Una pareja de la Policía Nacional acude a una casa en la que presuntamente ha habido un allanamiento de morada, según alertan los vecinos. Los indicios que hallan al reconocer los alrededores parecen confirmar dicha hipótesis, pues la cerradura de la ventana corredera que da a una terraza muestra signos de haber sido forzada. Un policía se adentra en la vivienda seguido de su compañero, ambos con la mano sobre su arma reglamentaria. Una tenue luz se cuela entre las rendijas de una puerta ajustada al fondo de un corredor, que van recorriendo poco a poco y con máximo sigilo. El agente que va delante se detiene junto a la puerta, y el que va detrás le rebasa para ponerse al otro lado de la misma. Cruzan sus miradas y, a la señal de uno, el otro abre la puerta rápidamente. Su cara de sorpresa es mayúscula al toparse con una mujer de cuarenta y tantos desnuda (que, en realidad, es la dueña de la casa, pero esto el policía aún no lo sabe), que da un respingo sobresaltada, al tiempo que emite un agudo gritito “¡Estoy desnuda!”, mientras intenta taparse las partes pudendas, y se gira sobre sí misma, para irse dando saltitos por otro pasillo, con las nalgas gelatinosas vibrando y danzando acompasadamente arriba y abajo. Pasa junto a la puerta cerrada de un baño, pero en el que se intuye una presencia y hay luz que escapa por la rendija inferior, y el policía que entró en primer lugar empieza a aullar, ordenando a quien quiera que ahí esté dentro que salga con las manos y las armas en alto. Y el hombre que está dentro del baño (que, en realidad, es el marido y el dueño otro de la casa, pero esto el policía aún no lo sabe) dice que no puede. El policía le vuelve a gritar las mismas órdenes, pero ahora aún más fuerte. Entonces, la puerta empieza a abrirse lentamente, y lo primero que asoma es un pene erecto, al cual le sigue un hombre de cuarenta y tantos desnudo, sosteniendo un blíster al que le faltan dos Viagras.

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