viernes, 6 de marzo de 2026

Técnica y totalitarismo (Jordi Pigem) - 3 - comandar las ondas

Comandar las ondas de las telecomunicaciones (base material de la sociedad de la vigilancia) es la nueva manera de ejercer poder. Se dio cuenta de ello el jurista y teórico político más destacado del Tercer Reich, Carl Schmitt, famoso por su afirmación en Politische Theologie (Teología política, 1922) de que la soberanía no reside en el pueblo (como todavía proclaman muchas constituciones) ni en el rey o cargos similares, sino que reside en el sujeto que tiene la capacidad de cambiar las reglas de juego de la vida social y política y declarar un «estado de excepción» —como la imposición de confinamientos masivos, distanciamiento social y restricciones a los derechos de los jóvenes, de los ancianos y de todo el mundo en general—; en este sentido, el auténtico soberano de nuestras sociedades globales fue quien sugirió tales medidas en 2020, y del que hablaremos más adelante). La teoría política de Carl Schmitt ha sido estudiada por todos los grandes analistas del poder (como Benjamin Arendt, Negri, Agamben y, más cercano a nosotros, Lluís Duch). Pero resulta que seis décadas después, en 1984, desde su retiro en una zona rural de Alemania, Carl Schmitt modificó la afirmación central de su pensamiento:

 

Después de la Primera Guerra Mundial, dijo: «Es soberano quien decide sobre el estado de excepción». Después de la Segunda Guerra Mundial, con mi muerte a la vista, digo ahora: «Es soberano quien comanda las ondas del espacio».

 

Con las ondas del espacio (die Wellen des Raumes), Schmitt se refería a las ondas electromagnéticas de los medios de comunicación, que en el momento de sus declaraciones eran básicamente las de radio y televisión (ya hemos visto el papel capital de la radio en el totalitarismo nazi). Tras más de un siglo de la afirmación original de Schmitt en 1922, las principales ondas de telecomunicaciones ya no son las de radio y televisión, y se despliegan desde nuevas antenas, a menudo ocultas, como las de 5G que en muchos países continuaron instalándose masivamente durante los confinamientos —cuando el poder solo permitía ejercer los «trabajos esenciales»). Pero además de las antenas terrestres de 5G, hay ahora una nueva forma global de transmitir las ondas, no desde el mundo en el que nos movemos y vivimos, sino desde el espacio exterior, con satélites artificiales que básicamente son grandes antenas de telecomunicaciones orbitando alrededor de la Tierra. (…)

 

Los nuevos medios digitales permiten formas de vigilancia que hace poco tiempo habrían sido inconcebibles. Como explicaba el filósofo Giorgio Agamben en una conferencia impartida en Atenas, a partir del 11 de septiembre de 2001 toda la política se ha puesto al servicio de un nuevo concepto estatal, la «seguridad». La fórmula «por razones de seguridad» funciona hoy en todos los ámbitos, desde la vida cotidiana hasta los conflictos internacionales, como contraseña para imponer medidas que la gente no tiene ninguna razón para aceptar. Pero el verdadero propósito de las medidas de seguridad es, como se suele creer, prevenir peligros, problemas o catástrofes.

 

El verdadero propósito de las «medidas de seguridad» —argumenta Agamben— es la instauración progresiva de lo que ya en 1990 Gilles Deleuze llamaba «sociedades del control». No estamos en una «sociedad del bienestar», ni en las «sociedades disciplinarias» descritas por Foucault, sino en un nuevo tipo de sociedad tecnocrática en que los principales valores son la eficiencia, el control y su principal señuelo: la seguridad. Las personas son reducidas a datos y se estimula el endeudamiento para que las personas tengan menos, las cifras, cada vez más. Las palabras importan cada vez menos, y las cifras, cada vez más. Y empiezan a implantarse sistemas de identificación basados en la digitalización ilimitada de todos los ciudadanos. Con esa capacidad, el exterminio de los judíos, que se llevó a cabo con una documentación incomparablemente menos eficiente, habría sido total e increíblemente expeditivo. […] La creciente presión a los ciudadanos de tecnologías que han sido concebidas para los criminales tiene consecuencias para la identidad política del ciudadano. Por primera vez en la historia de la humanidad, la identidad ya no es una función de la personalidad social y de su reconocimiento por los demás, sino que es más bien una función de datos biológicos.

 

El Estado de la Seguridad es el Estado del control y la desconfianza. Por eso las calles y las plazas, en China y en todas partes, se van llenando de cámaras de vigilancia.

 

Una vez más, un artilugio que había sido concebido para las prisiones se ha extendido a los espacios públicos. Pero es evidente que un lugar en que se graba en vídeo ya no es una ágora y se convierte en […] una zona indiferenciada entre la prisión y el foro. […] Deberían preocuparnos los peligros para una democracia que implica el Estado de la Seguridad, porque la vida política se ha vuelto imposible, y la democracia significa precisamente la posibilidad de una vida política.

