Patriarchy = CO2. Las emisiones mundiales de este gas de efecto invernadero son directamente proporcionales al nivel de testosterona que segregan los que nos gobiernan y los garrulos que los votan y los jalean. Almas podridas que están siendo devoradas en tiempo real por el escorbuto 2.0 de este mundo globalizado y galvanizado: la carestía de contenidos e información veraces y vitaminados. Y nos van ganando. Van ganando los mononeuronales. Los procariotas. A pesar de esa desventaja evolutiva tan sangrante y evidente. Se reproducen. Se expanden a un ritmo frenético, acelerando una llegada temprana del vagón en el que vamos sin frenos hacia los peores escenarios predichos en Idiocracy y por los estudiosos del cambio climático. Se reproducen y se vuelven a reproducir, contaminando e impregnándolo todo de su bilis y su tufo rancio y casposo. Mierda. Sí. Todo lo que tocan lo convierten en mierda. Sin excepción. Estamos dejando este planeta como un páramo. Un páramo lleno de mierda, calor y fuegos extremos; noches tórridas al cubo, nazis por doquier y en el poder, y Skynet cortocircuitándonos las pelotas. Vigilándonos. Cebándonos sin parar con videos de gatitos, peleas, porno y fútbol. Una amenaza omnipresente y omnipotente. Acechando. Eso es lo que les va a quedar a nuestros hijos. No sé si quiero estar ahí para verlo. Mucho vikingo de pacotilla. Mucho hiperventilado. La paciencia ya no me da. Mi cabeza no para de gestar delitos de odio. Es que no lo puedo evitar. No me lo ponen nada fácil. Y a todo esto, no lo deberían ser, delitos de odio, porque estos son los que se dirigen hacia minorías reprimidas, y los nazis no lo son. Bueno, minoría sí –o eso espero y deseo–, pero reprimida no. Desde luego, no por las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado (que solo apalean a perroflautas y demás miembros de movimientos de izquierdas), ni por una buena parte de la judicatura. Y es que, para éstos últimos, los gym bros que van por ahí con esvásticas y sucedáneos reventando la cara a quien se pone por delante son solo unos pobres gamberretes incomprendidos de buena familia. Claro. Son solo unas entrañables ovejas temporalmente descarriadas, cuya única y aislada neurona no sabe cómo gestionar lo que acontece en sus vidas, que el mundo no les extienda una alfombra roja a su paso y se postre a sus pies, ni la frustración que les genera su subconsciente, que éste sí se percata de lo miserables que son, con su cara de lifting escrotal devolviéndoles la mirada bisoña en el espejo de la casa de papá y de mamá –que no se pueden independizar, claro, que los alquileres están muy altos por culpa de Mari Carmen, dicen los procariotas–.
Plaka, Athens, Attica Greece (2026)

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