Goldman Sachs y el banco central de Hong Kong, el Banco Mundial y ¡hasta MasterCard y Visa! han anunciado proyectos similares de blockchain. En lugar de avanzar hacia la utopía, las criptomonedas se han convertido en otra herramienta de las finanzas en la nube y en un motor para la acumulación de capital en la nube. La blockchain es, sin duda, una herramienta fascinante. Cuando la vi por primera vez, escribí que era una respuesta brillante a una pregunta que aún no habíamos descubierto. Pero si la pregunta es cómo arreglar el capitalismo o destronar el tecnofeudalismo, sin duda no es la respuesta. Ambos sistemas son abarcadores y explotadores y tienen, por naturaleza, la capacidad de apropiarse de las innovaciones técnicas para sus propios fines. En el capitalismo, las criptomonedas están al servicio del capital financiero. En el tecnofeudalismo, fomentan e instigan la lógica de la acumulación de capital en la nube. Esto no significa que, en algún momento, la criptotecnología no resulte útil a los progresistas. Si algún día consiguiéramos socializar el capital en la nube y democratizar nuestras economías, las tecnologías de blockchain resultarán útiles. Pero antes de que nada de esto sea remotamente posible, debemos responder a la más acuciante de las preguntas: ¿cuál es la alternativa al tecnofeudalismo? Y si la socialdemocracia es imposible y lo cripto una falsa promesa, ¿cómo la construiremos?
Imaginar otra realidad
Una de las razones por las que nosotros, la izquierda, nos regodeamos en la derrota perpetua es nuestra incapacidad para responder a la pregunta crucial que una vez me hizo en un pub un hombre que se definía a sí mismo como «cockney de derechas», y que había oído que en el local había un socialista: «Si no te gusta lo que tenemos, ¿por qué lo sustituirías? ¿Cómo funcionaría? Soy todo oídos. ¡Convénceme!». Ni siquiera lo intenté. No sólo por el ruido que había en el abarrotado pub, que me impedía pensar, sino sobre todo porque no tenía una respuesta convincente. Me consoló que estaba en excelente compañía. Karl Marx, que no era precisamente un hombre falto de confianza en sí mismo o de imaginación, se negó a ir más allá de vagas referencias al socialismo o el comunismo que había vaticinado, y que quería que sustituyeran al imperio del capital. ¿Por qué? La excusa de Marx para no proponer un proyecto socialista fue inteligente: eso supera las capacidades de los intelectuales de clase media que trabajan en la sala de lectura de la Biblioteca Británica o charlan en sus elegantes salones. Es, más bien, el proletariado el que, mientras persigue sus intereses colectivos, debe crear y creará el socialismo —o eso decía Marx—. Hoy sabemos, tanto por la experiencia soviética como por la de Europa occidental con la socialdemocracia, que esto era una ilusión: en ninguna parte se ha dado un proyecto socialista que surja desde abajo. Pero ¿cuál era mi excusa? Inventarse el proyecto de una utopía realista es condenadamente difícil, por no decir arriesgado. Sin embargo, sin una respuesta convincente a esa pregunta trascendental, la posibilidad de reclutar a gente para la causa de recuperar nuestras mentes, nuestros cuerpos y el medioambiente seguirá siendo imposible. Unas semanas después del encuentro en el pub, me topé con la reseña de un libro que había escrito, el que está dirigido a tu nieta, sobre cómo funciona el capitalismo. Era de un rival político, el entonces ministro de Finanzas de Irlanda. Me sorprendió con algunas palabras amables para el libro pero, como era de esperar, fue mordaz con mi llamamiento al cambio sistémico: «Una exhortación a la creación de una “auténtica democracia” y a la propiedad colectiva de la tecnología y los medios de producción —decía— no encaja bien con su apreciación del espíritu empresarial y la iniciativa individual». Ay, pensé, tiene razón. Había llegado el momento de dejar de esconderme detrás de mi dedo meñique, como dice el proverbio griego, y detallar un proyecto para un sistema alternativo convincente que combinara la propiedad colectiva de los medios de producción, la libertad personal, el espacio para el pensamiento innovador y el progreso tecnológico y, también, una auténtica democracia. La tarea estaba clara, pero era abrumadora: tenía que explicar cómo funcionarían la producción, la distribución, la innovación, el uso del suelo, la vivienda, el dinero, los precios y muchas otras cosas en una sociedad que hubiera socializado la tierra y el capital, incluida la variedad algorítmica, impulsada por la IA y basada en la nube. Tendría que explicar cómo funcionarían el comercio internacional y los flujos monetarios. Qué implicaría la democracia y cómo operaría. Entre tú y yo, cuando me senté a escribir ese libro, que me parecía un deber que lindaba el purgatorio, mi estado de ánimo era de pánico. Tardé uno o dos días en darme por vencido. Todas las ideas que tenía sobre la gestión de las empresas o cómo debería emitirse el dinero chocaban de inmediato con mis propias objeciones, que eran muchas. Resultaba imposible avanzar. Entonces, tuve una epifanía. ¿Qué hace un autor si no está de acuerdo con lo que escribe? Mi respuesta fue hacer una novela poblada de personajes que representaban las diversas perspectivas que se atropellaban en mi mente para influirme. Al final, conseguí reducirlo a tres personajes: Eva, una antigua banquera de Wall Street, controlaría mi proyecto desde un punto de vista liberal y tecnocrático (una perspectiva que el mencionado ministro de Finanzas irlandés debería apreciar); Iris, una antropóloga jubilada, aportaría a la novela una perspectiva marxista-feminista que te habría encantado; y Costa, un brillante tecnólogo desilusionado por la experiencia de haber trabajado en las grandes tecnológicas, aclararía el papel del capital en la nube. Pero aún quedaba una cuestión por resolver. El tipo del pub quería saber cómo cambiaría su vida con mi sistema, aquí y ahora, con las tecnologías disponibles, con nuestro capital humano actual, con lo bueno y lo malo. En otras palabras, no se me permitía prever un futuro tecnológicamente más avanzado. Tampoco podía poblar mi sistema alternativo con personas mejores, más inteligentes o más amables que las personas que encontramos en el pub o frente al espejo de nuestro cuarto de baño. En resumen, mi proyecto tenía que estar escrito como si ya se hubiera puesto en práctica. Sin embargo, como la historia es relevante y todo lo que hacemos depende de decisiones previas, sería ridículo situarlo en 2020 —el año en que se publicaría el libro— sin explicar cómo había surgido. Es decir, necesitaba una historia alternativa y creíble de una revolución política y social ocurrida en algún momento del pasado. Para eso, elegí el año 2008 como el punto en el que esta historia alternativa divergía de la nuestra. En mi relato, imaginé lo que habría ocurrido si las protestas y rebeliones que surgieron tras la crisis —Occupy Wall Street, el movimiento de los indignados en España y las protestas en la plaza Syntagma de Atenas— hubieran tenido éxito. Aun así, me parecía importante que, de alguna manera, mis tres personajes mantuvieran un pie en el lado de la historia del lector —nuestra desastrosa realidad tecnofeudal—, desde el que evaluar y criticar el sistema alternativo que yo me estaba inventando. ¿Funcionaría? Las mentes que no se han contagiado de la ciencia ficción tal vez encontrarán esto absurdo, pero al haber malgastado —como bien sabes— parte de mi juventud inmerso en ella, donde los universos paralelos y los agujeros de gusano son habituales, la decisión estaba tomada: imaginaría dos realidades paralelas. Una, la nuestra, en la que vivimos el lector, Eva, Iris, Costa y yo. Y otra en la que versiones alternativas de nosotros habitan un mundo en el que el tecnofeudalismo ha sido sustituido por un socialismo basado en la tecnología. (En el libro me refiero a él como anarcosindicalismo, pero podría llamarse simplemente tecnodemocracia.) El drama se precipita cuando un invento de Costa abre un portal que permite la correspondencia escrita entre las dos realidades y posibilita que los personajes se describan unos a otros sus mundos alternativos. Mi respuesta al tipo del pub, al ministro de Finanzas irlandés, a cualquiera que quiera saber cuál es la alternativa al tecnofeudalismo que propongo, se encuentra en las páginas del libro resultante, Otra realidad: ¿cómo sería un mundo justo y una sociedad igualitaria? A continuación lo sintetizo, sin las diversas perspectivas, objeciones y debates de mis tres personajes, simplemente con breves impresiones sobre mi alternativa al tecnofeudalismo. ¿Estás listo para imaginar otra realidad?
