sábado, 23 de mayo de 2026

la escalera (texto escrito en la escuela o el instituto)

Me quité el sombrero y alcé la vista al cielo. Rodeado por esos colosos de vidrio, se hallaba el Sol, y sus rayos me cegaron. Poco a poco fui recuperando la vista. Percibía manchas borrosas de diversos tamaños. Una de ellas, pequeña, me preguntó si quería comprar la última edición del New York Times. Le dije que sí. Eché un vistazo a la portada e intuí que algo gordo había sucedido. Cuando por fin pude, leí los titulares: “Secuestrado Max Zorin, propietario de Zorin Enterprises, una importante empresa en el mundo de las finanzas”. Decidí investigar. Este tipo de casos me atraían y no encontraba trabajo desde hacía ya no sé cuánto tiempo.

Cogí uno de esos famosos taxis amarillos que caracterizan esta detestable ciudad, y me dirigí a la empresa del secuestrado. Allí se respiraba un aire cargado de tensión y nerviosismo. Parecía desolada. O la gente se ocultaba, o algo raro se cocía en ese gallinero. Tenía la sensación de que alguien me observaba. Algo no iba bien. Aceleré el paso y casi me puse a correr, sintiéndome a salvo sólo cuando llegué a las oficinas. Había un desorden total: papales por el suelo, montones de colillas en los ceniceros, etc. Cada persona allí presente estaba absorta en su trabajo, como hipnotizada, y nadie había notado aún mi presencia. Pero, al poco rato, un hombre moreno y robusto me preguntó qué quería. Yo le dije que venía para hacer unas preguntas sobre lo sucedido la noche anterior. Inmediatamente frunció el ceño y de mala gana me dijo que le siguiera. Me condujo a través de interminables pasillo hasta una pequeña sala donde se hallaban unos empleados sentados en incómodas sillas que respondían a las inquisitorias preguntas de unos agentes de policía. Cuando éstos hubieron acabado, empecé a charlar con los trabajadores. Me dijeron que, antes de tener lugar el secuestro, una mujer entró en el despacho de Zorin y, después de discutir unos minutos, se fue. Al cabo de un rato, oyeron un alarido que proveniente del despacho.

Cuando acabé con el interrogatorio, volví al despacho del empresario. Todo estaba como la noche anterior. La puerta del balcón estaba abierta. Pero algo extraño sucedía: la puerta de la habitación estaba entreabierta, y se suponía que la mujer la había cerrado antes de salir, según lo mencionado por los empleados. Creí que Zorin, en un intento desesperado por huir, abrió la puerta, pero fue atrapado antes de escapar. Eso quería decir que los secuestradores habían accedido al cuarto por el diminuto balcón. Por eso salí al balcón y salté su barandilla. Caí en el jardín. Deduje que quien raptó al hombre de negocios había huido por la parte posterior, donde la verja era más baja. Sin mucha dificultad trepé por ésta y salté al exterior. Estaba desierto, no había ni nada ni nadie. En pocos segundos había oscurecido, pero por pura casualidad encontré, entre unos matorrales, una furgoneta. Supuse que sería la de los secuestradores, porque no había marcas de ningún otro coche. Por las huellas de pies deduje que eran dos, los secuestradores, pero no encontré huellas que delataran la huida de éstos ni rastros borrosos resultantes de haber arrastrado a una tercera persona. Si no se habían fugado con la furgoneta, quería decir que había estado siguiendo una pista falsea, y que alguna pieza del rompecabezas no encajaba.

Fue entonces cuando retrocedí y subí al pequeño balcón desde donde los trabajadores habían observado cómo realizaba mi faena. Entré en el despacho de Zorin y lo registré. Nada. Pero quedaba un cajón que estaba cerrado con llave. Sin pensarlo dos veces le di una patada. Logré abrirlo, pero supuse que me habría dislocado un dedo porque me dolía insoportablemente. En él encontré montones de papeles que contenían una clase de información que constituiría un grave peligro para el empresario si fuera revelada: negocios ilegales, tratos con la mafia... Fui ojeándolos uno a uno sin pararme a leer lo que en ellos había escrito. Pero hallé una agenda. Busqué las reuniones que tuvo el día del secuestro. En ésa figuraban muchos nombres, pocos eran importantes, sólo uno de ellos era femenino y supuse que sería el de la mujer mencionada por los trabajadores. al lado de su nombre había escrita una dirección y una hora: "Empire State 121, 8:00".

Me fui corriendo y cogí el metro, un medio de transporte muy frecuentado en la ciudad pero un poco dejado. Me senté y esperé mi estación. Sin enterarme, cosa que me salvó como más tarde explicaré, un chaval de diez años me robó la cartera. Al final bajé del vehículo.

Ya estaba en el centro de la ciudad, delante de aquel enorme edificio de cristal. Cogí uno de los grandes ascensores que siempre aparecen en las películas y subí al piso ciento veintiuno. Allá encontré unas oficinas, todo iba con normalidad, no parecía ser precisamente un buen lugar para ocultar a alguien. Me di cuenta de que algo me había pasado por alto. Recordé un pasatiempo en el que las letras aparecen mezcladas y con ellas has de formar el nombre de un famoso. Así lo hice con la dirección y el resultado fue: "Peraim Street, 121". Consulté la guía. Estaba en las afueras de la ciudad. Bajé. Cogí un taxi y me encaminé hacia allí.

Al llegar percibí que no se trataba precisamente de un barrio residencial. Busqué el número ciento veintiuno, era un bar acogedor, ideal para actividades ilegales y como tapadera porque no levanta sospechas. Un típico lugarcillo de la mafia neoyorquina. Fui al barman y le pregunté dónde estaban los aseos. Me lo indicó y me dirigí hacia allá. Había dos puertas, en una de ellas vi un letrero que ponía: "Privado". Intenté abrirla pero estaba cerrada, entonces puse en práctica mis grandes habilidades con la ganzúa y sólo tardé cinco minutos en lograr abrirla. Entré, estaba oscuro y no vi el primer escalón y caí dando vueltas hasta el final de la escalera y ya no recuerdo nada más.

Ésta es todo la historia hasta el momento. Ahora sólo me queda huir de esta detestable pocilga con éste detestable mafioso. Es un buen momento ya que únicamente queda un guarda, que está dormido.

Le he hecho un ademán a Zorin para que se levante y estamos caminando silenciosamente para no despertar al vigilante. Pero como el hombre no es perfecto, he tenido que tirar unas latas de cerveza al suelo. El guarda se ha levantado precipitadamente y me ha amenazado con una navaja, ha intentado clavármela pero astutamente la he esquivado y le he cogido el brazo, le he pegado un puñetazo, seguido de una patada.

Continúo mi camino hacia la libertad por un estrecho pasadizo y veo la escalera que conduce al bar pero en ese instante noto el frío tacto de la hoja de una navaja clavándose en mi espalda. Me había olvidado de Zorin que seguramente ha cogido la navaja del vigía y ha esperado el momento oportuno para eliminar la única cosa que podía destruir su carrera: yo.
 
 
Subotica, Vojvodina, Serbia (2022)
 

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