 

Desde el 11 de septiembre del 2001, se ha expandido la industria de la identificación biométrica y se ha legitimado la erosión de nuestra privacidad. El nuevo paso en la construcción del Estado de la Seguridad son los sistemas de identificación digital que empiezan a implantarse en los países llamados emergentes.

Técnica y totalitarismo – Digitalización, deshumanización y los anillos del poder global. Jordi PIGEM (2026), 1ª ed., Fragmenta Edición, Barcelona, Spain, 2023, pp. 186

 

 

 
València, Spain (2025)
 

viernes, 27 de febrero de 2026

los escándalos de hoy riman misteriosamente con los de ayer

Me atrapó la noche. La melodía que me pusiste invadió todo. Ya sé que no lograré quitármela de la cabeza en las próximas 48 horas, ni en la cama, pero es una muerte dulce. Una muerte en diferido y repetida centenares de veces. No bien ha acabado, que ya empieza de nuevo, y una lágrima derrapa por mi mejilla. “Me atrapó la noche. Ya te has vuelto a dejar atrapar”, me digo, como si en realidad el culpable fuera otro. Y todo al son de la melodía, por supuesto, que no dejaría de sonar jamás. Un jamás en realidad en la escala temporal del corto plazo, afortunadamente. El sombrerero loco de Saint Patrick –mi alter ego– asoma. Asoma siempre que mi yo presente no es capaz de gestionar lo que le está pasando, y eso es justamente lo que ocurre ahora, en medio de esta profunda melopea, al ser inundado por la melodía que me pusiste. El sombrerero loco lo sabe. Huele la sangre. El momento oportuno. Y sabe aprovecharlo. Sabe colarse al primero de la fila sigilosamente, sin que nadie se dé cuenta, hasta que es demasiado tarde. Un adicto al caos y a sembrarlo. Un verso libre del mal radical que ni el gorila de discoteca más mazado osa enfrentar, y menos aún mi yo presente, que ni siquiera es capaz de gestionar lo que le está pasando. No es capaz de decidir qué es más bello; tú, la melodía, o el recuerdo de ti poniéndola. El sombrerero loco lo sabe. Huele la sangre. Sabe que es el momento oportuno. Y por eso asoma. A menudo se da la curiosa circunstancia que, durante algunos instantes, antes de que yo deje de estar a los mandos, hay una breve zona gris donde podemos interactuar. Es entonces que me susurra al oído: “Las ex están muy denostadas. No puedo entender la razón. Solo soy capaz de ver aspectos positivos. Si te dejó es porque le iba bien a ella. Si la dejaste tú es porque te iba bien a ti. Y si lo dejasteis es porque os iba bien a los dos. No entiendo entonces por qué tanto jaleo. Una pasajera menos en el tren. Además, suelen llevarse algo tuyo que molesta. Algún activo tóxico. De tu casa o de tu personalidad, quiero decir. Y luego siempre existe la tentadora opción de hacer un remember, jajaja” –se ríe el muy cabrón, que ya debe estar maquinando cómo joderme la vida de una nueva forma vívida y original. De lo que sucede después, cuando mi alter ego toma por completo el control, no suelo recordar mucho al día siguiente, así que es bueno repasar mensajes, fotos, videos y llamadas en el móvil. Heridas y quemaduras en el pantalón y en la chaqueta, si es que los traje de vuelta. Stories en las cuentas de algunos conocidos. Y los escándalos de hoy riman misteriosamente con los de ayer. Pero sin datos no hay paraíso.
 
 
bar Kaxondos, Málaga, Andalucía, Spain (2026)
 
Nota: de la serie "historias de Perdición"; aquí el resto: https://joseirojas.blogspot.com/2022/01/historias-de-perdicion.html

miércoles, 25 de febrero de 2026

Técnica y totalitarismo (Jordi Pigem) - 1 - se expande la máquina

Un cuarto de siglo después de haber salido de Buchenwald, el peligro que Lusseyran consideraba más grave eran las amenazas que se ciernen sobre nuestro espacio interior, a consecuencia de la sociedad de masas (y sus medios, como la radio y la televisión) y de la ideología materialista («estamos muy mal armados contra la invasión de las computaciones, de la materia, de la abstracción», afirmaba). Veía en marcha un intento de «expulsar al yo, expulsarlo para siempre, para que no vuelva» y lo describía como «una guerra contra el yo, la más peligrosa de todas las guerras». Como Erich Fromm (…), Lusseyran constataba que, a la vez que se contrae el yo, se expande la máquina. Ahora estamos, escribía: “acercándonos cada vez más al simple objeto, a la máquina. [...] Eso no sería tan grave si los hombres no fueran más que máquinas. Pero resulta que son una cosa muy diferente, porque tienen un yo”.