Empresas democratizadas
Imagina una corporación en la que cada empleado tiene una única acción que recibe al ser contratado, del mismo modo que un estudiante recibe un carné de la biblioteca al matricularse en la universidad. Esta acción, que no se puede vender ni alquilar, otorga a cada empleado un único voto. Todas las decisiones —relacionadas con la contratación, los ascensos, la investigación, el desarrollo de productos, la fijación de precios, la estrategia— se adoptan de manera colectiva y los empleados ejercen su voto a través de la intranet de la empresa, que funciona como una asamblea permanente de accionistas. Sin embargo, la propiedad igualitaria no significa que la retribución sea la misma para todos. La remuneración se determina mediante un proceso democrático que divide los ingresos de la empresa después de impuestos en cuatro partes: una para cubrir los costes fijos de la empresa (por ejemplo, equipos, licencias, facturas de servicios básicos, alquileres y pagos de intereses), otra se reserva para I + D, con otra se paga la remuneración básica del personal y, por último, hay una parte para bonus. Una vez más, cómo se distribuyen estas cuatro partes se decide colectivamente, sobre la base de un voto por persona. Cualquier propuesta para aumentar una de las partes debe ir acompañada de otra propuesta para reducir el gasto de una o varias de las demás. Las que compiten entre sí se someten a una votación en la que los empleados-accionistas clasifican las propuestas en orden de preferencia mediante una papeleta electrónica. Si ninguna obtiene la mayoría absoluta de las primeras preferencias, se lleva a cabo un proceso de eliminación. El plan con el menor número de primeras preferencias queda eliminado, y sus votos se reasignan a la segunda preferencia del votante. Este sencillo proceso algorítmico se repite hasta que uno de los planes de negocio obtiene más de la mitad de los votos emitidos. Una vez determinada la cantidad de dinero que la empresa gastará en las distintas partes, la de la remuneración básica se divide por igual entre todo el personal — desde las personas contratadas hace poco como secretarios o limpiadores hasta los diseñadores o los ingenieros estrella de la empresa—. Lo cual deja abierta una pregunta importante: ¿cómo se decide la distribución de la parte de los bonus entre el personal? La respuesta es la siguiente: a través de una variante del sistema de votación que ha hecho famoso el Festival de Eurovisión, en el que cada país participante recibe un número determinado de puntos que puede asignar a las canciones de los demás países. Con esta intención, una vez al año, cada empleado recibe cien tokens digitales para repartir entre sus colegas. La idea es sencilla: la gente asigna estos tokens a los compañeros que cree que han aportado más durante el año anterior. Una vez distribuidos, el total del bonus se asigna proporcionalmente al número de tokens que cada empleado ha recibido de sus compañeros. El impacto de establecer un sistema de gobierno corporativo como éste sería equivalente a que un gran cometa se estrellara contra los cimientos del tecnofeudalismo. En el nivel más superficial, liberaría a los empleados de la tiranía de los directivos egoístas, pero a nivel estructural haría mucho más. En primer lugar, así hemos eliminado la distinción entre salarios y beneficios; la propiedad es colectiva y se ha acabado con la división de clases fundamental entre quienes tienen propiedades y obtienen beneficios o rentas y los que alquilan su tiempo por un salario. También hemos suprimido el mercado de acciones —únicamente los empleados pueden tener una acción de una empresa, y sólo una, que no se puede vender ni alquilar—, cortando así el cordón umbilical que une las finanzas y la especulación en el mercado de valores. De un plumazo, hemos puesto fin a la financiarización y destruido el capital de inversión. También es probable que hayamos eliminado la necesidad de tener reguladores cuyo trabajo sea dividir grandes corporaciones antes de que establezcan monopolios. Dado que resulta difícil gestionar la toma de decisiones colectiva en las empresas que superan cierto tamaño —digamos, de quinientas o más personas—, parece probable que los empleados- accionistas no quieran formar compañías de tal tamaño y que, en el caso de los conglomerados ya existentes, voten a favor de dividirlas en empresas más pequeñas. La mayoría de las personas que conozco, entre ellas varias generaciones de estudiantes a los que he dado clase, asumen que el capitalismo es lo mismo que los mercados. Que el socialismo implica el fin de los precios como señales para productores y consumidores. Nada más lejos de la realidad. Las empresas capitalistas son espacios de libre mercado en los que un proceso de no mercado extrae plusvalías de los empleados, que luego adoptan la forma de rentas, beneficios e intereses. Cuanto más grande sea la empresa y mayor el capital en la nube que emplea, mayores serán las rentas que extrae de una sociedad cuyos mercados, en consecuencia, funcionan mal. En cambio, las empresas democratizadas que propongo aquí, y en el libro Otra realidad, son más coherentes con unos mercados competitivos, que funcionan bien y en los que se forman precios que no están influidos por la lacra de la renta y la concentración del poder de mercado. En otras palabras, acabar con las empresas capitalistas, poniendo fin a los mercados de trabajo y de acciones, prepara el terreno para unos mercados de productos realmente competitivos y para un proceso de formación de precios que encienda el gran motor de la iniciativa empresarial y la innovación que el pensamiento convencional asocia, erróneamente, con el capitalismo. ¿Qué implicaría todo esto para los nubelistas? Los distintos Bezos, Zuckerberg y Musk despertarían y descubrirían que tienen una única acción de «su» empresa que les otorga un solo voto. En cada una de las cuestiones del día a día sobre las que tienen que tomar decisiones Amazon, Facebook, X o Tesla, tendrían que convencer a la mayoría de sus compañeros, igualmente empoderados, los empleados- accionistas. El control sobre el capital en la nube de la empresa, incluidos los todopoderosos algoritmos que constituyen su esencia, se democratizaría, al menos dentro de los límites de la empresa. Aun así, el poder del capital en la nube no sería menor —su naturaleza como medio de modificación del comportamiento producido no cambiaría—, por lo que una buena sociedad necesitaría protecciones adicionales frente a él. Una de estas protecciones sería una ley de responsabilidad social que estipulase que todas las empresas deberían obtener una nota de acuerdo con un índice de valor social, que elaborarían grupos de ciudadanos seleccionados al azar, el equivalente a un jurado, entre un grupo diverso formado por las partes interesadas: los clientes de la empresa, los miembros de las comunidades a las que afecta, etcétera. Si la calificación de una empresa está sistemáticamente por debajo de cierto umbral, una investigación pública podría llevar a dar de baja la empresa en el registro. Una segunda protección social, más pertinente aún, es la que proporciona el cese de los servicios «gratuitos». La experiencia nos ha enseñado lo que ocurre cuando los servicios se financian con la venta de la atención de los usuarios a terceros: convierte a los usuarios en siervos de la nube, cuyo trabajo mejora y reproduce el capital en la nube, intensificando aún más su control sobre nuestra mente y nuestro comportamiento. Para sustituir el engaño de los servicios gratuitos, nuestra realidad alternativa cuenta con una plataforma de micropagos, llamémosla «Un céntimo por tus pensamientos». Funciona un poco como el modelo de suscripción de Netflix, pero combinado con el principio de prestación universal del Servicio Nacional de Salud británico. Los desarrolladores de aplicaciones que necesitan nuestros datos tienen que pagar para obtener los de los usuarios que den su consentimiento, que están protegidos por una Carta de Derechos Digitales que garantiza a todo el mundo el derecho a elegir qué datos vender y a quién. La combinación de la plataforma de micropagos y la Carta de Derechos Digitales acaba, en la práctica, con el actual modelo del mercado de captación de la atención. Al mismo tiempo, cualquiera que utilice una aplicación paga al desarrollador por acceder a ella. Las cantidades son pequeñas para un particular, pero, si una aplicación cuenta con un gran número de usuarios, la suma sería elevada. ¿Impediría esto que algunas personas accedieran a servicios digitales que necesitan? No, por la forma en que funciona el dinero en este sistema alternativo.
Dinero democratizado
Imagina que el banco central da a todo el mundo un monedero digital gratuito; es decir, una cuenta bancaria gratuita. Para que la gente la utilice, se abona mensualmente un estipendio (o dividendo básico) en cada cuenta, lo que haría realidad la renta básica universal. El banco central va más allá y paga intereses a quienes trasladan el dinero de sus ahorros en bancos comerciales al nuevo monedero digital. Con el tiempo, se produciría un éxodo masivo, si no total, a medida que la gente trasladara sus ahorros de los bancos privados a este nuevo sistema público digital de pagos y ahorros. ¿Requeriría esto que el banco central acuñara grandes cantidades de dinero? Sí, habrá que imprimir el dinero de los estipendios, pero se hará a un ritmo que no supere las cantidades que los bancos centrales han estado acuñando desde 2008 para apoyar a los inestables bancos privados. En cuanto al resto del dinero, ya ha sido acuñado por los bancos privados. Lo que ocurre es que éste migra del inseguro balance de los bancos privados al balance seguro del banco central. A medida que las personas y las empresas empiezan a pagarse unas a otras utilizando este sistema, el dinero permanece en el balance del banco central, pasando de una parte a otra de éste con cada transacción, en lugar de estar a disposición de los banqueros y sus accionistas para que jueguen con él. Así, los bancos centrales dejan de ser siervos obedientes de los banqueros privados y se convierten en algo parecido a un bien comunal monetario. Para supervisar sus operaciones, incluidas la cantidad de dinero que hay en el sistema y la privacidad de las transacciones personales, el banco central responde ante un Jurado de Supervisión Monetaria, compuesto por ciudadanos elegidos al azar y expertos procedentes de una amplia gama de profesiones. ¿Qué ocurre con la inversión? En este sistema puedes prestar tus ahorros a una start-up o a una empresa madura, pero no comprar una parte de ninguna empresa, ya que el único criterio para distribuir las acciones es el de una acción por empleado. En cambio, puedes prestar tus ahorros directamente, bien utilizando tu monedero digital del banco central o a través de un intermediario, aunque con una condición crucial: ese intermediario no puede crear dinero de la nada, como hacen ahora los bancos cuando conceden un préstamo, sino que debe entregar fondos ya existentes de ahorradores reales. ¿Y los impuestos? Recuerda que hay tres tipos de ingresos. El primero, los dividendos básicos que el banco central abona en los monederos digitales de los ciudadanos. El segundo, los ingresos procedentes del trabajo en las empresas democratizadas, compuestos por el salario base y los bonus. El tercero, los intereses que el banco central o los intermediarios privados pagan a los ahorradores. Ninguno de estos ingresos está sujeto a tributos. Tampoco hay impuestos sobre las ventas, ni IVA ni nada por el estilo. Entonces, ¿cómo se financia el Estado? Las empresas pagan un impuesto fijo sobre todos los ingresos, por ejemplo, el 5 por ciento. Fíjate que se aplica sobre los ingresos totales, no sobre los beneficios, para impedir los infinitos trucos contables que disfrazan los gastos como costes para reducir los ingresos imponibles de las empresas. Los otros impuestos que hay, que se aplican a los terrenos y los edificios comerciales, los abordaré más adelante. Por lo que respecta al comercio y a los pagos internacionales, un nuevo sistema financiero internacional garantiza transferencias continuas de riqueza al sur global, al tiempo que restringe la clase de desequilibrios comerciales y financieros que inflan burbujas y provocan crisis financieras. La idea es que todo el comercio y todos los movimientos de dinero entre distintas jurisdicciones monetarias —por ejemplo, el Reino Unido, Alemania, China y Estados Unidos— se denominen en una nueva unidad contable digital internacional, a la que he llamado «kosmos». Si el valor en kosmos de las importaciones de un país supera al de sus exportaciones, se le cobra una «tasa de desequilibrio» proporcional a su déficit comercial. Del mismo modo, si las exportaciones de un país superan sus importaciones, se le cobra la misma tasa proporcional a su superávit comercial. Esto elimina la motivación mercantilista que lleva a un país a extraer constantemente valor de otro, vendiéndole bienes por un valor superior al de los bienes que importa de ese otro país y, después, prestándole el dinero para que siga comprándole; una forma de financiación de los vendedores que coloca al país más débil en una servidumbre de deuda permanente. Mientras tanto, una segunda «tasa de incremento» se carga en la cuenta en kosmos de un país cada vez que sale demasiado dinero de sus fronteras o entra a través de ellas. Durante décadas, los países en desarrollo se vieron perjudicados cuando el dinero «inteligente», tras detectar un crecimiento económico futuro (por ejemplo, en Corea del Sur, Tailandia o algunos países africanos), se apresuraba a comprar tierras y empresas antes de que subieran de precio. Al aumentar las entradas de dinero, el precio del suelo y las empresas se disparaba y se creaban falsas expectativas sobre el nivel de crecimiento, con lo que se inflaban las burbujas. Cuando éstas estallaban, como siempre ocurre, el dinero «inteligente» salía del país más rápido de lo que había entrado, dejando tras de sí vidas y economías arruinadas. Por lo tanto, el objetivo de la tasa de incremento es gravar estos movimientos de dinero especulativos para evitar daños innecesarios a los países más débiles. Los ingresos de estas dos tasas se utilizarían para financiar inversiones verdes directas en el sur global. El sistema de una acción y un voto por cada empleado tiene consecuencias revolucionarias: acaba con los mercados de trabajo y de acciones y con el imperio del capital, democratiza los lugares de trabajo y reduce orgánicamente el tamaño de los conglomerados. La reconfiguración del balance del banco central como sistema habitual de pago y ahorro tiene efectos igualmente revolucionarios: sin prohibir los bancos privados, les quita sus privilegios y nos libera de la dependencia que tenemos de ellos para hacer pagos o guardar los ahorros. Además, la provisión de un dividendo básico revoluciona la manera en que pensamos en el trabajo, el tiempo y el valor, y nos libera de la opresiva ecuación moral que relaciona la virtud con el trabajo remunerado penoso. Por último, el sistema del kosmos equilibra las fluctuaciones internacionales de bienes y dinero e impide que las economías más poderosas exploten a las más débiles, mientras financia inversiones verdes en las partes del mundo que más las necesitan. Éstos son los pilares fundamentales de una economía liberada de la tiranía del capital y que, por lo tanto, niega al tecnofeudalismo el punto de apoyo que necesita para controlarnos. La pregunta que surge ahora es: ¿cómo, exactamente, liberamos nuestras sociedades de la tiranía de la renta; tanto de la antigua renta del suelo, que sobrevivió a la victoria del capitalismo sobre el feudalismo, como de la renta de la nube en la que se basa el tecnofeudalismo?
