano

«Puella, puellae», resuena en mi cabeza. La bella chica risueña. Carcajadas sinceras en las clases de latín. Más madera a unas calderas que, a pesar de jóvenes, largo llevan con tierno deseo en combustión. Eres deseable. Siempre lo fuiste. Ya desde bien pronto. Tu sonrisa iluminando nuestras anodinas adolescencias en el pueblo. Los largos y añejos veranos. La verdadera prueba de fuego para domeñar el tedio. El silencio irreal de las interminables horas de la siesta que ni la más tozuda cigarra osa perturbar. Solo los ronquidos del tío, largo en el sofá. El temible Guardián del Mando, a quien arrebatárselo se antojaba como pretender sisarle a Smaug la Arkenstone de sus mismas garras. La desolación. El asfalto en su justo punto de ebullición. La paga a escondidas del abuelo. Su inevitable muletilla «Diviértete honestamente», que siempre soltaba guiñándote un ojo. ¡Y directos a la tienda de chuches, no sea el cerrojo le echen! Zapatillas, bicis y balones roídos. Las camisetas del hermano mayor. Cara y manos sucias, y un chicle en constante fruición. ¿Qué nos queda de esos lugares? Cuánto de lo que somos ahora será en verdad carne de esos personajes remotos. ¿Perdí por el camino a ese chica risueña, y las carcajadas, si las hubo –si las hay–, ya no resuenan igual? Parece que todo lo que mi cuerpo grita e invade ahora no evoca ya “Puella, puellae”, mas me atrapa el «Domus, domus». Te ruego, Marina. Vuelve. Insúflame de nuevo inocencia. Un viejo y cálido pantone rebosante de acción, que me arranque ya de este letárgico chaise long. Te ruego, hazme el favor.


geisha djing with cooking bowls, made with Canva AI generator of images (2025)