Por sus miradas se podía deducir que todos iban de ácido. Ahora no parecía tan buena idea haber subido a aquella fiesta de cincuentones desconocidos e indolentes que abrían la puerta al primero que picaba al telefonillo. Vestidos ellos de esmoquin y ellas de elegantes trajes de noche, se habían quedado congelados mientras mi primo y yo, entre 35 y 40 años más jóvenes, entrábamos en el salón barriendo el suelo sucio de copas vertidas y confeti con nuestros tejanos caídos, rotos y descosidos.
Uno diría que en cualquier momento iban a realizar un aquelarre –de etiqueta, eso sí, todo hay que decir–, y nos iban a devorar, o peor, sodomizarnos, en un rito salvaje y arcano, como si de un Eyes wide shut castizo se tratase.
Crea la diversión en tu mente y serás libre de los demás y sus objetos. Algo así me pasaba por la cabeza en el instante justo que el descorchar de una botella de champán rompía el silencio glacial, y daba el pistoletazo de salida para que los invitados dejasen de escrutarnos lascivamente, volviesen la cabeza y retomasen las conversaciones que nuestra inesperada llegada había interrumpido.
Y como no andábamos precisamente cortos de jeta, lo primero fue surtirse en la generosa barra que el anfitrión había dispuesto. A falta de Ballantines, no hicimos ascos a las botellas de Chivas que había por ahí –por supuesto, no cometimos la imprudencia de echarnos Coca-Cola, que la reputación de los adolescentes, cuya inconsciencia pueda parecer infinita, ya estaba suficientemente por los suelos como para que fuésemos haciendo tales barbaridades, y aún menos ante esa camarilla, que pocas excusas aparentaba necesitar para empezar a despellejarnos vivos con sus dientes enfundados–.
Así pues, nada como cargar bien las copas y sorberlas de un largo trago para dejar de sentirse fuera de lugar lo más rápido posible; eso bien lo sabíamos, daba igual las circunstancias que fuesen.
Más pronto que tarde, también iba a dejar de importar a ellos y a nosotros que estuviésemos embadurnados de una capa de polvo blanquecino por la guerra con extintores que acabábamos de protagonizar en la concurrida plaza de enfrente, que parecía haber sido tomada en mitad de la noche por una súbita y pegajosa niebla Dickensiana que la mayoría de los presentes no alcanzaba a comprender.
Colarse en esa fiesta había sido una forma de huir de ese infierno blanco que nosotros mismos habíamos creado, en el que no se acertaba a ver personas sino sólo pares de ojos, rojísimos de alcohol y porros, flotando de un lado a otro en una nube de marfil.
Habíamos sustituido un lugar maldito por otro que no lo era menos, una jungla de espectros desarrapados y sirenas de coches patrulla, por otra de psicópatas de guante blanco con un hilo de bossa nova, tan drogados unos como los otros.
Uno diría que en cualquier momento iban a realizar un aquelarre –de etiqueta, eso sí, todo hay que decir–, y nos iban a devorar, o peor, sodomizarnos, en un rito salvaje y arcano, como si de un Eyes wide shut castizo se tratase.
Crea la diversión en tu mente y serás libre de los demás y sus objetos. Algo así me pasaba por la cabeza en el instante justo que el descorchar de una botella de champán rompía el silencio glacial, y daba el pistoletazo de salida para que los invitados dejasen de escrutarnos lascivamente, volviesen la cabeza y retomasen las conversaciones que nuestra inesperada llegada había interrumpido.
Y como no andábamos precisamente cortos de jeta, lo primero fue surtirse en la generosa barra que el anfitrión había dispuesto. A falta de Ballantines, no hicimos ascos a las botellas de Chivas que había por ahí –por supuesto, no cometimos la imprudencia de echarnos Coca-Cola, que la reputación de los adolescentes, cuya inconsciencia pueda parecer infinita, ya estaba suficientemente por los suelos como para que fuésemos haciendo tales barbaridades, y aún menos ante esa camarilla, que pocas excusas aparentaba necesitar para empezar a despellejarnos vivos con sus dientes enfundados–.
Así pues, nada como cargar bien las copas y sorberlas de un largo trago para dejar de sentirse fuera de lugar lo más rápido posible; eso bien lo sabíamos, daba igual las circunstancias que fuesen.
Más pronto que tarde, también iba a dejar de importar a ellos y a nosotros que estuviésemos embadurnados de una capa de polvo blanquecino por la guerra con extintores que acabábamos de protagonizar en la concurrida plaza de enfrente, que parecía haber sido tomada en mitad de la noche por una súbita y pegajosa niebla Dickensiana que la mayoría de los presentes no alcanzaba a comprender.
Colarse en esa fiesta había sido una forma de huir de ese infierno blanco que nosotros mismos habíamos creado, en el que no se acertaba a ver personas sino sólo pares de ojos, rojísimos de alcohol y porros, flotando de un lado a otro en una nube de marfil.
Habíamos sustituido un lugar maldito por otro que no lo era menos, una jungla de espectros desarrapados y sirenas de coches patrulla, por otra de psicópatas de guante blanco con un hilo de bossa nova, tan drogados unos como los otros.

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