La nube y la tierra como bienes comunales
El café está casi listo. El portátil se está iniciando. Poco después, con la taza de café en la mano, hojeas las noticias de la mañana en una web gestionada desde la biblioteca de tu barrio. La primera noticia se refiere a un referéndum local que se celebrará en breve, la segunda llega desde Brasil y aborda la lucha para compensar a los pueblos indígenas por décadas de talas ilegales, la tercera cuenta un debate entre los actuales miembros del Jurado de Supervisión Monetaria sobre si el banco central debería bajar el tipo de interés que reciben los ahorradores, o bien aumentar el dividendo básico de todo el mundo. Es un poco árido para tu gusto, así que, con cuidado de evitar las páginas de deportes, pinchas en tu sección favorita, la dedicada a la arqueología, que investigadores de todo el mundo actualizan constantemente. Ah, ¡esto sí te apasiona! Las noticias que se actualizan en la pantalla y las secciones adjuntas son recopiladas por un algoritmo que calibra y mantiene el centro local de medios de comunicación públicos, que a su vez es propiedad de tu municipio, aunque está controlado por personas locales seleccionadas mediante una combinación de sorteo y selección. A veces te aburres de esas noticias y pasas a un mapamundi digital lleno de puntos que representan otros centros de medios públicos locales a cuyas noticias puedes acceder con un clic. Cada vez que visitas un centro de medios que no es de tu zona, de tu cuenta en el banco central sale un pequeño pago que ayuda a financiar a las personas que te ofrecen una ventana a su mundo; sin anuncios, sin algoritmos que modifiquen el comportamiento. En cuanto a estos pequeños pagos, son insignificantes en comparación con el dividendo básico que te ingresa mensualmente el banco central. Además, pagarlo te hace sentir bien. Te hacen partícipe —a ti y a todos los demás— de la civilización. Te ofrecen una ventana privilegiada al mundo, a centros de medios de comunicación cooperativos esparcidos por todo el planeta que se esfuerzan al máximo por ofrecer «información buena, diversa y apasionante, conocimiento y un toque de sabiduría», como se anuncia en tu medio de comunicación local. La taza de café está vacía, y es hora de ir a trabajar. Abres la aplicación de viajes de tu teléfono, que el ayuntamiento facilita, y pulsas en «trabajo». Aparece una lista de las tarifas que ofrecen varias cooperativas de conductores, además de información sobre dónde y cuándo coger el autobús o el tren más cercano. Te acuerdas, con un breve escalofrío, de los días de Uber y Lyft, aquellos feudos en la nube que explotaban el trabajo de los conductores —convirtiéndolos en proletarios de la nube— y los datos de los pasajeros —lo que te convertía a ti en un siervo de la nube—. Ese mal recuerdo se disipa cuando te dices que ahora los conductores- propietarios y el personal del transporte público controlan los algoritmos, y no al revés. Y sales, contento y con energía, porque ya no eres el empleado de una empresa capitalista, propiedad de sociedades pantalla opacas y que te trataba como a un cruce de robot y carne de cañón humana. La vida sigue siendo un campo minado de preocupaciones, sobre todo porque puede que hayamos destrozado el clima de forma irreparable, pero al menos el trabajo no destruye sistemáticamente el alma. En el trabajo, tienes una aplicación en tu teléfono que te da acceso a todo tipo de votaciones en las que participan los accionista-empleados, en las que a veces votas y a veces decides no hacerlo. Si tienes una idea para una nueva forma de hacer las cosas o un nuevo producto, la publicas en el tablón de ideas de la empresa y esperas a ver quién, entre tus compañeros, quiere trabajar contigo para desarrollarla. Si nadie lo hace, puedes seguir adelante y volver a publicar la idea cuando esté más desarrollada. Las cosas no son perfectas. La naturaleza humana siempre encuentra la manera de estropear incluso el mejor de los sistemas. Tus compañeros, si suman una mayoría, pueden votar para que te despidan. Pero ahora el ambiente de trabajo es de responsabilidad compartida, lo que reduce el estrés y crea un entorno en el que es más probable que el respeto mutuo prospere. De camino a casa, cuando el taxi sale de la zona comercial, tu memoria retrocede a los tristes tiempos en los que, para tener un lugar donde vivir, la gente debía elegir entre la servidumbre de una hipoteca y el alquiler; entre la vida en poder del banquero o del casero; entre unos tipos hipotecarios abusivos y unos alquileres voraces. Ahora, cada región está gestionada por una Asociación Municipal que supervisa la división del suelo entre zonas comerciales y sociales, de modo que las rentas recaudadas en las primeras financian la provisión de viviendas sociales en las segundas. Como es habitual, las personas que ejercen alguna función en la Asociación Municipal se seleccionan al azar, con la ayuda de un algoritmo que garantiza una representación equitativa de los diferentes grupos y comunidades del municipio. La vivienda ya no es una fuente constante de preocupación, sino un lugar en el que sientes que puedes echar raíces a largo plazo. Dejo que seas tú el que imagine el resto de tu vida en esta realidad alternativa mientras explico un poco más uno de sus aspectos más cruciales: la propiedad de la tierra y los bienes, que es el más antiguo de los cimientos tanto del sistema feudal como del capitalista, y el reparto del poder. La clave del sistema de cobro de alquileres en la zona comercial es un Programa de Subalquiler por Subasta Permanente (PSSP), un mecanismo diseñado para garantizar que las comunidades extraen la máxima renta posible de sus zonas comerciales, que luego invierten en las zonas sociales. El PSSP funciona un poco como el famoso truco para repartir equitativamente un pastel entre dos personas: una corta y la otra elige. Con el mismo espíritu, el PSSP crea una subasta permanente que enfrenta a los actuales inquilinos de un espacio comercial con los posibles inquilinos futuros. Una vez al año, el inquilino actual de la zona comercial debe acudir al PSSP y presentar una valoración de la propiedad teniendo en cuenta dos reglas. Primero, el PSSP calculará el alquiler mensual como una parte fija del valor de mercado autodeclarado —sin auditorías ni burocracia, regateos o agentes inmobiliarios—. Estupendo, ¿verdad? Pero aquí viene la segunda regla: cualquiera puede, en cualquier momento futuro, ir al PSSP y ofrecer una valoración más alta, en cuyo caso el inquilino actual debe irse y el nuevo entra en seis meses. Esta segunda regla garantiza que existen incentivos para declarar una valoración lo más veraz y precisa posible. Si se exagera la valoración real, el ocupante acabará pagando un alquiler más alto de lo que vale la propiedad. Y si la infravalora, es más probable que acabe arrepintiéndose de su valoración: en el momento en que alguien ofrezca un valor más alto, más ajustado a su verdadera valoración, lo echará. Lo bueno del PSSP es que la Asociación Municipal no tiene que fijar los alquileres de la zona comercial. Su primera tarea consiste en decidir qué terrenos y edificios se asignan a las zonas comerciales y cuáles a las sociales. Si reserva demasiada superficie para las zonas sociales, tendrá menos dinero para invertir en ellas. Y, al contrario, ampliar las zonas comerciales implica menos espacio para viviendas e iniciativas sociales. Una vez que ha decidido cómo resolver este trade off, le espera la segunda tarea, más difícil: definir los criterios para asignar las viviendas sociales, sobre todo las más deseables. Éste es el hueso más duro de roer. Por eso es tan importante quién forma parte de la Asociación Municipal. Una Asociación Municipal electa sustituiría la tiranía de la propiedad de la tierra por la tiranía de los sistemas electorales, que tienen una propensión intrínseca a engendrar jerarquías poderosas. Los antiguos demócratas atenienses, que eran conscientes de esto, se opusieron a las elecciones y las sustituyeron por sorteos —la idea en la que se basa el sistema de jurado occidental—. Si hay algo que pueda recrear las tierras comunales en una sociedad tecnológicamente avanzada, sin duda es una Asociación Municipal compuesta por vecinos elegidos al azar. El mismo principio se amplía, más allá de los municipios y las regiones, al gobierno de la nación, que se lleva a cabo con la ayuda de una Asamblea de Ciudadanos de ámbito nacional. Compuesta por ciudadanos de todo el país elegidos al azar, funciona como un banco de pruebas de ideas, políticas y legislaciones. La deliberación de sus miembros ayuda a determinar los proyectos de ley que el Parlamento debate y aprueba posteriormente. El demos, por fin, ha vuelto a la democracia.
