domingo, 3 de julio de 2016

érase una vez una sociedad pegada a una pantalla - 1



Un lejano verano, que ya se empieza a perder en la memoria, un hombre y yo nos cruzamos en la misma acera de una larga manzana de Malasaña, en algún instante entre las 6.51 y las 6.53h de la mañana, cada día durante noventa-y-dos días seguidos, ni uno más, ni uno menos.

Nos llegamos a conocer mejor de lo que nadie puede llegar a conocerse, salvo que circunscritos en un pequeño margen de tiempo de unos escasos dos o tres minutos. Él sabía, mejor de lo que nadie podía llegar a saber, y sin necesidad de haberme puesto un chip en la oreja, dónde estaría yo entre las 6.51 y las 6.53h de la mañana, con una precisión de ±50 metros, y lo mismo yo de él. Él sabía, mejor de lo que nadie podía llegar a saber, qué me pasaba por la cabeza entre las 6.51 y las 6.53h de la mañana, o algunos minutos antes, porque era lo mismo que le pasaba a él por la cabeza: “¿Me cruzaré hoy también con el tipo ese en el mismo lugar?”, “Uy, parece que hoy fallará… No, hombre, míralo, ahí está doblando la esquina”.

Ahora, el recuerdo de ese extraño, como tantos otros, no es una imagen dinámica, sino una foto fija. Y me pregunto, de todas las distancias a las que lo tuve en esa manzana larga como dos en la que nos cruzábamos, ¿por qué decidí guardarlo en mi cabeza estando él lo más lejos posible de mí, casi en la esquina justo después de haberla doblado? Y más aún, ¿por qué a medida que pasan los años me parece que la posición que ocupa el extraño en esa foto fija que es mi recuerdo, se acerca cada vez más a mí?


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