La psiquiatría contemporánea confirma que hay una psicopatología creciente asociada con la «pérdida del yo» (en inglés loss of self, loss of ipseity) o, lo que viene a ser lo mismo, «pérdida de la presencia». En un caso extremo, una persona con esquizofrenia puede declarar que «No soy capaz de sentirme de ninguna manera». El psiquiatra Giovanni Stanghellini señala que «la persona con esquizofrenia experimenta una sensación concreta de pérdida de presencia». (…) el riesgo de padecer esquizofrenia y otras psicopatologías es el doble en zonas urbanizadas (altamente tecnificadas, donde predomina lo abstracto y artificial) que en zonas rurales (donde es posible un mayor contacto con la tierra y el cielo). Como escribe el también psiquiatra Iain McGilchrist en (…) The matter with things ('Lo que ocurre con las cosas', 2022), crece la incidencia de trastornos «en los que el sentido de la propia identidad queda debilitado o se pierde completamente», a menudo porque la persona «queda absorbida por la masa —de la población, de la ciudad, de las organizaciones burocráticas y las corporaciones globales». Desde 2020, las medidas de gestión del COVID, al imponer formas de vida mucho más artificiales, enclaustradas y distanciadas (y al minar la intersubjetividad, base natural de la existencia humana), además de multiplicar los suicidios y las depresiones han agravado también la pérdida del sentido del yo y la pérdida de presencia.

En el último medio siglo hemos tenido condiciones materiales y sociales que proporcionaban más oportunidades que nunca para poder ser quien somos. Pero también han crecido las amenazas a la condición humana y los intentos deliberados de destruir toda idea de libertad y dignidad y reducirnos a cosas o a máquinas. El intento de destruir el carácter único de cada persona que los totalitarismos del siglo XX desarrollaron desde el poder político, a través de la propaganda y de la violencia, ha pasado a un nuevo registro, más sutil. Jaron Lanier lo llama cybernetic totalism, «totalismo cibernético» (totalismo es el término que Robert Jay Lifton, psiquiatra experto en víctimas de «lavado de cerebro», empleaba para referirse a los sistemas que, sin ostentar nominalmente el poder político, buscan el control total de los seres humanos).

El totalismo cibernético o totalismo digital, que hoy fomentan las empresas tecnológicas y también, cada vez más, los gobiernos y las instituciones globales, considera que «toda la realidad, seres humanos incluidos, es un gran sistema de información», y que el propósito único de la existencia es hacer que los sistemas de información sean más eficientes.

En el amanecer de la cultura occidental, lo que más se valoraba era la sabiduría. A ella aspiraban los filósofos (φιλόσοφοι, philósophoi, 'amantes de la sabiduría'). Hoy lo que más se valora es la información y, todavía más, los datos. Pero los datos no son más que sombras, huérfanas de contexto. Cuando integramos datos de manera coherente, tenemos información. Cuando integramos diferentes tipos de información y los ponemos en su contexto, tenemos conocimiento. Cuando integramos diferentes tipos de conocimiento, tenemos sabiduría. Pero de sabiduría hoy ya no se habla. Solo interesa lo que está al nivel de las máquinas: los datos. Si nos viesen, ¿qué dirían los antiguos griegos, o los hombres y mujeres del Renacimiento?

Hace cerca de medio siglo ha aparecido un fenómeno sin precedentes en la historia de la cultura: el intento supuestamente científico de negar el carácter único de cada persona, el intento de convencernos, desde nuestro interior (en vez de constreñirnos desde el exterior), de que la libertad y la dignidad son falsas ilusiones. (…) considerar a la persona como una simple ficción es el primer paso hacia esta nueva forma de dominio.

El nuevo nihilismo tecnocrático, la nueva ideología deshumanizadora, quiere reducir todo lo vivo a programa informático. Quiere reducir a datos y algoritmos lo que tradicionalmente se ha llamado alma y espíritu —la psique de la psicología, el yo de Lusseyran, aquello que interiormente somos. Intenta reducir las personas a cosa o a masa.

Ernesto Sábato lo anticipó ya en 1951, en Hombres y engranajes: “El capitalismo moderno y la ciencia positiva son las dos caras de una misma realidad [...] de la que también forma parte [...] el hombre-masa, ese extraño ser todavía con aspecto humano, con ojos y llanto, voz y emociones, pero en verdad engranaje de una gigantesca maquinaria anónima. [...] Hombres como Pascal, William Blake, Dostoyevski, Baudelaire, Lautréamont, Kierkegaard y Nietzsche intuyeron que algo trágico se estaba gestando en medio del optimismo. Pero la Gran Maquinaria siguió adelante. [...] No nos engañemos sobre la posibilidad de escapar a este destino, mientras subsista la mentalidad maquinista”.

En ese mismo año de 1951, en The origins of totalitarianism (Los orígenes del totalitarismo), Hannah Arendt relacionó el totalitarismo con la reducción de las personas a masa. Centrándose en el análisis del nazismo y el estalinismo, Arendt explica que los movimientos totalitarios fomentan la masificación y se alimentan de ella. Lo que distingue a los totalitarismos de las tiranías, los despotismos y las dictaduras no totalitarias (como las de Portugal, España, etc.).

Técnica y totalitarismo – Digitalización, deshumanización y los anillos del poder global. Jordi PIGEM (2026), 1ª ed., Fragmenta Edición, Barcelona, Spain, 2023, pp. 186
 

 
Málaga, Andalucía, Spain (2026)