Una rebelión en la nube para derrocar el tecnofeudalismo
A lo largo de este libro he descrito el sistema que, en mi opinión, está sustituyendo al capitalismo y que, de hecho, en muchos contextos, ya lo ha hecho: un sistema que yo llamo tecnofeudalismo. Siempre que he planteado este argumento con anterioridad, la izquierda lo ha recibido con consternación e incluso enfado. Lo cual es comprensible: cualquiera que halle consuelo, como solías hacer tú, papá, en la creencia de que el destino del capitalismo es ser sustituido por el socialismo, como Marx predijo que ocurriría, se sentirá desanimado y abatido por el hecho de que haya llegado el post-capitalismo pero no el socialismo. Y por el hecho de que, además, el sistema que lo ha sustituido sea aún peor. Pero hay otra razón más preocupante que explica esa reacción de la gente de izquierdas. En una ocasión, un activista marxista me lo dijo de manera admirable: «Yanis, si tienes razón y la explotación tiene lugar más allá de los límites de la empresa capitalista —dijo con una sinceridad encantadora—, entonces ¡organizar al proletariado nunca será suficiente!». Éste es precisamente mi argumento. No sugiero que haya dejado de ser necesario que los trabajadores de las fábricas, los maquinistas, los profesores y las enfermeras se organicen. Lo que digo es que eso no es en absoluto suficiente. En un mundo cada vez más dominado por el capital en la nube, que se produce en gran medida gracias al trabajo gratuito de siervos de la nube que no reciben un sueldo, la organización del proletariado —y del precariado — no va a detenerlo. Para tener alguna posibilidad de derrocar al tecnofeudalismo y de que el demos vuelva a la democracia, es necesario reunir no sólo al proletariado tradicional y al de la nube, sino a los siervos de la nube y, además, al menos a algunos capitalistas vasallos. Únicamente una gran coalición que los incluya a todos puede debilitar lo bastante el tecnofeudalismo. Tal vez parezca una tarea difícil, y lo es. Pero la resistencia al poder exorbitante del capital siempre lo ha sido. Cuando pienso en lo que costaba organizar un sindicato en el siglo XIX me estremezco. Los obreros, los mineros, los estibadores, los esquiladores y los costureros se enfrentaban a los golpes de la policía montada y a la violencia de matones contratados por los capitalistas. Y se enfrentaban, sobre todo, a la pérdida de su empleo en una época en la que renunciar a un jornal significaba que sus familias pasaran hambre. Incluso cuando conseguían llevar a cabo una huelga con éxito, el aumento salarial que conseguían se compartía con quienes no habían ido a la huelga, lo que pesaba aún más en contra de movilizarse. Y con todo, se movilizaban. Lo hicieron contra toda lógica, sabiendo que podían sufrir enormes pérdidas personales a cambio de pequeños e inciertos beneficios compartidos. El tecnofeudalismo levanta una nueva gran barrera que impide la movilización contra él. Pero también confiere un nuevo gran poder a quienes se atreven a soñar con una coalición que lo derribe. La nueva gran barrera es el aislamiento físico entre los siervos de la nube y los proletarios de la nube. Interactuamos con el capital en la nube, y estamos sometidos a él, a través de nuestras pantallas personales, nuestros teléfonos móviles, los dispositivos digitales que supervisan y controlan a los trabajadores de los almacenes de Amazon. La acción colectiva es más difícil cuando las personas tienen menos oportunidades de reunirse. Pero ahí reside el gran poder que el capital en la nube confiere a los potenciales rebeldes: la capacidad de crear coaliciones, organizarse y actuar a través de la nube. En sus inicios, una de las promesas de Twitter era que permitía la movilización de las masas. Desde la Primavera Árabe hasta el Black Lives Matter, hemos visto el grado en que esa promesa se ha cumplido. Pero no estoy hablando sólo de una movilización a través de la nube, sino de acciones que podrían llevarse a cabo utilizando los sistemas y las tecnologías de la nube. En Otra realidad imaginé un movimiento global dirigido contra las empresas nubelistas, empezando por Amazon. Imagina una coalición internacional de sindicatos que pidiera a los trabajadores de los almacenes de Amazon de todo el mundo que no fueran a trabajar durante un día. Por sí sola, esta acción es insuficiente. No lo sería si una campaña más amplia convence a un número suficiente de usuarios y clientes de todo el mundo para que no visiten la página web de Amazon durante ese día, para rechazar su condición de siervos o vasallos durante ese breve tiempo. Los inconvenientes personales que conllevaría serían insignificantes, pero su efecto acumulativo resultaría notable. Aunque su éxito fuera moderado y causara, por ejemplo, una disminución del 10 por ciento en los ingresos habituales de Amazon, mientras la huelga en los almacenes de Amazon provocara la interrupción de las entregas durante veinticuatro horas, esa iniciativa podría ser suficiente para hacer caer el precio de las acciones de Amazon de una manera que ninguna acción sindical tradicional podría lograr. Así es como los proletarios y los siervos de la nube pueden unirse eficazmente. Es lo que yo llamo movilización en la nube. La belleza de la movilización en la nube es que cuestiona el cálculo que suele regir la acción colectiva. En lugar de un máximo sacrificio personal para obtener un beneficio colectivo mínimo, ahora tenemos lo contrario: un sacrificio personal mínimo que genera enormes beneficios colectivos y personales. Esta inversión puede allanar el camino hacia una coalición de siervos y proletarios de la nube lo bastante grande para alterar el control que ejercen los nubelistas sobre miles de millones de personas. Por supuesto, las acciones de este tipo contra una e incluso varias grandes empresas nubelistas no serán suficientes. La rebelión en la nube que imagino tendrá que reclutar para su causa a muchas personas muy diversas —entre ellas, por ejemplo, a aquellas a las que las facturas de agua y energía les quitan el sueño—. Podrían utilizarse unas huelgas de pago inteligentemente planeadas y dirigidas para provocar una caída equivalente del precio de las acciones y los derivados de las empresas privadas de servicios públicos. Si se programan bien, estas pacíficas huelgas de guerrilla pueden hacer mucho daño a la influencia política y económica de los conglomerados, cuyo destino está cada vez más unido al de las finanzas en la nube. La rebelión también podría recabar apoyo internacional si, por ejemplo, recurriera a boicots al consumo en Estados Unidos dirigidos contra una empresa que está recortando su personal en Nigeria o destruye las reservas naturales del Congo. Otra campaña podría consistir en invitar a que, desde todo el mundo, se nominara a las empresas con el peor historial de contratos de cero horas o remuneraciones bajas, de grandes huellas de carbono o malas condiciones laborales, o a aquellas que tienen la costumbre de reducir su plantilla para aumentar el precio de las acciones —y luego organizan una retención masiva de las aportaciones a los fondos de pensiones que poseen acciones en esas empresas—. El mero anuncio de que un fondo de pensiones es el objetivo bastaría para provocar un desplome de sus acciones y un éxodo de inversores preocupados por los fondos patrimoniales relacionados con él. Inspirado por Wikileaks, en Otra realidad imaginé a un grupo de rebeldes que creaba y subía virus digitales cuyo objetivo era, simplemente, la transparencia: rastrear y revelar al mundo las conexiones digitales ocultas entre los nubelistas, los organismos gubernamentales y los agentes dañinos, como las empresas de combustibles fósiles. No sé si esto es posible, ni cómo se haría, pero estoy convencido de que si de alguna manera estas instituciones supieran que hay miles de millones de ojos observando sus acciones y movimientos, se paralizarían, y, a medida que a esos miles de millones de ojos se les cayera la venda, la coalición reuniría más aliados y apoyos. Nada de esto es fácil ni inevitable. Pero ¿acaso es más difícil o menos probable que las aspiraciones de los mineros, los costureros y los estibadores del siglo XIX, aquellas por las que sacrificaron sus vidas? La nube quita, aunque también da a aquellos que desean recuperar la libertad y la democracia. Depende de ellos, de nosotros, decidir y demostrar si hace una cosa o la otra.
Volviendo a tu pregunta, una última vez
Tu yo joven tenía razón. El capital de inversión, hipotetizaste en los años cuarenta, sólo puede ser propiedad de unos pocos. Mientras su propiedad sea privada, la concentración será inherente a él. Pero el capital concentrado implica un poder concentrado. Lo que significa que, a menos que la sociedad se haga cargo del capital, todo es inútil: la libertad, la autonomía, la socialdemocracia, la democracia liberal; todas ellas palabras vacías para embellecer y adornar una inevitable tiranía del capital. Cuando en 1981 los socialistas ganaron las elecciones generales griegas con una victoria aplastante, te alegraste de que ya no tuviéramos que temer a la policía secreta. Sin embargo, mientras todo el mundo a tu alrededor se embriagaba con el espíritu del momento, tú seguiste siendo desafiantemente pesimista. Sin un trabajo democratizador, insistías, la socialdemocracia es imposible, por muy bienintencionados o inteligentes que sean los socialdemócratas en el gobierno. La historia te dio la razón, aunque no de una forma que te complaciera. Nuestra mayor derrota no fue, por supuesto, el fracaso de la socialdemocracia en Grecia o en cualquier otro lugar. Fue el fracaso del experimento soviético, el único intento a gran escala para someter el capital al control de la sociedad. Produjo innovaciones relevantes, tanto en ciencia como en tecnología, pero el sistema soviético de planificación centralizada no consiguió que funcionaran al servicio de la gente. Varias décadas antes de que lo hicieran Google o Amazon, los científicos soviéticos inventaron una cibernética con el potencial de coordinar automáticamente las preferencias y los esfuerzos de las personas. Sin embargo, el sistema soviético, impuesto desde arriba, no fue capaz de explotarla en beneficio de la sociedad a la que debía servir. Y así, un terrible autoritarismo y el arduo trabajo diario condujeron a la derrota total en 1991. Más tarde, el capital de inversión pudo dedicarse a arrasar a escala global sin traba alguna, lo que culminó en el crac de 2008 y el surgimiento de su mutación más formidable: un capital basado en la nube con un poder monstruoso para usurpar las mentes y los mercados. Gracias a los interminables fondos de los bancos centrales con los que los nubelistas han construido sus imperios, ahora todos estamos, como el Movatar de Stelarc, conectados a los circuitos del tecnofeudalismo. Así que aquí tienes, papá, la respuesta a tu pregunta. Hay una noticia buena y otra mala. La mala es que internet engendró una forma de capital que mató al capitalismo y lo sustituyó por algo mucho peor. La buena es que ahora tenemos a nuestra disposición herramientas que ni los soviéticos ni los socialdemócratas reformistas tuvieron nunca y con las que podríamos restablecer unos bienes comunales nuevos. En resumen, vivimos bajo una nueva forma de servidumbre, pero tenemos en nuestras manos una oportunidad de oro, hasta ahora inexistente, para hacer realidad tu sueño de un comunismo tranquilo, que surja desde abajo y maximice la libertad. ¿Qué probabilidades hay de que lo aprovechemos? Ojalá lo supiera. Aunque, por otra parte, ¿acaso en, por ejemplo, 1776, las personas como nosotros podían imaginar de manera realista el sufragio universal o la abolición de la esclavitud? Lo que sí sé es lo que tú y Hesíodo me enseñasteis: nuestro extraordinario talento para las revoluciones tecnológicas nos impide quedarnos quietos. Hace que experimentemos violentamente las contradicciones y las decisiones que conllevan. Nos estamos acercando con rapidez a una bifurcación en la que nuestro camino nos llevará, o bien a un mundo que se parecerá al de Star Trek, en el que las máquinas contribuyen a que seamos mejores, o bien a una distopía como la de Matrix, en la que los humanos son un mero combustible que alimenta un imperio de máquinas. Estoy seguro de que, a la mayoría de las personas, la barbarie, el apocalipsis climático o la distopía de Matrix les parecen mucho más probables que cualquier desenlace positivo. Por otro lado, siempre que la gente ha pensado que estaba garantizado un buen desenlace —pienso en tus camaradas del campo de prisioneros que creían que los esperaba un comunismo redentor a la vuelta de la esquina—, se ha acabado sufriendo una derrota o un nuevo tipo de tiranía. Tú, en cambio, soportaste las privaciones de aquel campo de prisioneros a pesar de que albergabas profundas dudas, en vez de las certezas de tus camaradas. Hoy, nosotros debemos hacer lo mismo. Mientras exista la más remota posibilidad de que triunfe una rebelión en la nube, nuestra única posibilidad de lograr una vida buena —la eudaimonia, o el florecimiento, que Aristóteles creía que era nuestro fin último— es esperar y actuar sin la menor garantía. Como mínimo, no tenemos menos motivos de los que tenías tú para perseverar en aquel infierno del campo de prisioneros. Como es bien sabido, Marx describió nuestra condición bajo el capitalismo como de «alienación», porque no somos propietarios de los productos de nuestro trabajo y no tenemos capacidad de decisión sobre cómo se hacen las cosas. En el tecnofeudalismo dejamos de ser dueños de nuestras mentes. Cada proletario se convierte en un proletario de la nube durante las horas de trabajo y en un siervo de la nube el resto del tiempo. Cada esforzado autónomo se transforma en vasallo de la nube, y cada perseverante autónomo se convierte en siervo de la nube. Aunque la privatización y el capital de inversión acaparan toda la riqueza física que nos rodea, el capital en la nube se dedica a acaparar nuestro cerebro. Para que cada uno podamos poseer nuestra mente individualmente, debemos poseer colectivamente el capital en la nube. Sólo así lograremos que nuestros artefactos basados en la nube pasen de ser un medio de modificación del comportamiento producido a un medio de colaboración y emancipación humanas producido. Siervos de la nube, proletarios de la nube y vasallos de la nube del mundo, ¡uníos! No tenemos nada que perder, excepto las cadenas que aprisionan nuestra mente.
