¿Quiénes somos? Nos toca estudiar lo que somos y liberarnos del peor anillo de poder —el anillo intangible, que se instala en nuestra conciencia para intentar convencernos de que el cálculo es la esencia de la mente y de que el control y la competición son la esencia de la vida. El anillo intangible que aísla la mente de la vida empezó a forjarse siglos atrás, como señala Hannah Arendt en su clásico estudio del totalitarismo:
«La propaganda totalitaria elevó la cientificidad ideológica y su técnica […] a un alto nivel de eficiencia de método y absurdidad de contenido […] El carácter científico de la propaganda de masas se ha empleado, de hecho, de manera tan universal en la política moderna que se ha interpretado como un signo más general de aquella obsesión por la ciencia que ha caracterizado al mundo occidental desde el auge de las matemáticas y la física en el s. XVI; así, el totalitarismo se revela como la última etapa de un proceso durante el cual “la ciencia [se ha convertido en] un ídolo que curará mágicamente todos los males de la existencia y transformará la naturaleza del hombre”. Y hubo, en realidad, un vínculo inicial entre el carácter científico y el surgimiento de las masas.»
La apuesta por el conocimiento basado en desmenuzar el mundo en sus partes más pequeñas (no las hay: el mundo está hecho de relaciones), reducirlo todo a cifras (o dígitos) y especializar ilimitadamente el conocimiento —la apuesta del método de Descartes—, es una apuesta perdida. Nos lleva a un mundo sin sentido, inhóspito para la vida y la conciencia, en el que solo encajan los mecanismos inertes, un mundo en que los seres humanos dejan de ser libres y dignos para acabar como simples «algoritmos obsoletos» e «instrumentos para crear el Internet-de-Todas-las-Cosas». El anillo intangible nos conduce a los espejismos transhumanistas y al totalismo tecnocrático.
En las reflexiones reunidas bajo el título Science and Humanism (Ciencia y Humanismo), el físico Erwin Schrödinger, después de señalar que encuentra «extremadamente dudoso» que «los desarrollos tecnológicos e industriales nos lleven a una vida mejor», y después de elogiar una novela de Huxley que acababa de publicarse, Ape and essence (Mono y esencia), 1948, se plantea cuál es el valor de la especialización de las disciplinas científicas. El eminente científico afirma que, por sí solas, las disciplinas científicas no tienen ningún valor. Las diferentes disciplinas de la ciencia y de las humanidades solo tienen valor cuando pueden integrarse de manera coherente y ponerse al servicio de la gran cuestión, que:
«se puede describir de un modo muy simple: obedecer al imperativo de la deidad de Delfos: 'conócete a ti mismo'. O, por decirlo con la retórica concreta e imperativa de Plotino (Enéadas, 6.4.11): "Nosotros, sin embargo —¿quiénes somos, sin embargo, nosotros?". Y prosigue: “Tal vez ya estábamos ahí antes de que esta creación empezase a existir, […] mente y almas puras unidas al conjunto del universo, partes del mundo inteligible, no separadas ni aisladas, sino en unión con el todo.”
En otro texto de las Enéadas (2.3.7), Plotino escribe que en el universo hay, a cada momento, «una sola respiración conjunta» (σύμπνοια μία, sympnoia mia). Todo forma parte del mismo aliento vital. El griego πνεῦμα (pneûma, de donde deriva sym-pnoia) significa a la vez respiración, aliento, viento y espíritu (en lenguas antiguas e indígenas, no hay todavía separación entre lo tangible y lo intangible, entre lo material y lo inmaterial). ¿Cómo se conjuga el hecho de que somos seres únicos e irrepetibles y a la vez somos parte de una sola respiración, de un solo espíritu o —dicho de manera más moderna—, de una sola conciencia? Para entenderlo, tenemos que aprender a distinguir sin separar. ¿Son las mentes como olas del billar, siempre aisladas, o son como olas de un solo océano de conciencia? Cada ola es única, pero es a la vez parte del océano. Somos seres únicos, y a la vez participantes en algo más grande.»
En Mind and Matter (Mente y Materia), Schrödinger concluye que la multiplicidad de las mentes individuales solo es aparente, porque son manifestaciones de una sola conciencia: «La mente es por su propia naturaleza un singulare tantum. Debería decir: el número total de las mentes es solo una.»
Pero las mentes hoy, casi siempre, se sienten separadas, y buscan la unidad no en la conciencia y en lo más elevado sino en lo más bajo: la fusión con la masa, la autocosificación, la creencia en que no son más que algoritmos bioquímicos (la confusión que difunde Harari y conviene a la tecnocracia). La mente humana, al sentirse separada, genera pesadillas colectivas. Y el poder tecnocrático las amplifica.
El anillo de poder ha sido forjado en la conciencia. Es, de hecho, una forma de inconsciencia. Aquí, en el ámbito de la conciencia, de las percepciones y decisiones más íntimas, en el campo de batalla de la interioridad, es donde, momento a momento, podemos deshacer el anillo de poder y abrazar la vida.
Y aquí todo el mundo cuenta. Tolkien (que se consideraba un hobbit “en todo menos en estatura”, por ejemplo por su amor por los “jardines, los árboles y los campos agrícolas no mecanizados”) explica que puso en el centro de El Señor de los Anillos a los pequeños y bondadosos hobbits como «estudio del ennoblecimiento (o santificación) de los humildes». Porque el verdadero héroe siempre es alguien que no ambiciona serlo. En la carta a Waldman antes citada, dice que ha querido ejemplificar, de la manera más clara posible:
«el papel que, en los grandes asuntos del mundo, tienen los actos imprevistos e imprevisibles de la voluntad, y las gestas virtuosas de los aparentemente pequeños, modestos y olvidados […]. Una lección del conjunto de la obra (además del simbolismo primario del Anillo, como voluntad de puro poder que quiere materializarse a través de la fuerza física y del mecanismo, y, por lo tanto también, inevitablemente, a través de mentiras) es obvia: sin lo noble y elevado, lo simples y vulgar es sórdido; y sin lo simple y ordinario, lo noble y heroico no tiene sentido.»
Otra lección importante de El Señor de los Anillos es que el mal se daña a sí mismo. Gollum, arrastrado por el egoísmo más perverso, se acaba destruyendo a sí mismo y por ello el paso final para destruir el anillo. En diversas cartas a su hijo Christopher, Tolkien reflexiona sobre la dinámica de autodestrucción del mal.

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