Imaginar otra realidad
Una de las razones por las que nosotros, la izquierda, nos regodeamos en la derrota perpetua es nuestra incapacidad para responder a la pregunta crucial que una vez me hizo en un pub un hombre que se definía a sí mismo como «cockney de derechas», y que había oído que en el local había un socialista: «Si no te gusta lo que tenemos, ¿por qué lo sustituirías? ¿Cómo funcionaría? Soy todo oídos. ¡Convénceme!». Ni siquiera lo intenté. No sólo por el ruido que había en el abarrotado pub, que me impedía pensar, sino sobre todo porque no tenía una respuesta convincente. Me consoló que estaba en excelente compañía. Karl Marx, que no era precisamente un hombre falto de confianza en sí mismo o de imaginación, se negó a ir más allá de vagas referencias al socialismo o el comunismo que había vaticinado, y que quería que sustituyeran al imperio del capital. ¿Por qué? La excusa de Marx para no proponer un proyecto socialista fue inteligente: eso supera las capacidades de los intelectuales de clase media que trabajan en la sala de lectura de la Biblioteca Británica o charlan en sus elegantes salones. Es, más bien, el proletariado el que, mientras persigue sus intereses colectivos, debe crear y creará el socialismo —o eso decía Marx—. Hoy sabemos, tanto por la experiencia soviética como por la de Europa occidental con la socialdemocracia, que esto era una ilusión: en ninguna parte se ha dado un proyecto socialista que surja desde abajo. Pero ¿cuál era mi excusa? Inventarse el proyecto de una utopía realista es condenadamente difícil, por no decir arriesgado. Sin embargo, sin una respuesta convincente a esa pregunta trascendental, la posibilidad de reclutar a gente para la causa de recuperar nuestras mentes, nuestros cuerpos y el medioambiente seguirá siendo imposible. Unas semanas después del encuentro en el pub, me topé con la reseña de un libro que había escrito, el que está dirigido a tu nieta, sobre cómo funciona el capitalismo. Era de un rival político, el entonces ministro de Finanzas de Irlanda. Me sorprendió con algunas palabras amables para el libro pero, como era de esperar, fue mordaz con mi llamamiento al cambio sistémico: «Una exhortación a la creación de una “auténtica democracia” y a la propiedad colectiva de la tecnología y los medios de producción —decía— no encaja bien con su apreciación del espíritu empresarial y la iniciativa individual». Ay, pensé, tiene razón. Había llegado el momento de dejar de esconderme detrás de mi dedo meñique, como dice el proverbio griego, y detallar un proyecto para un sistema alternativo convincente que combinara la propiedad colectiva de los medios de producción, la libertad personal, el espacio para el pensamiento innovador y el progreso tecnológico y, también, una auténtica democracia. La tarea estaba clara, pero era abrumadora: tenía que explicar cómo funcionarían la producción, la distribución, la innovación, el uso del suelo, la vivienda, el dinero, los precios y muchas otras cosas en una sociedad que hubiera socializado la tierra y el capital, incluida la variedad algorítmica, impulsada por la IA y basada en la nube. Tendría que explicar cómo funcionarían el comercio internacional y los flujos monetarios. Qué implicaría la democracia y cómo operaría. Entre tú y yo, cuando me senté a escribir ese libro, que me parecía un deber que lindaba el purgatorio, mi estado de ánimo era de pánico. Tardé uno o dos días en darme por vencido. Todas las ideas que tenía sobre la gestión de las empresas o cómo debería emitirse el dinero chocaban de inmediato con mis propias objeciones, que eran muchas. Resultaba imposible avanzar. Entonces, tuve una epifanía. ¿Qué hace un autor si no está de acuerdo con lo que escribe? Mi respuesta fue hacer una novela poblada de personajes que representaban las diversas perspectivas que se atropellaban en mi mente para influirme. Al final, conseguí reducirlo a tres personajes: Eva, una antigua banquera de Wall Street, controlaría mi proyecto desde un punto de vista liberal y tecnocrático (una perspectiva que el mencionado ministro de Finanzas irlandés debería apreciar); Iris, una antropóloga jubilada, aportaría a la novela una perspectiva marxista-feminista que te habría encantado; y Costa, un brillante tecnólogo desilusionado por la experiencia de haber trabajado en las grandes tecnológicas, aclararía el papel del capital en la nube. Pero aún quedaba una cuestión por resolver. El tipo del pub quería saber cómo cambiaría su vida con mi sistema, aquí y ahora, con las tecnologías disponibles, con nuestro capital humano actual, con lo bueno y lo malo. En otras palabras, no se me permitía prever un futuro tecnológicamente más avanzado. Tampoco podía poblar mi sistema alternativo con personas mejores, más inteligentes o más amables que las personas que encontramos en el pub o frente al espejo de nuestro cuarto de baño. En resumen, mi proyecto tenía que estar escrito como si ya se hubiera puesto en práctica. Sin embargo, como la historia es relevante y todo lo que hacemos depende de decisiones previas, sería ridículo situarlo en 2020 —el año en que se publicaría el libro— sin explicar cómo había surgido. Es decir, necesitaba una historia alternativa y creíble de una revolución política y social ocurrida en algún momento del pasado. Para eso, elegí el año 2008 como el punto en el que esta historia alternativa divergía de la nuestra. En mi relato, imaginé lo que habría ocurrido si las protestas y rebeliones que surgieron tras la crisis —Occupy Wall Street, el movimiento de los indignados en España y las protestas en la plaza Syntagma de Atenas— hubieran tenido éxito. Aun así, me parecía importante que, de alguna manera, mis tres personajes mantuvieran un pie en el lado de la historia del lector —nuestra desastrosa realidad tecnofeudal—, desde el que evaluar y criticar el sistema alternativo que yo me estaba inventando. ¿Funcionaría? Las mentes que no se han contagiado de la ciencia ficción tal vez encontrarán esto absurdo, pero al haber malgastado —como bien sabes— parte de mi juventud inmerso en ella, donde los universos paralelos y los agujeros de gusano son habituales, la decisión estaba tomada: imaginaría dos realidades paralelas. Una, la nuestra, en la que vivimos el lector, Eva, Iris, Costa y yo. Y otra en la que versiones alternativas de nosotros habitan un mundo en el que el tecnofeudalismo ha sido sustituido por un socialismo basado en la tecnología. (En el libro me refiero a él como anarcosindicalismo, pero podría llamarse simplemente tecnodemocracia.) El drama se precipita cuando un invento de Costa abre un portal que permite la correspondencia escrita entre las dos realidades y posibilita que los personajes se describan unos a otros sus mundos alternativos. Mi respuesta al tipo del pub, al ministro de Finanzas irlandés, a cualquiera que quiera saber cuál es la alternativa al tecnofeudalismo que propongo, se encuentra en las páginas del libro resultante, Otra realidad: ¿cómo sería un mundo justo y una sociedad igualitaria? A continuación lo sintetizo, sin las diversas perspectivas, objeciones y debates de mis tres personajes, simplemente con breves impresiones sobre mi alternativa al tecnofeudalismo. ¿Estás listo para imaginar otra realidad?
Empresas democratizadas
Imagina una corporación en la que cada empleado tiene una única acción que recibe al ser contratado, del mismo modo que un estudiante recibe un carné de la biblioteca al matricularse en la universidad. Esta acción, que no se puede vender ni alquilar, otorga a cada empleado un único voto. Todas las decisiones —relacionadas con la contratación, los ascensos, la investigación, el desarrollo de productos, la fijación de precios, la estrategia— se adoptan de manera colectiva y los empleados ejercen su voto a través de la intranet de la empresa, que funciona como una asamblea permanente de accionistas. Sin embargo, la propiedad igualitaria no significa que la retribución sea la misma para todos. La remuneración se determina mediante un proceso democrático que divide los ingresos de la empresa después de impuestos en cuatro partes: una para cubrir los costes fijos de la empresa (por ejemplo, equipos, licencias, facturas de servicios básicos, alquileres y pagos de intereses), otra se reserva para I + D, con otra se paga la remuneración básica del personal y, por último, hay una parte para bonus. Una vez más, cómo se distribuyen estas cuatro partes se decide colectivamente, sobre la base de un voto por persona. Cualquier propuesta para aumentar una de las partes debe ir acompañada de otra propuesta para reducir el gasto de una o varias de las demás. Las que compiten entre sí se someten a una votación en la que los empleados-accionistas clasifican las propuestas en orden de preferencia mediante una papeleta electrónica. Si ninguna obtiene la mayoría absoluta de las primeras preferencias, se lleva a cabo un proceso de eliminación. El plan con el menor número de primeras preferencias queda eliminado, y sus votos se reasignan a la segunda preferencia del votante. Este sencillo proceso algorítmico se repite hasta que uno de los planes de negocio obtiene más de la mitad de los votos emitidos. Una vez determinada la cantidad de dinero que la empresa gastará en las distintas partes, la de la remuneración básica se divide por igual entre todo el personal — desde las personas contratadas hace poco como secretarios o limpiadores hasta los diseñadores o los ingenieros estrella de la empresa—. Lo cual deja abierta una pregunta importante: ¿cómo se decide la distribución de la parte de los bonus entre el personal? La respuesta es la siguiente: a través de una variante del sistema de votación que ha hecho famoso el Festival de Eurovisión, en el que cada país participante recibe un número determinado de puntos que puede asignar a las canciones de los demás países. Con esta intención, una vez al año, cada empleado recibe cien tokens digitales para repartir entre sus colegas. La idea es sencilla: la gente asigna estos tokens a los compañeros que cree que han aportado más durante el año anterior. Una vez distribuidos, el total del bonus se asigna proporcionalmente al número de tokens que cada empleado ha recibido de sus compañeros. El impacto de establecer un sistema de gobierno corporativo como éste sería equivalente a que un gran cometa se estrellara contra los cimientos del tecnofeudalismo. En el nivel más superficial, liberaría a los empleados de la tiranía de los directivos egoístas, pero a nivel estructural haría mucho más. En primer lugar, así hemos eliminado la distinción entre salarios y beneficios; la propiedad es colectiva y se ha acabado con la división de clases fundamental entre quienes tienen propiedades y obtienen beneficios o rentas y los que alquilan su tiempo por un salario. También hemos suprimido el mercado de acciones —únicamente los empleados pueden tener una acción de una empresa, y sólo una, que no se puede vender ni alquilar—, cortando así el cordón umbilical que une las finanzas y la especulación en el mercado de valores. De un plumazo, hemos puesto fin a la financiarización y destruido el capital de inversión. También es probable que hayamos eliminado la necesidad de tener reguladores cuyo trabajo sea dividir grandes corporaciones antes de que establezcan monopolios. Dado que resulta difícil gestionar la toma de decisiones colectiva en las empresas que superan cierto tamaño —digamos, de quinientas o más personas—, parece probable que los empleados- accionistas no quieran formar compañías de tal tamaño y que, en el caso de los conglomerados ya existentes, voten a favor de dividirlas en empresas más pequeñas. La mayoría de las personas que conozco, entre ellas varias generaciones de estudiantes a los que he dado clase, asumen que el capitalismo es lo mismo que los mercados. Que el socialismo implica el fin de los precios como señales para productores y consumidores. Nada más lejos de la realidad. Las empresas capitalistas son espacios de libre mercado en los que un proceso de no mercado extrae plusvalías de los empleados, que luego adoptan la forma de rentas, beneficios e intereses. Cuanto más grande sea la empresa y mayor el capital en la nube que emplea, mayores serán las rentas que extrae de una sociedad cuyos mercados, en consecuencia, funcionan mal. En cambio, las empresas democratizadas que propongo aquí, y en el libro Otra realidad, son más coherentes con unos mercados competitivos, que funcionan bien y en los que se forman precios que no están influidos por la lacra de la renta y la concentración del poder de mercado. En otras palabras, acabar con las empresas capitalistas, poniendo fin a los mercados de trabajo y de acciones, prepara el terreno para unos mercados de productos realmente competitivos y para un proceso de formación de precios que encienda el gran motor de la iniciativa empresarial y la innovación que el pensamiento convencional asocia, erróneamente, con el capitalismo. ¿Qué implicaría todo esto para los nubelistas? Los distintos Bezos, Zuckerberg y Musk despertarían y descubrirían que tienen una única acción de «su» empresa que les otorga un solo voto. En cada una de las cuestiones del día a día sobre las que tienen que tomar decisiones Amazon, Facebook, X o Tesla, tendrían que convencer a la mayoría de sus compañeros, igualmente empoderados, los empleados- accionistas. El control sobre el capital en la nube de la empresa, incluidos los todopoderosos algoritmos que constituyen su esencia, se democratizaría, al menos dentro de los límites de la empresa. Aun así, el poder del capital en la nube no sería menor —su naturaleza como medio de modificación del comportamiento producido no cambiaría—, por lo que una buena sociedad necesitaría protecciones adicionales frente a él. Una de estas protecciones sería una ley de responsabilidad social que estipulase que todas las empresas deberían obtener una nota de acuerdo con un índice de valor social, que elaborarían grupos de ciudadanos seleccionados al azar, el equivalente a un jurado, entre un grupo diverso formado por las partes interesadas: los clientes de la empresa, los miembros de las comunidades a las que afecta, etcétera. Si la calificación de una empresa está sistemáticamente por debajo de cierto umbral, una investigación pública podría llevar a dar de baja la empresa en el registro. Una segunda protección social, más pertinente aún, es la que proporciona el cese de los servicios «gratuitos». La experiencia nos ha enseñado lo que ocurre cuando los servicios se financian con la venta de la atención de los usuarios a terceros: convierte a los usuarios en siervos de la nube, cuyo trabajo mejora y reproduce el capital en la nube, intensificando aún más su control sobre nuestra mente y nuestro comportamiento. Para sustituir el engaño de los servicios gratuitos, nuestra realidad alternativa cuenta con una plataforma de micropagos, llamémosla «Un céntimo por tus pensamientos». Funciona un poco como el modelo de suscripción de Netflix, pero combinado con el principio de prestación universal del Servicio Nacional de Salud británico. Los desarrolladores de aplicaciones que necesitan nuestros datos tienen que pagar para obtener los de los usuarios que den su consentimiento, que están protegidos por una Carta de Derechos Digitales que garantiza a todo el mundo el derecho a elegir qué datos vender y a quién. La combinación de la plataforma de micropagos y la Carta de Derechos Digitales acaba, en la práctica, con el actual modelo del mercado de captación de la atención. Al mismo tiempo, cualquiera que utilice una aplicación paga al desarrollador por acceder a ella. Las cantidades son pequeñas para un particular, pero, si una aplicación cuenta con un gran número de usuarios, la suma sería elevada. ¿Impediría esto que algunas personas accedieran a servicios digitales que necesitan? No, por la forma en que funciona el dinero en este sistema alternativo.
Dinero democratizado
Imagina que el banco central da a todo el mundo un monedero digital gratuito; es decir, una cuenta bancaria gratuita. Para que la gente la utilice, se abona mensualmente un estipendio (o dividendo básico) en cada cuenta, lo que haría realidad la renta básica universal. El banco central va más allá y paga intereses a quienes trasladan el dinero de sus ahorros en bancos comerciales al nuevo monedero digital. Con el tiempo, se produciría un éxodo masivo, si no total, a medida que la gente trasladara sus ahorros de los bancos privados a este nuevo sistema público digital de pagos y ahorros. ¿Requeriría esto que el banco central acuñara grandes cantidades de dinero? Sí, habrá que imprimir el dinero de los estipendios, pero se hará a un ritmo que no supere las cantidades que los bancos centrales han estado acuñando desde 2008 para apoyar a los inestables bancos privados. En cuanto al resto del dinero, ya ha sido acuñado por los bancos privados. Lo que ocurre es que éste migra del inseguro balance de los bancos privados al balance seguro del banco central. A medida que las personas y las empresas empiezan a pagarse unas a otras utilizando este sistema, el dinero permanece en el balance del banco central, pasando de una parte a otra de éste con cada transacción, en lugar de estar a disposición de los banqueros y sus accionistas para que jueguen con él. Así, los bancos centrales dejan de ser siervos obedientes de los banqueros privados y se convierten en algo parecido a un bien comunal monetario. Para supervisar sus operaciones, incluidas la cantidad de dinero que hay en el sistema y la privacidad de las transacciones personales, el banco central responde ante un Jurado de Supervisión Monetaria, compuesto por ciudadanos elegidos al azar y expertos procedentes de una amplia gama de profesiones. ¿Qué ocurre con la inversión? En este sistema puedes prestar tus ahorros a una start-up o a una empresa madura, pero no comprar una parte de ninguna empresa, ya que el único criterio para distribuir las acciones es el de una acción por empleado. En cambio, puedes prestar tus ahorros directamente, bien utilizando tu monedero digital del banco central o a través de un intermediario, aunque con una condición crucial: ese intermediario no puede crear dinero de la nada, como hacen ahora los bancos cuando conceden un préstamo, sino que debe entregar fondos ya existentes de ahorradores reales. ¿Y los impuestos? Recuerda que hay tres tipos de ingresos. El primero, los dividendos básicos que el banco central abona en los monederos digitales de los ciudadanos. El segundo, los ingresos procedentes del trabajo en las empresas democratizadas, compuestos por el salario base y los bonus. El tercero, los intereses que el banco central o los intermediarios privados pagan a los ahorradores. Ninguno de estos ingresos está sujeto a tributos. Tampoco hay impuestos sobre las ventas, ni IVA ni nada por el estilo. Entonces, ¿cómo se financia el Estado? Las empresas pagan un impuesto fijo sobre todos los ingresos, por ejemplo, el 5 por ciento. Fíjate que se aplica sobre los ingresos totales, no sobre los beneficios, para impedir los infinitos trucos contables que disfrazan los gastos como costes para reducir los ingresos imponibles de las empresas. Los otros impuestos que hay, que se aplican a los terrenos y los edificios comerciales, los abordaré más adelante. Por lo que respecta al comercio y a los pagos internacionales, un nuevo sistema financiero internacional garantiza transferencias continuas de riqueza al sur global, al tiempo que restringe la clase de desequilibrios comerciales y financieros que inflan burbujas y provocan crisis financieras. La idea es que todo el comercio y todos los movimientos de dinero entre distintas jurisdicciones monetarias —por ejemplo, el Reino Unido, Alemania, China y Estados Unidos— se denominen en una nueva unidad contable digital internacional, a la que he llamado «kosmos». Si el valor en kosmos de las importaciones de un país supera al de sus exportaciones, se le cobra una «tasa de desequilibrio» proporcional a su déficit comercial. Del mismo modo, si las exportaciones de un país superan sus importaciones, se le cobra la misma tasa proporcional a su superávit comercial. Esto elimina la motivación mercantilista que lleva a un país a extraer constantemente valor de otro, vendiéndole bienes por un valor superior al de los bienes que importa de ese otro país y, después, prestándole el dinero para que siga comprándole; una forma de financiación de los vendedores que coloca al país más débil en una servidumbre de deuda permanente. Mientras tanto, una segunda «tasa de incremento» se carga en la cuenta en kosmos de un país cada vez que sale demasiado dinero de sus fronteras o entra a través de ellas. Durante décadas, los países en desarrollo se vieron perjudicados cuando el dinero «inteligente», tras detectar un crecimiento económico futuro (por ejemplo, en Corea del Sur, Tailandia o algunos países africanos), se apresuraba a comprar tierras y empresas antes de que subieran de precio. Al aumentar las entradas de dinero, el precio del suelo y las empresas se disparaba y se creaban falsas expectativas sobre el nivel de crecimiento, con lo que se inflaban las burbujas. Cuando éstas estallaban, como siempre ocurre, el dinero «inteligente» salía del país más rápido de lo que había entrado, dejando tras de sí vidas y economías arruinadas. Por lo tanto, el objetivo de la tasa de incremento es gravar estos movimientos de dinero especulativos para evitar daños innecesarios a los países más débiles. Los ingresos de estas dos tasas se utilizarían para financiar inversiones verdes directas en el sur global. El sistema de una acción y un voto por cada empleado tiene consecuencias revolucionarias: acaba con los mercados de trabajo y de acciones y con el imperio del capital, democratiza los lugares de trabajo y reduce orgánicamente el tamaño de los conglomerados. La reconfiguración del balance del banco central como sistema habitual de pago y ahorro tiene efectos igualmente revolucionarios: sin prohibir los bancos privados, les quita sus privilegios y nos libera de la dependencia que tenemos de ellos para hacer pagos o guardar los ahorros. Además, la provisión de un dividendo básico revoluciona la manera en que pensamos en el trabajo, el tiempo y el valor, y nos libera de la opresiva ecuación moral que relaciona la virtud con el trabajo remunerado penoso. Por último, el sistema del kosmos equilibra las fluctuaciones internacionales de bienes y dinero e impide que las economías más poderosas exploten a las más débiles, mientras financia inversiones verdes en las partes del mundo que más las necesitan. Éstos son los pilares fundamentales de una economía liberada de la tiranía del capital y que, por lo tanto, niega al tecnofeudalismo el punto de apoyo que necesita para controlarnos. La pregunta que surge ahora es: ¿cómo, exactamente, liberamos nuestras sociedades de la tiranía de la renta; tanto de la antigua renta del suelo, que sobrevivió a la victoria del capitalismo sobre el feudalismo, como de la renta de la nube en la que se basa el tecnofeudalismo?
La nube y la tierra como bienes comunales
El café está casi listo. El portátil se está iniciando. Poco después, con la taza de café en la mano, hojeas las noticias de la mañana en una web gestionada desde la biblioteca de tu barrio. La primera noticia se refiere a un referéndum local que se celebrará en breve, la segunda llega desde Brasil y aborda la lucha para compensar a los pueblos indígenas por décadas de talas ilegales, la tercera cuenta un debate entre los actuales miembros del Jurado de Supervisión Monetaria sobre si el banco central debería bajar el tipo de interés que reciben los ahorradores, o bien aumentar el dividendo básico de todo el mundo. Es un poco árido para tu gusto, así que, con cuidado de evitar las páginas de deportes, pinchas en tu sección favorita, la dedicada a la arqueología, que investigadores de todo el mundo actualizan constantemente. Ah, ¡esto sí te apasiona! Las noticias que se actualizan en la pantalla y las secciones adjuntas son recopiladas por un algoritmo que calibra y mantiene el centro local de medios de comunicación públicos, que a su vez es propiedad de tu municipio, aunque está controlado por personas locales seleccionadas mediante una combinación de sorteo y selección. A veces te aburres de esas noticias y pasas a un mapamundi digital lleno de puntos que representan otros centros de medios públicos locales a cuyas noticias puedes acceder con un clic. Cada vez que visitas un centro de medios que no es de tu zona, de tu cuenta en el banco central sale un pequeño pago que ayuda a financiar a las personas que te ofrecen una ventana a su mundo; sin anuncios, sin algoritmos que modifiquen el comportamiento. En cuanto a estos pequeños pagos, son insignificantes en comparación con el dividendo básico que te ingresa mensualmente el banco central. Además, pagarlo te hace sentir bien. Te hacen partícipe —a ti y a todos los demás— de la civilización. Te ofrecen una ventana privilegiada al mundo, a centros de medios de comunicación cooperativos esparcidos por todo el planeta que se esfuerzan al máximo por ofrecer «información buena, diversa y apasionante, conocimiento y un toque de sabiduría», como se anuncia en tu medio de comunicación local. La taza de café está vacía, y es hora de ir a trabajar. Abres la aplicación de viajes de tu teléfono, que el ayuntamiento facilita, y pulsas en «trabajo». Aparece una lista de las tarifas que ofrecen varias cooperativas de conductores, además de información sobre dónde y cuándo coger el autobús o el tren más cercano. Te acuerdas, con un breve escalofrío, de los días de Uber y Lyft, aquellos feudos en la nube que explotaban el trabajo de los conductores —convirtiéndolos en proletarios de la nube— y los datos de los pasajeros —lo que te convertía a ti en un siervo de la nube—. Ese mal recuerdo se disipa cuando te dices que ahora los conductores- propietarios y el personal del transporte público controlan los algoritmos, y no al revés. Y sales, contento y con energía, porque ya no eres el empleado de una empresa capitalista, propiedad de sociedades pantalla opacas y que te trataba como a un cruce de robot y carne de cañón humana. La vida sigue siendo un campo minado de preocupaciones, sobre todo porque puede que hayamos destrozado el clima de forma irreparable, pero al menos el trabajo no destruye sistemáticamente el alma. En el trabajo, tienes una aplicación en tu teléfono que te da acceso a todo tipo de votaciones en las que participan los accionista-empleados, en las que a veces votas y a veces decides no hacerlo. Si tienes una idea para una nueva forma de hacer las cosas o un nuevo producto, la publicas en el tablón de ideas de la empresa y esperas a ver quién, entre tus compañeros, quiere trabajar contigo para desarrollarla. Si nadie lo hace, puedes seguir adelante y volver a publicar la idea cuando esté más desarrollada. Las cosas no son perfectas. La naturaleza humana siempre encuentra la manera de estropear incluso el mejor de los sistemas. Tus compañeros, si suman una mayoría, pueden votar para que te despidan. Pero ahora el ambiente de trabajo es de responsabilidad compartida, lo que reduce el estrés y crea un entorno en el que es más probable que el respeto mutuo prospere. De camino a casa, cuando el taxi sale de la zona comercial, tu memoria retrocede a los tristes tiempos en los que, para tener un lugar donde vivir, la gente debía elegir entre la servidumbre de una hipoteca y el alquiler; entre la vida en poder del banquero o del casero; entre unos tipos hipotecarios abusivos y unos alquileres voraces. Ahora, cada región está gestionada por una Asociación Municipal que supervisa la división del suelo entre zonas comerciales y sociales, de modo que las rentas recaudadas en las primeras financian la provisión de viviendas sociales en las segundas. Como es habitual, las personas que ejercen alguna función en la Asociación Municipal se seleccionan al azar, con la ayuda de un algoritmo que garantiza una representación equitativa de los diferentes grupos y comunidades del municipio. La vivienda ya no es una fuente constante de preocupación, sino un lugar en el que sientes que puedes echar raíces a largo plazo. Dejo que seas tú el que imagine el resto de tu vida en esta realidad alternativa mientras explico un poco más uno de sus aspectos más cruciales: la propiedad de la tierra y los bienes, que es el más antiguo de los cimientos tanto del sistema feudal como del capitalista, y el reparto del poder. La clave del sistema de cobro de alquileres en la zona comercial es un Programa de Subalquiler por Subasta Permanente (PSSP), un mecanismo diseñado para garantizar que las comunidades extraen la máxima renta posible de sus zonas comerciales, que luego invierten en las zonas sociales. El PSSP funciona un poco como el famoso truco para repartir equitativamente un pastel entre dos personas: una corta y la otra elige. Con el mismo espíritu, el PSSP crea una subasta permanente que enfrenta a los actuales inquilinos de un espacio comercial con los posibles inquilinos futuros. Una vez al año, el inquilino actual de la zona comercial debe acudir al PSSP y presentar una valoración de la propiedad teniendo en cuenta dos reglas. Primero, el PSSP calculará el alquiler mensual como una parte fija del valor de mercado autodeclarado —sin auditorías ni burocracia, regateos o agentes inmobiliarios—. Estupendo, ¿verdad? Pero aquí viene la segunda regla: cualquiera puede, en cualquier momento futuro, ir al PSSP y ofrecer una valoración más alta, en cuyo caso el inquilino actual debe irse y el nuevo entra en seis meses. Esta segunda regla garantiza que existen incentivos para declarar una valoración lo más veraz y precisa posible. Si se exagera la valoración real, el ocupante acabará pagando un alquiler más alto de lo que vale la propiedad. Y si la infravalora, es más probable que acabe arrepintiéndose de su valoración: en el momento en que alguien ofrezca un valor más alto, más ajustado a su verdadera valoración, lo echará. Lo bueno del PSSP es que la Asociación Municipal no tiene que fijar los alquileres de la zona comercial. Su primera tarea consiste en decidir qué terrenos y edificios se asignan a las zonas comerciales y cuáles a las sociales. Si reserva demasiada superficie para las zonas sociales, tendrá menos dinero para invertir en ellas. Y, al contrario, ampliar las zonas comerciales implica menos espacio para viviendas e iniciativas sociales. Una vez que ha decidido cómo resolver este trade off, le espera la segunda tarea, más difícil: definir los criterios para asignar las viviendas sociales, sobre todo las más deseables. Éste es el hueso más duro de roer. Por eso es tan importante quién forma parte de la Asociación Municipal. Una Asociación Municipal electa sustituiría la tiranía de la propiedad de la tierra por la tiranía de los sistemas electorales, que tienen una propensión intrínseca a engendrar jerarquías poderosas. Los antiguos demócratas atenienses, que eran conscientes de esto, se opusieron a las elecciones y las sustituyeron por sorteos —la idea en la que se basa el sistema de jurado occidental—. Si hay algo que pueda recrear las tierras comunales en una sociedad tecnológicamente avanzada, sin duda es una Asociación Municipal compuesta por vecinos elegidos al azar. El mismo principio se amplía, más allá de los municipios y las regiones, al gobierno de la nación, que se lleva a cabo con la ayuda de una Asamblea de Ciudadanos de ámbito nacional. Compuesta por ciudadanos de todo el país elegidos al azar, funciona como un banco de pruebas de ideas, políticas y legislaciones. La deliberación de sus miembros ayuda a determinar los proyectos de ley que el Parlamento debate y aprueba posteriormente. El demos, por fin, ha vuelto a la democracia.
Una rebelión en la nube para derrocar el tecnofeudalismo
A lo largo de este libro he descrito el sistema que, en mi opinión, está sustituyendo al capitalismo y que, de hecho, en muchos contextos, ya lo ha hecho: un sistema que yo llamo tecnofeudalismo. Siempre que he planteado este argumento con anterioridad, la izquierda lo ha recibido con consternación e incluso enfado. Lo cual es comprensible: cualquiera que halle consuelo, como solías hacer tú, papá, en la creencia de que el destino del capitalismo es ser sustituido por el socialismo, como Marx predijo que ocurriría, se sentirá desanimado y abatido por el hecho de que haya llegado el post-capitalismo pero no el socialismo. Y por el hecho de que, además, el sistema que lo ha sustituido sea aún peor. Pero hay otra razón más preocupante que explica esa reacción de la gente de izquierdas. En una ocasión, un activista marxista me lo dijo de manera admirable: «Yanis, si tienes razón y la explotación tiene lugar más allá de los límites de la empresa capitalista —dijo con una sinceridad encantadora—, entonces ¡organizar al proletariado nunca será suficiente!». Éste es precisamente mi argumento. No sugiero que haya dejado de ser necesario que los trabajadores de las fábricas, los maquinistas, los profesores y las enfermeras se organicen. Lo que digo es que eso no es en absoluto suficiente. En un mundo cada vez más dominado por el capital en la nube, que se produce en gran medida gracias al trabajo gratuito de siervos de la nube que no reciben un sueldo, la organización del proletariado —y del precariado — no va a detenerlo. Para tener alguna posibilidad de derrocar al tecnofeudalismo y de que el demos vuelva a la democracia, es necesario reunir no sólo al proletariado tradicional y al de la nube, sino a los siervos de la nube y, además, al menos a algunos capitalistas vasallos. Únicamente una gran coalición que los incluya a todos puede debilitar lo bastante el tecnofeudalismo. Tal vez parezca una tarea difícil, y lo es. Pero la resistencia al poder exorbitante del capital siempre lo ha sido. Cuando pienso en lo que costaba organizar un sindicato en el siglo XIX me estremezco. Los obreros, los mineros, los estibadores, los esquiladores y los costureros se enfrentaban a los golpes de la policía montada y a la violencia de matones contratados por los capitalistas. Y se enfrentaban, sobre todo, a la pérdida de su empleo en una época en la que renunciar a un jornal significaba que sus familias pasaran hambre. Incluso cuando conseguían llevar a cabo una huelga con éxito, el aumento salarial que conseguían se compartía con quienes no habían ido a la huelga, lo que pesaba aún más en contra de movilizarse. Y con todo, se movilizaban. Lo hicieron contra toda lógica, sabiendo que podían sufrir enormes pérdidas personales a cambio de pequeños e inciertos beneficios compartidos. El tecnofeudalismo levanta una nueva gran barrera que impide la movilización contra él. Pero también confiere un nuevo gran poder a quienes se atreven a soñar con una coalición que lo derribe. La nueva gran barrera es el aislamiento físico entre los siervos de la nube y los proletarios de la nube. Interactuamos con el capital en la nube, y estamos sometidos a él, a través de nuestras pantallas personales, nuestros teléfonos móviles, los dispositivos digitales que supervisan y controlan a los trabajadores de los almacenes de Amazon. La acción colectiva es más difícil cuando las personas tienen menos oportunidades de reunirse. Pero ahí reside el gran poder que el capital en la nube confiere a los potenciales rebeldes: la capacidad de crear coaliciones, organizarse y actuar a través de la nube. En sus inicios, una de las promesas de Twitter era que permitía la movilización de las masas. Desde la Primavera Árabe hasta el Black Lives Matter, hemos visto el grado en que esa promesa se ha cumplido. Pero no estoy hablando sólo de una movilización a través de la nube, sino de acciones que podrían llevarse a cabo utilizando los sistemas y las tecnologías de la nube. En Otra realidad imaginé un movimiento global dirigido contra las empresas nubelistas, empezando por Amazon. Imagina una coalición internacional de sindicatos que pidiera a los trabajadores de los almacenes de Amazon de todo el mundo que no fueran a trabajar durante un día. Por sí sola, esta acción es insuficiente. No lo sería si una campaña más amplia convence a un número suficiente de usuarios y clientes de todo el mundo para que no visiten la página web de Amazon durante ese día, para rechazar su condición de siervos o vasallos durante ese breve tiempo. Los inconvenientes personales que conllevaría serían insignificantes, pero su efecto acumulativo resultaría notable. Aunque su éxito fuera moderado y causara, por ejemplo, una disminución del 10 por ciento en los ingresos habituales de Amazon, mientras la huelga en los almacenes de Amazon provocara la interrupción de las entregas durante veinticuatro horas, esa iniciativa podría ser suficiente para hacer caer el precio de las acciones de Amazon de una manera que ninguna acción sindical tradicional podría lograr. Así es como los proletarios y los siervos de la nube pueden unirse eficazmente. Es lo que yo llamo movilización en la nube. La belleza de la movilización en la nube es que cuestiona el cálculo que suele regir la acción colectiva. En lugar de un máximo sacrificio personal para obtener un beneficio colectivo mínimo, ahora tenemos lo contrario: un sacrificio personal mínimo que genera enormes beneficios colectivos y personales. Esta inversión puede allanar el camino hacia una coalición de siervos y proletarios de la nube lo bastante grande para alterar el control que ejercen los nubelistas sobre miles de millones de personas. Por supuesto, las acciones de este tipo contra una e incluso varias grandes empresas nubelistas no serán suficientes. La rebelión en la nube que imagino tendrá que reclutar para su causa a muchas personas muy diversas —entre ellas, por ejemplo, a aquellas a las que las facturas de agua y energía les quitan el sueño—. Podrían utilizarse unas huelgas de pago inteligentemente planeadas y dirigidas para provocar una caída equivalente del precio de las acciones y los derivados de las empresas privadas de servicios públicos. Si se programan bien, estas pacíficas huelgas de guerrilla pueden hacer mucho daño a la influencia política y económica de los conglomerados, cuyo destino está cada vez más unido al de las finanzas en la nube. La rebelión también podría recabar apoyo internacional si, por ejemplo, recurriera a boicots al consumo en Estados Unidos dirigidos contra una empresa que está recortando su personal en Nigeria o destruye las reservas naturales del Congo. Otra campaña podría consistir en invitar a que, desde todo el mundo, se nominara a las empresas con el peor historial de contratos de cero horas o remuneraciones bajas, de grandes huellas de carbono o malas condiciones laborales, o a aquellas que tienen la costumbre de reducir su plantilla para aumentar el precio de las acciones —y luego organizan una retención masiva de las aportaciones a los fondos de pensiones que poseen acciones en esas empresas—. El mero anuncio de que un fondo de pensiones es el objetivo bastaría para provocar un desplome de sus acciones y un éxodo de inversores preocupados por los fondos patrimoniales relacionados con él. Inspirado por Wikileaks, en Otra realidad imaginé a un grupo de rebeldes que creaba y subía virus digitales cuyo objetivo era, simplemente, la transparencia: rastrear y revelar al mundo las conexiones digitales ocultas entre los nubelistas, los organismos gubernamentales y los agentes dañinos, como las empresas de combustibles fósiles. No sé si esto es posible, ni cómo se haría, pero estoy convencido de que si de alguna manera estas instituciones supieran que hay miles de millones de ojos observando sus acciones y movimientos, se paralizarían, y, a medida que a esos miles de millones de ojos se les cayera la venda, la coalición reuniría más aliados y apoyos. Nada de esto es fácil ni inevitable. Pero ¿acaso es más difícil o menos probable que las aspiraciones de los mineros, los costureros y los estibadores del siglo XIX, aquellas por las que sacrificaron sus vidas? La nube quita, aunque también da a aquellos que desean recuperar la libertad y la democracia. Depende de ellos, de nosotros, decidir y demostrar si hace una cosa o la otra.
Volviendo a tu pregunta, una última vez
Tu yo joven tenía razón. El capital de inversión, hipotetizaste en los años cuarenta, sólo puede ser propiedad de unos pocos. Mientras su propiedad sea privada, la concentración será inherente a él. Pero el capital concentrado implica un poder concentrado. Lo que significa que, a menos que la sociedad se haga cargo del capital, todo es inútil: la libertad, la autonomía, la socialdemocracia, la democracia liberal; todas ellas palabras vacías para embellecer y adornar una inevitable tiranía del capital. Cuando en 1981 los socialistas ganaron las elecciones generales griegas con una victoria aplastante, te alegraste de que ya no tuviéramos que temer a la policía secreta. Sin embargo, mientras todo el mundo a tu alrededor se embriagaba con el espíritu del momento, tú seguiste siendo desafiantemente pesimista. Sin un trabajo democratizador, insistías, la socialdemocracia es imposible, por muy bienintencionados o inteligentes que sean los socialdemócratas en el gobierno. La historia te dio la razón, aunque no de una forma que te complaciera. Nuestra mayor derrota no fue, por supuesto, el fracaso de la socialdemocracia en Grecia o en cualquier otro lugar. Fue el fracaso del experimento soviético, el único intento a gran escala para someter el capital al control de la sociedad. Produjo innovaciones relevantes, tanto en ciencia como en tecnología, pero el sistema soviético de planificación centralizada no consiguió que funcionaran al servicio de la gente. Varias décadas antes de que lo hicieran Google o Amazon, los científicos soviéticos inventaron una cibernética con el potencial de coordinar automáticamente las preferencias y los esfuerzos de las personas. Sin embargo, el sistema soviético, impuesto desde arriba, no fue capaz de explotarla en beneficio de la sociedad a la que debía servir. Y así, un terrible autoritarismo y el arduo trabajo diario condujeron a la derrota total en 1991. Más tarde, el capital de inversión pudo dedicarse a arrasar a escala global sin traba alguna, lo que culminó en el crac de 2008 y el surgimiento de su mutación más formidable: un capital basado en la nube con un poder monstruoso para usurpar las mentes y los mercados. Gracias a los interminables fondos de los bancos centrales con los que los nubelistas han construido sus imperios, ahora todos estamos, como el Movatar de Stelarc, conectados a los circuitos del tecnofeudalismo. Así que aquí tienes, papá, la respuesta a tu pregunta. Hay una noticia buena y otra mala. La mala es que internet engendró una forma de capital que mató al capitalismo y lo sustituyó por algo mucho peor. La buena es que ahora tenemos a nuestra disposición herramientas que ni los soviéticos ni los socialdemócratas reformistas tuvieron nunca y con las que podríamos restablecer unos bienes comunales nuevos. En resumen, vivimos bajo una nueva forma de servidumbre, pero tenemos en nuestras manos una oportunidad de oro, hasta ahora inexistente, para hacer realidad tu sueño de un comunismo tranquilo, que surja desde abajo y maximice la libertad. ¿Qué probabilidades hay de que lo aprovechemos? Ojalá lo supiera. Aunque, por otra parte, ¿acaso en, por ejemplo, 1776, las personas como nosotros podían imaginar de manera realista el sufragio universal o la abolición de la esclavitud? Lo que sí sé es lo que tú y Hesíodo me enseñasteis: nuestro extraordinario talento para las revoluciones tecnológicas nos impide quedarnos quietos. Hace que experimentemos violentamente las contradicciones y las decisiones que conllevan. Nos estamos acercando con rapidez a una bifurcación en la que nuestro camino nos llevará, o bien a un mundo que se parecerá al de Star Trek, en el que las máquinas contribuyen a que seamos mejores, o bien a una distopía como la de Matrix, en la que los humanos son un mero combustible que alimenta un imperio de máquinas. Estoy seguro de que, a la mayoría de las personas, la barbarie, el apocalipsis climático o la distopía de Matrix les parecen mucho más probables que cualquier desenlace positivo. Por otro lado, siempre que la gente ha pensado que estaba garantizado un buen desenlace —pienso en tus camaradas del campo de prisioneros que creían que los esperaba un comunismo redentor a la vuelta de la esquina—, se ha acabado sufriendo una derrota o un nuevo tipo de tiranía. Tú, en cambio, soportaste las privaciones de aquel campo de prisioneros a pesar de que albergabas profundas dudas, en vez de las certezas de tus camaradas. Hoy, nosotros debemos hacer lo mismo. Mientras exista la más remota posibilidad de que triunfe una rebelión en la nube, nuestra única posibilidad de lograr una vida buena —la eudaimonia, o el florecimiento, que Aristóteles creía que era nuestro fin último— es esperar y actuar sin la menor garantía. Como mínimo, no tenemos menos motivos de los que tenías tú para perseverar en aquel infierno del campo de prisioneros. Como es bien sabido, Marx describió nuestra condición bajo el capitalismo como de «alienación», porque no somos propietarios de los productos de nuestro trabajo y no tenemos capacidad de decisión sobre cómo se hacen las cosas. En el tecnofeudalismo dejamos de ser dueños de nuestras mentes. Cada proletario se convierte en un proletario de la nube durante las horas de trabajo y en un siervo de la nube el resto del tiempo. Cada esforzado autónomo se transforma en vasallo de la nube, y cada perseverante autónomo se convierte en siervo de la nube. Aunque la privatización y el capital de inversión acaparan toda la riqueza física que nos rodea, el capital en la nube se dedica a acaparar nuestro cerebro. Para que cada uno podamos poseer nuestra mente individualmente, debemos poseer colectivamente el capital en la nube. Sólo así lograremos que nuestros artefactos basados en la nube pasen de ser un medio de modificación del comportamiento producido a un medio de colaboración y emancipación humanas producido. Siervos de la nube, proletarios de la nube y vasallos de la nube del mundo, ¡uníos! No tenemos nada que perder, excepto las cadenas que aprisionan nuestra mente.
Nota: Todas las entradas que he transcrito del libro Tecno-feudalismo se pueden encontrar en este link:
Nota: Muy interesantes también las notas de este otro libre "Posteconomía - Hacia una Nueva Edad Media", de Antonio Baños: https://joseirojas.blogspot.com/2025/04/entradas-del-libro-posteconomia-hacia.html
Nota:
Una app muy ilustrativa de la increíblemente grotesca y atroz riqueza
de los superricos, que ningún ser humano merece tener, ni necesita, ni
puede gastar (ver abajo otros gráficos relevantes): https://mkorostoff.github.io/1-pixel-wealth/
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